Skip to main content

Full text of "La Mision Ponsomby Tomo II: la diplomacia británica y la independencia de Uruguay"

See other formats


Luis Alberto de Herrera 

LA MISION 

PONSONBY(H) 


Luis Alberto de Herrera nació 
en Montevideo el 22 de julio 
de 1873. Inició su actividad 
política en 1892 en el club 
"2 de enero", y debutó como 
periodista en 1893 en "El 
Nacional". Practicó la do- 
cencia de Historia en 1894 y 
la judicatura en 1899. Abo- 
gado desde 1903, nunca ejer- 
ció tal actividad profesional. 
Intervino junto a Diego La- 
mas y Saravia en la revolu- 
ción de 1897, y acompañó 
al "Aguila del Cordobés" en 
la campaña de 1904 hasta su 
muerte en Masoller. Diplo- 
mático en 1902, ingresó al 
Parlamento en 1905 como 
Diputado, y reelecto como 
tal en 1914, fue candidato 
por primera vez a la Presi- 
dencia de la República en 
1922, completando su 6a. 
candidatura en 1950. En 
1916 y en 1933 Constitu- 
yente, en 1925 Presidente 
del Consejo Nacional de Ad- 
ministración, en 1934 y 
1938 Senador y en 1954 
Consejero de Gobierno, en 
cuyo desempeño fue célebre 
su actividad como "Fiscal de 
la Nación". Su enfoque críti- 
co de la historia americana, 
lo coloca como iniciador del 
"revisionismo histórico". Su 
obra escrita, además de una 
calificada producción de pe- 
riodismo partidario, cubre el 
análisis histórico y la teori- 
zación política, debiendo se- 
ñalarse entre otras: 








we'MZ' 





Luis Alberto de Herrera 


La Misión 

PONSONBY (II) 

LA DIPLOMACIA BRITANICA 
Y LA INDEPENDENCIA 
DEL URUGUAY 


Serie Revisión Historiografica 


VOLUMEN 3 





VII 


Comisión Especial para realizar la edición de una 
selección de obras del Doctor Luis Alberto de Herrera 


WALTERR. SANTORO 
(Presidente) 

HEBERT ROSSI PASINA 
(Vicepresidente) 

RICARDO ROCHA IMAZ 

EDUARDO JAURENA 

AB AYUBA AMEN PISANI 

AGAPO LUIS PALOMEQUE 
(Secretario) 

(Resoluciones de la Cámara de Representantes de fechas I a de abril 
y 17 de setiembre de 1986 y de la Comisión Especial, de 21 de octubre 
y 4 de noviembre de 1986) 



VIII 


grupo de apoyo para confrontación de pruebas: 

Agapo Luis Palo meque 
Alberto Candau 
Fernando Iglesias 
Evaristo Mariscurrena 
Mar íaC rosta 
SandraLarrosa 
Guillermo Mas de Ay ala 
María Gómez de Volpi 
Marisa Ber gallo 
Mónica Sáenz 




IX 


AUTORIDADES DE LA CAMARA 
(1988) 


Presidente: 
ler. Vicepresidente: 
2do. Vicepresidente: 
3er. Vicepresidente: 
4to. Vicepresidente: 
Secretarios: 


ERNESTO AMORIN LARRAÑAGA 
HUGO GRANUCCI 
ALFONSO REQUITERENA VOGT 
JUAN JUSTO AMARO 
NELSON ARREDONDO 
HECTOR S. CLAVUO 
HORACIO D. CATALURDA 
JOSE CELLI 

WASHINGTON BERMUDEZ 


Prosecretarios: 




Antecedentes 




XIII 


ANTECEDENTES DE LA RESOLUCION DE LA 
CAMARA DE REPRESENTANTES 
DE 15 DE JUNIO DE 1972 

Rcp. N 8 148 

PROYECTO DE RESOLUCION 

Artículo único. — Refuérzase en la cantidad estrictamente necesaria el 
Rubro “Eventuales o Extraordinarios” del Presupuesto de Secretaría de 
la Cámara de Representantes, con el fin de editar las obras completas del 
doctor Luis Alberto de Herrera en el centenario de su natalicio. 

Montevideo, 6 de junio de 1972. 

Ricardo Rocha Imaz 
Representante por Montevideo. 


EXPOSICION DE MOTIVOS 

Se cumple el 22 de julio de 1973 el centenario del nacimiento del 
doctor Luis Alberto de Herrera. 

Personalidad de vasta y apasionante actuación pública, controvertido 
y discutido, amado y venerado, en su hora, por su propia dinámica de 
luchador que le llevó a decir: “viví tiempos agitados por nuestra propia 
agitación”, su paso a la inmortalidad aquietó y midió el juicio de sus 
contemporáneos y los que siguieron. 

Emplazada en bronce, libre ya de las asperezas de las recias luchas 
políticas, su figura se proyecta como la de uno de los hombres públicos 
de nuestro país con mayor gravitación popular. 

Fue Jefe Civil del Partido Nacional, revolucionario, tribuno, 
periodista, Magistrado, Legislador, diplomático, intemacionalista, 
Constituyente, estadista, conductor de multitudes, gobernante, escritor, 
fundador del revisionismo histórico. 



XIV 


Esta última condición, que pareció secundaria a los de su tiempo, por 
gravitaciones y urgencias de otro orden del doctor de Herrera, y la 
necesidad de que las nuevas generaciones tengan acceso a su vasta y 
valiosísima labor literaria, nos lleva a presentar el proyecto cuyos 
fundamentos dejamos expuestos y en el que recogemos iniciativas de 
anteriores Legislaturas. 


Montevideo, 6 de junio de 1972. 

Ricardo Rocha Imaz 
Representante por Montevideo. 


(TEXTO DEL PROYECTO APROBADO 
EL 15 DE JUNIO DE 1972) 

RESOLUCION 

Artículo único. — Autorízase a la Presidencia de la Cámara a editar las 
obras completas del doctor Luis Alberto de Herrera en el centenario de 
su natalicio. 




XV 


ANTECEDENTES DE LA RESOLUCION DE LA 
CAMARA DE REPRESENTANTES 
DE 1ro. DE ABRIL DE 1986 


Repartido N Q 176 
PROYECTO DE RESOLUCION 

Artículo l 9 . — Cúmplase la resolución del 15 de julio de 1972, referente 
a la publicación de las obras del doctor Luis Alberto de Herrera, 
creándose en el Presupuesto del Cuerpo, la partida correspondiente. 
Artículo 2 9 . — Comuniqúese, etc. 


Montevideo, 10 de abril de 1985. 

Walter R. Santoro 
Representante por Canelones 

EXPOSICION DE MOTIVOS 

El 8 de abril próximo pasado, se cumplió un nuevo aniversario del 
fallecimiento del doctor Luis Alberto de Herrera. 

La Cámara de Representantes, por Resolución de fecha 15 de julio de 
1972, dispuso la publicación de las obras del ilustre hombre público. 

En el Presupuesto del Cuerpo del mes de setiembre de 1972 -último 
presupuesto aprobado antes de la disolución del Parlamento- se incluyó 
en el artículo 13 del mismo, inciso c) del Rubro “Gastos Eventuales o 
Extraordinarios” un refuerzo para atender la edición dispuesta. 

La decisión de la Cámara no fue cumplida, por lo que corresponde 
hacerlo. 


Montevideo, 10 de abril de 1985 

Walter R. Santoro 
Representante por Canelones 



XVI 


Luis Alberto de Herrera 


Comisión de Asuntos Internos 
INFORME 


Señores Representantes: 

La Comisión de Asuntos Internos ha estudiado el proyecto de resolu- 
ción presentado por el señor Representante don Walter R. Santoro, 
tendiente a que se cumpla la resolución de la Cámara de 15 de junio de 
1972, sancionada sobre la base de una iniciativa del señor Representante 
Ricardo Rocha Imaz. 

En oportunidad de sancionarse aquella resolución distintas voces se 
hicieron oír para que fuera el Profesor Juan Pivel Devoto quien dirigiera 
la publicación. 

Fiel a esas manifestaciones, la Comisión recabó la opinión de la citada 
personalidad y en visita que realizara a una de sus sesiones, ilustró sobre 
el trabajo a realizar: que debería reeditarse el índice publicado en ocasión 
de conmemorar el centenario del natalicio del doctor Luis Alberto de 
Herrera y luego una selección de sus obras. 

De sancionarse el proyecto en la forma aconsejada y contando con las 
partidas de gastos suficientes, se publicarán por su orden, el índice citado, 
"La Tierra Charrúa", "La Misión Ponsonby", "La Paz de 1828", "Oríge- 
nes de la Guerra Grande", "Por la Verdad Histórica", "La seudo historia 
para el Delfín", "La Diplomacia Oriental en el Paraguay", "Buenos Aires, 
Urquiza y el Uruguay", "La clausura en los ríos", "El drama del 65", 
"Antes y después de la Triple Alianza", "Por la patria", "Labor diplomá- 
tica en Norteamérica", "La Doctrina Drago y el interés del Uruguay", 
"Uruguay Internacional", "Desde Washington", "La Revolución France- 
sa y Sudamérica" y luego una selección de ensayos y discursos de corte 
político y social. 

El trabajo obedecerá a un criterio temático y no cronológico, aten- 
diendo a lo aconsejado por el Profesor Pivel Devoto. El total de las obras 
seleccionadas, alcanzará a unos dieciséis tomos de quinientas a seiscien- 
tas páginas cada uno, en formato similar al de la Revista Histórica. 


XVII 


El costo estimado obtenido, oscilará en los nuevos pesos 1 .350.000 por 
tomo con un tiraje de mil quinientos ejemplares. Atendiendo al monto es 
que la Comisión considera que la publicación debe hacerse en forma 
escalonada. 

Es cuanto esta Comisión tiene que informar al Pleno. 

Sala de la Comisión, 10 de diciembre de 1985. 

Héctor N. Barón, Miembro Informante; 

Abayubá Amén Pisani, Marino Irazoqui, 
Oscar Magumo, Carlos E. Negro. 


(TEXTO DEL PROYECTO APROBADO EL l 2 DE 
ABRIL DE 1986:) 


Artículo Unico. — Sustituyese la resolución de 15 de junio de 1972 por 
la siguiente: 

“Artículo 1 Q . — Autorízase a la Presidencia de la Cámara a publicar una 
selección de las obras del doctor Luis Alberto de Herrera, la que se 
realizará durante esta Legislatura. La Comisión de Presupuestos 
integrada con la de Asuntos Internos preverá, en ocasión de estructurarse 
el Presupuesto de Secretaría, la inclusión de la partida correspondiente. 
Artículo 2 8 . — Encomiéndase al Profesor Juan Pivcl Devoto, la selección 
de las obras y supervisión del trabajo. 

Artículo 3°. — La edición constará de mil quinientos ejemplares y será 
distribuida en la forma que determine la reglamentación que dicte la 
Presidencia de la Cámara en acuerdo con la Comisión de Asuntos 
Internos”. 



XVIII 


ANTECEDENTES DE LA RESOLUCION DE 
LA CAMARA DE REPRESENTANTES 
DE 17 DE SETIEMBRE DE 1986 


27. — Comisión Especial para realizar la edición de una 
selección de obras del Dr. Luis Alberto de Herrera. 

Léase otra moción de urgencia llegada a la Mesa, suscrita por los 
señores Diputados Porras Larralde, Fau y Cataldi. 

(Se lee:) 

“Mocionamos para que se designe una Comisión Especial, integrada 
por cinco miembros, con el cometido de realizar la edición de una 
selección de las obras del doctor Luis Alberto de Herrera, en 
cumplimiento de la Resolución de la Cámara aprobada el l fl de abril de 
1986. La Comisión Especial dispondrá de un plazo de seis meses para 
llevar a cabe su cometido”. 

— En discusión. 

Si no se hace uso de la palabra, se va a votar. 

(Se vota) 

— Cincuenta en cincuenta y uno: Afirmativa. 




XIX 


CESION DE DERECHOS DE AUTOR 
DE LA OBRA DEL DR. HERRERA 

Comisión designada para realizar 
la edición de una Selección de 
obras del Doctor Luis Alberto 
de Herrera. 


Acta N e 7 

En Montevideo, a los veintidós días del mes de julio de 1987, siendo 
la hora 15, en la sala de la Presidencia de la Cámara de Representantes, 
se reúne en sesión pública la Comisión designada para realizar la edición 
de una selección de la obra de Luis Alberto de Herrera con asistencia de 
sus miembros Representantes Nacionales Ricardo Rocha Imaz, Eduardo 
Jaurena, Hebcrt Rossi Pasina y Abayubá Amen Pisani. Preside el Repre- 
sentante Nacional Walter Rubén Santoro. Asisten especialmente invita- 
dos la señora María Hortensia de Herrera de Lacalle, el Presidente de la 
Cámara de Representantes Víctor Cortazzo, los Secretarios del Cuerpo 
doctores Héctor S. Clavijo y Horacio D. Catalurda, el Senador Luis 
Alberto Lacalle y el Director Nacional de Educación Pública profesor 
Juan E. Pivcl Devoto. 

Actúa en Secretaría el Jefe de Dcpto. Agapo Luis Palomcque. 

Se encuentran presentes asimismo, varios señores Senadores y Dipu- 
tados, así como numeroso público. 

Iniciado el acto el Presidente de la Cámara de Representantes profesor 



XX 


V íclor Cortazzo usa de la palabra agradeciendo a los familiares del doctor 
de Herrera el gesto de ceder en favor de la Cámara de Representantes los 
derechos de autor por la obra del mencionado hombre público, tal como 
se había anunciado por su única heredera señora María Hortensia de 
Herrera de Lacalle. 

Acto seguido el Representante Nacional Waller R. Santoro, en su 
calidad de Presidente de la Comisión, destaca el carácter nacional de la 
personalidad y la obra del Doctor de Herrera y dispone sea leído por 
Secretaría el documento que registra la voluntad de dicha heredera de 
ceder los derechos de autor referidos, cumplido lo cual, lo suscriben la 
totalidad de miembros de la Comisión Especial, la señora María Horten- 
sia de Herrera de Lacalle, el Presidente de la Cámara de Representantes 
y los Secretarios del Cuerpo. Su texto en fotocopia que se agrega, integra 
esta acta, como Anexo. 

A continuación el Senador Luis A. Lacalle en nombre de su señora 
madre, doña María Hortensia de Herrera de Lacalle, formula una elocu- 
ción final destacando, entre otros conceptos, las características de las 
obras de próxima publicación. 

Finalmente, siendo la hora 15 y 30 se levanta la sesión, labrándose la 
presente para constancia. 


WALTER R. SANTORO 
Presidente 

AGAPO LUIS PALOMEQUE 
Secretario 


Anexo al Acta N Q 7 


En Montevideo, a los veintidós días del mes de julio de mil novecien- 
tos ochenta y siete, ante la Comisión designada para realizar la edición de 
una selección de las obras del doctor Luis Alberto de Herrera, la señora 
María Hortensia de Herrera de Lacalle, en su calidad de única y legítima 



XXI 


heredera del doctor Luis Alberto de Herrera, manifiesta su voluntad de 
ceder en favor de la Cámara de Representantes los derechos de autor 
correspondientes a las ediciones que realice la misma, de la totalidad de 
la obra del referido hombre público, solicitando se formalice oportuna- 
mente el documento que prescribe la Ley N 9 9.739, de 17 de diciembre 
de 1937. Presente el Presidente de la Cámara de Representantes, señor 
Víctor Cortazzo, y los Secretarios del Cuerpo, doctores Héctor S. Clavijo 
y Horacio D. Catalurda, expresan que aceptan en nombre de la Cámara, 
la cesión de derechos referida. 

Para constancia se labran dos ejemplares de un mismo tenor que 
firman de conformidad. 

(Siguen firmas:) 


María Hortensia de Herrera de Lacallc 

Waltcr Rubén Santoro Ricardo Rocha Imaz Eduardo Jaurena 

Hebert Rossi Pasina Abayuba Amen Pisani 

Víctor Cortazzo 
Presidente 

Héctor S. Clavijo Horacio D. Catalurda 

Secretarios 





Advertencia 


El lomo I de la presente obra fue publicado con fecha diciembre de 1 988, 
por la misma empresa editora, con una Introducción del doct or Walter R. 
Sanloro y un prólogo a cargo del profesor José de Torres Wilson. 




Luis Alberto de Herrera 


La Misión Ponsonby 

TOMO II 




La Misión Ponsonby 


[AÑO 1824] 


3 


ALVEAR A CANNING (1) 


Londres, julio 24 de 1 824. (Enviado por el general Alvear, de Bedford 
Street N 9 3, a S.E. George Canning). Las provincias del Río de la Plata se 
van a reunir en congreso — si es que ya no lo han hecho — por medio de 
sus representantes en el curso del año comente. 

El pueblo de cad? jna de las diferentes provincias elegirá directamen- 
te sus representantes. 

El congreso en primer término, se ocupará de todo lo referente a la 
usurpación de la provincia Oriental por las tropas del Brasil. Y, a 
continuación, respecto a las relaciones exteriores, cuya dirección ha sido 
confiada principalmente, al gobierno de Buenos Aires. 

Se tratará de dar al país una organización estable y permanente, y de 
nombrar un Poder Ejecutivo para la nación en general, con las modifica- 
ciones que parezcan convenientes. 

Las provincias que envían diputados a este congreso son las siguien- 
tes: Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Tucumán, Salta, Santa Fe, Co- 
rrientes, La Rioja, Calamarca, Santiago del Estero, Entre Ríos y Misio- 
nes. 

La de la Banda Oriental no puede ser representada, por estar subyu- 
gada por un poder extranjero; ni la del Paraguay, por el aislamiento en 
que, hasta este momento, ha resuelto continuar. 


(1) Habíamos pensado poner en breve comentario al pie de las notas que siguen, siendo 
ellas, en su mayoría, tan jugosas, pero ha crecido tanto — contra nuestra primera 
intención — el volumen de esta modesta obra, que desistimos de aquel propósito crítico. 
Y quizás sea mejor así, a fin de que nada perturbe el juicio sereno del lector. 

Por lo demás, hemos querido que ella aparezca enel centenario de nuestra constitución. 
Incorporamos, por su interés preliminar, los informes del general Alvear y del cónsul 
Ilullet. En cambio, y a pesar de nuestro buen deseo y empeño, no será difícil que falten 
algunas piezas de importancia. Queda a otros la tarea de perfeccionar este esfuerzo. 


4 


Luis Alberto de Herrera 


Es de importancia observar que todas las provincias que van a reunirse 
en congreso han gozado, sin interrupción, durante los últimos catorce 
años, de completa independencia, es decir, siempre, a partir del 25 de 
mayo de 1810. 

La plaza de Montevideo, único punto que retenían los españoles en 
toda la extensión del estado, fue obligada, en 1814, a rendirse al ejército 
libertador de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que la sitiaban. 

La independencia de estas provincias no solamente ha estado libre de 
toda agresión, por parte de sus enemigos, sino que aquellas también han 
empleado su poder y fuerza en hacer la guerra en el territorio de sus 
hermanos esclavizados y en libertarlos del yugo español; y las provincias 
independientes han tenido la gloria de alcanzar éxito en ese propósito en 
Cliile, después de arrollar al enemigo, en la forma más completa, en las 
batallas de Chacabuco y Maipú, en 1816 y 1818. Este mismo ejército de 
las provincias — que por sus victorias tomó la denominación de “ejército 
de los Andes” — unido, en 1 820, a otro, formado en la república de Chile, 
a fin de libertar al Perú, obligó a los españoles a abandonar la ciudad de 
Lima y, extendiéndose sobre una inmensa región, al fin consiguió 
establecer una comunicación con la república de Colombia y cc. itribuir 
a la liberación del reino de Quilo. 

Quizás no sea ocioso agregar que, si el gobierno de Buenos Aires no 
ha acreditado, hasta ahora, ningún agente ante el gobierno de S.M.B., esto 
se debe a que está convencido de que el deseo del gabinete británico será 
favorecer, espontáneamente, a los nacientes estados de América en todo 
lo que sea sugerido y penni. ido por los grandes intereses que representa 
y protege; y que, en consecuencia, el objeto más importante del gobierno 
de Buenos Aires será concentrar toda su atención y recursos para dar al 
país administrado por él tal mejoramiento moral y tal cultura que 
permitan elevarlo a .a prosperidad que promete su territorio y la indepen- 
dencia que, con Un. a gloria para sí mismo, ha conquistado y cuyos 
beneficios empieza a cosechar. El gobierno de Buenos Aires y las 
picvincias del Río de la Plata están, por lo tanto, ansiosos de cultivar la 
amistad del gobierno de S.M.B., con preferencia a todos los otros 
gobiernos del continente, están enterados de que la nación y el gobierno 



La Misión Ponsonby 


5 


inglés son el pueblo más moral y el gabinete más ilustrado de Europa, y 
que, en consecuencia, su ejemplo debe ser el más ventajoso para los 
nuevos estados americanos, estando más de acuerdo con los principios 
sociales y orden necesarios a dichos estados, por los elementos físicos y 
morales que los componen. 

Las provincias del Río de la Plata, después de haber empleado todos 
los medios que la prudencia y el deseo de paz pueden sugerir a un pueblo 
anheloso de obtenerla, aunque sin desmedro de su dignidad, con el 
propósito de vivir en amistad con la corte del Brasil, después de pedirle 
que retirara sus tropas de la Banda Oriental, que retiene con violación de 
todos los derechos, y habiéndole sido imposible obtener un resultado 
favorable, se encuentra bajo la penosa pero urgente necesidad de lanzarse 
a la guerra, la más justa, a fin, no sólo de recobrar esa hermosa provincia, 
sino también de rechazar en tiempo, aquellas pretensiones, tan ilegales 
como impolíticas, que ese gobierno ha juzgado propio sustentar y que 
acaricia desde su emancipación. 

Las provincias del Río de la Plata, satisfechas de poder gozar de la 
felicidad que su nuevo estado político les permite, sin aspirar a ningún 
otro objeto que el de organizarse bajo un buen gobierno, reflejo de su 
situación, que exclusivamente se ocupe de la prosperidad del país, ha 
considerado como la mayor calamidad — y lo deplora muy sinceramen- 
te — que el gabinete brasileño siga una Enea de conducta tan opuesta a la 
corrección y tan en desacuerdo, con sus propios intereses. 

Ellas estimarían una dicha muy señalada que un gobierno tan justo y 
tan fuerte como el de Gran Bretaña se dignase establecer como principio 
— si en la sabiduría de sus consejos lo juzgase razonable — que todos los 
nuevos estados americanos se mantuvieran dentro de sus antiguos límites 
y respetaran los de sus vecinos; y que no consintiera, bajo ningún 
concepto, que ninguno de ellos ocupe, por la fuerza, porción alguna del 
territorio poblado por cualquier nación vecina. 


6 


Luis Alberto de Herrera 


IIULLET A CANNING 


Leadenliall Street, 102. Londres, julio 31 de 1824. (El señor John 
Hullet fue nombrado cónsul general de Buenos Aires, en Gran Bretaña, 
en 1824). 

(Privada). El señor Hullet saluda al señor Canning y, de acuerdo con 
la promesa hecha durante la conversación privada con que fue honrado 
por el señor Canning, el 9 del corriente, se permite incluir un bosquejo 
relativo al estado presente de Buenos Aires, y reiterar las seguridades de 
que, en todo tiempo, tendrá placer en facilitar cualquier información que 
se desee y que esté en su poder dar. 

Londres, 3 1 de juüo de 1 824. (Privada). La parte de América del Sur 
que, bajo el gobierno español, constituía el virreinato de Buenos Aires, 
estaba limitada, al noreste, por el Brasil, al norte y noroeste, por el 
virreinato de Lima, al oeste, por el reino o presidencia de Chile, y, al sur, 
por las tierras incultivadas habitadas por indios errantes, pero sobre las 
cuales el virrey de Buenos Aires invocaba la soberanía del rey de España 
hasta el Cabo de Hornos. Todo ese inmenso país está escasamente 
poblado, pero averiguar el número de habitantes, con alguna certeza, es 
casi imposible en el estado actual de información. Los censos tomados, 
de tiempo en tiempo, por órdenes de Madrid, están lejos de ser correctos, 
desde que además de otras causas, las clases bajas han deseado y han 
conseguido ocultar su número. De acuerdo con algunos datos estadísticos 
la población, excluyendo los indios aborígenes suma 1.580.000 mientras 
otros, incluyendo los indios, llevan el total a 2.400.000 y la opinión 
corriente en el país la estima en más de tres millones. 

Con respecto a las castas, puede observarse que los blancos de pura 
extracción española son muy numerosos y principalmente habitan los 
pueblos. El número de negros, al contrario, es, en la actualidad, extrema- 
damente pequeño, no habiendo sido considerable nunca y habiéndose 
reducido, desde larevoluciónporlaprohibición del comercio de esclavos 
y por la libertad otorgada a éstos, a condición de servir en los ejércitos, 
que han sido repetidamente reclutados en esta forma, indemnizando el 


La Misión Ponsonby 


7 


estado a los propietarios. 

Los mestizos, forman la gran masa de la clase baja y trabajadora, en 
las villas y campiñas; los indios son muy numerosos en las provincias del 
Alto Perú, donde viven en aldeas, profesan el cristianismo y dan señales 
de una civilización incipiente. El breve bosquejo (adjunto y marcado A), 
del comienzo y progreso de la revolución, desde la expulsión del último 
virrey, en 1810, es de la pluma de un nativo, respetable, de Buenos Aires, 
que era miembro de la sala de representantes hasta que renunciói a fines 
de 1823, cuando sus asuntos mercantiles liicieron necesario su viaje a 
Europa. 

Además del contenido de ese bosquejo, se puede decir que, desde la 
guerra civil, que en 1 820 rompió la unión de las provincias, Buenos Aires, 
sin embargo, ha sido reconocido por todas como núcleo central, en 
posesión de la parte mayor de las rentas públicas y a cargo de las 
relaciones con los otros estados de América y con Europa. Ha existido, 
sin embargo, un entendimiento común de que ninguna de las provincias 
sería obligada, por la violencia, a incorporarse alauniónyselespermilió, 
por lo tanto, aprender, por propia experiencia, que aun cuando ellas 
podrían, de acuerdo consupropiaelección, tener administración local, no 
podrían gozar de una existencia respetable y sin peligro, sin un gobierno 
común a todos. Unos pocos años parecen haber producido ese efecto y el 
gobierno de Buenos Aires, en consecuencia, ha enviado una invitación 
para la celebración de un congreso general de representantes de todas las 
provincias; algunos de ellos, según las últimas noticias, ya habían llegado 
a la capital y otros estaban en camino; de m anera que se espera una pronta 
reunión del congreso. 

Las provincias, actualmente fuera de la Unión, son: 

l e Paraguay, que, por su temperamento muy singular y original 
política, resistió a la tropas enviadas por Buenos Aires para emanciparlos 
de España; pero que, inmediatamente después, destituyó al gobernador 
español y se sometió a ser despóticamente gobernado por un abogado 
paraguayo, llamado Francia, quien prohibió toda comunicación exterior, 
de cualquier especie, dejándose al Paraguay más inaccesible que China 


s 


Luis A Iberio de Herrera 


o Japón. 

Aquí procedería observar que los famosos establecimientos de los 
jesuítas no estaban en el Paraguay, como se cree comunmente, sino en la 
región situada entre sus límites y los del Brasil, que constituía laprovincia 
de Misiones, incorporada a las Provincias del Río de la Plata. 

2- La provincia de Montevideo, o Banda Oriental, ocupada por las 
fuerzas brasileñas, contra la voluntad de sus habitantes y el sentimiento 
nacional de toda la Unión. 

3 9 Las provincias de Alto Perú, desde Potosí hasta La Paz, dominadas 
por las tropas bajo el mando de jefes que actúan a nombre y en defensa 
del rey de España. Su destino, probablemente, será decidido por las 
operaciones militares en el virreinato de Lima, aun cuando las Provincias 
Unidas están ahora reuniendo una fuerza de cuatro a seis mil hombres, 
para cooperar en el Alto Perú con el ejército combinado del general 
Bolívar. 

Durante la activa guerra de las Provincias Unidas contra España, una 
considerable deuda pública se acumuló. En 1821, Buenos Aires tomó a 
su cargo la liquidación, no solamente de esa deuda, sino también de otra 
dejada por la administración española. Se creó un fondo, cuyos intereses 
invariablemente han sido pagados con puntualidad, y la amortización se 
efectúa con un recurso fijado. Las rentas públicas han aumentado y dejan 
superávit, aun cuando muchos de los impuestos más resistidos han sido 
derogados y los derechos de aduana considerablemente reducidos. Se ha 
establecido, con éxito, un banco como también una caja de ahorro; y el 
año pasado la sala de representantes concedió autorización al ejecutivo 
para levantar un préstamo de cinco millones de pesos en Europa, que ha 
sido negociado en Londres, con el propósito de hacer mejoras internas, 
tales como la construcción de villas y fuertes sobre la frontera del sur y 
la población de las tierras no cultivadas. El estado financiero, para el año 
1 823, tal como fue presentado a la sala de representantes y publicado con 
autorización, figura adjunto, bajo la letra B. 

La falta de gente marina y la aversión de las clases inferiores a la vida 
del mar, impide a las Provincias Unidas aspirar a poseer una fuerza naval. 


La Misión Ponsonby 


9 


Al principio de la revolución los barcos mercantes eran armados para la 
rendición de Montevideo; pero tan pronto como este objeto fue consegui- 
do, por la destrucción de la escuadra española, se dispuso de los barcos 
y quedan solamente unos pocos, pequeños, para la vigilancia aduanera y 
como paquetes de río. 

La fuerza militar consiste, principalmente, en una milicia numerosa, 
que ya había sido organizada bajo el gobierno español; aun cuando no dis- 
ciplinada de acuerdo con las ideas europeas, es muy eficiente, por estar 
habituada a la naturaleza del país y a servir tanto a pie como a caballo. Se 
calcula que, desde 1810 hasta 1 820, B uenos Aires ha tenido habitualmen- 
te de 10.000 a 15.000 hombres bajo las armas, divididos en varios cuer- 
pos, empleados en el Alto Perú, contra Montevideo y en la liberación de 
Chile y Perú. 

El ejército permanente, de regulares, desde entonces ha sido reducido 
a un número muy pequeño necesitándose solamente para el servicio 
intemo y para guardar las fronteras del sur contra el pillaje de los indios; 
pero el espíritu marcial de la población hace fácil crear y disciplinar 
nuevos reclutas para el ejército republicano. Es satisfactorio observar que 
la sabia administración seguida por el gobierno de Buenos Aires en los 
últimos tres años, ha producido el plausible suceso de que, los miembros 
del poder ejecutivo dejen el poder en conformidad con las leyes consti- 
tucionales y dando posesión a los sucesores, debidamente electos. 

El mensaje del ejecutivo saliente, elevado a la sala de representantes 
el 3 de mayo pasado, no puede ser leído sin interés. Una copia, imprimida 
con autorización, va adjunta, bajo la letra C. 

[AÑO 1826] 

CANNING A PONSONBY 


Londres, febrero 28 de 1826. Excmo. lord Jolm Ponsonby. Exento, 
señor; Como complemento de las instrucciones generales que S.M. me 
autorizó a trasmitir a V. E. en mi nota N g l , hay un punto sobre el cual creo 


10 


Luis Alberto de Herrera 


necesario suministrar a V.E, algunas especiales: las diferencias pendien- 
tes entre el gobierno de Buenos Aires y el Brasil, sobre la reclamación de 
cualquiera de esos países a la posesión de la Banda Oriental y de 
Montevideo. Conel fin de proporcionar a V.E. una información completa 
sobre el origen y desarrollo de esa lucha, agregó copia de seis despachos 
dirigidos a sir Charles Stuart y de cuatro de S.E. sobre el particular. 

También incluyo copia de dos notas de M. de Sarratea expresando el 
deseo de su gobierno de iniciar, bajo los auspicios de Gran Bretaña, una 
negociación con el Brasil, a fin de evitar la guerra. 

Si alguna confianza puede depositarse en las expresiones contenidas 
en esas notas del señor Sarratea, como exponente de los sentimientos 
reales del gobierno de Buenos Aires, por una parte, y, por la otra, en las 
declaraciones de los ministros brasileños a sir Charles Stuart, como está 
detallado en los despachos de S.E. (N°\ 59 y 91), el gobierno de S.M. 
puede razonablemente esperar salir victorioso en sus empeños de atraer 
a Buenos Aires y al Brasil a un amistoso arreglo de las diferencias 
actualmente existentes entre ambos. 

Hay dos maneras por las cuales considera el gobierno de S.M. que se 
puede llegar a una feliz terminación del asunto. 

Primera: Que la cesión de Montevideo, por el Brasil, fuera negociada 
sobre las bases de un arreglo similar al que fue adoptado entre España y 
Portugal, cuando estalló la revolución militar en Cádiz; esto es, que sea 
acordada una compensación pecuniaria por Buenos Aires al Brasil, por 
los gastos ocasionados a esa potencia por la ocupación de Montevideo, 
o: 

Segunda: Que la ciudad y territorio de Montevideo se liicieran y 
permanecieran independientes de cualquiera otro país, en una situación 
semejante a la de las ciudades hanseálicas en Europa. 

He aprovechado una oportunidad para sugerir esas ideas del barón de 
Itabayana, quien me ha asegurado, de la manera más fonnal, el deseo de 
la corte de Río de Janeiro de contribuir, en lo posible, a la restauración de 
la paz con Buenos Aires y ha escrito a su gobierno pidiendo instrucciones 
con el fin de autorizar al gobierno británico a mediar entre ambas parles 



La Misión Ponsonby 


11 


contendientes. A su llegada a Buenos Aires. V.E. debe aprovechar la 
primera oportunidad que se le presente para entrar de lleno en el asunto, 
en forma confidencial, con los ministros del gobierno de Buenos Aires, 
explicándoles las ideas de su gobierno sobre el particular y sugiriéndoles, 
a la vez, la conveniencia de enviar cuanto antes, aquí, al ministro que ellos 
han designado, o a M. de Sarratea, instrucciones y plenos poderes que le 
habiliten a intervenir en la negociación. No sé cómo expresar a V.E., en 
la medida que quisiera, la ansiedad del gobierno de S.M. por restaurar y 
conservar la paz entre los nuevos estados de América y el profundo 
interés que, en la opinión de este gobierno, esos estados deben poner en 
evitar dar motivo, por sus querellas, a la intervención de los extraños en 
sus asuntos políticos. 

Soy de V.E., etcétera.- (firmado) George Caiming. 


CANNING A PONSONBY 


Londres, marzo 18 de 1826. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. 
señor: Adjunto a V.E., para su conocimiento una selección y compendio 
que he mandado hacer de todos los documentos más importantes existen- 
tes en esta oficina, con relación a Montevideo y a la causa de las 
diferencias entre el Brasil y Buenos Aires. 

V.E. considerará este documento como formando parte de los arclii- 
vos de la misión de S.M. en Buenos Aires. 

Tengo el honor, etcétera.- (firmado) George Canning. 


CANNING A PONSONBY 


Londres, marzo 18 de 1826. A S.E. lord Jolin Ponsonby. Excmo. 
señor: Adjunto a V.E. una carta (cuya copia se incluye para su informa- 



12 


Luis Alberto de Herrera 


ción) que V.E. debe entregar, inmediatamente de su llegada a Río de 
Janeiro, al ministro de relaciones exteriores brasileño. 

V.E. requerirá una audiencia del emperador del Brasil y, cuando sea 
admitido a su presencia, V.E. le expresará a S.M.I., en nombre del rey, 
nuestro señor, el vivo interés de S.M. por la felicidad de S.M.I. y la de su 
familia, por el bienestar del imperio del Brasil y el voto formal de S.M. 
por la conservación de la paz en el nuevo mundo y, en consecuencia, su 
deseo de que se llegue al ajuste de las diferencias entre el Brasil y Buenos 
Aires, por las cuales esa paz está actualmente interrumpida y comprome- 
tida. 

Tengo el honor, etcétera.- (firmado) George Canning. 


CANNING A INHAMBUPE 


Londres, marzo 18 de 1826. A S.E. el señor ministro de relaciones 
exteriores del Brasil. Señor ministro: El rey, mi señor, ha tenido el agrado 
de disponer que lord Ponsonby, enviado extraordinario y ministro pleni- 
potenciario ante el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, 
visite Río de Janeiro, en su viaje a Buenos Aires, con el propósito de 
comunicarse con los ministros de S.M. el emperador de Brasil sobre el 
estado de cosas que, desgraciadamente, existe entre el imperio del Brasil 
y las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Las repetidas manifestaciones del deseo del gobierno brasileño de 
queS.M. intervenga enesta infortunada querella, permiten aS.M. esperar 
que la visita de lord Ponsonby a Río de Janeiro será recibida como una 
prueba de su buena voluntad hacia el Brasil. 

El gobierno de Buenos Aires ha solicitado, de igual manera, la 
intervención de S.M. y ha sugerido una base sobre la cual podría abrirse 
una negociación de paz entre los dos poderes beligerantes. 

Lord Ponsonby, está encargado de esta obertura. 

Si aceptada, ella puede conducir a la paz, que es el principal anhelo de 


La Misión Ponsonby 


13 


S.M. 

Si declinada, es de esperar que el gobierno de S.M. estará preparado 
para sugerir alguna otra base de negociación, en términos tales que lord 
Ponsonby pueda presentarla al gobierno de Buenos Aires. 

Se provee a lord Ponsonby de esta carta de introducción ante V.E., a 
fin de que pueda ser informado de la misión que lleva y pueda dar crédito 
a todo lo que él diga a V.E. sobre el asunto que la motiva. 

Lord Ponsonby tendría especial deseo de presentar sus respetos a 
S.M. el emperador del Brasil y, al ser admitido a la presencia de S.M.I., 
le expresará, en el nombre del rey nuestro señor, su vivo interés por la 
felicidad de S.M.I. y la de su familia y por el bienestar del imperio del 
Brasil. 

Tengo el honor, etcétera.- (firmado) George Canning. 


CANNING A PONSONBY 


Londres, marzo 18 de 1826. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. se- 
ñor: La noticia de la renovación de las hostilidades entre el imperio del 
Brasil y el estado de Buenos Aires, llegada después que mi despacho 
N 9 2 fue escrito, me indujo a diferir la partida de V.E., a la espera de que 
M. de Sarratea recibiese alguna comunicación de su gobierno, que 
pudiera habilitarme a impartir a V.E. instrucciones más precisas, con 
respecto a la desgraciada e inoportuna disensión entre Buenos Aires y el 
imperio del Brasil, que las contenidas en aquel despacho. Mis esperanzas 
no han sido defraudadas. He recibido de M. de Sarratea, recientemente, 
un memorándum con una nota explicativa (cuyas copias adjunto) repi- 
tiendo, en cumplimiento de nuevas instrucciones recibidas de su gobier- 
no, lo que ya me había expresado, en forma menos oficial: el ansioso 
deseo del gobierno de Buenos Aires de que S.M. interponga su valiosa 
influencia ante el gabinete de Río de Janeiro. 

Las bases sobre las que el gobierno de Buenos Aires está dispuesto a 




14 


Luis Alberto de Herrera 


fundar un arreglo, son, como M. de Sarratea que me lo ha expresado ahora 
claramente, las establecidas, por decisión de los poderes aliados, para el 
arreglo de idéntica disputa entre España y Portugal y mencionadas, más 
de una vez, en los despachos de sir Charles Stuart y al señor Parish, de los 
cuales está V.E. enterado. Esto es: que Buenos Aires pague al Brasil una 
suma de dinero, como reembolso de los gastos efectuados, primero, por 
el rey de Portugal y, luego, por el emperador del Brasil, con motivo de la 
ocupación de Montevideo y de la Banda Oriental y como compensación 
por la cesión de esa ciudad y territorio a Buenos Aires. 

Cualquiera que sea la probabilidad de éxito de esta proposición, sería 
muy conveniente someterla al emperador del Brasil. No podrá proporcio- 
narse una oportunidad más favorable, a este fin, que la que ofrece la 
partida de V.E. para América. Por lo tanto, le significo el deseo del rey 
de que, en viaje al Río de la Plata V.E. desembarque en Río de Janeiro, 
donde solicitará una audiencia de los ministros brasileños, para enterarles 
de la proposición del gobierno de Buenos Aires y saber en qué disposición 
se hallan para entrar en negociaciones con éste, sobre las bases propues- 
tas, ofreciéndose, asimismo, V. E. como mediador, ya acepten ellos esa 
proposición o ya quieran formular otras al gobierno de Buenos Aires. 

El deseo del gobierno brasileño del apoyo y consejo de S.M. para el 
arreglo de su diferencia con Buenos Aires, ha sido tan vehementemente 
expresado en la correspondencia que V.E. y a conoce — cuyo extracto está 
incluido en mi despacho anterior — que S.M. se considera autorizado a 
esperar que la iniciativa tomada será debidamente apreciada por S.M.I. 

S.M. confía que el gobierno brasileño aprovechará, en la más amplia 
extensión, la facilidad que la visita de V.E. a Río de Janeiro le proporciona 
para poner término a las hostilidades, tan perjudiciales para todos los 
nuevos estados de América y tan especialmente peligrosas para la 
estabilidad de la actual forma de gobierno existente en el Brasil. 

Pero, aunque en estos conceptos, sólo puede anticipar una favorable 
acogida a la obertura confiada a V.E. en Río de Janeiro, de ninguna 
manera desconozco que si, a su llegada, la suerte hubiera sido favorable 
a las armas brasileñas, tal vez V.E. no encontraría inclinación a aceptar 
esa obertura para entraren negociaciones, pro paz, de una manera sincera 



La Misión Potisonby 


15 


y formal. 

En cuanto puedo ver, los posibles motivos en que el gabinete brasi- 
leño pudiera fundarse para declinar la negociación sobre las bases pro- 
puestas, son, principalmente, dos: primero, el poder que le daría a Buenos 
Aires la posesión de ambas márgenes del Río de la Plata, por el control 
de la navegación de ese río; y, segundo, el rechazo de las pretensiones de 
Buenos Aires a la herencia de los derechos de España sobre la ciudad y 
territorio de Montevideo, en cuyo reclamo de herencia, sólo, debe 
confesarse, se funda la proposición de abrir o, más bien, de reiniciar la 
negociación, sobre las bases anteriormente establecidas entre España y 
Portugal. 

TralLidose de la última de estas dos objeciones, V.E. observará a los 
ministros brasileños que, a menos que por un acuerdo general y tácito, los 
estados del nuevo mundo se comprometan a mantenerse, los unos 
respecto de los otros, en cuanto a sus derechos geográficos y de Emites, 
exactamente lo mismo que cuando eran colonias, infaliblemente surgirán 
grandes complicaciones, provocadas por sus pretensiones y rivalidades; 
y, entonces, todo el continente americano, ya se trate de tierras que hayan 
sido españolas o portuguesas, ofrecerá, finalmente campo propicio a las 
empresas de atrevidos aventureros, que tal vez intentarán fundar, para sí, 
nuevos dominios. 

Si Buenos Aires no tiene título sobre Montevideo, como antigua po- 
sesión de España, ¿puede el Brasil reclamarlo, invocando la comparati- 
vamente reciente ocupación de esa provincia por Portugal, ocupación 
que, por muchos años después que se produjo, fue considerada, no sólo 
por España, sino por todos los aliados de España y Portugal, como un acto 
forzado y de defensa propia, de parte de Portugal, y únicamente tempo- 
rario y provisorio? 

Si se niega que al asumir una existencia política independiente, 
Buenos Aires se colocó en el lugar de España, con respecto a los poderes 
extranjeros, ¿puede alegarse que el emperador del Brasil hereda de 
Portugal otro derecho, sobre Montevideo, que el que pudo darle la 
ocupación del mismo por Portugal? 




16 


Luis Alberto de Herrera 


Y bien, Portugal retuvo a Montevideo, dispuesto a restituirlo a 
España, bajo el cumplimiento, por España, de ciertas condiciones espe- 
cificadas. 

¿Pretende el emperador del Brasil que él mantiene la posesión de 
Montevideo, en igual condición, y que restituiría esa ciudad y territorio, 
pero sólo a España, cuando ésta estuviera en situación de reclamarlos? Si 
así fuera, S.M.I. puede, por cierto, sin contradicción, rehusarse a ceder a 
Buenos Aires, colonia rebelde, lo que él reserva para restituir a su 
primitivo dueño. 

Pero, ¿es posible que el emperador del Brasil no mida las consecuen- 
cias de declarar, de esta suerte, a toda la América española, que él 
reconoce en una parte de ese continente los derechos, inextinguidos, de 
España? ¿No advierte los recelos que semejante declaración provocaría 
en todas las otras provincias que, como Buenos Aires, han roto la tutela 
de la madre patria? 

Por otra parte, si no reconoce el derecho de España a la devolución de 
Montevideo, ¿negaría a Buenos Aires la existencia de ese derecho, con 
el propósito de conservar para sí esa ciudad? ¿Qué sería esto, sino 
convertir en conquista absoluta una ocupación defensiva, ofreciendo así 
a los estados del nuevo mundo un ejemplo que puede conducir a 
interminables violaciones, disputas y trastornos? 

En cualquier caso, ya pretenda retener Montevideo para España, o 
negarlos derechos de España y Buenos Aires y declare su determinación 
de conservarlo para sí, dará motivo a los nuevos estados de la América 
española para unirse, tarde o temprano, en una acción común contra el 
Brasil; en primer término, por ver en él un poder que sostiene, en 
principio, la repudiada supremacía de su metrópoli; y, en segundo 
término, contra un poder invasor y conquistador, indiferente a los 
derechos de sus vecinos y ansioso de hallar pretexto para encender 
guerras de ambición y dominio. 

Con esos argumentos, confío que V.E. no encontrará difícil disuadir 
a los ministros brasileños de cualquier intento de convertir el litigio 
pendiente entre Brasil y Buenos Aires en una cuestión de derecho 



La Misión Ponsonby 


17 


abstracto y de legitimidad, que afectaría, a la vez que a Buenos Aires, a 
todos los nuevos estados de América, que se han independizado de 
España. 

Importante como la cuestión de Montevideo puede ser para el 
gobierno brasileño, no es menos que la discusión de ese asunto no sea 
llevada apoyándose en tales principios o sostenida, por el lado de ellos, 
con argumentos capaces de indisponer con la monarquía del Brasil los 
sentimientos e intereses comunes de todos los estados republicanos de la 
América española. 

Anteriormente, he tenido ocasión de advertir al ministro brasileño, de 
las instigaciones hechas al general Bolívar, desde Europa, para tratar una 
guerra contra el Brasil, bajo cualquier pretexto, con el único motivo de 
derrocar una monarquía que se levanta, sola, en todo el vasto continente 
de América y que es considerada por los apasionados de las formas 
democráticas de gobierno, como esencialmente incompatible, con la 
segura existencia de las repúblicas americanas. 

El general Bolívar — todo inclina a creerlo — hasta ahora se ha mos- 
trado sordo a esas instigaciones. Su conducta, en el asunto de Clúquitos, 
da una prueba, tolerablemente satisfactoria, de que no está deseoso de 
encontrar un pretexto para atacar al Brasil; pero, tal vez sería probarlo 
demasiado, si el Brasil le arrojara, otra vez, una directa provocación de 
guerra con actitudes que presentarían al imperio del Brasil, ante la general 
sospecha y enemistad de la América española, como campeón de los 
derechos de la madre patria, o como agresor de los derechos de uno de los 
nuevos estados. 

En cuanto a la otra objeción, más práctica, que presumo de parte del 
gobierno de Río de Janeiro, sobre la entrega de Montevideo a Buenos 
Aires, no se le puede negar considerable fuerza. En realidad, la dificultad 
de toda la cuestión reside en esto: en que el valor de Montevideo, para 
cada parte, consiste menos, tal vez en el positivo beneficio que pueden 
esperarse derive de su posesión que en el perjuicio que ellos temen de su 
posesión por el contrario. 

No puede negarse, por consiguiente, que, suponiendo le fuera tnuis- 



18 


Luis Alberto de Herrera 


ferido a Buenos Aires, mediante una compensación pecuniaria convenida 
con el Brasil, sería además razonable que se tomaran todas las precaucio- 
nes justas, según estipulaciones precisas, en el tratado de arreglo, a fin de 
asegurar al Brasil un ininterrumpido goce de la navegación del Río de la 
Plata. 

S.M. no rehusaría prestar su garantía para la estricta observancia de 
tales estipulaciones, si le fuera requerida. 

El gobierno inglés, por cierto, preferiría, en el deseo de evitar, en lo 
posible, compromisos de esa naturaleza, que el tratado fuera ajustado a 
satisfacción de ambas partes, sin necesidad de esa garantía. Pero, si ésta 
fuera solicitada por ambas partes, S.M. consentiría en darla, antes de que 
el tratado no se realizara. Si la proposición del gobierno de Buenos Aires 
no es aceptable para el de Río de Janeiro, toca a los ministros brasileños, 
a menos de que ellos estén dispuestos a arriesgarlo todo — aun la suerte 
misma de los azares de la guerra — sugerir alguna modificación de esta 
propuesta, u otras bases, sobre las cuales la negociación para el arreglo 
de los puntos en litigio pueda ser establecida. 

No corresponde al gobierno británico sugerir determinada contrapro- 
posición; pero V.E. trasmitirá al gobierno de Buenos Aires cualquier 
proyecto del gobierno brasileño, capaz, según el criterio de V.E. de 
conducir, en algún grado, a la feliz terminación de las hostilidades. Queda 
librada a su discreción la apreciación de este asunto, inclinándose a 
recibirla comunicación para Buenos Aires, de cualquier proposición que 
no sea absolutamente de carácter ofensivo. 

Se ha sugerido como V.E. está ya enterado, que Montevideo, o toda 
la Banda Oriental, con Montevideo por capital, podría ser erigida en un 
estado separado e independiente. Nosotros, no estamos, aquí, en condi- 
ciones de juzgar hasta donde semejante arreglo sería practicable y hasta 
qué punto el territorio y población de ese nuevo estado estaría capacitado 
para adquirir y acertadamente desenvolver una existencia política inde- 
pendiente. Con respecto a este arreglo, V.E. no debe ofrecer la garantía 
de S.M., ni alentar ninguna demanda en ese sentido. 

Nada puede ser de más importancia para el Brasil que conseguir que 



La Misión Ponsonby 


19 


sus desavenencias con Buenos Aires estén en vías de arreglo antes de que 
el congreso general de estados, en Panamá, sea requerido (como podría 
ocurrir, a pedido de Buenos Aires) para intervenir en el asunto. En una 
asamblea así compuesta, no puede dudarse de que la decisión sería 
favorable al imperio del Brasil. 

Si la discusión del asunto, no obstante, fuera transferida a Panamá, el 
comisionado de S.M. en el congreso recibirá instrucciones para ejercitar 
sus buenos oficios, a favor de una solución amistosa y satisfactoria. Me 
cuesta creer que se produzca el caso de una repulsa absoluta por parte de 
los ministros brasileños, ya sea a escuchar la proposición que V.E., está 
encargado de trasmitir, por parte de Buenos Aires, o a articular alguna 
propuesta propia. 

Pero si, infortunadamente, ese caso ocurriera, sólo puedo decirle a 
V.E. que deberá despedirse de los ministros brasileños, expresándoles un 
profundo y sincero sentimiento por las dificultades, y aun peligros, a que 
el emperador y el imperio del Brasil quedarán expuestos, por culpa de 
violentos e irrazonables consejos; y eximiendo de toda responsabilidad, 
al gobierno británico, en las consecuencias de una actitud que él habría 
tratado, en vano, de evitar. 

V.E. reiterará las seguridades ya dadas, por mí, al barón de Itabayana 
de que Gran Bretaña observara una escrupulosa neutralidad durante esta 
infortunada guerra, confiando, sin embargo, que los derechos de guerra 
establecidos no serán atacados, por ninguno de los beligerantes, más allá 
de los límites prescriptos por la ley de las naciones. 

V.E. no debe ocultar, al mismo tiempo, que, aunque observando una 
conducta escrupulosamente neutral, el gobierno británico se inclinará en 
favor de aquel beligerante que demuestre mejor disposición para poner 
amistoso término a la lucha, y agregará que cuando, el gabinete de Río de 
Janeiro asuma una actitud más pacífica, V.E. tiene orden de renovar (si 
el gobierno brasileño lo deseara) la negociación, ahora infructuosamente 
iniciada, y de ser el voluntario y celoso agente de cualquier obertura que 
el emperador del Brasil creyera conveniente hacer, por intermedio de 
V.E., al gobierno de Buenos Aires. 


20 


Luis Alberto de Herrera 


V.E. aprovechará cualquier oportunidad que se le presente para 
trasmitir a mister Dawkins, comisionado de S.M. en Panamá, un informe 
del resultado de su misión en Río de Janeiro. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera.- (firmado) George Can- 
ning. 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, mayo 26 de 1826. Excmo. señor: Tuve, en el día de 
hoy, una entrevista con el ministro de relaciones exteriores, vizconde de 
Inhambupe, para informarle que, por mandato del rey, mi señor, era 
portador de proposiciones sobre cuya base podrían abrirse negociaciones 
de paz entre el Brasil y las Provincias Unidas de La Plata. 

Agregué que S.M. había sido inducido a confiarme esta misión 
cordial, por el vivo deseo que el gobierno de Buenos Aires había 
expresado al de S.M. de que ejerciera sus buenos oficios ante el gabinete 
de Río de Janeiro; y que el pedido del gobierno brasileño del concurso de 
S .M. , para alcanzar el término de la querella con Buenos Aires, había sido 
expresado tan firmemente en su correspondencia, que S.M. tiene derecho 
para confiar que el paso dado será debidamente apreciado por el gobierno 
de S.M.I., esperando que ambas partes aprovecharán, en toda su exten- 
sión, la oportunidad que se les ofrece de poner fin a las hostilidades en pie, 
tan inconvenientes para todos los nuevos Estados de América y muy 
especialmente azarosas para la estabilidad de la actual forma de gobierno 
del Brasil. 

Expuse la proposición hecha por el gobierno de Buenos Aires: La 
insinuación de hacer de la Banda Oriental un estado independiente, 
teniendo a Montevideo por capital, y la esperanza de mi gobierno de que 
el gobierno brasileño, haría alguna proposición propia, a fin de iniciar las 
negociaciones de paz, si es que la proposición y la insinuación enunciadas 
no les fueran satisfactorias. 


La Misión Ponsonby 


21 


Sabía que el ministro estaba en perfecto conocimiento de todo lo que 
yo estaba encargado de proponerle. 

El vizconde comenzó manifestando la elevada opinión que el gobier- 
no de terna de la disposición amistosa de S.M. el rey, mi señor, 

hacia el emperador del Brasil, y que consideraba su intervención como 
una prueba más de la amistad de S.M. a S.M.I. y del interés de S.M. por 
el bienestar del imperio del Brasil. 

Dijo que aprovecharía la primera oportunidad para trasmitir a S.M.I. 
la proposición formulada y que me haría conocer, rápidamente, su 
determinación al respecto. 

Luego, el ministro habló, con bastante amplitud, sobre la liistoria de 
las relaciones entre el Brasil y los habitantes de Montevideo y la Banda 
Oriental. Sin embargo, liizo poco o ningún hincapié en los derechos del 
Brasil a la posesión de aquella ciudad y territorio, excepto al proveniente 
del acto libre de la ciudad y provincia antedichas, cuando solemnemente 
declararon ser súbditos del emperador y se incorporaron a su imperio, 
eligiendo y enviando diputados a tomar asiento en la legislatura del 
Brasil. 

Me abstuve de combatir sus argumentos, aunque fácilmente pudo 
haberlo hecho, creyendo más oportuno tratar, antes de recurrir a esa 
medida, de inducirlo a considerar la actual política del Brasil y a examinar 
el hecho de si era o no, ventajoso para el emperador mantener su posesión 
de la Banda Oriental. 

Traté todos los tópicos relacionados con ese punto, que están conte- 
nidos en mis instrucciones y me aventuré a agregar algunas cosas que me 
parecieron útiles al designio que tenía en vista. 

El vizconde, fácilmente aceptó mi fomia de tratar el asunto y no 
intentó negar que grandes dificultades y peligros podrían quizá amenazar 
al imperio; pero también manifestó “que muchas dificultades y peligros 
podrían surgir y amenazar al Brasil, si se decidía la renuncia de Monte- 
video y la Banda Oriental, a favor de Buenos Aires”. Se extendió sobre 
“el perjuicio de una frontera desamparada, que deja al imperio sin 
defensa, por ese lado, y sobre la necesidad de asegurar la libre navegación 




22 


Luis Alberto de Herrera 


del Plata al comercio brasileño; y, especialmente, sobre el riesgo para el 
honor del emperador, ahora tan profundamente comprometido en la 
prosecución de la guerra”. 

En cuanto a lo primero, repliqué “que había fortalezas en la frontera, 
que podrían ser puestas en estado adecuado de defensa, o erigirse nuevas, 
a un costo nunca comparable al costo de la guerra, y que, después que se 
hiciera la cesión del territorio en litigio, ni Buenos Aires, ni ningún otro 
poder, tendría motivo para una agresión con la menor apariencia de 
justicia; que, cualquier ataque, franco o encubierto, al imperio, expondría 
a los agresores a todo y, sobre todo, al reproche de ambición e insaciable 
inquietud de conquista, subversivo de la paz y bienestar de América, que 
los enemigos del Brasil imputaban al gobierno brasileño, y que Inglaterra, 
Europa y el mundo entero reprobarían, entonces, lodo mal que se infiriese 
al Brasil y atribuirían a impulsos ilegítimos cualquier hostilidad meditada 
o emprendida contra el imperio”. 

A lo segundo, dije en respuesta, que el honor del emperador radicaba 
sobre base más sólida que la cuestión de mantener, o no mantener, una 
adquisición determinada. Que S .M.I. no tenía compromiso de proteger de 
enemigos a la Banda Oriental, pues, en los hechos, la inmensa mayoría 
del pueblo de aquella provincia estaba actualmente en armas contra su 
autoridad y, además, que una renuncia a esa provincia, ahora, cuando no 
puede alegarse que S.M.I. lo hacía obligado por los sucesos, demostraría 
que S.M.I. adoptaba esa medida teniendo en vista los intereses del 
imperio y de acuerdo con los consejos y deseos persistentes de su más 
viejo y más fiel aliado, el rey de Gran Bretaña, a quien el honor del 
emperador le es tan digno de celo como el propio, y no bajo la presión de 
un poder extraño. 

Observé que la continuidad de la guerra produce necesariamente 
muchos grandes males a un estado joven, que empobrece las finanzas y, 
al mismo tiempo, hiere su poder productivo. 

El vizconde parecía estar, en realidad, enterado de las desventajas y 
de los peligros a que el Brasil se expondrá con la prolongación de la 
guerra, y dijo poco o nada más en apoyo de esto; pero pareció deseoso de 
hacerme sentir que la compensación pecuniaria propuesta era de poca 



La Misión Ponsonby 


23 


importancia y que no se aproximaría, ni remotamente, al gasto que la 
ocupación había ocasionado a Portugal y al Brasil. 

Evidentemente parecía creer que el emperador no asentiría a las 
proposiciones en cuestión, pero habló como si estuviese convencido de 
que su gobierno estaba dispuesto a proponer alguna base de arreglo entre 
las partes litigantes. 

Notando que esta era su opinión, traté más abiertamente, aunque 
todavía con precaución, de orientar su atención hacia la necesidad 
geográfica que impediría a los estados de La Plata y a todos sus vecinos 
(incluyendo el nuevo estado de Bolivia) a continuar indefinidamente 
defendiendo, por la fuerza, la libertad de La Plata del contralor del 
imperio del Brasil, y le destaqué la posición de Bolívar mismo cuya fuerza 
militar él conocía, así como sobre su número y equipo y, sobre todo, la 
calidad de las tropas, su disciplina, experiencia, valor reconocido y 
entusiasta adhesión a su jefe, como también su confianza en su pericia y, 
finalmente, esa misma pericia, en sí, que ya ha triunfado sobre las más 
grandes dificultades. 

Señalé tan delicadamente como pude, la probabilidad, más que 
posible de que Bolívar, u otros, si fueran llevados al extremo, tratarían de 
difundir entre el pueblo brasileño, los principios republicanos, a los 
cuales, en verdad, una gran parte de la población de las provincias está 
notoriamente inclinada; y le presioné, enérgicamente a poner fin a una 
guerra de donde tales peligros se apuntan en todas partes y de la cual era 
imposible esperar ningún beneficio, en proporción a los riesgos que 
origina. 

Le previne contra demora, observándole que Buenos Aires, muy 
posiblemente, sometería la consideración del asunto al congreso de 
Panamá, y le pregunté si podría esperar jueces favorables en esa asamblea 
o dudar de que esa intervención produciría al B rasil dificultades mayores, 
creándole, quizás, nuevos enemigos. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 



24 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, mayo 26 de 1 826. Excmo. señor: Tuve el honor de ser 
recibido en audiencia por S.M.I. 

Informé a S.M.I. de que la noticia oficial del deceso de S.F.M.I. y R. 
el rey de Portugal, no había sido recibida en Inglaterra y que, por lo tanto, 
no podía S.M. el rey, mi señor, ofrecer directamente a S.M.I. la expresión 
de su condolencia por ese calamitoso suceso; pero que yo estaba autori- 
zado a testimoniarle todo el pesar que mi soberano siente por la pérdida 
de tan amable monarca y tan cercano y respetable aliado, y a asegurarle 
el vivo deseo del rey, nuestro señor, de cultivar con el hijo las relaciones 
amistosas que tanto tiempo han existido entre S.M. y el augusto padre del 
emperador. 

Dije que tenía orden de expresarle a S.M.I., en nombre del rey, mi 
señor, el vivo interés que S.M. siente por la felicidad de S.M.I. y la de su 
familia y por el bienestar del imperio del Brasil, y su caluroso anhelo del 
afianzamiento de la paz en el nuevo mundo y, por tanto, del cese del 
conflicto entre el Brasil y Buenos Aires, por el cual esa paz está 
parcialmente interrumpida y en vía de mayores riesgos. 

S.M.I. replicó que agradecía profundamente los sentimientos de S.M. 
el rey, mi señor, y que apreciaba, en el mas alto grado, la amistad que 
nuestro soberano le manifestaba, así como a su familia y al imperio del 
Brasil. S.M.I. agregó que impartiría órdenes a sus ministros con respecto 
a la proposición de la cual sabía yo era portador. 

Tengo el honor de ser con gran verdad y miramiento, señor, su más 
obediente y humilde servidor. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, mayo 27 de 1826. Excmo. señor: Tarde, anoche, recibí 
el despacho N 5 14 de V.E. y los cinco adjuntos. 



La Misión Ponsonby 


- • ■— w <-i mm .11 ... - ! ^ 

Siempre be entendido que era principal proposito dé V ,E! ülülBHeKcl 
afianzamiento de la autoridad en Portugal, sobre la base de la separación 
de las coronas del Brasil y Portugal. 

Encontré, a mi llegada aquí (como V.E. ya lo sabe), el asunto 
arreglado en una forma aproximada, confio que en mucho, a la opinión 
de V.E. sobre la política más conveniente para los dos países. 

Es cierto que pueden encontrarse en ese arreglo cosas capaces de 
quitarle perfección inmediata y definitiva, pero creo que me expondría a 
crear nuevas demoras sí, ahora, le insinuase al emperador algunas nuevas 
vistas sobre el asunto; y, aún más, dudas sobre los sentimientos de mi 
gobierno al respecto, y que, también me arriesgaría a actuar en contradic- 
ción con lo que puede parecerle a V.E. adecuado en lanueva situación del 
asunto. Por lo tanto, he juzgado prudente guardar un silencio absoluto 
sobre la materia. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canniug, etcétera. 

PONSONBY A INIIAMBUPE 



(Confidencial). Río de Janeiro, junio 4 de 1 826. A S.E. el vizconde de 
Inliambupe, ministro de relaciones exteriores del Brasil. Exento, señor: 
V.E. me ha hecho la justicia de estar íntim amente persuadido de la pureza 
de los motivos que me han impulsado en todas las conversaciones que he 
tenido el honor de mantener con V.E. Sería, ciertamente, imposible para 
una persona de buen juicio, experiencia y capacidad, no haber advertido 
en ellas ese acento de sinceridad que ningún hombre puede, con éxito, 
imitar o asumir. Siento, por lo tanto, poco o ningún reparo e.t cumplir la 
tarea que he tomado a mi cargo de sintetizar mucho de lo que lie tenido 
el honor de expresar veibalmente a V.E. y agregar aquellas s_gesliones 
o argumentos, en apoyo de mis opiniones, que crea útiles a una aclaración 
mayor; y hacerlo así en ténninos de la más perfecta franqueza y con 


26 


Luis Alberto de Herrera 


cuidado escrupuloso de que, por una mal entendida delicadeza, no 
aparezca del ilitada la plena y libre expresión de mis sentimientos, o 
alterada la verdad y su fuerza, en lo más mínimo. 

V.E. no sólo me ha concedido esta libertad, sino que ha tenido la 
bondad de desearla, y ciertamente yo me consideraría indigno de esa 
muestra de confianza si no hablara libremente, aun en los términos más 
vigorosos, sobre asuntos en los cuales van envueltos el bienestar de este 
país, su futuro destino, el carácter de las instituciones políticas de 
Sudamérica y, posiblemente, aun la paz de Europa. 

Me dirijo a V.E., en gran parte, como a un particular, e invoco ese 
concepto para que todo lo que yo diga quede completamente confidencial 
entre nosotros; y quito de mis cualidades públicas tanto cuanto pueda ser 
necesario para mantenerme libre de aparecer mezclándome en asuntos 
que no me conciernen. 

En una palabra, le hablo a V.E. como lord Ponsonby, y lo hago con 
interés y el conocimiento que poseo del caso como representante de mi 
soberano, y como esta carta no ha sido escrita para S.M.I., no me será 
necesario vestir mis ideas con el lenguaje ceremonioso que su dignidad 
augusta me impondría, de otra manera, usar. Entro, pues, a mi recapitu- 
lación. 

En nuestra primera conversación, me tomé la libertad de recalcar a 
V.E. mi deseo de evitar una discusión sobre los derechos de S.M.I. al 
territorio de la Banda Oriental y la ciudad de Montevideo; creí mejor, 
considerar, simplemente, la cuestión política o ladel interés real de S.M.I. 
y su país en la contienda en que están ahora comprometidos. Insistí, en 
esto, porque me parecía que aquel punto debería ser discutido más bien 
por los beligerantes y porque consideré la cuestión del derecho muy poco 
apropiada en el presente caso para tener influencia en la decisión final de 
un conflicto en que tantas y tan poderosos intereses, tanto personales 
como políticos han creado, y aumentarán, un intenso sentimiento de 
pasión en el corazón de la mayoría de los combatientes. 

Penetrado del acierto de este punto de vista, abordé el examen (sin 
ninguna referencia a derechos) del valor que tenía para Brasil el dominio 



La Misión Ponsonby 


27 


en disputa, como un bien, si fuera retenido y, como perjuicio, si fuese 
abandonado. Sobre el primero de estos aspectos, yo no puedo pretender 
tal exacto conocimiento de los hechos como para dar una opinión muy 
autorizada; pero lo que sé del asunto, es suficiente para permitirme decir, 
y aun creer, que el valor de la Banda Oriental y cii dad de Montevideo es 
para el emperador de poco volumen e importancia. 

La segunda cuestión, es, en mi entender, más discutible. Bien se 
comprende que la posesión de la Banda Oriental de Montevideo y del 
Plata, por otro estado, podría ser perjudicial para el Brasil; pero, bajo este 
aspecto, me parece que es necesario fijar mucho más la atención sobre el 
precio que le costará al Brasil y sobre los sacrificios que tendrá que hacer 
para evitar tal perjuicio que sobre la existencia, aisladamente considera- 
da, de la dificultad en sí. 

Nadie, yo creo, puede sostener que la posesión de la Banda Oriental 
es necesaria para la seguridad del imperio del Brasil, ni para su prospe- 
ridad comercial, puede ser que fuera ventajoso para ambos, pero no les 
es necesaria. Una ventaja, para los hombres razonables, no debe ser 
adquirida al mismo precio atribuible a lo que es esencial para la existencia 
de un estado. Pero, ¿cuál es el precio que el Brasil tendrá que pagar por 
la Banda Oriental? 

Para contestar a esta pregunta, debo examinar qué interés cree tener 
el enemigo en impedir al Brasil posesionarse de ella y qué interés directo, 
tiene en estar seguro de que ningún poder, cualquiera sea, tenga medios 
de contralorear la política de esa provincia. /-_rroje, cualquier hombre, el 
más rápido vistazo sobre el mapa y verá que el comercio de todo el antiguo 
virreinato de Buenos Aires y de todas las tierras vecinas, hasta las 
cordilleras, depende, completamente, para su salida al mar, de la libre 
navegación del Plata y que, cualquier poder adueñado de la Banda 
Oriental y de Monte vid* y puede, cuando así lo quiera, cerrar o abrir a los 
otros el Río de la Pla.a. ¿Quién no está enterado de los activos estímulos 
que ahora incitan a las empresas comerciales a través de lodos los Estados 
Unidos ce La Plata y las provincias del Alto Perú, etcétera? Se ha abierto 
a esas poblaciones un nuevo mundo de aspiraciones , gustos y necesidades 
cuya satisfacción depende del comercio del Plata. ¿Acaso hombres 


28 


Luis Alberto de Herrera 


nacidos recién al goce de una nueva y mejor existencia, consentirán 
perderla, o sólo disfrutarla según el capricho de un rival? ¿Y cómo puede 
suponerse que exista en un estado republicano una autoridad oficial 
bastante fuerte como para obligar al pueblo a desprenderse de todos sus 
halagos individuales y a consentir, también, que se tronche y se paralice, 
para siempre, su aspiración a la riqueza y al poder y, en consecuencia, 
malograrse para siempre? 

V.E. sabe, por lo menos tan bien como yo, que el gobierno de Buenos 
Aires se ha mostrado ya sin fuerza para dominar la voluntad y las acciones 
de su pueblo, en asuntos mucho menos caros a su sentimiento que los 
intereses que ahora menciono; y seguramente V.E. no confía en un 
contralor eficaz, aunque se intentara, en el caso en cuestión; ni puede, 
V.E. yo creo, suponer posible que pueda encontrarse algún gobierno en 
este país que ensaye, ni intente ensayar, el mantenimiento de la paz en 
semejante condición. 

Estoy convencido de que la guerra entre el Brasil y Buenos Aires será 
tan eterna como los deseos de riqueza, de poder, de fama, o de seguridad 
de esas vastas masas de hombres, desparramadas desde el océano hasta 
los Andes. Pienso que aunque la bandera imperial estuviera flotando, 
triunfalmente, sobre la ciudad de Buenos Aires, aun entonces, la guerra 
no habría adelantado mucho sobre lo ya hecho. 

Pero miremos un poco quienes están probablemente llamados a ser 
partes en esta guerra contra S.M.I. y con qué poder pueden actuar contra 
él. El pueblo de Buenos Aires está ya comprometido y él, indiscutible- 
mente, es secundado por la inmensa mayoría de los habitantes de la B anda 
Oriental, de donde son rechazadas, en este momento, por su propio 
esfuerzo, las tropas de S.M.I. , y, en Montevideo, es sabido que los 
partidarios del Brasil constituyen una minoría. 

Los esfuerzos de Buenos Aires, tanto por tierra como por mar, recién 
han comenzado; pero se afirma, particularmente, que pueden dar un gran 
impulso a esa fuerza; y recuérdese que es la característica de un gobierno 
republicano volverse más y más vigoroso, en proporción al peligro que 
presiona, a medida que el pueblo más se apasiona por la causa. Pero, para 


La Misión Ponsonby 


29 


no referir más a Buenos Aires, permítaseme que solicite a V.E. que tome 
la vista a Bolivia y a Bolívar mismo. ¿Puede V.E. dudar sobre lo que le 
interesa a él hacer en este momento? V.E. sabe que, en enero último, más 
o menos, el gobierno de Buenos Aires le envió una diputación, para 
pedirle su ayuda en la contienda y, ¿puede V.E. dudar de que él accederá 
a tal pedido? El ya ha limpiado todas las provincias de arriba de tropas 
españolas. Tiene un ejército victorioso que emplear. Es la verdadera 
cabeza y, en cierto sentido, el alma de las repúblicas de América. Ya ha 
dado su opinión sobre el derecho de los beligerantes, y esa opinión es 
resueltamente hostil a los títulos invocados por el emperador. ¿Qué hay 
para refrenarlo personalmente? No dudo de 1 l excelencia de las tropas 
brasileñas; tampoco de su fidelidad a su emperador; tampoco del acierto 
civil y pericia militar de S.M.I. pero no puedo ignorar el número, el valor 
y la experiencia de esas tropas que Bolívar puede lanzar contra él, ni las 
capacidades que este jefe ha demostrado tantas veces y que, hasta ahora, 
le han permitido triunfar en toda contienda y sobre toda dificultad. Ni 
puedo dejar de ver que, en este caso particular, Bolívar cuenta con una 
inmensa ventaja; tiene a su favor el celo y la cooperación de todos los 
espíritus turbulentos, que procuran su propio „eneficio mediante la caída 
de los gobiernos existentes, para elevarse ellos; y también tiene a todos 
aquellos que, más honestamente, pero más ciegamente, buscan, la satis- 
facción de sus aspiraciones, por el establecimiento de la forma republi- 
cana de gobierno. ¿No hay nadie así dentro de los límites del Brasil? 
¿Bolívar apelará a su ayuda, en vano? ¿Es, acaso, imposible que una, o 
más, de las provincias de S.M.I. muestren síntomas de tales opiniones 
políticas y que fuercen el envío de tropas para mantener el orden allí? ¿Y 
aun en afortunado cumplimiento de ese deber, no expondría a S.M.I. al 
riesgo de debilitar su poder militar en el sitio y a la hora en que más lo 
necesita? V.E. está al tanto de los actuales gastos exigidos por el ejército 
y la marina y sabe cuánto esa erogación afecta las entradas del emperador: 
debo, pues, repetir mi pregunta: ¿a cuánto montará ese gasto, en el caso 
de una larga guerra? La marina de S.M.I. está bien equipada, pero 
demanda constantes repuestos y grandes erogaciones. ¿Puede esperarse 
que las fuentes de las cuales provienen los ingresos actuales no serán 




30 


Luis A Iberio de II errera 


afectadas por la guerra y continuarán tan productivas como hasta ahora? 
Creo que tal esperanza no sería razonable y, juzgando el futuro por el 
pasado, tengo motivos para creer que una fuerte presión fácilmente 
podría ejercer el enemigo sobre los recursos pecuniarios de cuya 

flota ha demostrado, en los hechos, que no obstante su eficiencia y su 
número, sólo es suficiente para mantener el bloqueo del Plata, pero 
incapaz de impedir la salida de los barcos; y, suponiendo que algúnoficial 
intrépido se escapara del Río de la Plata e hiciera crucero frente a los 
puertos del imperio, interceptando su comercio, como fue el caso, hace 
algún tiempo, en Río de Janeiro, ¿qué daño no originaría ese solo barco 
enemigo, antes de que fuera posible a S.M.I. enviar sobre él una fuerza 
más poderosa, para proteger la extensión enorme de costas que configura 
el frente marítimo de su inmenso imperio? 

¿Puede el gobierno brasileño buscar en Europa los recursos para 
satisfacer sus necesidades pecuniarias, mediante un empréstito? Todos 
saben que el estado de cosas en Francia, así como en Inglaterra, hace 
imposible imaginar tal socorro. ¿Puede el emperador lanzar sus ejércitos 
sobre países donde puedan mantenerse, o puede esperar un solo aliado 
con cuya activa ayuda le sea dado contar? ¿Quién es ese aliado? 

He repetido mucho de lo que dije a V.E. y más de lo suficiente para 
fatigar su paciencia; pero debo, también, reiterar algunas de las razones 
sobre las cuales fundé mi opinión de que este era el momento más 
propicio para que S.M.I. celebrara la paz, y que la demora sólo acrecerá 
la probabilidad de dificultades mayores, primero, dándole tiempo a 
Bolívar para madurar sus planes, luego, dándole tiempo a Buenos Aires 
para demandar la ingerencia del congreso de Panamá, dor.úe el asunto 
sería discutido, sin anuencia de S.M.I. y a despecho de sus protestas; y, 
si se discutiera, sería lo más probable — creo — que fallaran jueces todos 
contrarios a la causa de S.M.I., cuya decisión, si desfavorable, traerá, 
como consecuencia, un recrudecimiento de la opinión pública contra el 
Brasil y, posiblemente, la formación de una liga, contra S.M.I., de todos 
los estados de Sudamérica representados en ese congreso. Porque hay que 
observar que este asunto puede muy fácilmente transformarse en una 
querella, no sólo entre el Brasil y la Plata, sino entre las Américas 




La Misión Ponsonby 


31 


española y portuguesa. Es fácil darle el aspecto de un conJicto, que 
incluya la única base sobre la que cualquiera de los nuevos estados funda 
sus derechos territoriales, porque esos derechos deben, todos, ser fijados 
considerando los posesorios gozados por la madre patria; y, en el caso, 
hay, además de los viejos Emites geográficos de los estados, una diferen- 
cia derivada del lenguaje, que debe pesar mucho, aun en el pensamiento 
de quienes no se cuentan entre los más irreflexivos políticos de América 
del Sur. Digo, por tanto, que demorar la paz es, en realidad, perder y no 
ganar una ventaja. 

De nuevo a lo que refiere al honor de S.M.I. Se dice que el honor de 
S.M.I. lo obliga a la prosecución del fin que se ha propuesto alcanzar, es 
decir, el sometimiento de los rebeldes a su autoridad legítima. Segura- 
mente S.M.I. está demasiado elevado, por su propio valer y por lo que ha 
hecho en las más nobles empresas humanas, para ser afectado en su honor 
por el trivial concepto de mantener, o no mantener, determinado acto 
político, al que está comprometido por obligaciones morales. La reputa- 
ción de sabiduría de S.M.I. sufriría, sin embargo, desmedro, si tal 
insistencia en mantener un acto político mostrara haber sido imprudente 
y probara ser perjudicial a sus intereses y a los intereses de su imperio; o 
si una larga guerra, onerosa y peligrosa, consecuencia de ese acto político, 
desviara (como sucedería) la atención del emperador del perfecciona- 
miento de las instituciones políticas que ha creado y que engendrarían, 
rápidamente, el poder y la prosperidad de sus dominios, si se las dejara 
madurar, sin perturbarlas. Frutos que darían a S.M.I. un renombre muy 
superior a la gloria de los más grandes conquistadores. Pero, descendien- 
do de este elevado plano — en el cual S.M.I. puede estar bitn, por las 
grandes cosas que ya ha hecho — y encarando la cuestión de honor como 
si consistiera sólo en perseverar en la guerra en la Banda Oriental, 
permítaseme preguntar ¿en qué condición quedaría ese honor si las armas 
de S.M.I. sufrieran reveses, lo que debe reconocerse que es posible? ¿En 
caso de necesidad, se rehusaría S.M.I. a ceder de sus puntos de vista, a fin 
de preservar a sus súbditos y a su imperio de cualquier mal mayor que 
pudiera originarse? Ciertamente, no. De lo que se desprende que, si el 
honor consiste en eso, S.M.I. se colocará en una situación en que puede 




32 


Luis Alberto de Herrera 


verse obligado a sacrificar ese honor, tan querido para él. Pero es difícil 
comprender cómo puede sostenerse que el honor se perdería por el 
abandono de Montevideo en el momento actual. S.M.I. tiene, ahora, 
asegurado el dominio de aquella fortaleza, y ninguna fuerza la ataca, ni 
obliga a abandonarla por exigencia de una necesidad militar; si S.M.I. 
determinara, ahora, dejarla, el mundo consideraría su decisión como 
tomada después de una madura consideración de los intereses políticos 
de su imperio y de acuerdo con los deseos encarecidamente expresados 
por el más viejo y más fiel aliado de S.M.I. en homenaje a la paz general 
de América y a su venidera prosperidad. 

Demore, en cambio su decisión y, ¿quién puede asegurar que un gran 
conjunto de fuerzas no amenace, por lo menos, los dominios de S.M.I.? 
¿Podrá, entonces, escuchar proposiciones de paz, tan libre de sentimien- 
tos desagradables como puede hacerlo en el momento actual? 

¿Quién supondrá que, cuando sus enemigos hayan perfeccionado sus 
medios de agresión, cuando hayan, a costa de un gasto enorme, traído a 
su vecindad la masa de sus fuerzas, consentirán en tratar con él en 
condiciones que no sean infinitamente menos buenas y honorables que 
las que tan fácilmente pueden ahora obtenerse? 

V.E., como dije anteriormente, hace justicia a la pureza de mis 
intenciones, las ci ales suscitan en mí un deseo tan vivo de ver terminadas 
las hostilidades. V.E. sabe que mi gobierno no alienta otro interés que el 
que descansa sobre la prosperidad del Brasil y América, en general, de 
mantener la paz entre sus varias naciones y asegurar su rápido ascenso 
hacia su bienestar. 

Los sentimientos de mi gobierno son muy decididos por la ventura de 
la casa de Braganza, aliada de Inglaterra en épocas pasadas; pero el honor, 
en su verdadero sentido, la justicia y la discreción, imponen al rey, mi 
señor, mantener, en cualquier circunstancia, la más estricta neutralidad, 
si la guerra, desgraciadamente, continuase. 

Ningún hecho, sin embargo, por desastroso que pueda resultar en el 
curso de las hostilidades, a uno de los beligerantes, inducirá a S.M. a 
prestar la menor ayuda a cualquiera de ellos. 


La Misión Ponsonby 


33 


Es incierto, como tuve el honor ya de asegurarle a V.E. que Inglaterra 
procure la adquisición de territorio. Rehusaría, perentoria e instantánea- 
mente, tal oferta, si le fuera hecha por alguna de las partes. 

Ella no consentiría en tomar la más pequeña participación en cual- 
quier proyecto, presente o futuro, que. tenga tal objeto como fin. El rey, 
mi señor, al consentir que su gobierno sirviese de intennediario para 
trasmitir una proposición de negociaciones de paz al gobierno del Brasil, 
ha demostrado el interés amistoso que toma en el bien de este país, y 
cualquier hombre de sano juicio debe ver y comprender que la interven- 
ción de tal monarca es asunto de muy seria importancia. Mi gobierno ha 
sometido al gobierno del Brasil las proposiciones hechas por el gobierno 
de las Provincias Unidas de la Plata, porque lo juzga apropiado para 
producir un resultado feliz para ambas partes. Mi gobierno ha sugerido 
otra base, posible, sobre la cual podrían fundarse negociaciones, y ha 
expresado, además, la esperanza de que el gobierno brasileño hará alguna 
propuesta para iniciar oberturas de paz, si la ofrecida, en nombre de las 
Provincias Unidas de La Plata, y las sugeridas por mi gobierno, no fueran 
satisfactorias al gobierno de S.M.I., y S.M. el rey, mi señor, me ha 
ordenado ser el portador de tales proposiciones del Brasil al gobierno de 
las Provincias Unidas de La Plata; pero es innecesario decir que las bases 
que lleve de aquí a Buenos Aires un ministro de S.M. el rey de Gran 
Bretaña, en su nombre y por su orden, deben ser tales que tengan 
probabilidad de producir algún resultado pacífico; no deben, pues, ser 
meras palabras o un obvio recurso para eludir los manifiestos deseos de 
un aliado tan allegado y de un monarca tan poderoso. 

Mencioné a V.E., en nuestra conversación, con la franqueza a que es 
acreedor, los temores que yo tenía de que la base que V.E. me enunció 
como la que el gobierno brasileño deseaba que yo llevase a Buenos Aires 
y sobre la cual quería comenzar negociaciones de paz, era de tal natura- 
leza que no podía pensarse, de ninguna manera, que tuviera la menor 
probabilidad de éxito, y que yo mismo dudaba si me sería posible, dentro 
de mis instrucciones, consentir en ser su portador. Que no solamente la 
creía ineficaz, sino, tan evidentemente ineficaz, que era más a propósito 
para aumentar, en Buenos Aires, la irritación que para conducir a la 



34 


Luis Alberto de Herrera 


restauración de sentimientos amistosos. Se propone, como base de 
pacificación, “que el Brasil quedará en posesión de todo lo que disputa y, 
en cambio, reconocerá al gobierno de La Plata”, cuando es perfectamente 
bien sabido, por todo el mundo tanto como por La Plata, que el Brasil ha 
reconocido ya al susodicho gobierno de La Plata. 

¿Puede negar V.E. que tal proposición tiene la apariencia de una 
insignificancia? Estoy cierto de que su gobierno no creerá que S.M. el rey 
de Gran Bretaña se halla dispuesto a ser intermediario de una propuesta 
que no sea la más seria, bien pensada y decorosa, digna de ser trasmitida 
a un estado soberano, amigo y aliado de S.M. Exteriorizo a V.E., sobre 
este punto, sólo mis sentimientos actuales, en toda la confidencia de la 
correspondencia privada, reservando, para una exposición oficial y 
definitiva, mi opinión y decisión sobre este asunto, hasta después de 
haber recibido de V.E., de acuerdo con su promesa, el texto, preciso y 
oficial, de las proposiciones que el gobierno de S.M.I. considere apropia- 
das para ser presentadas por un ministro de S.M.I. al gobierno de La Plata, 
de parte de S.M.I. el emperador de Brasil. 

Tendría muchas excusas que presentar a V.E. por la extensión de esta 
carta, si ella no hubiere sido escrita por el propio pedido de V.E. y en 
cumplimiento de mi deber, tanto como a impulso de los sentimientos que 
me animan de no dejar nada sin hacer, dentro del alcance de mis débiles 
facultades, por la realización de los benéficos anhelos de mi augusto rey 
y señor por la perpetua prosperidad de la casa de Braganza y del imperio 
del Brasil. 

Tengo el honor de ser, con gran verdad y con la más alta considera- 
ción, de V.E. el más humilde y obediente servidor. — (firmado) John 
Ponsonby. 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, junio 5 de 1826. Excmo. señor: El l 2 de junio tuve una 
conferencia con el vizconde de Inliambupe, a su pedido, en la que me 
informó que S.M.I. habiendo lomado en consideración laproposición del 




La Misión Ponsonby 


35 


gobierno de Buenos Aires, de la cual era yo portador, y la sugestión 
formulada de erigir a la Banda Oriental, con Montevideo por capital, en 
estado independiente, había decidido rechazar la primera y no adoptar la 
segunda; pero que, en conformidad con los anhelos de S.M.B . el gobierno 
de S.M.I. había preparado una proposición propia, que deseaba que yo 
trasmitiera al gobierno de Buenos Aires, como base para fundar negocia- 
ciones de paz. 

La propuesta fue hecha en los siguientes términos (los tomé por 
escrito de boca del ministro y luego se los leí, a fin de asegurarme de su 
perfecta exactitud; la redacción francesa es del vizconde): "Sa majesté 
imperiale reconnait la Banda Oriéntale comme partie intégrame de son 
empire; etSMJ. reconnaitralaConfedérationdesEtats Unís déla Plata ” . 

Expresé, en los términos más suaves, mi sorpresa por la anterior 
propuesta y le señalé a S.E. la imposibilidad de que ella llevara a un 
arreglo amistoso; y le insinué, ligeramente, mi duda de que yo pudiera ser 
su portador. Entonces, dirigí el comentario a una renovación de nuestra 
última discusión sobre los intereses políticos del emperador y del impe- 
rio, afectados, como están, por la guerra y amenazados por los peligros 
que pueden derivarse, si ella continuara. 

Reforcé mis anteriores argumentos, y el vizconde, por su parte, 
insistió sobre el derecho, reivindicado por el emperador, a la Banda 
Oriental y a Montevideo, en virtud de la voluntaria sumisión de los 
habitantes a su autoridad. El vizconde también habló, con palabras 
vigorosas, de la lesión a su honor que implicaría para el emperador la 
entrega del territorio ahora ocupado por sus ejércitos. La conversación, 
en resumen, fue casi la misma que aquella cuyo extracto envié en mi 
despacho N 9 2, hasta que el ministro insinuó, más bien que dijo, que podía 
ser posible que se sospechara que Inglaterra deseaba obtener posiciones 
territoriales en Sudamérica. 

Sabiendo que este tópico había sido motivo de conversación (así 
como otro a que inmediatamente me referiré) en los círculos de la corte, 
me felicité de encontrarla oportunidad de contestar a esto, lo que hice casi 
en los términos que serán encontrados enel despacho adjunto N 9 1. El oU o 



36 


Luis Alberto de Herrera 


punto, que también había sido y es todavía tema favorito entre las 
personas allegadas a la corte, y que el vizconde insinuó, es la probabilidad 
de que Inglaterra ayudaría al emperador, si sus asuntos seriamente 
exigieran auxilio contra ataques, etcétera. Mi respuesta a esta presunción, 
también está contenida en la carta mencionada (anexo N g 1), a la que me 
permito referir. 

Es necesario que dé las razones que tuve para escribir esa carta, a que 
he aludido. En primer lugar, el vizconde Inhambupe deseaba que yo 
resumiera la esencia de lo que le había dicho en mis varias conversaciones 
con él, y, como yo suponía que así lo deseaba, a fin de mostrarla al 
emperador, sin riesgo de incurrir en el resentimiento de su señor, y como 
yo sabía que el emperador mismo dirigía todos los asuntos, me alegré de 
que él conociera lo que podía decirse sobre el estado de cosas, en 
oposición a las opiniones acariciadas por él. 

El estilo de mi carta lo adopté considerando algunas peculiaridades de 
la idiosincracia de S.M.I. y su gran extensión resultó del deseo de ser 
claro. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

INHAMBUPE a ponsonby 

Río de Janeiro, junio lOde 1826. AS.E. lord John Ponsonby. Excmo. 
señor: He leído, con la más seria atención, la carta que V.E. me dirigió el 
cuatro de este mes, después de nuestra primera y segunda conferencia, en 
la cual V.E., confidencialmente, me expone los motivos que debían 
inducimos a abandonar la provincia Cisplatina, con el propósito de poner 
fin al estado de guerra en que infortunadamente estamos con el gobierno 
de Buenos Aires. 

Si esta proposición no fuera hecha por lord Ponsonby y no emanara 
del gabinete de Gran Bretaña, ciertamente yo, en cumplimiento de las 



La Misión Ponsonby 


37 


órdenes de S.M. el emperador, mi señor, me limitaría a contestar simple 
y negativamente, in limine, a la pretensión de Buenos Aires, pero, 
tratándose de lord Ponsonby, quien, por su talento, cualidades y el 
carácter que inviste, merece mis respetos y consideración, y siendo V.E. 
el representante de la nación británica, es requisito que yo cumpla un 
deber que la gratitud y amistad me imponen, por los buenos oficios 
puestos de manifiesto en favor de la prosperidad del Brasil. 

V.E., fundando sus argumentos en razones de mera utilidad, demues- 
tra que nosotros deberíamos abandonar la Banda Oriental del Río de la 
Plata, recibiendo una indemnización proporcionada a nuestras pérdidas, 
dejando de lado, por consecuencia, los principios indiscutibles de dere- 
cho que hacen nuestra posesión legítima; este asunto, se resolvería como 
un simple caso de hecho, que no podría existir si no tuviera a la justicia 
como base. 

Reconozco el sentimiento de imparcialidad por el cual V.E. se regula 
en conformidad con el espíritu de su misión, como ministro mediador, 
especialmente deseoso de obtener la paz y armonía que necesitan el 
pueblo del Brasil y el de las Provincias Unidas del Río de la Plata; 
tampoco tengo la menor duda respecto a los buenos deseos y disposicio- 
nes favorables que mueven a S.M.B. a tratar de terminar el conflicto de 
Montevideo, no teniendo otro interés sino el de ver restablecida la buena 
inteligencia entre los dos gobiernos y preocupado, solamente, de fomen- 
tar su estabilidad y bienestar. 

Cuando S.M.I., apremiado por las circunstancias, se vio forzado, 
violentamente, a oponerse a la perfidia con que Buenos Aires, bajo 
apariencia amistosa, trató de levantar en la Banda Oriental el estandarte 
de la rebelión, sostenido por aventureros pagos, ordenó que se lucieran 
solemnemente púbücas, en un manifiesto, las razones en que fundaba sus 
procederes guerreros, a fin de alejar toda idea de que él sacrificaba la 
sangre de sus súbditos a un mero capricho y de establecer que estaba 
haciendo una guerra defensiva, únicamente, para repeler la traición y 
maquinaciones urdidas contra el B rasil . Y o podría envi ar a V.E. una copia 
de ese documento oficial, si V.E. no me hubiera asegurado que tema 
conocimiento de su contenido. 



38 


Luis Alberto de Herrera 


Dejando de lado, por lo tanto, como V.E. lo desea, la cuestión de 
derecho, incuestionablemente favorable al imperio, porque ella es más 
propia para que la discutan los beligerantes y no los mediadores, dejo, por 
un momento, esta arma tan poderosa, para encarar, francamente, el 
aspecto del interés, que V.E. señala, en cada uno de los dos casos de 
retención o de abandono de la provincia Cisplatina, de modo que V.E., 
mejor enterado de nuestros motivos, pueda intervenir, con completo 
conocimiento del caso, en el debate de los que sostienen la disputa, cuyo 
arreglo amistoso ha sido dignamente confiado a V.E. 

Es, también, con el mapa general de Sudamérica en la mano, que yo 
preguntaría, no sólo a un mediador bien intencionado, sino a todos los 
poderes imparciales del globo. ¿A quién es más necesaria la posesión de 
la provincia Cisplatina, al Brasil, llamado a ella por su configuración 
geográfica y por los límites naturales del Paraguay y del Río de la Plata, 
o a las provincias que la naturaleza ha ubicado más allá de esos ríos? 

¿Es posible, yo preguntaría, que al Brasil, contra quien la democracia 
del Río de la Plata he declarado injustamente una interminable guerra de 
principios, pueda vivir en paz y en la seguridad de su sistemamonárquico, 
teniendo tan cerca de sí, sin ninguna separación, a los incendiarios de la 
federación, sin que fuera suficiente el más extenso y costoso cordón 
sanitario para evitar la infección que sus malas costumbres sembrarían en 
el pueblo brasileño? 

¿Qué poder sobre la tierra tomaría para sí la abrumador tarea 
(empenlio) de preservamos de los mortales golpes que recibiríamos, 
todos los días, de las oscuras y tenebrosas maquinaciones de los desorga- 
nizadores de las Provincias Unidas, en combinación con las facciones y 
con los descontentos de Brasil? 

\ 

¿Quién respondería, con buena fe, por los robos diarios, por las 
depredaciones de toda clase, que tan fácilmente practicarían esos pue- 
blos, dados y acostumbrados a la rapiña por una larga serie de crímenes, 
cometidos con impunidad durante el libertinaje revolucionario, cuando 
les es imposible curarse de este feo vicio, que se ha identificado con su 
existencia y con la desenfrenada ambición de su invencible haraganería? 



La Misión Ponsonby 


39 


¿Cómo cubrir la frontera de Río Grande de San Pedro del Sur, 
expuesta, por todas partes, al robo de ganado, su principal riqueza, al 
fomento del contrabando, a una repentina invasión o a una guerra 
subrepticia, como la que Buenos Aires empezó y esta haciendo contra el 
Brasil? Agréguese a todas estas consideraciones la reconocida impoten- 
cia del gobierno de Buenos Aires (que es el general de la provincias) para 
enfrentar y mantener disciplinados, por el temor a la ley y a la justicia, a 
sus inquietos gobernados, y dígase, entonces, si nos está permitido, sin 
renunciar al sentido común, o sin un completo abandono de nuestros 
intereses, consentir que tales hombres, tales gobiernos y tales principios 
tengan poder, posean dominio y presidan los destinos de Montevideo. 

Buenos Aires y sus asociados no están, ciertamente, en el mismo caso. 
Ellos saben que el Brasil es un imperio constituido, reconocido por los 
gobiernos civilizados, cuya conducta tiene por base la justicia, la mora- 
lidad y el exacto cumplimiento de las leyes. 

Esta inicua pretensión, este insaciable deseo de apropiarse del trabajo 
de otros hombres (suor alheio), después de haber aniquilado, por la 
devastación, por el desorden y por el despilfarro, el más rico patrimoiúo, 
después de haber declarado la más vergonzosa bancarrota; ese ardiente 
deseo de mejorar su infortunada condición a expensas de sus vecinos, 
empleando con este fin la traición, siempre odiosa, la inhábil seducción 
y la más baja y atroz sedición y anarquía — aún más que la alegada 
necesidad de puerto y el furtivo temor de ser privados, en el futuro, de la 
libre navegación del Río de la Plata — es lo que lanza a Buenos Aires y 
a sus aliados a la impía y ruinosa guerra que sostienen contra este imperio. 

¿No sería más obvio sugerir la idea de establecer alguna garantía que 
acallara sus temores imaginarios? Tal debiera haber sido, ciertamente, su 
conducta, si ellos hubieran procedido con la buena fe que tanto les falta. 

No son las razones alegadas por las provincias argentinas menos 
especiosas, en cuanto a sus presunciones de que el comercio del Peni y 
de Qúle pueda sufrir por la incorporación de la provincia Cisplatina al 
imperio, dado todos estos supuestos inconvenientes desaparecen por la 
libertad de los puertos de la Banda Oriental, que el gobien.o de S.M.I. ha 



40 


Luis Alberto de Herrera 


ofrecido; dado que todo el mundo sabe que por ninguna parte de la 
provincia de Montevideo pasa, o puede probablemente pasar, ninguna 
operación comercial de Buenos Aires o de las provincias interiores; dado 
que es indudable que los diversos intereses conectados, de Perú y Cliile, 
prefieren la mayor facilidad que la navegación por el Cabo de Hornos 
ofrece a su comercio, haciéndoles elegir esa ruta mercantil; dado que, 
finalmente, se sabe, por larga experiencia y la existencia política del 
antiguo virreinato bajo el sistema colonial, que la provincia de Montevi- 
deo, absolutamente independiente de sus supuestas hermanas, por la 
excelencia de sus puertos, la fertilidad de su suelo y la riqueza de sus 
producciones, es solamente deseada por Buenos Aires para someterla, 
otra vez, al sistema de expoliación que la antigua metrópoli constante- 
mente ejerció sobre esa infortunada provincia. 

Veo, con dolor del corazón, que la titulada federación del Río de la 
Plata ha conseguido contagiar a V.E. los temores que se revelan a través 
del cordial interés que V.E. muestra por la suerte futura de Brasil. 
Desgraciadamente para Buenos Aires y sus aliados del Río de la Plata, el 
gobierno imperial no les ha concedido a esos amagos la importancia que, 
quizás, se les ha atribuido, en otras partes. 

Sinceramente reconozco que, de todos los males que tal probabilidad 
puede traemos, una guerra de cábala y perfidia es el único digno de 
atención; pero el gobierno imperial, que conoce el secreto de su intriga y 
que sabe mantener la dignidad de su propia conducta, dará, siempre que 
sea provocado en tal sentido, a sus enemigos extemos e intemos, una 
lección para siempre aplastante. 

Pero, aunque los peligros fueran tan reales e inevitables como V.E. 
prevé, el emperador, mi señor, en la prosecución de la guerra con Buenos 
Aires, antes de permitir que se desmembrara del Brasil una provincia 
legalmente incorporada, o de infringir la constitución jurada, que la 
reconoce como parle integrante del territorio brasileño, sacrificaría, con 
su propia vida, la del último de sus soldados, prefiriendo salvar el honor 
nacional antes que aceptar un pacto que, ni aun aparentemente, lo 
lesionara. 


La Misión Ponsonbv 


41 


En tal concepto y, dada la absoluta necesidad en que nos encontramos 
de retener in perpehuim la provincia de Montevideo, y de no cederla, ni 
aúnen la más pequeña parte, repito a V.E. las mismas ofertas que han sido 
hechas ya para obtener la deseada pacificación, con las ampliaciones 
contenidas en la propuesta que someto a la meditación de V.E. y que es 
la siguiente: “Que no siendo admisible la base ofrecida por Buenos Aires, 
sobre cesión, por nuestra paite, de la Banda Oriental del Río de la Plata, 
en nuestro poder, con una indemnización agregada, por pérdidas, S.M. el 
emperador, deseoso de poner término a esta contienda, en beneficio 
común, y apreciando, sobre manera, la mediación de Gran Bretaña en 
asunto de tanta trascendencia, me autoriza a decir a V.E. que la base de 
paz es que Buenos Aires reconozca, simple e ilimitadamente, la incorpo- 
ración del estado Cisplatino al Brasil, como parte de este imperio; y, en 
compensación, Montevideo sera declarado puerto libre para todas las 
naciones. Además de ésto, su puerto será un abrigo para los buques de 
Buenos Aires, sin pagar ningún derecho y, sobre esta base, se hará un 
tratado de paz, comercio y navegación, conteniendo las estipulaciones y 
acuerdos que sean útiles a ambos estados”. Me consideraría muy afortu- 
nado si esta correspondencia produjera el deseado efecto y si V.E. , en bien 
de la humanidad y de estas nuevas naciones, obtuviera, por su mediación, 
un resultado feliz, que pusiera fin a la guerra y restableciera la deseada 
paz, con gran gloriapara V.E. mismo y para la generosa nación británica. 

Tengo el honor de reiterarme, con la mayor estima y la más alta 
consideración, atento y fiel servidor de V.E. (firmado) Vizconde de 
lnhambupe. 


l’ONSONBY A 1N1I AMUUPE 


(Confidencial). Río de Janeiro, junio 12 de 1826. Excmo. señor: 
Tengo el honor de acusar recibo de la carta de V.E., de 10 del corriente, 
en contestación a la que tuve el honor de dirigirle el 4 de este mes. 

Me pennito expresar a V.E. mi alto aprecio por los favorables 


42 


Luis Alberto de Herrera 


sentimientos, hacia mí, que me hace el honor de manifestar, aprovechan- 
do la oportunidad para repetir, con entera verdad, que estoy y he estado 
calurosamente animado por el deseo de ver la paz restablecida, a fin de 
que la prosperidad y la felicidad del emperador y del imperio del Brasil 
sean su consecuencia. 

Quizá fuera impropio que yo reiterara las razones con que he tratado 
ya, sin éxito, de persuadir a V.E. del acierto de los pasos conducentes a 
obtener (antes de que sobrevengan mayores perjuicios) el cese de las 
hostilidades, tan deploradas por mi gobierno, como las que ahora desgra- 
ciadamente existen; pero debo tomarme la libertad de confesar el profun- 
do dolor que siento al no encontrar en la proposición de la que S.M.I. me 
hace el honor de hacerme portador ante los Estados Unidos de la Plata, 
nada que pueda, probablemente, llevar a una sólida pacificación. 

V.E. puede, sin embargo, quedar completamente seguro de que no 
ahorraré ningún esfuerzo para promover cualquier proyecto que tenga 
por objeto la restauración de la paz, en condiciones justas, beneficiosas 
y honorables. Tengo órdenes de S.M. el rey, mi señor, de hacerlo así, y 
mis propios anhelos, como hombre privado, coinciden, enteramente, con 
mi deber como súbdito y servidor del gran rey a quien sirvo. 

Pido a V.E. que me trasmita la proposición que S .M.I. ha determinado 
confiarme, en forma que yo pueda hacerla conocer auténticamente en 
Buenos Aires, separada de la carta privada y confidencial de cuyo 
contenido sólo yo estoy en posesión. 

Estoy informado de que S.M.I. el emperador ha salido de la ciudad. 
Por lo tanto, diferiré mi partida hasta la vuelta de S.M.I., en la esperanza 
de que S.M.I. se sirva permitirme tener el honor de aproximarme a su 
imperial persona para despedirme. 

He evitado molestar a V.E. con una comunicación oficial, en el deseo 
de ahorrar su tiempo, tan valioso para el servicio de su país, y feliz 
tambiénde acreditar, aúnen undetalle, mi anhelode hacer todo lo posible 
para ser personalmente agradable a V.E. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. el vizconde de Inhambupe, etcétera. 


La Misión Ponsonby 


43 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, junio 13 de 1826. Excmo. señor: Tengo el honor de 
incluir la contestación del vizconde de Inhambupe a mi carta del 4 del 
corriente. 

En ella está contenida la proposición que el gobierno brasileño ha 
resuelto enviar al gobierno de La Plata. Creo que es suficientemente 
distinta de lo que fue — en estilo y por las adiciones hechas — como para 
autorizarme a ser su portador y que puede ser ventajoso para la paz hacer, 
por lo menos, alguna obertura. 

No ha habido ninguna idea de acercamiento que pueda llevar a un 
arreglo, ni siquiera me ha sido insinuada por ninguna autoridad; pero 
entiendo que todo el consejo aprobó virtualmente el principio de la paz, 
cuando fue tomada en consideración mi carta del 4, y que sólo el em- 
perador lo rechazó, declarando, con gran violencia, que está resuelto a no 
renunciar, nunca, a nada, etcétera. 

He creído oportuno demorarmi partida, a fin de despedirme de S.M.I. , 
a su vuelta de su palacio de campo; y, previamente a mi partida 
manifestaré por escrito al ministro brasileño que Gran Bretaña observará, 
durante esta desgraciada guerra, una escrupulosa neutralidad, confiando 
que los reconocidos derechos de guerra no serán llevados, por ninguno de 
los beligerantes, más allá de los límites prescritos por la ley de las 
naciones. 

Espero no incurrir en error si, bajo mi responsabilidad, reservo, por el 
momento, el contenido del siguiente párrafo de mis instrucciones N e 3, 
donde se me ordena declarar: “Que, aunque escrupulosamente neutral en 
su conducta, la simpatía del gobierno británico no puede dejar de 
pronunciarse en favor de aquel beligerante que haya mostrado la más 
pronta disposición para traer la querella a una solución amistosa”. 

El gobierno brasileño, al formular una proposición, de la cual puedo 
consentir ser el portador (aunque, en si misma, casi fútil), ha llenado, tal 
vez, aquella condición, cuyo no cumplimiento habría exigido la declina- 
ción arriba mencionada, y mi actual concepto de las cosas, aquí, me 



44 


Luis Alberto de Herrera 


inclina a pensar que es mejor, en todo sentido, dejarlas marchar, por el 
momento, estando siempre en tiempo de articular aquella declaración. 

Más adelante, expresaré que estaré pronto para ser, si el gobierno 
brasileño lo deseare, solícito y celoso emisario de cualquier propuesta, de 
carácter pacífico, que el emperador pueda creer del caso trasmitir, por mi 
intermedio, al gobierno de Buenos Aires. 

Aprovecharé la primera oportunidad para ponerme en comunicación 
con el señor Dawkins, en Panamá. Ninguna se me ha ofrecido aún. 

Envío mis despachos por H.M.S. Brilon, y tendré el honor de escribir 
nuevamente a V.E. por el paquete brasileño, que saldrá el domingo, 19 del 
corriente. 

Tengo el honor de ser, con gran verdad y consideración, señor, su más 
obediente y humilde servidor. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Caiming, etcétera. 




La Misión Ponsonby 


45 


LA PROPOSICION 


Los Estados Unidos de La Plata reconocerán, simple e ilimitadamen- 
te, la incorporación del estado Cisplatino al Brasil, como provincia del 
imperio, y, en compensación, Montevideo será declarado puerto libre 
para todas las naciones, y, además de esto, de abrigo para los buques de 
Buenos Aires, sin que paguen ningún derecho. 

Sobre esta base, se concertará un tratado de paz, comercio y navega- 
ción, con las estipulaciones y acuerdos que convengan ambas pai tes. 


1NIIAMBUPE A PONSONBY 


Palacio de Río de Janeiro, junio 15 de 1826. Excmo. señor: He puesto 
en conocimiento de S.M. el emperador, mi señor, la proposición que V.E. 
ha hecho, como mediador entre el imperio del Brasil y el gobierno de 
Buenos Aires, a fin de alcanzar la deseada paz entre los dos estados: es 
decir, que la provincia Cisplatina sería separada del imperio, para ser 
incorporada a las Provincias Unidas del Río de la Plata, y que el gobierno 
de Buenos Aires daría una indemnización pecuniaria al gobierno brasi- 
leño. 

S.M.I., aunque reconoce en este acto una prueba más del interés que 
S.M.B. pone en la prosperidad del imperio, no cree, en conjunto, 
aceptables dichas proposiciones. 

El mismo augusto señor, deseoso sin embargo de probar, por su parte, 
cuánto anliela poner término a las calamidades de una guerra, de la cual 
sólo pueden resultar los más graves daños a los dos países, provocada 
muy en contra de sus generosos sentimientos de moderación y relación 



46 


Luis Alberto de Herrera 


amistosa con todos sus vecinos, me lia ordenado ofrecer a V.E. otra 
proposición de paz: “Que Buenos Aires reconozca simple e ilimitada- 
mente, la incorporación del estado Cisplatino al Brasil, como provincia 
del imperio, y, en compensación, Montevideo será declarado puerto libre 
para todas las naciones, y, además, de abrigo para los buques de Buenos 
Aires, sin que paguen ningún derecho; y, sobre esta base, será concertado 
un tratado de paz, comercio y navegación que contenga las estipulaciones 
y acuerdos que convengan ambas paites”. 

Al cumplir las órdenes del emperador, mi señor, me considero feliz de 
tener esta oportunidad de ofrecer a V.E. las protestas de mi verdadera 
estima y muy alta consideración. Dios guarde a V.E. — (filmado) 
Vizconde de Inhambupe. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 

Río de Janeiro, junio 18 de 1826. Excmo. señor: Aún no he podido 
obtener del gobierno brasileño el texto de la proposición que acepté llevar 
a Buenos Aires, desligada de otro asunto y redactada en ténninos 
apropiados, por separado. 

Tengo el honor de incluir un impreso, recién publicado aquí, que, se 
dice, es de origen oficial. Por lo tanto, se puede considerar como la 
versión que divulgan para que aparezca su opinión sobre los asuntos con 
La Plata, etcétera. 

Yo no comprendo bastante el portugués para pretender juzgarlo; pero 
creo que son meras zonceras y zonceras viejas, también. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Camiing, etcétera. 

(El anexo a que se refiere, consiste en ocho páginas impresas, en 
portugués, tituladas: “Recordagao dos direitos do Imperio do Brasil á 




La Misión Ponsonby 


47 


Provincia Cisplatina” .) 


PONSONBY A 1NIIAMBUPE 


Río de Janeiro, junio 25 de 1826. Excmo. señor: En la conversación 
que días atrás tuve el honor de mantener con V.E., traté de expresar, con 
renovada energía, el sincero anhelo con que mi gobierno desea ver alguna 
exteriorización de aspiraciones pacíficas en los consejos del gobierno 
brasileño, y señalé, con la amplitud que el claro entendimiento de V.E. y 
buena fe en los negocios me autorizan a usar, cuán desprovista está de tal 
espíritu la respuesta que el gobierno de S.M.I. ha dado a la proposición 
del gobierno de La Plata. 

Yo referí entonces, y refiero, ahora, no a los comentarios o razona- 
mientos que figuran en la réplica misma. 

Pido, ahora, permiso para tomarme la libei tad de recordar a V.E. (pero 
en la forma más confidencial posible) aquella conversación y para decir 
cuán fervientemente espero que V.E. la juzgue juiciosa y encuentre el 
modo hábil de persuadir al gobierno brasileño sobre la conveniencia de 
adoptar alguna medida que pueda esperarse conduzca a un comienzo de 
negociación para el restablecimiento de la paz; y que yo no me sienta 
obligado antes de mi próxima partida de este país, a expresar, en el 
lenguaje de mis instrucciones, los sentimientos con que mi gobierno 
recibirá la noticia de la forma en que la mediación de S.M. ha sido tratada 
por el gobierno brasileño, tan poco de acuerdo, en los hechos, con lo que 
los repetidos pedidos y consejos de S.M. para la solución de la querella 
con Buenos Aires habían dado al gobierno británico el lógico derecho de 
esperar. 

Esta nota, dirigida al conocimiento de V.E., sólo tiene por objeto 
llamar su atención, seriamente, sobre el asunto a que refiere, con la 
esperanza de que la sabiduría e influencia de V.E. prevean y eviten el 
error. 


48 


Luis Alberto de Herrera 


V.E. sabe con cuánta sinceridad procede el gobierno de Gran Bretaña, 
que desea ver seguro el trono del Brasil, que presume los peligros que lo 
amenazan y que ha informado de esos peligros a los ministros del 
emperador. 

Confío recibir de V.E., cuando loeslime conveniente, alguna respues- 
ta a esta nota, confidencial y secreta, a fin de dar los pasos que las 
circunstancias puedan demandar. 

Tengo gran placer en aprovechar de esta oportunidad para asegurar a 
V.E. la alta consideración con que soy, etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. el vizconde de Inliambupe, etcétera. 


1NHAMBUPE A PONSONlíY 


Río de Janeiro, julio 29 de 1826. Excmo. señor: He tenido el honor de 
recibir la caita confidencial de V.E. del 25 del corriente mes y, después 
de leerla con la debida atención, veo que V.E. desea, con motivo de su 
próxima partida, ser portador de algunas bases que puedan llevar a la paz 
inmediata entre el emperador del Brasil y las Provincias del Río de la 
Plata. 

No creo necesario repetir a V.E. que el gobierno brasileño desea, 
sinceramente, entrar en alguna negociación que pueda conducir a la paz 
con el gobierno de Buenos Aires; pero, al mismo tiempo, debo manifestar 
a V.E., con la franqueza que corresponde a mi carácter, que S.M. el 
emperador del Brasil no aceptará ninguna proposición que tenga como fin 
la cesión de la provincia Cisplatina a dicho gobierno, porque S.M.I., 
entonces, faltaría a la protección que debe a un pueblo que lo aclamó en 
fonna espontánea y que forma parte, hoy, del imperio de Brasil, habiendo 
prestado juramento a la constitución de la monarquía brasileña. 

Sin embargo, si V.E. juzga que hay, a su juicio, alguna manera de 
poner término a la guerra, por medio de negociaciones, espero que V.E. 


La Misión Ponsonby 


49 


me enviará, por escrito la base que considere preferible para alcanzar un 
fin tan ventajoso y yo me apresuraré a llevarla al conocimiento imperial, 
para trasmitir, luego a V.E. su determinación. 

Tengo el honor de saludar a V.E. con verdadera estima y alta 
consideración. — (firmado) Vizconde de Inhambupc, 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


INIIAMBUPE A PONSONBY 


Río de Janeiro, julio 29 de 1826. Excmo. señor: Tengo el honor de 
acusar recibo del oficio que V.E. me dirigió, con fecha del 13 del 
corriente, y absteniéndome de contestar, como me sena muy fácil, 
algunas de las aserciones en él contenidas, me limitaré a manifestarle que 
si, por un lado, el gobierno de S.M.I. el emperador ve con la mayor pena 
que V.E. no considere suficiente la base que el gobierno propuso a V.E., 
en calidad de mediador, para iniciar las negociaciones de paz entre el 
emperador del Brasil y Buenos Aires, por otro lado, dicho gobierno se ha 
sentido muy halagado por la declaración que V.E. fonnula de que su 
gobierno mantendrá, durante la guerra infortunadamente existente entre 
los dos países, la más escrupulosa neutralidad. V.E. puede abrigar la 
certeza de que el gobierno imperial cumplirá estrictamente las leyes que 
el derecho de las naciones prescribe en tales casos. 

No cerraré esta respuesta sin manifestar a V.E. cuán grato me ha sido 
que la honorable comisión que V.E. trajo a esta corte me haya dado 
ocasión de apreciar íntimamente los talentos, luces y distinguidas cuali- 
dades que adornan a V.E. y que lo hacen acreedor a la estima de todos 
aquellos que tienen la buena fortuna de cultivar su trato. 

Pido a V.E. que acepte las protestas de la leal amistad y alta con- 
sideración con que tengo el honor de suscribirme muy atento y seguro 
servidor. — (firmado) Vizconde de Inhambupe. 

A S.E. lord Jolui Ponsonby, etcétera. 


50 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A INHAMBUPE 


Río de Janeiro, julio 30 de 1 826. Excmo. señor: El abajo firmado tiene 
el honor de acusar recibo de la nota de V.E. , de fecha julio 29, y se permite 
expresar la gran satisfacción con que ve la declaración de las disposicio- 
nes pacíficas del gobierno brasileño y ratificar sus fervientes añílelos de 
que ella pueda conducir a un ajuste amistoso de la diferencia existente 
entre el Brasil y La Plata. 

El abajo firmado está animado por el sincero deseo, así como por el 
deber, de hacer todo lo que esté a su alcance para complacer al gobierno 
brasileño y tienda a la restauración de la paz; pero el abajo firmado se 
considera impedido, por su posición, de tomar sobre sí el sugerir al 
gobierno brasileño alguna proposición que sirva de base para fundar esas 
negociaciones de paz. 

El criterio y conocimiento del gobierno imperial son las mejores 
fuentes de las cuales puede brotar tal proposición y es de allí que el 
gobierno británico cree que debe brotar. 

El gobierno británico ha sido solicitado, por formal petición del 
gobierno del Brasil, como mediador, y tiene, por lo tanto, el derecho de 
esperar que el gobierno brasileño hará algo que, en realidad, abra el 
camino a una posible cesación de hostilidades. 

El abajo firmado tiene la desagradable necesidad de manifestarque no 
ve en la contraproposición presentada por el gobierno brasileño el menor 
síntoma de tal posibilidad; y, penetrado de que S.M.B. debe esperar que 
los pasos que ha dado serán debidamente apreciados por S.M.I. y que el 
gobierno brasileño, efectivamente, aprovechará la oportunidad obtenida 
por S.M. (a pedido del gobierno brasileño) para intentar medidas que 
pongan término a las hostilidades, tan perjudiciales para los nuevos 
estados de América y tan particularmente peligrosas para la estabilidad 
de la presente forma de gobierno en el Brasil, el abajo firmado vivamente 
desea que el gobierno brasileño crea oportuno tomaren consideración las 
representaciones amigables que ahora tiene el honor de dirigirle. 

El abajo firmado aprovecha esta oportunidad para reiterar a V.E. su 




La Misión Ponsonby 


gran miramiento y alta consideración, etcétera. — (turnado) 
sonby. 

A S.E. el vizconde de Inliambupe, etcétera. 


INIIAMBUPE A PONSONBY 


Río de Janeiro, 7 de agosto de 1 826. Excmo. señor: Tengo el honor de 
acusar recibo de la nota que V.E. me dirigió el 30 del mes último, donde, 
en respuesta a la mía del 25 del mismo mes, declina proponer las bases 
que yo esperaba que V.E. nos sugeriría como las más indicadas para 
entrar en alguna negociación eficaz para poner fin a las hostilidades 
existentes, por desgracia, entre el Imperio y el gobierno de Buenos Aires. 

Tanto por las conferencias que ha celebrado conmigo, como por las 
notas que le he dirigido, V.E. no dudo que hará justicia a la pureza de 
intenciones y propósitos del gobierno de S.M.I. de acabar con las 
calamidades de la guerra. Por esa razón, el mismo gobierno, estimando 
en su justo valor la mediación cuyo desempeño ha sido conferido a V.E., 
se apresura a comunicarle, de manera formal y precisa, las bases que 
considera más adecuadas para hacer la paz y más conformes con el honor 
y derechos de S.M.I. 

En consecuencia, nada más puede agregarse a este respecto, excepto 
que el gobierno imperial, siempre dispuesto a vivir en paz con sus 
vecinos, desea ver terminados los males de la guerra, que sólo pueden 
proporcionar peijuicios sin cuento a dos estados de reciente fono ación. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) Vizconde de 
Inhambupe. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


52 


Luis Alberto Je Herrera 


PONSONBY A INHAMBUPE 


Río de Janeiro, agosto 1 1 de 1 826. Excmo. señor: Tengo el honor de 
acusar recibo de la nota de V.E., fecha el 7 del actual. 

Había abrigado la esperanza de que la sabiduría del gobierno brasi- 
leño hubiera fácilmente encontrado algunas bases hábiles para poner 
ténnino a las hostilidades, tan peligrosas para los beligerantes como 
perjudiciales para el bienestar de toda Sudamérica. Y es con profunda 
pena que me entero de que la proposición formulada por los ministros de 
S.M.I. no contiene nada calculado para lograr ese indispensable fin, sino 
que, por el contrario, está forjada como para hacer imposible el éxito de 
la mediación y frustrar los anhelos de los verdaderos amigos de la paz y 
de América. 

Es necesario, a los fines de la mediación, que cada uno de los 
beligerantes se halle dispuesto a hacer alguna concesión, porque si 
cualquiera de ellos sostuviera que todas sus pretensiones debieran de ser 
atendidas y pretendiera del poder mediador que hiciera de tal demanda la 
base del arreglo, se habría llamado al mediador, no para conciliar, sino 
para tomar parte directa en la disputa. Si las proposiciones presentadas, 
una por el gobierno del Brasil y la otra por el gobierno de La Plata, fueran 
minuciosamente examinadas, se encontraría que la de este último gobier- 
no contiene en sí los elementos necesarios para la existencia de la 
mediación, es decir, el principio de transacción: ofrece dar algo en 
retribución de lo que desea recibir. 

Laproposición del Brasil, por el contrario, exige todo y no ofrece nada 
en cambio, y, por consiguiente al excluir la idea de concesión, hace 
imposible la mediación. El Brasil reclama la mediación de S.M.B. tan 
vehementemente como La Plata, así como su apoyo y consejo para el 
arreglo de la diferencia entre ambos países. No se puede dudar cuál de los 
vecinos ha demostrado el mayor deseo porque el beneficio de la paz sea 
pronto disfrutado y sobre cuál recae la pesada responsabilidad de estar 
menos dispuesto a la terminación de la guerra. 

El gobierno británico, alegando razones que nunca fueron contesta- 


La Misión Ponsonby 


53 


das y que yo esperaba pudieran haber gravitado favorablemente en el 
ánimo de los componentes del gabinete de Río de Janeiro, colocaba ante 
los ojos de este gobic^o, con viva luz, el riesgo seguro y el probable 
peligro a que el emperador y el imperio del Brasil mismo se exponen, 
insistiendo en una política que fomenta viejas animosidades y las crea 
nuevas, por las que muy poco puede ganarse y, en cambio, se puede 
perder todo, y que, sin necesidad, amenaza levantar en amias a los 
republicanos contra el principio monárquico en Sudamérica. 

Gran Bretaña se ha empeñado inútilmente y, ahora, es fútil la es- 
peranza de que una amistosa intervención pueda alcanzar resultado, 
porque decididamente el Brasil es contrario a toda transacción. En este 
estado de cosas, declaro que, habiendo el gobierno británico prevenido a 
los ministros de S.M.I. de los peligros a que ellos voluntariamente se 
exponían, pone a salvo toda responsabilidad por las consecuencias de un 
procedimiento que se ha esforzado, en vano, en modificar. Declaro, 
asimismo, que el gobierno británico observará, durante esta infausta 
guerra, una escrupulosa neutralidad, esperando, sin embargo, que los 
derechos de guerra vigentes no serán ejercidos por ninguno de los 
beligerantes más allá de los límites prescriptos por la ley de las naciones. 

Me ha sido ordenado no ocultar que los deseos del gobierno británico, 
escrupulosamente neutral en su conducta, no podrán dejar de inclinarse 
en favor de aquel beligerante que demuestre la mejor disposición para 
ponerle amistoso témiino al conflicto y que, toda vez que el criterio, en 
Río de Janeiro, asumiera un carácter más pacífico, tengo instrucciones de 
estar pronto para renovar, si el gobierno del Brasil así lo deseara, la 
gestión ahora tan infructuosamente iniciada y de ser intermediario, 
voluntario y solícito, de cualquier obertura que el emperador del Brasil 
encontrara conveniente entablar ante el gobierno de Buenos Aires. 

A través del cambio de opiniones que he tenido el honor de efectuar 
con V.E., sobre la razón de esta guerra, he evitado, intencionalmente, 
todo comentario sobre la reclamación de derechos a la posesión de la 
Banda Oriental, formulada por el gobierno brasileño y siempre me he 
limitado, estrictamente, a la cuestión política, de paz o guerra, que afecta 
directamente los intereses del Brasil y La Plata y a toda Sudamérica en 




54 


Luis Alberto de Herrera 


general. 

Sin embargo, puede ser conveniente declarar que, no sólo me lie 
abstenido de dar mi opinión sobre el reclamo de derecho, sino que mi 
silencio no debe ser tenido como asentimiento a la justicia del reclamo o 
como negación de su validez. 

Es con infinita pena que abandono finalmente toda esperanza de una 
feliz terminación de la empresa acometida, confiada a mi cuidado por 
S.M. el rey, mi soberano, y desearía que fuera posible que algún acon- 
tecimiento, favorable a los intereses del Brasil, pueda, en momento más 
afortunado, propiciar loque tan ardientemente he deseado: una paz sólida 
y duradera. 

Al poner término a esta importante gestión, ruego a V.E. me permita 
expresarle la satisfacción personal que he experimentado por la franque- 
za y confianza que siempre me ha dispensado, aprovechando la oportu- 
nidad para ofrecerle las expresiones de mi más alta consideración. 

De V.E. respetuoso y atento servidor. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el vizconde de Inhambupe, etcétera. 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, agosto 11 de 1826. Excmo. señor: Visité, hace pocos 
días, al secretario de relaciones exteriores, para rogarle modificara la 
respuesta de su gobierno a la proposición del de Buenos Aires, y he 
aprovechado la oportunidad para hablarle, en sentido general, de la 
cuestión pendiente entre estos dos países — Brasil y La Plata — entrando 
de lleno, nuevamente, al examen de las dificultades y peijuicios que la 
guerra acarreará. 

Apercibiéndome de que nuestras opiniones apenas diferían y de que 
él también ansiaba vivamente la paz, le pregunté si juzgaba que nada 
podía intentarse con el fin de poner término a las hostilidades y si creía 
imposible que la idea que había sido sugerida en la iiúciación del asunto. 



La Misión Ponsonby 


55 


y a la que su gobierno, aparentemente, había prestado tan poca atención, 
podría ahora ser considerada como conducente al resultado apetecido, 
esto es: que Montevideo y la Banda Oriental fueran declarados un estado 
independiente. 

Observé que tal arreglo haría desaparecer una dificultad sobre la cual 
el emperador había insistido grandemente — el punto de honor — y enu- 
meré las diversas ventajas que de él se derivarían para el Brasil, aun con 
prescindencia de la mayor de todas: la conclusión de la guerra. 

Solicitándome aclaraciones sobre mi pensamiento, en lo referente a 
la independencia de la Banda Oriental, me preguntó: ¿Quién será la 
garantía del arreglo? Le contesté que no veía la necesidad de ella, pero 
insistió: ¿Inglaterra no ofrecería esa garantía? Le repliqué que segura- 
mente no. Me dijo que su pregunta se refería, especialmente, a la garantía 
de la libre navegación del Río de la Plata. Le manifesté que tal vez 
Inglaterra consintiera en tomar algunas medidas para asegurar el libre 
comercio en ese río, si se lo solicitaran todas las partes interesadas. 

Me preguntó: “¿Dónde se encontrarían personas capaces de constituir 
el gobierno de la provincia?”. 

Le contesté lo siguiente: “Los mismos que pueden hacer la guerra, 
podrán, probablemente, mantener la paz y en Montevideo, que ustedes 
retienen ahora por la fuerza, por lo menos, las tres cuartas partes de los 
habitantes están decididamente contra ustedes, como nadie lo ignora; y 
una ciudad tan favorablemente colocada como esa puede producir 
personas capaces de gobernar". Pero observé que sería más propio 
considerar ese punto más adelante, si la independencia fuera tomada 
como base para la negociación. 

El ltízo una insinuación respecto a los sentimientos personales del 
emperador y a su determinación de continuar la guerra, la que evité 
contestar directamente; pero continué abogando en favor de la paz, 
señalando los peligros a que la guerra exponía al trono y la insensatez de 
confiar en un éxito, ahora que la experiencia había demostrado que la 
inmensa superioridad numérica de la escuadra del emperador y su 
comparativa abrumadora fuerza nada podían hacer en el Plata contra la 


56 


Luis Alberto de Herrera 


insignificante defensa del enemigo, favorecido por la situación, etcétera; 
que era evidente que toda la ventaja que el Brasil podía esperar, en 
adelante, era la de interrumpir el comercio del río, mediante el bloqueo, 
que, aunque Buenos Aires podía sufrir y sufría por esta hostilidad, no era 
este un perjuicio capaz de hacer ceder a un pueblo empeñado en la 
contienda por múltiples sentimientos, como lo estaba el pueblo compro- 
metido en esta lucha, que, después de todo, las consecuencias del bloqueo 
las experimentaban, en primer término, los aliados y amigos del Brasil, 
y que, su renovado rigor, había ya originado grandes trastornos y disputas 
y que (como él bien sabía) algunas cuestiones, más serias aún, se habían 
producido, como su consecuencia, y otras eran inminentes. 

Que todas las naciones lesionadas en sus intereses comerciales, 
estaban grandemente excitadas y demostraban sus sentimientos de dis- 
gusto y desaprobación contra los beligerantes y, especialmente, contra la 
parle que parecía menos dispuesta a escuchar propuestas de paz. 

Que esos sentimientos podían muy pronto gravitar sobre los gobier- 
nos de esas naciones y serla causa de la adopción de medidas para impedir 
a sus respectivos súbditos servir en la guerra en las filas de cualquiera de 
los beligerantes; y que esa medida traería, como resultado, la total 
inhabilitación del Brasil para continuar la guerra por mar, pues, como él 
bien lo sabía, las tripulaciones de los barcos brasileños estaban compues- 
tas, en su totalidad, por elementos extranjeros. Y agregué: que la forma 
en que súbditos del mismo rey, hombres de la misma sangre, estaban 
ahora peleando, unos contra otros, por una causa completamente ajena y 
sin interés para ellos, era, en sí misma, chocante; que eso era motivo de 
gran escándalo y de enérgica censura contra los gobiernos que lo 
permitían y que, probablemente, ya hubieran sido todos ellos informados 
de ese estado de cosas, por sus respectivos agentes en estos países. 

Que, por mi parte, yo había considerado de mi deber trasmitir 
circunstanciadamente esos informes a mi gobierno y exponerle, con toda 
veracidad, las opiniones corrientes. 

Continué: “Suponga, pues, que los gobiernos de Europa y de Estados 
Utúdos obligaran a sus súbditos a observar estricta neutralidad a causado 


La Misión Ponsonby 


57 


esa advertencia: ¿cuál sería la consecuencia de esa decisión para uste- 
des?”. A lo que replicó que yo sabía, que, entonces, la escuadra no podría 
moverse: pero agregó: “Esa medida, si fuera adoptada, afectaría, por 
igual, a Buenos Aires”. 

Le contesté que lo afectaría, pero en un grado menor, pues Buenos 
Aires sólo cuenta con unos pocos barcos y esos le son de escasa utilidad 
para la defensa, mientras que el Brasil necesitaba toda una escuadra para 
poner en práctica sus planes y Buenos Aires nunca podría equipar una 
marina de combate; que, para defender su capital contra todos los barcos 
brasileños, le bastaban unas pocas cañoneras, que sólo le demandaban 
pequeñas erogaciones, mientras la escuadra y la guerra en la Banda 
Oriental le insumían al emperador más de la mitad de las rentas que 
producía su imperio. 

Le rogué que tuviera presente que el crédito estaba agotado y no había 
probabilidad de más empréstitos; que él conocía el estado de la propia 
banca y la disposición de la cámara de diputados; que se hallaban ahora 
al borde de grandes y serias dificultades y que unos pocos pasos más 
podrían significar lo irremediable. 

Que la intervención de mi gobierno había sido pedida para esta 
cuestión en particular; que Gran Bretaña había sido siempre la amiga más 
fiel de la casa de Braganza y, por consiguiente, había deseado y apoyado, 
en todo momento, la seguridad del trono y el honor del emperador; que, 
si algún otro motivo hubiera influenciado al rey, no habría tenido reparo 
en declararlo, porque era un monarca demasiado poderoso para necesitar 
otras armas que las emanadas de su propio poder y tan sabio como grande 
para descender a vanas argucias diplomáticas. Que el consejo dado por 
el gobierno británico, estaba fundado sobre hechos que el gobierno 
brasileño no podía negar e inspirado en el deseo de afirmar el trono del 
emperador y para preservar de guerras y desastres a toda América. 

Que, como amigo y como soberano solicitado por el gobierno 
brasileño para mediar, los consejos del rey de Inglaterra debían ser 
considerados con gran atención; que, en realidad, poco caso se había 
liecho de ellos, porque la respuesta a la proposición de Buenos Aires, no 


58 


Luis Alberto de Herrera 


sólo era fútil, sino que podía ser considerada ofensiva por el gobierno de 
La Plata, antes que indicativa de la menor buena disposición para llegar 
a la paz por parte del gobierno del Brasil. 

Que la vehemencia con que el emperador del Brasil había expresado 
a S.M.B. su deseo de consejo y apoyo para poner fin a su disputa con 
Buenos Aires, había despertado una justa confianza en la sinceridad y 
rectitud de sus intenciones; pero que yo no había hallado la evidencia de 
ese deseo y creía que el gobierno británico sería de la misma opinión, 
cuando fuera informado de los procedimientos seguidos aquí. 

Que el gobierno británico había prevenido claramente al gobierno del 
Brasil de las consecuencias que podría acarrearle la prosecución de una 
insistente política belicosa y que, por consiguiente, no podía ser respon- 
sable de lo que a causa de ella pudiera sobrevenir. 

Al finalizar nuestra entrevista, el secretario me rogó le escribiera y 
manifesté que lo haría sólo para llamar su atención sobre el tema de 
nuestra conversación. 

En todas las conferencias que he celebrado con el vizconde de 
Inliambupe, he usado argumentos de la misma naturaleza de los que 
acabo de mencionar y, los suyos, se han limitado, gene, ulmente, a lo 
siguiente: 

“Que los orientales son rebeldes y que deben ser sometidos por la 
fuerza, para prevenir que el mal ejemplo pueda contagiarse a otras 
provincias del imperio. 

“Que los bonaerenses son unos villanos, a quienes hay que enseñarles 
a respetar al emperador, que ellos, en realidad, empezaron la guerra 
excitando una rebelión en la provincia Cisplalina y ayudando a los 
insurgentes. 

“Que el Río de la Plata es el límite natural del Brasil, por ese lado, 
como el río Amazonas lo es por el otro. 

“Que el emperador está en posesión de Montevideo y que nadie podrá 
arrancárselo. 

“Que el emperador tiene los medios de obligar a Buenos Aires a hacer 




La Misión Ponsonby 


59 


la paz y que los pondrá en práctica y que el trono mismo debe arriesgarse, 
cuando el honor del emperador está en juego. 

“Que Bolívar está demasiado ocupado en el Perú para pensaren estos 
asuntos y que, si él estuviera dispuesto, Colombia no lo ayudaría a atacar 
al Brasil”. 

Habiendo llegado a mi conocimiento que parte de mi conversación ha 
sido repetida a S.M.I. y deseando conocer sus intenciones, antes de 
escribir al vizconde de Inhambupe, diferí mi carta liasta el 25 de julio, 
fecha en que le envié la nota privada (cuya copia adjunto, N 9 1 ), de la que 
recibí respuesta el 29 (N 2 3) y, el 30, le envié la nota cuya copia incluyo 
(N 9 4); su contestación (N 9 6), me llegó el 8 de agosto. 

Mi primera nota tenía por objeto incitarle a adoptar alguna determi- 
nación, como consecuencia de nuestra anterior conversación. En su 
respuesta, me pedía le suministrara algunas bases, a lo que me negué en 
mi nota inmediata, lamentando no complacer sus deseos, por considerar 
que aquéllas debían surgir del gobierno de S.M.I. En su última nota, me 
devolvió la proposición original de su gobierno, cuyo extracto va a 
continuación: “Que Buenos Aires reconoce espontánea y voluntariamen- 
te la incorporación del estado Cisplatino al Brasil, como provincia del 
Imperio, y, en compensación, Montevideo será declarado puerto libre 
para todas las naciones y, además, será de refugio para los barcos de 
Buenos Aires, sin que ellos deban pagar derechos; y que, sobre esas bases, 
será celebrado un tratado de paz, comercio y navegación, conteniendo las 
estipulaciones y acuerdos que puedan ser convenientes para ambas 
partes”. 

Contesté el 10 del comente. (Copia N 9 7). 

Me he esforzado en demostrar, valiéndome de hechos irrecusables, 
que el gobierno británico no ha sido tratado con la atención debida, pero 
que yo he considerado correcto no hacer manifestaciones sobre el 
particular. Llevaré conmigo la proposición del Brasil, pero me esforzaré 
por evitar cualquier ofensa que se le pueda inferir al gobierno de Buenos 
Aires. 

Estoy satisfecho de que la conducta y la situación del gobierno del 



60 


Luis Alberto de Herrera 


Brasil merezcan y necesiten la repetición de esos pasajes de mis instruc- 
ciones que establecen tan firmemente los sentimientos del gobierno de 
S.M.B. 

Lamentaría tener que expresar mis opiniones sobre el peligro en que 
el gobierno se verá colocado, por causas internas producidas, o próximas 
a producirse, a consecuencia de la guerra, que el emperador está decidido 
a proseguir; pero la contienda puede tomar, de un momento a otro, un 
nuevo aspecto, si las tropas sitiadoras privaran estrictamente a Montevi- 
deo de provisiones, por tierra (lo que pueden hacer), porque no sólo la 
ciudad está ahora escasa de los artículos de primera necesidad sino que 
la misma flota brasileña depende de los víveres de Montevideo para 
abastecerse, pues tiene escasez para mantener sus hombres. 

Mi larga permanencia en ésta habrá, por lo menos probado al gobier- 
no brasileño que S.M.B. desea formalmente poner fin a las hostilidades, 
y esto es una señalada prueba del valor que S.M.I. asigna ahora a los 
consejos y deseos del gobierno de S.M.B. 

Me dirigiré inmediatamente a Buenos Aires, pues, durante mi perma- 
nencia en ésta, no he recibido una sola línea procedente de allá. 

No lie podido encontrar el medio de enviar algún despacho al señor 
Dawkins; el señor Chamberlain, quien conoce muy bien este país, me 
aconsejó aguardar hasta mi arribo a Buenos Aires. 

Saludo a V.E. con mi más alta consideración, etcétera. — (firmado) 
John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, agosto 19 de 1826. Excmo. señor: Tengo el honor de 
adjuntar la respuesta del vizconde de Inhambupe a mi última nota, de la 
cual va una copia (N 9 7) con el despacho N 9 10. 



La Misión Ponsonby 


61 


Desde que tuve el honor de escribir la última vez, he examinado 
detenidamente la constitución de este imperio y he consultado la opinión 
de personas caracterizadas, para ilustrarme sobre este punto, habiendo 
llegado a la conclusión de que el emperador no podrá celebrar un tratado 
sin el concurso de la legislatura, si en ese tratado hubiere alguna cláusula 
sobre pago de dinero o sobre la cesión de alguna porción de territorio. 

Como S.M.I. ha declarado, públicamente, que la Banda Oriental es 
una parte integrante del imperio, yo opino que la solución de este asunto 
está dentro de las atribuciones de la legislatura y que, en consecuencia, 
no habrá autoridad existente, antes del próximo mayo, capaz de hacer la 
paz sobre las únicas bases posibles. 

No se puede negar que existen disturbios en la parte septentrional del 
imperio. Se ha tratado de la guerra en la cámara y se han hecho censuras, 
pero entiendo que los mayores enemigos del actual orden de cosas 
esperan de él demasiados provechos para ir contra su estabilidad. El 
emperador está equipando cinco cruceros (uno, una presa inglesa) para 
defenderse, según creo, de los barcos de Buenos Aires, que se cree operan 
aguas afuera de este puerto, atacando el comercio. 

El total de los gastos de guerra es costeado por emisiones del banco, 
cuyos billetes tienen ahora, comparados con la moneda de plata 40% de 
pérdida. Como lo comuniqué antes a V.E. , las provincias, en vez de enviar 
dinero, están retirándolo de aquí. 

Considero que todos piensan que hay motivos suficientes para alar- 
marse por el estado del imperio y opino que tal creencia, por sí sola, ya 
constituye un peligro. 

Ciertamente veo que hay causas justificadas para tales aprehensiones, 
pero creo que un gobierno establecido tiene tanto poder, si lo ejercita, que 
cuenta siempre con la mejor probabilidad de éxito en caso de crisis. 
Confío que aquí ocurrirá lo mismo en la emergencia. 

Según he oído, los bonaerenses han levantado ganados de Río 
Grande, por valor de 120.000 libras. Si ellos se establecen como dueños 
de esta región, aumentarán infinitamente las dificultades, que ya van 
siendo grandes, en que la flota brasileña se halla, por escasez de provisio- 




<52 


Luis Alberto de Herrera 


nes. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) Ponsonby. 
A S.E. George Canning, etcétera. 


CANNING A PONSONBY 


Londres, agosto 21 de 1826. A S.E. lord John Ponsonby. 

Excmo. señor: Los despachos que V.E. lia enviado desde Río de 
Janeiro, hasta el N 9 6, inclusive, han sido recibidos y pasados al rey. 

Tengo gran placer en significar a V.E. , la entera aprobación, por parte 
de S.M., de la conducta observada, en cumplimiento de las instrucciones 
que le fueron impartidas, para tratar de convencer al gobierno brasileño 
de la necesidad de terminar la guerra existente, por desdicha, entre el 
Brasil y Buenos Aires. 

Es deplorable, para América y, principalmente, para el Brasil mismo, 
que los consejeros de S.M.I. sean tan inabordables sobre este asunto. 

A la vez, es satisfactorio que las razones que, según lodos los prin- 
cipios grandes y justos de política, debieran pesar en el ánimo de esos 
consejeros, hayan sido sugeridas al gabinete de Río de Janeiro, tan eficaz 
y sagazmente, por nuestro país. V.E. ha procedido acertadamente al 
declinar la misión que se le quería encomendar, de ser portador de la 
primera proposición formulada por los suministros brasileños. Hubiera 
resultado, no sólo ineficaz, sino también ofensivo para el estado ante el 
cual está V.E. acreditado, que la trasmisión de esa propuesta la efectuara 
V.E. en su primer viaje a esa capital y hubiera sido, igualmente, un mal 
principio para el afianzamiento, no sólo de la amistad, sino también de la 
autoridad que yo confío V.E. alcanzará en Buenos Aires, dentro de corto 
tiempo. V.E. ha procedido correctamente al aceptar la segunda proposi- 
ción. 

Esta no es muy promisora, pero, por lo menos, mantiene abierta la 


La Misión Ponsotiby 


63 


negociación y puede esperarse que, si el éxito naval de Buenos Aires 
continúa tan marcado como el último despacho de mister Parish lo 
describe, pueda ser persuadido el emperador de que debe introducir 
enmiendas en la propuesta, antes de empezar a sufrir las consecuencias 
que una guerra de resultados adversos debe, necesariamente, acarrear 
sobre el Brasil. Por lo tanto, V.E. debe extremar sus esfuerzos para 
convencer al gobierno de Buenos Aires, no digo de que acepte — porque 
creo que esto difícilmente puede esperarse — pero que modifique, antes 
de rechazarla, la proposición de la cual V.E. es portador. 

Los despachos del 13 de junio, del barón de Mareschal a su corte, que 
me han sido comunicados por el príncipe de Esterhazy, fortifican la 
esperanza de que los propósitos del emperador, aunque bastante violen- 
tos y tenaces, no sean, en conjunto, inflexibles, si los azares de la guerra 
y los esfuerzos de V.E. se aúnan para llevar a efecto una negociación 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) George Canning. 


PONSONBY A CANNING 


Río de Janeiro, agosto 26 de 1 826. Excmo. señor: El emperador tuvo 
a bien concederme ayer una audiencia y tuve el honor de despedirme, en 
consecuencia, de S.M.I. 

Me embarco mañana en el Doris, con rumbo a La Plata. Encontré a los 
ministros de S.M.I. en gran expectativa del rápido éxito de las operacio- 
nes contra Buenos Aires; pero no sé que hayan recibido ninguna comu- 
nicación del teatro de la guerra sobre la que esa expectativa pueda 
fundarse, siendo para mí evidente que las dificultades del gobierno 
brasileño, referentes al sostenimiento de la guerra, son muy grandes, con 
probabilidad de que aumenten cada día más. 

Sé que el emperador está dispuesto a mantener la posesión de la B anda 
Oriental y a rehusar toda propuesta, excepto un incondicional someti- 
miento a su exigencia. Una presión extranjera, o disturbios internos, 




64 


Luis Alberto de Herrera 


podrían, únicamente, cambiar este propósito. No he podido formar 
opinión sobre la primera contingencia; pero, la segunda, estoy cierto, lo 
amenaza. 

He continuado manteniendo al margen de toda discusión el derecho 
que el emperador se arroga sobre la provincia, sabiendo que esto sólo 
habría producido inútiles chicanerías diplomáticas; pero he aprovechado 
más de una oportunidad para manifestarle, privadamente, al secretario de 
relaciones exteriores, mi opinión de que, en cualquier tiempo que este 
título fuera discutido, se evidenciaría que, enrealidad, está fundado sobre 
la conquista, disfrazada con el nombre de elección libre por el pueblo. 

Las medidas que oficialmente he lomado y otras de carácter más 
privado, han tenido por objeto cumplir los deseos del gobierno de S.M.B . , 
esto es: procurar la paz, por medio de la amistosa intervención de S.M. 
el rey y, fracasando ésta, prevenir al gobierno brasileño de los peügros a 
que voluntariamente se expone; absolver de toda responsabilidad a mi 
gobierno, que queda en completa libertad de tomar las medidas que crea 
necesarias, según el desarrollo de los acontecimientos y declarar su 
simpatía a aquel de ambos beligerantes que muestre más disposiciones 
pacíficas y que propicie, al mismo tiempo, cualquier obertura de paz. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 



La Misión Ponsonby 


65 


PONSONBY EN BUENOS AIRES 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, setiembre 24 de 1826. Excmo. señor: Tengo el honor 
de poner en su conocimiento mi arribo a estas playas, efectuado el 1 6 del 
comente. 

El 17, escribí al secretario de relaciones exteriores, rogándole me 
comunicara la fecha en que el presidente me recibiría. Este, me señaló el 
día 19, expresándome su deseo de que la recepción fuera pública y yo 
pronunciara algunas palabras cuando liiciera entrega de la carta de S.M. 

El 19, el coche del presidente, arrastrado por seis caballos y acom- 
pañado por otros carruajes, vino a mi casa a buscarme y me condujo al 
fuerte, donde el presidente está obligado a residir. El general, jefe de la 
artillería, y el subsecretario de relaciones exteriores, así como el señor 
Parish, estaban en el mismo coche. En el Fuerte, fui recibido por una 
guardia de honor y saludado por los cañonazos de práctica. 

Una comisión me recibió a la entrada principal y me condujo a un 
salón en el piso superior, donde encontré al ministro de relaciones 
exteriores, quien me presentó al presidente, al que liice entrega de mi carta 
credencial y dije: 

“Que había recibido orden de entregar a S.E. una carta de S.M. el rey 
de Gran Bretaña, acreditándome, ante el gobierno de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata, como su enviado extraordinario y ministro 
plenipotenciario. 

“Que estaba orgulloso del honor que me había dispensado el rey, mi 
soberano, al elegirme para atestiguar una nueva prueba de los sentimien- 



Lmt AMxrta ét Horma 


La Misión Ponsonby 


67 


proposiciones arriba mencionadas no han alcanzado, consideré del caso 
dedicar toda mi atención al asunto y tengo el honor de enviar, ahora, a 
V.E. junto con esta carta, un proyecto que ruego a V.E. tenga la bondad 
de trasmitir al presidente, en su oportunidad, enterándole, al mismo 
tiempo, de su verdadero carácter, esto es, que su naturaleza es estricta- 
mente privada. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 


PROYECTO DE BASES DEL MEDIADOR 


Memorándum de las bases generales para una convención de paz 
entre Su Majestad Imperial y las Provincias Unidas del Plata. 

la. La provincia Oriental será declarada estado libre e independiente. 

2a. Las partes signatarias de esta convención se comprometen a 
abstenerse de toda intervención, directa o indirecta, y a impedir, por todos 
los medios a su alcance, la intromisión de cualquier otro poder, europeo 
o americano, en la formación de la constitución política y gobierno que 
los habitantes de ese estado juzgaran convenientes establecer. Será 
regido por su propia constitución, no pudiendo ser incorporado a ningún 
otro poder europeo o americano, por subyugación; no será levantada 
ninguna fortaleza, ni ninguna fuerza militar extranjera será, en ningún 
tiempo, recibida ni podrá permanecer en ningunaparte de su territorio, sin 
el consentimiento, previamente obtenido, de los antedichos poderes 
contratantes. 

3a. Las partes contratantes se garantirán mutua y respectivamente este 
arreglo, por el término de veinte años, a contar desde la fecha de la firma 
de esta convención. 

4a. Las fortificaciones de Montevideo y Colonia, serán de inmediato 
demolidas (desmanteladas). 

5a. Los gastos que ocasione la ejecución de lo establecido en el 


68 


Luis Alberto de Herrera 


artículo precedente, serán costeados por el gobierno de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata, a quien, en consecuencia, le será pennitido 
contratar personas competentes para dirigir y poner en práctica ese 
cometido. 

6a. Las autoridades brasileñas se comprometerán a no entorpecerlos 
trabajos de demolición de los antedichos fuertes y prestarán toda la ayuda 
que les sea posible en ese sentido. 

7a. El gobierno de las Provincias Unidas estará en libertad de empezar 
esta operación dentro de seis semanas, o antes, si fuere posible, después 
de la ratificación de esta convención. 

8a. La guarnición brasileña pennanecerá en las fortificaciones hasta 
que los trabajos de demolición hayan sido terminados. 

9a. Si alguna diferencia se suscitara entre las paites contratantes, antes 
de la demolición completa de las fortificaciones, será requerida la 
potencia mediadora para designar un comisionado, o comisionados, para 
examinar la causa de la diferencia sometida a él, o a ellos, y su decisión 
o la de ellos, será acatada. 

10. Luego que la demolición de las expresadas fortificaciones quede 
completamente terminada, a satisfacción de ambas partes contratantes, 
éstas, inmediatamente, retirarán sus respectivas fuerzas existentes en las 
fortalezas, o en otras partes de la provincia de la Banda Oriental, dentro 
de sus propias fronteras. 

11. Todos los prisioneros tomados por ambas partes, por mar o por 
tierra, desde la ruptura de las hostilidades entre las partes signatarias de 
esta convención, serán inmediatamente restituidos a sus respectivos 
países, y todos los oriundos de la Banda Oriental, detenidos por motivos 
políticos, por cualquiera de las dos partes, serán inmediatamente puestos 
en completa libertad. 

12. Las hostilidades, por mar o por tierra, cesarán desde la fecha en 
que esta convención sea ratificada y, una vez así felizmente restablecida 
la paz, las partes contratantes nombrarán, de inmediato, sus respectivos 
plenipotenciarios para negociar y concluir entre ellos un tratado defini- 
tivo de límites y comercio. 



La Misión Ponsonby 


69 


PONSONBY A RIVADAVIA 


(Privada), Lunes a la noche, setiembre 25 de 1826. He considerado 
cuidadosamente el punto a que V.E. ha dado tanta importancia y he 
recorrido todos los documentos en que podía esperar hallar algo que me 
permitiera asentir a lo que creo V.E. desea seriamente; pero sólo he 
encontrado muchas y fuertes razones para corroborar la determinación 
del gobierno británico de no garantizar arreglo alguno territorial, de 
cualquier clase o bajo cualesquiera circunstancias, yo creo que faltaría a 
mi deber, si accediese, aun en el menor grado, a la solicitación de tal 
medida, y así ocurriría, sin duda, si yo trasmitiese al Río de Janeiro el 
proyecto con la condición, puesta por V.E., de que yo acceda a que el 
gobierno británico sea colocado en aquella situación. Por lo tanto, 
después de una madura reflexión, yo debo negar toda conexión con 
cualquier medida que tenga por objeto, directo o indirecto, proponer a 
Gran Bretaña que dé su garantía a cualquier arreglo territorial. 

V.E. puede atribuir al vivo deseo que tengo de hacer todo lo que pa- 
rezca a V.E. ser ventajoso al gran fin de todas nuestras aspiraciones — la 
paz — cualquiera irresolución que pueda haberse advertido en mi conver- 
sación de esta tarde con V.E., y espero que se persuadirá de que siento un 
verdadero pesar de verme obligado a adoptar una línea de conducta que 
puede ser contraria a sus inclinaciones. 

Ya he manifestado verbalmente a V.E., con mucha extensión, la 
entera convicción en que yo particularmente me hallo de que la garantía 
que se desea no producirá a Buenos Aires ventaja alguna que no fuese 
obtenible por otros medios, que son asequibles; pero V.E. es el propio, 
como, ciertamente, el mejor juez de sus intereses, y yo solamente debo 
lamentar que no esté en mi poder contribuir a una obra necesaria a la 
prosperidad, seguridad y quizás a la existencia de esta república, y a la 
pacificación de Sudamérica. 

Tengo el honor, etcétera. — John Ponsonby. 

A S.E. el presidente. 


70 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A RIVADAVIA 


(Confidencial). Buenos Aires, setiembre 27 de 1826. Excmo. señor: 
He sentido infinito saber, por el señor García, que V.E. persiste en dar 
tanta importancia a la garantía, por S.M.B., de cualquier arreglo que 
pueda efectuarse en la cuestión territorial pendiente entre el gobierno de 
V.E. y el del Brasil. Lo siento, porque sé que tal garantía es absolutamente 
contraria a la política adoptada por el gobierno de S.M. y que él nunca 
consentirá en prestarla. 

Respecto de la otra garantía, que también fue objeto de discusión entre 
V.E. y yo: a saber, la garantía por S.M. de la libre navegación del Río de 
la Plata para las partes interesadas, no me creo obligado a hablar en los 
mismos términos estrictos y no ocultaré a V.E. mi particular opinión de 
que, si los beligerantes juzgasen que tal medida fuese necesaria y esencial 
para conseguir una pacificación, mi gobierno no se rehusaría a escuchar 
la propuesta, con una fuerte disposición a hacer todo lo que pareciera 
necesario (y que esté dentro de los límites de su política) para alcanzar 
aquel objeto, que es el mas benéfico y urgente. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el presidente. 


PONSONBY A GARCIA 


(Extracto de una carta privada). Buenos Aires, setiembre 29 de 1826. 
Acabo de enterarme, por el señor Parish, que no se ha progresado en el 
asunto que nos ha ocupado últimamente. 

Supongo que la dilación es provocada por la actitud de S.E. el 
presidente, al perseverar en su demanda de la garantía inglesa para el 
tratado. Si ese fuera en verdad el caso, no hay probabilidades de que el 
asunto adelante lo más mínimo. 

Sé que mi gobierno no atenderá semejante demanda y yo me consen- 


La Misión Ponsonby 


71 


tiré, tampoco, formularla. Sin embargo, pudiera ser que el presidente 
creyera razonable que el pedido de garantía para el libre comercio del Río 
de la Plata, por las partes interesadas, debiera partir de mí (como su 
origen) en mi carácter oficial. 

No considero oportuno distraerlo, enumerándole las muchas y diver- 
sas razones que hace personalmente ventajoso para el presidente ser, él 
mismo, el proponente de esta medida, y creo suficiente para mi propósito 
decir a usted, francamente, que yo no puedo consentir en iniciar esas 
gestiones. El señor Parish me manifestó que creía que el presidente 
deseaba verme mañana. Siempre consideré un grato deber visitar a S.E. 
cuando así lo ha deseado; pero, si él ahora desea verme con el propósito 
de discutir, otra vez, los tópicos que acabo de mencionar, puedo asegurar 
a usted que malgastará su tiempo. Nada puede hacer cambiar mi determi- 
nación sobre estos puntos que son cuestión de deber, de mi parte, hacia 
mi gobierno. 

Sentiré grandemente que se produzca algún entorpecimiento, pues 
sería lamentable la pérdida del actual momento, cuando las cosas están 
todavía en un estado que puede admitir la iniciación de una negociación; 
situación propicia, que mucho temo no volverá a producirse, para 
conducir el asunto a una feliz terminación, dentro de un plazo relativa- 
mente breve. 

El domingo despacharé el “Ranger” con comunicaciones para mi 
gobierno! (firmado) John Ponsonby. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, octubre 2 de 1826. Excmo. señor: Tengo el honor de 
informar a V.E. que visité a S.E. el presidente, el 20 del pasado y le 
comuniqué la proposición de Río de Janeiro, de que yo era portador, ya 
trasmitida a V.E. en mi despacho N 9 10. 

La leyó atentamente y manifestó que no era digna de que se la 



72 


Luis Alberto de Herrera 


discutiera. Le informé de la parte de mi gestión en Río, que juzgué 
suficiente para abonar la vehemencia con que el gobierno británico ha 
urgido al gobierno brasileño para que tome algunas medidas, efectivas, 
tendientes a la restauración de la paz, y S.E., en términos firmes, expresó 
que él y la república sentían viva simpatía y gratitud hacia S.M. por su 
amistosa mediación. 

Con anterioridad a mi entrevista con el presidente, yo había examina- 
do con gran cuidado, y discutido largamente con el señor Parish, las 
opiniones que yo terna acerca de la conducta que convenía seguir en las 
circunstancias en que actualmente se encuentra este país, para cumplir 
mis instrucciones respecto a la paz. 

He celebrado también, acompañado por el señor Parish, una larga 
conversación con el señor García, a quien — nombrado, por este gobier- 
no, enviado extraordinario ante el de S.M. — .juzgué con título suficiente 
para merecer mi confianza y obtener de él informaciones muy útiles, por 
tratarse de una persona de larga experiencia en los asuntos políticos de 
este país. 

Cuando le hube expuesto mis opiniones, pude comprobar, con gran 
satisfacción, que éstas concordaban, en absoluto con las suyas. Me 
manifestó, también, que él creía que un notable cambio se había produ- 
cido en las opiniones del presidente, bastante como para dar lugar a una 
esperanza de que ahora estaría mejor dispuesto para acoger la propuesta 
de arreglo que yo pensaba presentarle, con el fin de alcanzar la termina- 
ción de la guerra. Finalmente, el proyecto de erigir a la Banda Oriental en 
un estado independiente y, también, insinuar que podía no ser imposible 
obtener del gobierno de S.M.B., a petición de los beligerantes, la garantía, 
a las dos partes, de la libre navegación del Río de la Plata. 

Estoy perfectamente enterado de que el gobierno de S.M. preferiría 
evitar antes que apoyar esa gestión; pero, al mismo tiempo, estoy tan 
convencido de que, sin ella, no sólo la fórmula en trámite sería rechazada 
por este gobierno sino que, aunque fuera considerada, no produciría los 
benéficos resultados que, en mi opinión, se derivarían de la ejecución de 
todo el proyecto, incluyendo la garantía que, en consecuencia, el fin 


La Misión Ponsonby 


73 


primordial que persigue el gobierno de S.M., — una paz sólida y durade- 
ra — se perdería, a causa de una consideración de menor importancia. 

El presidente habló largamente en favor de la paz, refiriendo, muy 
enérgicamente, a las dificultades de la guerra y a los peligros a que se 
exponían las instituciones de la república, si ésta continuaba, por el 
probable advenimiento al poder de los aventureros militares, de cuyo 
predominio había sido librado recientemente Buenos Aires y en razón de 
los cuales el país ha sufrido larga e intensamente. 

Le manifesté la opinión que tenía sobre la independencia de la Banda 
Oriental, la única base posible sobre la cual, en los actuales momentos, 
cabe fundar una negociación de paz con el emperador del Brasil, 
exponiendo las razones en que apoyaba esa opinión y los resultados que 
yo suponía se derivarían de esa medida para los intereses de Buenos 
Aires. 

Escuchó mis palabras tan favorablemente como era de desear y, en su 
respuesta, recalcó, principalmente, sobre la necesidad de una garantía 
para afirmar la duración de tal arreglo y sobre su ineficacia para la 
conservación de la libre navegación del Río de la Plata, de la cual depende 
la seguridad y, tal vez, la existencia de Buenos Aires. Le repliqué, 
entonces, que la garantía respecto al río, si pudiera ser obtenida, haría 
desaparecer ese peligro e insinué la posibilidad de que fuera lograda. Me 
formuló diversas preguntas sobre el particular y le contesté que, hablando 
como yo lo hacía, enteramente sin atribuciones, él debía tomar mis 
palabras como mi opinión individual; pero que yo creía que, si los 
beligerantes acudían al gobierno de S.M., éste quizás accediera a la 
demanda, cargando con la responsabilidad de garantir a las partes 
beligerantes la libre navegación del Río de la Plata, si considerara 
necesaria esa decisión para la obtención y estabilidad de la paz. 

Me expuso que apreciaba esa medida en su justo valor, pero que no 
la consideraba suficiente seguridad, pues, como no podía confiar, ni una 
llora, en la buena fe del gobierno brasileño, juzgaba absolutamente 
necesario que cualquier tratado que se concertara, sobre las bases men- 
cionadas por mí, debía ser garantido, en todas sus partes, por Gran 




74 


Litis Alberto de Herrera 


Bretaña. 

Le dije que Gran Bretaña no accedería nunca a prestar tal garantía y 
que, al declarárselo así, lo hacía con perfecto conocimiento de causa, por 
lo cual no elevaría esa proposición a mi gobierno. 

Comuniqué al señor García el resultado de esa entrevista y me 
contestó que creía casi seguro que el presidente, al fin, adoptaría la actitud 
sugerida por mí y calurosamente, me aconsejó que perseverara. 

Poco después, volví a ver al señor García, quien había celebrado una 
entrevista con el presidente y discutido con él, ampliamente, la cuestión. 
Me pidió que le hablara por segunda vez, pues confiaba que el presidente 
abandonaría la idea de solicitar esa inasequible garantía. En esta visita, se 
acordó que yo maduraría la idea, hasta ese momento tratada sólo 
verbalmente, y que la expondría por escrito. 

Así lo hice y remití los artículos (véase copia N 9 1), al señor García 
quien se comprometió a hablar de ellos al presidente; y, habiéndolo hecho 
así, me trasmitió sus impresiones favorables sobre el posible éxito de la 
gestión, por lo que entrevisté nuevamente al primer magistrado, llevando 
el proyecto conmigo. Loencontré muy lejos de renunciara sus demandas. 

Le hice todas las objeciones que consideré eficaces para persuadirlo 
de que, aunque pudiera obtener la garantía territorial, esta no sería mayor 
ventaja para su país que la derivada de la garantía marítima. Agregué que 
los acontecimientos que se desarrollaban actualmente en la Banda 
Oriental probaban que los brasileños no podían someterla campaña y que 
sólo se sostenían en las plazas fortificadas. Que si el tratado propuesto 
fuera concertado y, por consiguiente demolidas las fortificaciones sería 
insensato suponer que los brasileños intentaran posesionarse de un 
territorio que ya la experiencia les ha probado no podrían dominar sin la 
ayuda de esos fuertes desmantelados; aparte de que es difícil imaginar 
qué finalidad podrían perseguir, porque la demolición de las murallas de 
Montevideo y de otros punto dificultarían sus operaciones navales y, la 
garantía del río, por Inglaterra, las haría totalmente imposibles. 

Que, por consiguiente, para reconocer algún sólido fundamento a la 
inseguridad que él (el presidente) presentía, era necesario dar por conce- 


La Misión Ponsonby 

BIBLIOTECA MVJN : C!PA« | 

dido que los brasileños serían, r 
como para violar un solemne 
alguna ventaja de su perfidia. 

■KB389E3BH 

iu suiu uesieaies, siuu ramoien tan tumos 
tratado, sin la probabilidad de recoger 


No puedo recordar qué respuesta dio el presidente a mis argumentos; 
pero creo que, simplemente, repitió su aserto anterior de que los brasi- 
leños no eran de confiar; y volvió a insistir en que, sin la garantía 
solicitada, no progresaría, por su parte, el asunto. A lo que repliqué que 
era inútil, entonces, seguir discutiéndolo y que sólo me restaba echar al 
fuego el documento (lo tema en la mano), y comunicar a mi gobierno el 
fracaso absoluto de mis gestiones para producir algún movimiento en pro 
de la paz. El presidente me rogó, entonces, con alguna vehemencia, que 
no pusiera fin de esa manera a mi intervención y que le enviara el 
proyecto, por la vía usual, es decir, por intermedio del ministro de 
relaciones exteriores. Le repliqué que siempre tendría agrado en compla- 
cerle y corresponder a su pedido. 

Estaba seguro de que él obedecía a algún propósito al hacer esa 
demanda y sospeché pudiera ser llevarme, en forma solapada, a dar un 
carácter oficial y público a una comunicación que era completamente 
confidencial. 

Sin embargo, estaba cierto que no lograría su fin, si tal era su 
intención, y, a mi regreso a casa, envíe el proyecto al ministro de 
relaciones exteriores, acompañado de la carta cuya copia (N 9 2) adjunto. 
Al siguiente día, el señor Parish me informó que el señor García le había 
comunicado que el presidente adhería a su solicitud de la garantía 
territorial y que, en consecuencia, deseaba verme nuevamente. Al ente- 
rarme de esto, escribí al señor García una carta, de la que incluyo un 
extracto (N 2 3), manifestándole que, si el presidente persistía en su 
demanda de garantía, malgastaba su tiempo, porque nada podría inducir- 
me a alterar mi conducta. 

En la mañana de ayer, el ministro de relaciones exteriores me visitó 
y me dijo que había sido comisionado por el presidente para comunicar- 
me que él no podía tomar sobre sí la responsabilidad de rehusar o aceptar 
el proyecto que yo le liabía sometido, sin consultar al congreso, y que 
podrían hacerlo, si yo lo presentaba al gobierno por nota oficial. Rehusé 



76 


Luis Alberto de Herrera 


hacerlo así, diciendo que yo sólo había actuado como un amistoso 
consejero y que correpondía a su gobierno adoptar sus propias medidas 
oficiales; pero que estaba dispuesto a apoyar y sostener, calurosamente, 
cualquier iniciativa pacífica que fuera necesario trasmitir al Brasil. 

Me guié, en este caso, como anteriormente y en caso análogo en Río 
de Janeiro, por el siguiente párrafo de mis instrucciones: “No correspon- 
de al gobierno británico sugerir ninguna especificada contraposición, 
etcétera”, y por la sospecha de que pudiera existirel intento, al estimular- 
me a dar origen oficial a la proposición sometida al congreso, de despertar 
en esa asamblea la creencia de que Inglaterra contempla, principalmente, 
su propio y especial interés y que, por consiguiente, más tarde o más 
temprano, ayudará a la república; idea que yo sabía había sido ya alentada 
por diversas personas y que, si arraigaba en el congreso, predispondría a 
sus miembros a adoptar la política de los partidarios de la guerra y a 
apoyar la demanda del presidente sobre garantía territorial, medida que 
espero (aunque yo indudablemente no estoy en condiciones de emitir una 
opinión acabada sobre el asunto) que el congreso no tomará. Más bien, 
creo en la adopción de otra, en oposición a ciertos hombres, quienes, 
rehusándose a ajustar su conducta a las necesidades actuales, pretenden 
seguir adelante, con una terquedad, ignorancia o ceguedad extraordina- 
rias, en prosecución de un objeto que es más que probable no lograran 
nunca y que, aunque lo obtuvieran, no lo podrían retener; son los mismos 
hombres que comenzaron esta guerra, sin contar con los medios bélicos 
necesarios para sostenerla, y que descuidaron, durante el período que 
medió entre su declaración y el cierre de su puerto al enemigo, proveerse 
de lo indispensable para la lucha. Hombres que ahora cuentan, con 
insensata seguridad, con recursos pecuniarios consistentes, totalmente, 
en papel moneda, estimado como legal, que sufre una depreciación de 
115 por ciento; hombres que conocen su escasa influencia sobre las 
provincias y sospechan a Bolívar mas bien inclinado a ser su enemigo que 
su amigo. 

En mi apreciación de las ventajas probables que se derivarían del 
proyecto que he insinuado, incluyo sus efectos como una medida de 
guerra (si fallara para deparar la paz), porque es una verdad, indiscutible. 



La Misión Ponsouby 


77 


que a los orientales les disgusta estar sometidos a Buenos Aires casi tanto 
como al Brasil y que la independencia es su más ardiente anhelo. Por 
consiguiente, si Buenos Aires, en un solemne acto, se declarara resuelto 
a establecer la independencia de la provincia Oriental, sería secundado, 
en su guerra contra el Brasil, con todo el entusiasmo y ardor con que los 
hombres luchan por su propia causa, en vez de ser (como ahora ocurre) 
tan a menudo engañado y resistido como apoyado. 

Hace dos días, tuve oportunidad de leer una carta, recién recibida de 
Lavalleja, en la que dice que Alvear, el general en jefe, cruzó mediante 
una estratagema un río, cuyo vado estaba defendido por los orientales, 
quienes se cuentan en el numero de sus propias tropas. El general 
Rodríguez, que en otro tiempo ocupó la presidencia de la república, y el 
comando en jefe del ejército, conferido ahora a Alvear, recientemente, de 
regreso de las provincias, fue atacado por las tropas que él creía bajo su 
mando, despojado hasta de la camisa y, según se dice, escapó, apenas, de 
ser muerto. 

Lo que acabo de exponer, le permitirá apreciar algunos de los 
antecedentes en que se funda mi opinión sobre la política más adecuada 
que conviene a este país, con relación a su propia situación y tal es, creo, 
la versión más favorable que puede darse de sus recursos marciales. 

Aún no he mencionado a todo un regimiento abandonando a sus 
oficiales, ni a un coronel abandonando a su regimiento, porque, según 
dijo: "no pelearía contra los orientales, sus compatriotas”. 

En estado de cosas, tengo motivos para suponer que mañana recibiré 
del gobierno un completo rechazo del proyecto de paz que el señor 
García, el hombre más ilustrado de la nación, les ha instado, con todo 
empeño, a adoptar y que estoy convencido será aceptado por el país, en 
general, cuando sea conocido. 

La situación de los comerciantes británicos, aquí, es de lo más 
calamitosa; el comercio está completamente arruinado y, como el estado 
actual del cambio de este país se lo demostrará a V.E., sus capitales han 
quedado reducidos a menos aún de la mitad. Tengo algunas esperanzas, 
tal vez demasiado optimistas, de que el proyecto que he presentado, aquí, 



78 


Luis Alberto de Herrera 


pueda ser favorablemente recibido en Río y conduzca a una negociación, 
si fuera aceptada aquí y convenientemente dirigida. 

Creo que el emperador ha empezado a sentir las dificultades de la 
guerra y a sospechar que está expuesto a considerables peligros, aun 
dentro de sus propios dominios. Creo, también, que él está mucho más 
deseoso de evitar que la Banda Oriental vaya a las manos de Buenos 
Aires, que de cualquier otra cosa: que la pasión, no la política, es su mayor 
impulso. Y, en realidad, el Brasil tiene poco o ningún interés, directo o 
indirecto, en la posesión del Río de la Plata, a menos que el Brasil se haga 
la ilusión de conservar para siempre la Banda Oriental, esperanza que, 
dentro de todo lo que puedo presumir, es algo que juzgodebe considerarse 
quimérico. 

El proyecto en cuestión, arrancando la provincia al dominio de 
Buenos Aires, satisfaría, en cierto sentido, el odio del emperador contra 
Buenos Aires. Le evita, también, a su orgullo la mortificación de tener que 
ceder algo directamente a esa nación, y como el tratado, si alguno hubiera, 
sería negociado bajo la mediación de Inglaterra, podría, hasta cierto 
punto, pensar o decir que era a un aliado y amigo que aconsejaba, no a un 
enemigo que exigía, a quien él consentía en transferir un territorio del cual 
se denomina soberano. 

Mi nota ha resultado demasiado larga, pero yo no poseo habilidad 
para hacerla más breve, sin dejar de expresar muchas cosas que creo de 
mi deber decir a V.E.; y, a pesar de su extensión, sólo he dado un informe 
corto e imperfecto de mis conversaciones con el presidente, aunque he 
dicho bastante para enterar a V.E., con corrección de lo sustancial de su 
conducta. Si me es permitido emitir una opinión, diré que, según mi modo 
de ver las cosas, la actitud del presidente responde, en mucho, a móviles 
puramente personales. El cree que los partidarios de la guerra son 
numerosísimos en el país; pero, no obstante, está convencido de que la 
paz es absolutamente necesaria y de que tal vez sea mejor que, bajo 
cualquier circunstancia, la Banda Oriental sea separada de Buenos Aires, 
en vez de quedar unida a ella. En sus conversaciones conmigo, ha 
admitido que así sea. No puedo creer que no esté convencido de que la 
garantía del río produciría toda la seguridad deseable para los intereses 


La Misión Ponsonby 


79 


positivos de este estado. 

Confío en su indulgencia y reclamo su perdón si, en alguna manera, 
ha contravenido la letra o el espíritu de mis instrucciones. No alcanzo a 
ver nada que lo haga presumir, a no ser haber insinuado la posibilidad de 
que el gobierno de S.M.B. pudiera otorgar la garantía marítima; pero, al 
proceder así, puse especial cuidado en no mencionar a mi gobierno; lo 
hice en mi nombre, exclusivamente, y en ese punto, como en todos los 
otros, el nombre del gobierno de S.M. no ha sido comprometido. 

Me aventuraré, sin embargo, a declarar que estoy convencido de que, 
de esa medida, se derivarían los más grandes beneficios para toda 
Sudamérica, pues haría desaparecer la causa de muchas disputas, mante- 
niendo siempre unalibre entrada para el comercio en sus inmensos países, 
cuyos ríos son en su mayoría navegables, y, tal vez, facilitando un 
intercambio comercial con el Paraguay, si se considerase conveniente. 

Me hago un honor en repetirme de V.E. con gran sinceridad y respeto 
su más atento y humilde servidor. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


DE LA CRUZ A PONSONBY 


(Confidencial). Buenos Aires, octubre 3 de 1826. Excmo. señor: 
Habiéndose enterado S.E. el presidente del contenido de la carta que V.E. 
se dignó dirigirme el 25 del ppdo., así como del proyecto acompañado, 
me ha autorizado para hacer a V.E. la siguiente exposición. 

Que, si la propuesta del gobierno del Brasil al gobierno de esta 
república, para el restablecimiento de la paz entre los dos estados — de la 
cual V.E. manifiesta ser portador — es la que aparece indicada en el 
documento que V.E. tuvo la bondad de mostrar al presidente, esa 
propuesta fue considerada, de común acuerdo, por S.E. el presidente y por 
V.E. como imposible de ser aceptada bajo ningún concepto, ni como 
contraproyecto, ni como base para una negociación pro paz, puesto que 




80 


Luis Alberto de Herrera 


en ella el gobierno del Brasil exige mucho más de lo poseído, o de lo que 
poseía antes de la guerra. Y V.E. me permitirá observar que el carácter de 
la antedicha proposición queda plenamente confirmado por la noble 
actitud adoptada por V.E., al no ponerla en conocimiento de este 
ministerio. 

S.E. el presidente, considera su deber rectificar en esta ocasión la idea 
que V.E. parece tener de que él le manifestó deseos de saber si algunas 
otras bases podrían ser ofrecidas, a fin de obtener la paz, que había 
fracasado en las prestigiadas por el gobierno de S.M.B., aceptadas por el 
gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

Lo que S.E. recuerda, como ocurrido en el caso, es que, al manifestarle 
a V.E. el deseo de que él y todas las autoridades de esta república están 
animadas, de poner término a la guerra, tan pronto como sea posible, y de 
su favorable disposición para realizar por el logro de ese fin todos los 
sacrificios que los intereses esenciales de la nación puedan consentir, 
V.E. expuso la idea sobre la que el proyecto que ha tenido la bondad de 
enviar está basado y que adjunto a la carta que ahora contesto. 

S.E. el presidente manifestó inmediatamente a V.E. que una base de 
esa importancia, que era probable fuera fatal y que, desde luego, resultaba 
tan perjudicial para la existencia de esta república, era, no sólo contraria 
a sus principios, sino que, entrar a apreciarla, sobrepasaba los límites de 
su autoridad. Que, no obstante eso, si tal proposición fuera presentada 
oficial y directamente por el poder mediador (al que tanto el presidente 
como las autoridades están resueltos tratar con todas las consideraciones 
a que es tan acreedor), entonces, él se consideraría obligado a darle el 
trámite que corresponde, de acuerdo con las instituciones del país. Pero 
S.E. aprovechó la oportunidad para declarar, también, que él siempre 
juzgaría de su deber solicitar de la representación nacional el rechazo de 
la proposición, a menos que, como parte esencial de la misma, la garantía 
del poder mediador y proponente pudiera ser lograda. 

Por consiguiente, no es sino una consecuencia de lo que dejo expuesto 
el requerimiento formulado por V.E. en su carta, de que el proyecto que 
la acompañaba sea considerado como una sugestión pura y estrictamente 


La Misión Ponsonby 


81 


privada. 

No está dentro de las atribuciones de S.E. el presidente dar otra 
respuesta sobre el particular que la que tuvo el honor de enviar, hace dos 
meses, al señor Parish. 

Al mismo tiempo, tengo la satisfacción de expresar a V.E. que he 
recibido órdenes especiales de S.E. el presidente de renovar las segurida- 
des de su más decidida y completa disposición, así como la de todas las 
autoridades de la república, de hacer, sin reserva, los mayores esfuerzos 
para lograr la conclusión de la guerra, por medio de una justa paz; y que 
la misma disposición existe, en grado aún mayor, de parte de S.E. y de las 
antedichas autoridades, de ser guiados por los consejos del gobierno al 
que V.E. representa tan dignamente y de rendir la mayor consideración 
y respeto a S.M.B., a quien consideran el mejor y más grande amigo de 
la república. 

Tengo el honor de saludar a V.E. con lodo respeto y consideración. — 
(firmado) Francisco de la Cruz. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A DE LA CRUZ 


Buenos Aires, octubre 9 de 1826. Excmo. señor: El infrascrito, 
ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de S.M.B. tiene el 
honor de acusar recibo de la nota que el señor general de la Cruz, ministro 
de relaciones exteriores, le dirigió el 3 del actual. 

El infrascrito lamenta profundamente comprobar que existe una dife- 
rencia de opinión sobre el significado de lo que fue dicho en la conver- 
sación que tuvo el honor de celebrar con S.E. el presidente. El señor 
general dice que S.E. el presidente juzga de su deber rectificar la idea, que 
me supone, de que le manifesté el deseo de saber si algunas bases 
pudieran ser ofrecidas, por medio de las cuales pudiera obtenerse la paz, 
fracasada en las propuestas por gobierno de S.M.B . , las que, sin embargo, 



82 


Luis Alberto de Herrera 


habían sido aceptadas por el de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

El infrascrito no asegura que S.E. el presidente le formulara ninguna 
pregunta directa sobre el punto mencionado en la carta del señor ministro 
y hasta admite que se dé por concedido que ninguna demanda formal fue 
hecha porel presidente. El infrascrito considera perfectamente indiferen- 
te, para la apreciación de la cuestión, si los hechos fueron o no de esa 
naturaleza; pero juzga oportuno afirmar, y asilo hace, que la presentación 
de las bases al presidente fue la inmediata consecuencia de las manifes- 
taciones del presidente y del vivo anhelo que expresó por el restableci- 
miento de la paz y de su lamentación por la prolongación de la guerra. El 
infrascrito se permite llamar la atención del señor ministro sobre el 
párrafo de su propia carta, que sigue inmediatamente al que ya ha citado, 
donde el general encontrará el hecho establecido por el infrascrito, de la 
manera más evidente y más resuelta, por lapalabra del presidente mismo: 
“Que, mientras exponía S.E. el deseo de que él y todas las autoridades de 
esta república están animadas de poner término a la guerra, tan pronto 
como sea posible, y de su favorable disposición para realizar, porel logro 
de ese fin, todos los sacrificios que los intereses esenciales de la nación 
puedan consentir, V.E., entonces me indicó la idea sobre la que el 
proyecto está fundado”. 

En el mismo párrafo, V.E. continúa en los siguientes términos: “S.E. 
el presidente manifestó inmediatamente a V.E. que una base de esa 
importancia y naturaleza, que era probable fuera fatal y que, desde luego, 
resultaba tan perjudicial para la existencia de esta república, era, no sólo 
contraria a sus principios, sino que, entrar a apreciarla, sobrepasaba los 
límites de su autoridad. Que, no obstante eso, si tal proposición fuera 
presentada oficial y directamente por el poder mediador (al que tanto el 
presidente como las autoridades están resueltos a tratar con todas las 
consideraciones a que es tan acreedor), entonces, él se consideraría 
obligado a darle el trámite que corresponde, de acuerdo con las institucio- 
nes del país. Pero S.E. aprovechó la oportunidad para declarar, también, 
que él siempre juzgaría de su deber solicitar de la representación nacional 
el rechazo de la proposición, a menos que, como parte esencial de la 
misma, la garantía del poder mediador y proponenle pudiera ser lograda”. 


La Misión Ponsonby 


83 


El infrascrito declara que sus recuerdos de esa conversación no 
concuerdan, de ninguna manera, con las reminiscencias de S.E. el 
presidente, pues no tiene memoria, en absoluto, de que el presidente le 
hiciera tal manifestación de desaprobación de las bases sugeridas, sino 
que, por el contrario, aprobó la idea general (teniendo en cuenta el estado 
actual del país y el que puede crearse en el futuro) y que la objeción 
esencial formulada por S.E., para darle el curso que le correspondía, era 
sólo esa carencia de seguridad que la mala fe que él atribuye al gobierno 
del Brasil imprime a cualquier tratado fundado sobre ella y para cuya falta 
de seguridad el presidente sólo veía un posible remedio: la garantía de 
Gran Bretaña para cualquier compromiso que fuera concertado entre el 
gobierno de la república y el del Brasil. 

El infrascrito recuerda que S.E. el presidente se mostró plenamente 
compenetrado de la importancia de la medida sugerida y, aunque expresó 
que podía ser desaprobada por muchos, el infrascrito se dio perfecta 
cuenta de que el presidente estaba deseoso de darle curso regular, esto es, 
proponerla al congreso, con tal que la garantía británica friera concedida, 
y no de otro modo; pero el infrascrito nunca entendió que debía ser 
oficialmente promovida por él, como ministro inglés. 

Habiendo el infrascrito establecido el alcance y naturaleza de sus 
reminiscencias y de su apreciación sobre lo pasado, no considera nece- 
sario entrar en investigaciones sobre la evidencia contenida en la liistoria 
de las gestiones, juzgadas en su verdadero carácter, desde sus comienzos 
hasta su terminación; ni llamar en su apoyo evidencias colaterales, a las 
que podría recurrir. 

En más de un párrafo de la carta del general de la Cruz, Gran Bretaña 
está designada como el poder proponente de bases. Primero, cuando 
menciona la paz fracasada sobre las bases propuestas por el gobierno de 
S.M.B. y, nuevamente, cuando el presidente dice que él siempre consi- 
deraría de su deber exigir de la representación nacional que no asintiera 
a tal proposición, a menos que, com o parte esencial de ella, fuera obtenida 
la garantía de la potencia mediadora y proponente. 

El infrascrito cree necesario llamar la atención del ministro de 
relaciones exteriores sobre este error, reclamando su enmienda en lo 




84 


Luis Alberto de Herrera 


relativo a la primera referencia. El ministro encontrará, en los documen- 
tos oficiales, que fue su propio gobierno quien propuso esas bases y que 
el gobierno británico las trasmitió a S.M.I. el emperador del Brasil, en 
nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata. 

En cuanto al segundo punto citado, el infrascrito debe dar una 
categórica negativa. Inglaterra no ha propuesto nada. 

S.M. el rey de Gran Bretaña, habiendo consentido en ser mediador 
entre esta república y el imperio del Brasil, debe tomar en consideración 
la situación política de este país y el estado de su gobierno, sean cuales 
fueren las opiniones que puedan resultar de ese examen, y dar consejos, 
si lo juzgare conveniente; pero trasmitir una opinión, o formular un 
consejo al gobierno de una potencia amiga, no tiene gran semejanza, en 
la fonna, o en esencia, con el hecho de ser el proponente, directo y oficial, 
de una fórmula al gobierno de un estado. No es probable que Inglaterra 
tome sobre sí tal misión, y ella respeta demasiado la independencia de la 
república para dar pretexto a la acusación de que intenta establecer otra 
influencia en su política que no sea la emanada de su desinteresada 
amistad. Es un error de primera magnitud suponer que Inglaterra pueda 
tener algún interés predominante en el arreglo de los asuntos de este país 
como para inducir al gobierno británico a alejarse de su reconocida 
política, al extremo de dar lugar a la suposición de que consentiría en 
garantir cualquier arreglo territorial en Sudamérica, suposición que debe 
haber nacido de la idea de S.E. el presidente de demandar una garantía 
especial. 

Inglaterra es amiga de la república del Río de la Plata y del imperio 
del Brasil y desea la restauración de la paz entre ellos, para su común 
beneficio. 

Inglaterra finca todo su interés, acertadamente, en la común prospe- 
ridad de esos países. Sin embargo, para asegurar la paz y felicidad de esos 
estados, sería probable que el gobierno británico consintiera en tomar 
sobre sí, como ya el infrascrito lo declaró al presidente, aun alguna 
obligación onerosa, no estando en flagrante contradicción con su cono- 
cida política, y que en la inteligencia de que tales pudieran ser las 



La Misión Ponsonby 


85 


generosas disposiciones del gobierno de S.M., que el infrascrito declaró 
su opinión privada de que S.M.B. podría ser inducido a prestar su 
garantía, para la libre navegación del Río de la Plata, a las partes 
interesadas, siempre que ambas partes así de él lo solicitaran. 

El infrascrito, ve, con profunda pena, el fracaso de las esperanzas que 
abrigaba de que tuvieran iniciación, por lo menos, los trabajos pro paz y 
teme, fundadamente, que sólo tendrá que limitarse a contemplar la rápida 
y acelerada declinación de la prosperidad de estos estados, que debieran 
disfrutar de mejor suerte y a los que, posiblemente, tanto la victoria como 
la derrota les resultaría igualmente desastrosa. 

Es con íntimo pesar que cumplirá el deber de comunicar a su gobierno 
que, en ambos países, ha encontrado la misma determinación de conti- 
nuarla guerra y que la mediación que S.M.B. les ha ofrecido, accediendo 
al deseo de los beligerantes, ha resultado estéril. 

El infrascrito aprovecha esta oportunidad para renovar al señor 
ministro de relaciones exteriores las seguridades de su alta consideración 
y estima, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el general de la Cruz, ministro de relaciones exteriores. (El 
general de la Cruz contestó manifestando que había puesto esta nota en 
conocimiento del presidente). 


DE LA CRUZ A PONSONBY 


(Confidencial) Buenos Aires, octubre 10 de 1826. El infrascrito, 
ministro de relaciones exteriores, ha recibido y pasado al conocimiento 
del Excmo. señor presidente de la república, la nota confidencial que se 
ha servido digirle S.E. lord Ponsonby, enviado extraordinario y mirústro 
plenipotenciario de S.M.B., con fecha de ayer, en contestación a la del 
infrascrito del 3 del corriente. 

El infrascrito, etcétera. — (firmado) Francisco de la Cruz. 

A S.E. lord Ponsonby, etcétera. 



86 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, octubre 20 de 1826. Excmo. señor: El señor Parish ya 
ha enterado a V.E. del descontento y estado de los asuntos, en laprovincia 
de Córdoba, anteriores a mi arribo a ésta. 

La junta de esa provincia complementó, luego, aquellos actos con una 
publicación del decreto, del que tengo el honor de adjuntar una copia, 
declarando su determinación de separarse del congreso y de mantener, no 
sólo su propia libertad (como ellos la llaman), sino de tomar sobre sí la 
protección de las otras provincias oprimidas, a consecuencia de lo cual le 
fue ordenado al gobierno entrar en relaciones con Bolívar, o con el 
gobierno de B olivia, e iniciar los convenios que se consideraran necesa- 
rios. 

El decreto luego establece que Córdoba está dispuesta a cooperar en 
la guerra contra el Brasil y en la defensa de la seguridad, integridad e 
independencia de la nación y a hacer cualquier sacrificio que las necesi- 
dades del país y el bienestar del estado puedan demandar. 

El documento N 5 3, que incluyó, enterará a V.E. de los acontecimien- 
tos revolucionarios que recientemente han determinado la separación del 
departamento de Tarija, en la provincia de Salta, de las Provincias Unidas 
y su incorporación, por el momento, a Bolivia. 

Mientras la guerra con el Brasil continúe y exija todas las fuerzas 
disponibles del gobierno, éste no tendrá otros medios que la astucia y las 
intrigas para contener estos sucesos y restaurar su autoridad nominal en 
los distritos convulsionados. 

Entiendo que el gobernador de Tucumán está en armas con sus fuerzas 
y existen probabilidades de que ataque al gobierno cordobés, en nombre 
de la autoridad nacional; pero esas medidas violentas sólo lograrán 
ensanchar la brecha ya abierta en la Unión y, si la milicia de Tucumán 
fuera derrotada, como es probable, no será indudablemente obligada, por 
Bustos, a seguir lapolítica de Córdoba, que parece perseguir la formación 
de una nueva Unión, constituida por todas las provincias más septentrio- 
nales contra Buenos Aires. 


La Misión Ponsonby 


87 


V.E. observará que, en ambos casos, el nombre de Bolívar es 
mencionado y sindicado como el futuro sostén de los revolucionarios. 
Cuesta creer que él esté dispuesto a prestar abierta protección a los 
insurrectos de Córdoba, aunque, por lo que hasta mí ha llegado, de 
ninguna manera parece improbable que el gobierno de B olivia, como lo 
ha hecho antes, insista en sus pretensiones sobre Tarija y sea, así, la causa 
de una pendencia con las Provinas de la Plata, contra las que ya cree tener 
sobrados motivos para una guerra, por la suspensión del definitivo 
reconocimiento de su independencia, por Buenos Aires. 

El partido del señor Rivadavia no ha titubeado, sin embargo, en 
declarar que estos sucesos han sido intencionalmente promovidos por 
emisarios de Bolívar, con el fin de suministrarle un pretexto para penetrar 
con sus tropas colombianas en las provincias de la Plata y tratar de 
establecer aquí, como lo ha hecho en otras partes, su propia y suprema 
autoridad. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S. E. George Canning, etcétera. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, octubre 20 de 1826. Excmo. señor: Ya he enterdo a 
V.E. de la manera en que S.E. el presidente recibió la proposición del 
gobierno del Brasil, y que me abstuve de darle ningún carácter oficial. 

El presidente consideró mi conducta como un acto de cortesía hacia 
él y de respeto a su gobierno; y, tal vez, no sólo evité irritar a S.E., sino 
que lo privé de los medios de irritar a otros, los que, a juzgar por su 
posterior conducta, habría estado dispuesto a hacer. 

La proposición aún puede semr como una base, aunque no veo 
ninguna probabilidad de que adquiera realidad, a menos que este país 
fuera reducido a un sometimiento incondicional por el emperador. 

Me considero obligado a declarar la muy mala opinión que me he 



88 


Luis Alberto de Herrera 


formado respecto a la situación de los asuntos aquí; porque no se me 
oculta que esta república está en un estado próximo a la extrema debilidad 
y en gran peligro de verse manifiestamente imposibilitada de continuar 
la guerra con alguna esperanza de éxito. Las rentas de la república 
ascienden, más o menos, a 1.200.000 pesos aproximadamente al año; los 
gastos, a unos 600.000 pesos al mes. El exceso de los gastos sobre las 
rentas, se cubre por medio de préstamos del banco, tomados en billetes 
que ahora, en Buenos Aires , están al cambio de 1 20 por ciento de pérdida 
contra bulliones (oro en barras). Las provincias no contribuyen en nada 
a costear los gastos que origina la guerra, los que gravitan, exclusivamen- 
te, sobre Buenos Aires. El ejército, de ocho a diez mil hombres, destaca- 
dos en la Banda Oriental, está bien equipado, y, según se dice, bien 
disciplinado; pero el reclutamiento se hace en extremo dificultoso y sólo 
se consigue bajo el más severo apremio. 

Parece que las tropas de línea, milicia y otras fuerzas, ascienden a más 
de veinte mil hombres, número que bien puede resultar oneroso para una 
población no mayor de 600.000 almas. 

La flota está compuesta por un barco, tres bergantines de guerra, una 
goleta bergantín, tres bergantines, once cañoneras y la vieja corbeta del 
almirante Brown, ya inútil para operaciones de mar. De los tres barcos 
comprados a Chile, y que doblaron el Cabo de Hornos, uno, sufrió tales 
avenas que fue necesario volverlo al Pacífico, donde está ahora desman- 
telado. 

Otro, la fragata, fue visto en un temporal, hace dos meses, cerca del 
Cabo de Hornos y, desde entonces, no se ha tenido más noticias acerca de 
su paradero. Esta fragata era vieja y débil y se teme que haya naufragado. 
El tercer barco, el más pequeño y en malas condiciones de navegación, 
está en un puerto del sur. 

No veo ninguna probabilidad de mejorar el estado de las finanzas, 
mientras el bloqueo continúe y destruya el comercio; aún creo que hay 
gran peligro de que empeore mucho más. El gobierno lia tenido una 
desavenencia con el banco, que vaciló en hacerle nuevos adelantos en la 
escala por él demandada. Se ha efectuado una reunión de los directores 


La Misión Ponsonby 


89 


del mismo, de cuyo resultado aún no he tenido noticias; sospecho que la 
discusión de este asunto arrojará demasiada luz sobre la poco sólida 
situación de las finanzas y el estado del maltrecho crédito. 

El ejército está completamente desprovisto de medios para sitiar a 
Montevideo de manera más eficaz que por el bloqueo terrestre, método 
que la experiencia ha demostrado ser inocuo, mientras exista el predomi- 
nio de los brasileños en el mar. 

El plan actual de campaña consiste en lanzar el ejército a la provincia 
de Río Grande, a fin de levantar al pueblo contra el emperador y libertar 
a los negros. No se supone que el ejército pueda penetrar más allá de Río 
Grande, pero es sobre el efecto de esta operación que el gobierno funda 
todas sus esperanzas de impresionar seriamente al emperador y obligarle 
a hacer la paz. Ciertamente, no veo ninguna razón para creer que un éxito 
de sus armas imprima empuje a los intereses o causa de Buenos Aires. 
Esta guerra es, en su esencia, una guerra naval y la posesión de la Banda 
Oriental y, tal vez, aun la de Montevideo no significaría ninguna ventaja 
para Buenos Aires en tanto el bloqueo del río pueda ser mantenido por el 
enemigo. 

He dado un resumen de la flota republicana y V.E., que conoce el 
poder de la escuadra brasileña en el río, juzgará de las probabilidades que 
aquélla tiene de forzar el bloqueo. Los imperiales no han demostrado 
mucha astucia ni coraje, mientras que, del lado de Buenos Aires, el 
almirante Brown ha acreditado gran energía y la más temeraria decisión. 
El me ha dicho que, si pudiera tomar una de las fragatas brasileñas, estaría 
en condiciones de desalojar del río a la escuadra bloqueadora. 

Los brasileños no intentaron un ataque contra la ciudad de Buenos 
Aires, ni podrían, creo yo, realizarlo fácilmente. No hay razón para 
presumir que la guerra termine por la eficiencia militar o naval de 
cualquiera de los beligerantes; pero, probablemente, el Brasil trastornará 
intensamente sus finanzas y Buenos Aires arruinará completamente las 
suyas. 

Parece ser que el único remedio para los males presentes, es colocar 
una barrera entre las piules contendientes y la idea sugerida en mis 


90 


Luis Alberto de Herrera 


instiucciones, esto es, la independencia de la Banda Oriental, parece ser 
la más oportuna; yo creo que la única de posible andamiento; pero, para 
hacer efectiva esa formula, será necesario que Inglaterra garanta a los 
beligerantes la libre navegación del Río de la Plata, y, también al tercero: 
el nuevo estado a crear. 

Sin esta salvaguardia, cualquier paz que pudiera ser suscrita, no sería 
más que una tregua; y, con ella, yo imagino ambas seguras y permanentes, 
porque esos intereses y temores que, de otro modo, llevaría a las partes 
a la renovación de las hostilidades, en la primera oportunidad, perderán 
completamente su fuerza, cuando el Brasil no tenga medios de herir a 
Buenos Aires en sus grandes intereses, ni tampoco de dañarle, mayor- 
mente, y Buenos Aires no abrigue temores de que su existencia o su 
prosperidad pueden correr riesgo por el bloqueo de su único canal de 
comunicación con Europa. 

Alcanzando esta garantía, la posesión de la Banda Oriental es de poca 
utilidad para Buenos Aires y yo creo que, sin la garantía, la entera y 
completa posesión de esa provincia no libraría a ese estado de sus actuales 
dificultades y peligros, porque ellos se derivan, por entero, del bloqueo 
del Río de la Plata y, siendo el Brasil superior por mar, puede mantener 
el bloqueo tanto tiempo como le plazca. Considero que su superioridad 
persistirá tanto cuanto ambos estados dependan de extranjeros para 
mantener sus fuerzas navales; y porque el más rico de los estados que 
pelean, valiéndose de extranjeros mercenarios, puede, si así lo desea, 
poseer siempre la mayor fuerza y, probablemente, también los mejores 
oficiales. 

La generosa política del gobierno británico no necesita otro estímulo 
para prestar su ayuda efectiva a la preservación de este país y servir al 
bienestar general de toda esta parte de Sudamérica, que la certeza del 
mucho bien que puede realizar, y creo no perjudicar ese punto de vista 
llamando particularmente la atención de V.E. sobre los intereses británi- 
cos, que en tan alto grado pueden ser acrecentados, o tal vez creados por 
la seguridad de la libertad de comercio en el Río de la Plata. 

Salta, una de las provincias de la república Argentina, y Paraguay, 


La Misión Ponsonby 


91 


!,1 


suministran los mismos productos (en algunos casos de superior calidad) 
que los enviados por el Brasil a Inglaterra. Por el Plata y los grandes ríos 
que desembocan en él, alimentados por corrientes más pequeñas, que 
cruzan el territorio, todos esos productos podrían ser obtenidos por 
Inglaterra, aprecio mucho más reducido que en el Brasil. Las márgenes 
de los grandes ríos abundan en maderas apropiadas para la construcción 
de barcos, lanchas y balsas, cuyos solos materiales serían vendidos a muy 
considerable precio en los países de abajo. (Sigue una exposición de las 
ventajas mencionadas). 


Sabemos en qué gran número los ingleses han acudido a los territorios 
de La Plata, como comerciantes, mecánicos y agricultores, y las grandes 
extensiones de tierra adquiridas en propiedad por ellos. Conocemos, 
también, el deseo del gobierno y pueblo de esta república de alentar a los 
colonos y, más particularmente, a los colonos ingleses y ofrecerles 
facilidades para su rápido establecimiento, favor cido por la ausencia de 
bosques y otros obstáculos que, en otras parles, impiden el inmediato 
cultivo. 

El colono encuentra aquí abundancia de caballos y ganados, un suelo 
rico y una fácil y constante comunicación con Inglaterra. La religión, no 
sólo es tolerada, sino respetada, y las personas y propiedades extranjeras 
están tan bien garantidas como las de los mismos nativos. Y, como 
perspectiva casi cierta, la probabilidad de que, por la industria y la 
inteligencia, puede acumularse, rápidamente, una considerable fortuna. 
Bajo tales circunstancias, si la corriente inmigratoria no hubiera sido 
sofocada por la fuerza, como lo está siendo ahora por el bloqueo, es de 
suponer que habría ido en aumento cada vez mayor, hasta formar en este 
país, en corto tiempo, una población suficiente para ocupar las tierras 
vacías, que son tan abundantes como asequibles. Los ingleses traen 
consigo hábitos y gustos que sólo pueden ser satisfechos por los produc- 
tos ingleses, e Inglaterra debe ser, por años, el depósito de donde una 
numerosa y cada hora más creciente población proveerá sus necesidades 
y muchos de sus lujos. Pero todas las ventajas existentes ahora, o que 
puedan ser deseadas en el futuro, dependen de la seguridad de la libre 




92 


Luis Alberto de Herrera 


navegación del Plata; porque todo aquí se basa en el comercio y su 
interrupción produce (como los hechos actuales lo prueban ampliamente) 
un rápido decaimiento y parece amenazar las instituciones políticas del 
estado y sus leyes e integridad. 

Me causa algo más que disgusto la ceguedad del presidente, frente a 
los verdaderos intereses de su país. El ha sido, en algunos casos, un 
competente administrador de los asuntos de la república y ha contribuido 
mucho a dar una conveniente dirección a sus nuevas energías, así como 
ha sido el autor de muchas importantes y benéficas leyes y reglamentos 
internos; pero, como político, parece carecer de las cualidades requeri- 
das. El alentó y apoyó el desenfrenado y necio estallido de la multitud, del 
que proviene el verdadero origen de esta desastrosa guerra. El descuidó 
(metido en la guerra) prepararse debidamente para llevarla adelante con 
probabilidades de éxito; esto es, cuando aún el río estaba Ubre. Desde 
entonces, ha dirigido los mayores esfuerzos del gobierno a las operacio- 
nes por tierra, sin ver que era por los medios navales, únicamente, que 
podía evitar el golpe mortal dirigido al estado, el único golpe de muerte 
que el Brasil puede infligirle. El ha sostenido la guerra recurriendo a un 
sistema de papel moneda de la peor naturaleza (que ya amenaza romperse 
en sus manos), habiendo retirado previamente de Londres (por un acto 
insensato) los asuntos financieros de este país, que estaban en manos de 
Alexander Baring, para entregarlos Mress. Hullet y Cía., de quienes él no 
puede esperar ayuda en sus apremiantes necesidades. Y, ahora, mantiene, 
en la forma más obstinada, una política belicosa, de la que no puede 
esperar ningún resultado seguro, obedeciendo creo, a las instigaciones 
del orgullo, aun contrariando sus propias opiniones. 

De todo lo que puedo deducir de este estado de cosas, concluyo que 
los orientales están tan poco dispuestos a permitir que Buenos Aires tenga 
predominio sobre ellos como a someterse a la soberanía de S.M.I. el 
emperador. Ellos luchan contra los brasileños, pero es para rescatar a su 
país y librarse ellos mismos de una asfixiante esclavitud, no para 
colocarse bajo la autoridad de Buenos Aires; y, si el emperador fuera 
alguna vez desalojado de la Banda Oriental, los orientales estarían 
igualmente prontos a luchar contra Buenos Aires por su independencia. 


La Misión Ponsonby 


93 


como lo hacen ahora contra el Brasil. 

La firme convicción que aliento acerca de estos hechos es la que me 
infunde tanta confianza en la fórmula sugerida, que no sólo promete 
positivos beneficios a la república, librándola de una guerra de carácter 
civil, consecuencia a mi juicio, de la anexión de la Banda Oriental a 
Buenos Aires, pero que tendría la positiva ventaja, si se utilizara, de 
aliviar el estado de todas sus dificultades presentes y asegurarle una 
nueva era de prosperidad. 

La Banda Oriental es casi tan grande como Inglaterra; tiene el mejor 
puerto del Plata dentro de sus límites; el suelo es particularmente fértil y 
el clima el mejor, con mucho, de estas regiones; está bien regado y, en 
partes, provisto de buenos montes. Muchos de sus habitantes tienen 
grandes posesiones; son tan cultos como cualquier persona de Buenos 
Aires y muy capaces de constituir un gobierno independiente, probable- 
mente tan bien administrado y conducido como cualquiera de los gobier- 
nos de Sudamérica. El pueblo es impetuoso y salvaje, pero no más que el 
de aquí (yo creo) como el de todo el continente. 

Lo que Córdoba ha hecho (véase mi despacho N 9 24), puede ser un 
ejemplo de la probable conducta de la Banda Oriental, si fuera anexada 
a Buenos Aires. 

He hecho todo lo que está en mi poder para inducir al gobierno a tomar 
algunas inmediatas medidas pacíficas. Apercíbome de lo angustiosamen- 
te que el tiempo cerca a la república de toda suerte de peligros y pienso 
que las tentativas de paz debieran hacerse, ahora, antes de que algún 
imaginario o real éxito de parte de cualquiera de los contendientes, 
levante vanas esperanzas y aumente la obstinación de las hostiüdades. 

Sin embargo, no tengo motivos para creer que el presidente adopte 
ninguna medida conducente al logro de este fin, hasta que la adversidad 
lo obligue; y yo temo, debo confesarlo, que la notoriedad de la mala 
situación de este país se haga tan evidente que el emperador se sienta 
tentado a exigir un incondicional sometimiento a todas sus demandas y 
que, finalmente, este país se vea obligado a ceder a ellas. 



94 


Luis Alberto de Herrera 


Puedo, presumo, arriesgar una opinión y es, que si tal caso llegara, 
podría ser ventajoso para Inglaterra ofrecer la garantía, tan a menudo 
mencionada, del libre comercio del Río de la Plata, porque esa medida 
salvaría de la ruina a las Provincias Unidas del Plata y a los cuantiosos 
intereses británicos, que correrían la misma suerte. 

Espero que V.E. me excusará por haber hablado sobre un punto que 
no está literalmente dentro de los términos de mis instrucciones, pero que 
yo considero lo suficiente en armonía con su espíritu como para suponer 
que seré disculpado por haberlo abordado. 

Aunque el presidente y sus consejeros están tan poco inclinados a la 
paz, creo que el pueblo calurosamente la desea y que pocas personas 
serias se encontrarían capaces de objetarla, tal vez aunque fuera desfavo- 
rable. Por consiguiente, confío mucho en que el malestar del pueblo 
obligará al gobierno a cambiar su política y confío que el emperador se 
mostrará moderado, cuando eso ocurra. 

No tengo informes como para poder formar una opinión sobre las 
intenciones de Bolívar, pero imagino que el presidente y el gobierno están 
muy preocupados de que pueda Bolívar dirigir sus miras hacia este lado 
y no osan aceptarlo como amigo, por temor de que él intente convertirse 
en amo. 

Oigo decir a todo el mundo, y lo creo, que la paz devolvería, casi de 
inmediato, su gran prosperidad a este país, si pudiera ser lograda, ahora , 
o muy en breve. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


PONSONBY A DE LA CRUZ 


Buenos Aires, octubre 24 de 1826. El infrascrito tiene el honor de 
poner en conocimiento de S.E. el general de la Cruz que ha recibido orden 



La Misión Ponsonby 


95 


especial de su gobierno de poner de manifiesto ante el gobierno de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata la conveniencia de realizar todos los 
esfuerzos a su alcance para continuar la negociación para la restauración 
de la paz entre las Provincias Unidas y S.M.I. el emperador del Brasil y 
que puedan considerarse hábiles para producir ese tan deseable y bené- 
fico resultado. 

El infrascrito, por lo tanto, tiene el honor de trasmitir a S.E. el general 
de la Cruz los deseos de su gobierno y ruega a S.E. que exponga a S.E. 
el presidente, en temprana oportunidad el contenido de esta nota. — 
(firmadoj/o/w Ponsonby. 

A S.E. el general de la Cruz, etcétera. 


DE LA CRUZ A PONSONBY 

Ministerio de relaciones exteriores. Buenos Aires, octubre 26 de 
1826. El infrascrito, ministro de relaciones exteriores, al acusar recibo de 
la nota, fechada el 25 del actual, que S.E. lord Ponsonby, enviado 
extraordinario y ministro plenipotenciario de S.M.B. tuvo la bondad de 
dirigirle, poniendo de manifiesto el vivo deseo que anima a S.M.B. de que 
avancen las negociaciones pro paz, ya iniciadas por su mediación, tiene 
el honor de dirigirse a S.E. con el fin de asegurarle que S.E. el presidente, 
inspirado en el noble deseo de poner término a la guerra existente, por 
desgracia, entre la república de las Provincias Unidas y el imperio del 
Brasil y con el propósito de dar a todo el mundo, y especialmente a 
S.M.B., una prueba evidente de la sinceridad de este anhelo, ha ordenado 
al que suscribe que repita a S.E. lord Ponsonby la siguiente declaración, 
que S.E. hace, en la forma más solemne: “Que el gobierno de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata está convencido de la ventaja y, más 
aún, de la mutua necesidad de afianzar una paz, honorable para ambas 
partes beligerantes, en términos tales que no sea posible una renovación 
de la guerra; y que, a tal efecto y en este sentido, tenderán sus esfuerzos, 
hasta donde lo pennitan los intereses esenciales de la nación”. 



96 


Luis Alberto de Herrera 


El infrascrito, al trasmitir esta declaración, está igualmente autoriza- 
do para solicitar del lord Ponsonby que tenga la bondad de comunicarla 
así al ministro de S.M. en la corte de Río de J aneiro, con el fin de que haga 
de ella el uso que considere más conveniente con respecto al gobierno de 
S.M.I. y más conducente al objeto de la amistosa mediación de S.M.B. 
ante los gobiernos beligerantes. 

El infrascrito se hace un honor en renovar a S.E. lord Ponsonby las 
seguridades de su más alta consideración. — (firmado) Francisco de la 
Cruz. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


GARCIA A PONSONBY 

(Privada y confidencial). Buenos Aires, octubre 30 de 1826. Excmo. 
señor: En cumplimiento de la promesa que ayer formulé a V.E., comuni- 
qué al presidente su deseo de tener alguna seguridad, oficial y escrita, de 
que S.E. admitirá como base de las negociciones el proyecto ya sometido 
asu consideración, que tengo el honor de adjuntaraésta, después de haber 
merecido amplia aprobación de S.E. el presidente. 

S.E. categóricamente rehúsa dar ninguna declaración oficial, pues, 
según su criterio, equivaldría a una nueva propuesta de bases, contraria 
a la determinación tomada por el gobierno de no hacer ni considerar otras 
proposiciones, hasta no estar cierto de la aceptación de éstas por S.M.I. 
Si esto fuera logrado, el presidente cumplirá lealmente su palabra de 
aceptar esa propuesta como base de la negociación y de darle el curso que 
corresponda, de acuerdo con las leyes de la república. Esto, además de las 
razones, que V.E. conoce, sobre las cuales el presidente funda su juicio 
sobre el proyecto sugerido y respecto a la organización y existencia futura 
del país. El le ruega a V.E. que, para su propia satisfacción, considere dos 
puntos: 

l 2 Que este gobierno no puede rehusar su aprobación al proyecto, una 


La Misión Ponsonby 


97 


vez aceptado por el Brasil, porque, si lo hiciera así, le daría al Brasil una 
extraordinaria influencia moral sobre la opinión pública en la Banda 
Oriental. 

2- Que el proyecto, una vez presentado a la legislatura de las 
Provincias Unidas, con la certeza de que la paz sólo depende de su 
decisión, haría gravitar tanto la fuerza de la opinión pública en favor del 
gobierno que, fuese lo que fuere, el partido de la oposición no podría 
resistirlo. 

Y, por último, el presidente ruega a V.E. se sirva considerar, con esa 
precisión de juicio que le caracteriza, laposición de S .E. y la conveniencia 
de no arriesgar, antes de tiempo, ningún paso que pudiera comprometer 
su autoridad y dar preponderancia a otras ideas. 

Tal es, excelencia, el punto de vista bajo el cual el presidente aprecia 
esta cuestión. 

Yo habría deseado hacer imposibles para llevar adelante, sin el más 
leve obstáculo, la obra de la paz; pero, ya que no he podido realizar esa 
aspiración, me consuela, por lo menos, la esperanza de que todos nos 
uniremos y ayudaremos, con noble cordialidad, para alcanzarla finalidad 
en vista. 

Entretanto, me hago un honor en presentar a V.E. las expresiones de 
mi mayor consideración. — (firmado) Manuel J. García. 

A S.E. lord Jolm Ponsonby, etcétera. 


BASES DE LAS PROVINCIAS UNIDAS 


Memorándum para la base principal de una convención 
entre el gobierno de las Provincias Unidas del Río 
De la plata y SM. el emperador del Brasil. 


I 2 La provincia Oriental se erigirá en un estado libre, independiente 



98 


Luis Alberto de Herrera 


y separado. 

2 9 Las partes contratantes se obligan a abstenerse, por sí, de toda 
ingerencia directa o indirecta, y a estorbar, de común acuerdo, con todos 
sus medios, la ingerencia de cualquier otra potencia, europea o america- 
na, en la formación de la constitución política y gobierno que los 
habitantes de dicho estado juzguen conveniente establecer. El será regido 
por la autoridad del propio país, ejercida por sus naturales. Será asimismo 
declarado incapaz de ser incorporado por sumisión, o por federación, o 
de cualquiera otra forma, a ningún otro estado europeo o americano. No 
podrá tampoco admitir la incorporación del pueblo, provincia o territorio 
de cualquier otro estado, por ninguna causa o motivo. 

3 9 Las paites contratantes se garantirán mutuamente este convenio 
por el término de quince años, contado desde la data de su celebración. 

4 e Las fortificaciones de Montevideo y la Colonia serán arrasadas. 

5 9 Los gastos que ocasione la ejecución del anterior artículo, serán 
satisfechos por el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, 
al cual se permitirá, en consecuencia, nombrar las personas que sean 
necesarias para la ejecución e inspección de los trabajos de demolición. 

6 S Las autoridades brasileñas se comprometerán a no oponer dificul- 
tades con respecto a la demolición de las fortalezas expresadas; antes 
bien, prestarán todo auxilio razonable para su más pronta y debida 
ejecución. 

7 9 El gobierno de las Provincias Unidas estará en libertad de empezar 
la dicha operación en el término de cuarentadías, o antes, si fuese posible, 
después de la ratificación de esta convención. 

8 9 La guarnición brasileña continuará en las fortalezas hasta que se 
complete la demolición de las obras. 

9 9 En el caso de sobrevenir algunas disputas entre las partes contra- 
tantes, sobre la ejecución de la demolición de las expresadas fortificacio- 
nes, se pedirá a la potencia mediadora que nombre uno o más comisiona- 
dos para determinar sobre los puntos de la disputa, y su decisión será 
obligatoria a las expresadas partes contratantes. 

10. Luego que la demolición de las referidas fortalezas sea ejecutada 


La Misión Ponsonby 


99 


a satisfacción de las partes contratantes, retirarán inmediatamente a sus 
fronteras todas las fuerzas respectivas existentes en las fortalezas y 
provincia de la Banda Oriental. 

1 1. Todos los prisioneros tomados por una y otra parte, en mar y tierra, 
desde el principio de las hostilidades, entre las partes contratantes, serán 
inmediatamente devueltos a sus respectivos gobiernos, y todos los 
nativos de la Banda Oriental, detenidos por una y otra parte, en virtud de 
sus opiniones políticas, serán inmediatamente puestos en plena libertad. 

12. Cesarán las hostilidades, por mar y por tierra, desde la data de la 
ratificación de esta convención; y, restableciéndose de este modo la paz, 
las partes contratantes nombrarán respectivamente plenipotenciarios 
para negociar y concluir un tratado definitivo de límites y comercio entre 
ellas. 

13. Para asegurar al nuevo estado que debe erigirse en cumplimiento 
de esta convención, y a las partes contratantes de la misma, todos los 
beneficios resultantes de la restauración de la paz, las dichas partes 
contratantes se comprometen a pedir, juntas o separadamente, a S.M. el 
rey de Gran Bretaña, soberano mediador, el que preste a dicho nuevo 
estado y a las partes contratantes, a todas y a cada una respectivamente, 
aquella garantía que S.M. juzgue ser suficiente al dicho objeto. - Buenos 
Aires, octubre 9 de 1826. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, octubre 31 de 1826. Excmo. señor: No me fue posible 
obtener del presidente, hasta una hora o dos antes de la salida del paquete, 
su determinación definitiva sobre el asunto que ahora someto a la 
consideración de V.E. y, por lo tanto, no podré ser tan explícito, como 
debiera, por lo que presento mis excusas. 

Desde que el despacho de V.E. (N 2 20) obra en mi poder, he hecho 
diversas tentativas para poner en práctica sus instrucciones y he celebrado 




100 


Luis Alberto de Herrera 


frecuentes entrevistas con el señor García, cuya completa coincidencia 
con todas mis opiniones sobre la política que debe seguir este país, lo 
indicaba como particularmente apropiado para ser utilizado. Su influen- 
cia y habilidad, lo hacen la fuerza propulsora más poderosa de la causa 
en cuyo éxito está empeñado, y yo debo a él, en gran parte, el resultado 
que he logrado. 

En cumplimiento de las órdenes de V.E. de mantener abiertas las 
negociaciones, dirigí al ministro de relaciones exteriores, el 24 del 
corriente, la nota N g 1 que adjunto. En su respuesta, fechada el 26 y 
también adjunta, establece que el presidente declara, de la manera más 
solemne: “Que el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata 
está convencido de la ventaja y, más aún, de la mutua necesidad de 
afianzar una paz, honorable para ambas partes beligerantes, en términos 
tales que no sea posible una renovación de la guerra y que, a tal efecto y 
en ese sentido, tenderán sus esfuerzos, hasta donde lo permitan los 
intereses esenciales de la nación”. Más adelante, manifiesta que está 
autorizado a rogarme que comunique esto “al ministro de S.M. en la corte 
de Río de Janeiro, con el fin de que haga de esas manifestaciones el uso 
que crea más conveniente con respecto al gobierno de S.M.I. y más 
conducente al objeto de la amistosa mediación de S.M.”. 

Por lo tanto, confío que hayan sido satisfechos los deseos de V.E., 
pues la negociación queda abierta. Pero el principal objeto consistía en 
inducir al presidente a aceptar alguna proposición dirigida a conseguir esa 
paz, tan deseada y necesaria. 

El presidente ha consentido en aceptar el proyecto que ya he tenido el 
honor de adelantar a V.E. en mi despacho N 2 1 9, introduciendo sólo una 
pequeña modificación en el artículo 20, que V.E. encontrará marcado en 
la copia que adjunto. Han sido vanos todos mis esfuerzos para lograr que 
el presidente me diera más amplias facultades, para el uso de ese 
proyecto, que las que V.E. encontrará fijadas en la carta del señor García, 
privada y confidencial, de esta fecha. 

Lo considero suficiente para justificar el envío que líe hecho de él al 
señor Gordon, dejando a su mejor criterio proceder como lo crea 
conveniente; explicándole, al mismo tiempo, cuál es nuestro objeto, aquí, 




La Misión Ponsonby 


■ ' ‘ T 


■r 


4 - 



señor Gordon, dejando a su mejor criterio proceder como lo crea 
conveniente; explicándole, al mismo tiempo, cuál es nuestro objeto, aquí, 
y los límites estrictos dentro de los cuales entiende este gobierno que debe 
encuadrarse su gestión. 

El presidente ha consentido que el señor Gordon quede en libertad de 
presentar el proyecto al gobierno del Brasil, insinuando que tiene razones 
para estar seguro de que el gobierno de La Plata lo aceptará, con tal que 
el señor Gordon, antes de formular la proposición al gobierno del Brasil, 
o insinuarle que tiene cierto conocimiento sobre la disposición del 
gobierno de La Plata sobre ese particular, adquiera pruebas, a su satisfac- 
ción y con razonable fundamento, de que el gobierno del Brasil estará 
realmente dispuesto a aceptar el proyecto sometido a su consideración. 
Esta prudente norma de conducta es adoptada, con insistencia, por el 
presidente, juzgándola necesaria para evitar cualquier desmedro de la 
dignidad de su gobierno, o la posibilidad de proponer nuevas bases, que, 
si fueran rechazadas, menoscabaría la autoridad de su administración. 

Lo que yo solicitaba del presidente, era una autorización confidencial, 
por escrito, de su parte, para hacer efectiva la cláusula, es decir, el 
proyecto, en caso que éste fuera aceptado por el Brasil. Me lo ha rehusado, 
tenazmente, alegando las razones que ya he expuesto; razones que no 
considero muy procedentes. 

Creo conveniente interiorizar a V.E. acerca de lo hecho aquí, relacio- 
nado con la petición de garantía del Río de la Plata por S.M. Ya he 
manifestado que, estando completamente convencido de su importancia 
y de la necesidad de apoyar toda medida que tienda a afianzar una paz 
permanente, he animado a este gobierno, en vez de disuadirlo, a elevar esa 
petición al gobierno de S.M. 

El presidente, según sospecho, sintiéndose embarazado por su propia 
conducta, sobre ese asunto de la garantía, ha insistido, hasta último 
momento, enpedir aS.M., engeneral, la garantía que juzgara conveniente 
conceder y no consistió en solicitar ninguna, en especial, para el Río de 
la Plata. He rehusado mi aprobación, a la demanda hecha en sentido 
general, porque puede ser interpretada como una solicitud de garantía 
territorial, que tan categóricamente se me ha ordenado que no debo 



102 


Luis Alberto de Herrera 


alentar; y porque, por bien que se entienda, aquí, que el pedido de garantía 
sólo alcanzará al Río de la Plata, la misma interpretación puede no dársele 
en Río de Janeiro y por otros gobiernos, tal vez, cuando sea conocida por 
ellos, suscitándose dificultades y recelos. 

El presidente, convencido de que no puede conseguirlo que desea, lia 
considerado oportuno callar, en absoluto, sobre el asunto: en conjunto, la 
fórmula queda mutilada y privada, me temo, de utilidad como solución 
permanente , por no contenerla. Esta es la piedra central del arco. Enteraré 
al señor Gordon de mis impresiones sobre este asunto y él procederá, 
como lo juzgue más conveniente, pues juzgo que está en más completa 
posesión de los propósitos del gobierno de S.M. que lo que yo pueda estar 
sobre la cuestión política en estos países. 

(Sigue copia del despacho al señor Gordon). 


Debo agregar que mi opinión sobre la política que debiera adoptar este 
país, está fortificada, principalmente, por una conversación que sostuve 
el 28 de este mes con el primer ministro, señor Agüero, quien admitió, en 
toda su extensión, mis apreciaciones sobre la debilidad de los recursos del 
país y la destrucción de los mismos por el bloqueo y quien pone la única 
esperanza de una favorable terminación del conflicto en el destronamien- 
to del emperador del Brasil, por alguna conmoción interna en sus 
dominios. Sobre este punto, tendré ocasión de escribir más largamente a 
V.E. por el próximo paquete. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, noviembre 6 de 1826. Excmo, señor: El señor García 
me llamó ayer, por deseo de S.E. el presidente, para reiterarme, en su 



La Misión Ponsonby 


103 


nombre, las seguridades de su fidelidad a la palabra empeñada, de 
favorecer, en la medida de sus fuerzas, el proyecto de independencia de 
la Banda Oriental, así como para informarme que S.E. estaba, ahora, 
seguro de poder triunfar fácilmente de cualquier oposición que se 
levantara aquí contra aquella propuesta y que nada impediría su estricto 
cumplimiento, si el gobierno del Brasil la aceptara también. El señor 
García agregó que el presidente está ahora seguro del apoyo y coopera- 
ción a este plan por parte del general Alvear, comandante en jefe del 
ejército y que había apariencias de cambio en las opiniones del señor 
Agüero, hasta ahora el gran sostén de la política de guerra. 

Estoy convencido de la sinceridad del presidente y no he renovado mi 
pedido de un documento firmado por él, que ratifique su promesa. 

Tenemos la declaración escrita del señor García, de que ha procedido 
por orden del presidente; y se halla en nuestro poder, también, escrita de 
su puño y letra, la copia del proyecto en sí, corregida por mandato del 
presidente. He enviado recién al primer ministro, señor Agüero, por 
deseo del presidente, una copia del proyecto de referencia. No puede 
comprender las razones del presidente para oponerse a escribirme, 
secreta y confidencialmente en el mismo sentido de sus mensajes; pero 
creo que hay amplia base para confiar en que es sincero. 

(Sigue copia del despacho enviado al señor Gordon). 


Este asunto no ha sido conducido en la forma que yo considero mejor 
para su éxito, pero éste se logrará, lo mismo, si el señor Gordon encuentra 
disposiciones favorables a la paz en el gobierno del Brasil. Me he 
esforzado tenazmente en conseguir que este gobierno haga la propuesta 
del proyecto, directa y abiertamente, creyendo que eso le haría difícil al 
emperador su rechazo, y que el temperamento adoptado le da gran 
facilidad para eludirlo, en caso que esté resuelto a continuar la guerra; 
pero no he podido lograr el resultado apetecido. Si el emperador no es 
partidario de la paz, probablemente alegará, como uno de los argumentos 



104 


Luis Alberto de Herrera 


para la prolongación de la contienda, los peligros a que sus propias 
provincias están expuestas de parte de los merodeadores de la Banda 
Oriental. Lo cierto es que los brasileños mismos han sido los grandes 
salteadores, por la simple razón de que la Banda Oriental es un territorio 
muy rico, abundante en ganados, y las provincias brasileñas que confinan 
con ella muy pobres de pasturas y, por lo tanto, no muy aptas para la cría 
ganadera. No hay, pues, mucha tentación para que los orientales mero- 
deen y le es muy fácil al emperador, defender su país contra los 
depredadores, si quiere hacerlo. 

V.E. observará que no hay nada más respecto a la garantía. No tengo 
nada que agregar sobre el punto, aunque lo considere necesario para la 
estabilidad de cualquier paz que se haga. 

Debo presumir que el gobierno de S.M.I. no se creerá autorizado a 
renovar ninguna reclamación sobre remuneración pecuniaria, habiendo 
rechazado, de plano, las proposiciones que le fueron formuladas sobre ese 
punto. Estoy seguro de que este gobierno no consentirá que ninguna 
mención de esa índole sea agregada a las concesiones ya aprobadas por 
la república. 

He insinuado al presidente que designe algún sitio para las reuniones 
con motivo de la negociación, como V.E. verá por la nota que adjunto y 
que he considerado oportuno dirigir al general de la Cruz, en contestación 
a la comunicación oficial que me dirigió el 30 de octubre. 

Acompaño a ésta una copia de mi carta, de esta fecha, al señor Gordon, 
en la que he incluido mis despachos a V.E. N 3 18, 19, 23, 26 y 27. 

Tengo el honor de repetirme con toda consideración y respeto, señor, 
su más obediente servidor. — (firmado) John Ponsonby. 

Nota: Adjunto una copia de la respuesta al general de la Cruz, para que 
V.E. se entere de su contenido. Este gobierno ha elegido a Montevideo 
como el sitio donde la negociación se iniciaría, en caso de que S.M.I. 
convenga en aceptar la base propuesta. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


La Misión Ponsonby 


105 


PONSONBY A DE LA CRUZ 


El abajo firmado tiene el honor de poner en conocimiento de S.E. el 
general de la Cruz, ministro de relaciones exteriores, que el lunes, por la 
mañana, remitirá al enviado extraordinario de S.M.B. y ministro plenipo- 
tenciario en Río de Janeiro, señor Gordon, la carta, de fecha octubre 30, 
que el infrascrito tuvo el honor de recibir de S.E., en la que manifiesta los 
fervientes deseos del gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata 
de alcanzar la pacífica terminación de la guerra, sobre bases justas y 
honorables para ambas partes beligerantes. 

El infrascrito tiene el honor de sugerir a S.E. el presidente de la 
república la conveniencia de fijar el lugar donde S.E. consentiría enviar 
un plenipotenciario, autorizado para tratar de la paz, si, por fortuna, 
pudieran iniciarse tratativas. La opinión del infrascrito es que Río de 
Janeiro sería el sitio más apropiado para la rapidez y beneficio de la causa 
de la paz, aunque no pretende erigirse en juez en esa cuestión. En caso que 
no fuera considerada conveniente la elección de Río de Janeiro, el 
infrascrito ha pensado que Montevideo podría ser elegido como sitio de 
reunión de los plenipotenciarios de ambos poderes. 

El infrascrito saluda a V.E. con su más alta consideración. — 
(firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el general de la Cruz, ministro de relaciones exteriores. 


PONSONBY A GORDON 


Buenos Aires, noviembre 6 de 1826. Excmo. señor: Envío a V.E. un 
voluminoso paquete de periódicos; poco agregaré. 

S.E. el presidente, como V.E. verá por la carta que el general de la 
Cruz me ha dirigido, con fecha 30 de octubre de 1826, ha autorizado al 
gabinete brasileño la mutua declaración expresada en la antedicha carta. 
Esa resolución ha sido adoptada a instancias mías (como V.E. verá por la 


106 


Luis Alberto de Herrera 


carta del general de la Cruz) y es la medida más pacífica a que he podido 
inducir a este gobierno a tomar de inmediato. 

Pero el proyecto que envío, acompañado de una carta de la misma 
fecha, del señor García, marcada “privada y confidencial”, me hace 
abrigar la esperanza de que pueda ofrecer terreno más propicio para 
cimentar la paz. El presidente, sin embargo, al prestar su aprobación al 
proyecto, ha insistido sobre la estricta observancia de ciertas condicio- 
nes; especialmente, que yo lo comunicaré al enviado de S.M. en Río, bajo 
el solemne compromiso de su parte de que no lo presentará al gobierno 
del Brasil, ni aun insinuará su existencia, hasta adquirir convencimiento, 
justificado, de que el gobierno brasileño sinceramente lo aceptará como 
base. Una vez que haya sido comunicado al gobierno brasileño y reciba 
acogida favorable, asegurar que el gobierno de La Plata, está pronto, por 
su parte, a tratar. 

He accedido a desempeñar esta comisión y no titubeo en decir a V.E. 
que creo que el presidente cumplirá su promesa, como el señor García me 
lo dice en su carta; pero, como no he podido conseguir la ratificación 
oficial del presidente ni aun en forma estrictamente confidencial, como 
lo solicité, no puede dar una seguridad oficial de que obrará como se me 
ha manifestado. 

Lamento, sobremanera, que una errónea apreciación del asunto haya 
inducido al presidente a negarme tal autoridad, pues preveo que esto 
acarreará alguna demora en el advenimiento de la paz (aunque, finalmen- 
te, se alcance éxito), lo que estaría en gran desacuerdo con los deseos del 
gobierno de S.M. y será seriamente peijudicial para los intereses de los 
beligerantes. 

Como ya he enviado a V.E. mis despachos dirigidos al ministro 
Canning, V.E. podrá apreciar mis puntos de vista sobre los grandes 
intereses (puramente británicos) envueltos, actual y eventualmente, en 
esta brega por la paz. Su elevado juicio y la más reciente oportunidad de 
conocer las opiniones del gobierno de S.M. sobre la cuestión, serán sus 
guías más seguras y no tomaré sobre mí la responsabilidad de decir nada 
más allá de lo manifestado en esos periódicos, para probar la necesidad 
de adoptar prontas y enérgicas medidas, a fin de salvar de la ruina a este 


La Misión Ponsonby 


107 


país, de serios peligros al Brasil y, a toda Sudamérica, de continuos y 
crecientes trastornos e inseguridades. 

El presidente me ha instado, repetidamente, que le pida a V.E. se sirva 
comunicar aquí, tan rápidamente como le sea posible, noticia de lo que 
haya hecho o piense hacer. Considero esta cuestión de suficiente magni- 
tud como para solicitar el concurso de uno de los buques de guerra de 
S.M., si otro medio, seguro y expeditivo, no se encuentra. 

Saludo a V.E. con toda consideración, etcétera. — (firmado) John 
Ponsonby. 

A S.E. Roberto Gordon, etcétera. 


DE LA CRUZ A PONSONBY 


Buenos Aires, noviembre 6 de 1826. El infrascrito, habiendo recibido 
y entregado al presidente de la república la nota que, con fecha de ayer, 
lord Ponsonby, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de 
S.M.B. le dirigió, ha recibido orden de comunicarle la siguiente respues- 
ta: Que S.E. el presidente, siempre animado por los deseos, que en toda 
ocasión ha manifestado, de acelerar la terminación de las dificultades 
existentes, desgraciadamente, entre S.M. el emperador del Brasil y el 
gobierno de la república de las Provincias Unidas, y admitiendo, a la vez, 
la conveniencia que puede existir para las partes beligerantes de elegir un 
sitio donde sus respectivos representantes puedan reunirse, en caso de 
haber probabilidades de un acuerdo, S.E. el presidente, considerando 
tanto la conveniencia como la seguridad de ambos beligerantes, juzgaque 
la ciudad de Montevideo es el lugar más apropiado para la referida 
conferencia. 

El infrascrito saluda a V.E. con su mayor consideración. — (firmado) 
Francisco de la Cruz. 

A S.E. John Ponsonby, etcétera. 



108 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, noviembre 6 de 1826, Excmo. señor: He celebrado la 
esperada entrevista con el señor Agüero. El admitió la imposibilidad en 
que se halla el país de continuar la guerra por tiempo indefinido y declaró 
el sincero deseo del gobierno de realizar la paz. 

Convino en la oportunidad de las medidas tomadas para obtenerla paz 
en Río, pero no quiso discutir las ventajas o desventajas derivadas de la 
guerra o de otra solución. 

Me expresó, claramente, que su única esperanza de remedio, ante la 
posible desgracia de una manifiesta imposibilidad de parte de su gobierno 
de continuar la guerra y ante la consiguiente exigencia de parte del 
emperador del Brasil, en peores términos que los actuales, se funda en una 
confederación de los estados de América, contra el Brasil, lanzados a una 
guerra de principios. 

Dijo que sabe que esa confederación es deseada por los estados de 
América; que Bolívar mandaría el ejército que penetraría en el Brasil, 
aunque no confía tanto en la conquista del Brasil como en los efectos que 
la confederación produciría entre los descontentos contrarios a lapolítica 
del emperador. Agregó, que juzga la ayuda de Bolívar y de la clase militar 
de América con el mayor sobresalto y que, sobre todas las cosas, desearía 
evitar su concurso, aunque podría hacerse imprescindible su ayuda, ya 
ofrecida a su gobierno y obtenible en cualquier momento. Me preguntó 
si yo abrigaba esperanzas de que el emperador aceptaría la proposición 
(si hecha). Le manifesté que aquéllas se fundaban en los gastos que la 
guerra demanda al imperio, en las dificultades que le crea y por librarse 
por el proyecto, de lo que él considera un puntillo de honor: la retención 
de la Banda Oriental contra Buenos Aires. También en que su pique y 
animosidad personal contra Buenos Aires se aplacarían por esa medida, 
que le arranca al territorio en disputa al mismo tiempo que sale de su 
propio dominio; que el emperador ya ha rehusado una leal y justa oferta 
de parte de la república — por ejemplo, la indemnización pecuniaria — y 
que si ahora rechaza un arreglo tan moderado como el planteado, 


La Misión Ponsonby 


109 


mostraría claramente, a los ojos del mundo, su codicia de conquista y hará 
gravitar contra él toda la fuerza moral de la opinión. 

Tengo el honor de saludar a V.E. con mi más alta consideración. — 
(firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


CANNING A PONSONBY 


Londres, noviembre 27 de 1826. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. 
señor: Los despachos de V.E. , hasta el N- 1 5 inclusive, han sido recibidos 
y entregados al rey. 

Mi último despacho dirigido a V.E. fue escrito el 21 de agosto. 
Contenía la aprobación general del cumplimiento por V.E. de las instruc- 
ciones, según las cuales, debían iniciar negociaciones entre el emperador 
del Brasil y Buenos Aires. El fracaso de esta tentativa, aunque muy 
lamentable, no puede ser atribuido a carencia de celo o habilidad de parte 
de V.E. , sino a la insensatez y obstinación del emperador del Brasil, cuyas 
consecuencias tal vez tenga que palpar, algún día, S.M.I. 

No es posible confiar, mayormente, en el éxito, en Buenos Aires de 
ninguna proposición como la que V.E. está sólo autorizado a hacer en 
favor del Brasil. 

Es un gran desencanto, al mismo tiempo, que el gobierno de Buenos 
Aires se haya pronunciado tan decididamente, como creemos lo ha hecho, 
contra la medida conciliatoriaque V.E. le propuso, de acuerdo con las ins- 
trucciones recibidas, de elevar a Montevideo y su territorio a la categoría 
de un estado libre e independiente. 

Por lo tanto, siendo tales las respectivas determinaciones de los dos 
gobiernos con los cuales V.E. ha tenido que tratar, no veo que se pueda 
hacer otra cosa, por el momento, de parte de S.M., para producir un 
acercamiento entre ellos. 



110 


Luis Alberto de Herrera 


En cuanto a tomar parte a favor de cualquiera de los contendientes, 
V.E. nunca desvanecerá demasiado perentoriamente cualquier expecta- 
tiva de esa naturaleza. 

Ni quizá puede V.E. echar el cimiento de una intervención más 
eficiente en nombre de S.M., más adelante, cuando las calamidades y 
exigencias de la guerra hayan deprimido y extenuado a ambas partes, que 
declarando haber cumplido todas sus instrucciones, como intermedio, y 
que al gobierno de V.E. sólo le resta deplorar profundamente que su 
mediación haya sido estéril. 

Tienen mucho del carácter ibérico los habitantes de las fundaciones 
coloniales de España y nada hay en él más llamativo que su fastidio ante 
el consejo ajeno y su sospecha ante los servicios desinteresados. Ya fue 
previsto, en mis iniciales instrucciones, que la insinuación respecto a 
Montevideo era probable suscitara el recelo de que se trataba de algún 
designio favorable a los intereses británicos. 

Tales sospechas han sido abiertamente avivadas por la prensa de 
Estados Unidos de Norteamérica y, no dudo, sugeridas, secretamente, por 
sus agentes diplomáticos. 

Opino, por lo tanto, que lo más acertado es que V.E. abandone, por 
completo, ese asunto; hable de su mediación como de algo pretérito y de 
la continuación de la guerra como de algo, en resumen, inevitable, aunque 
para nosotros sin ninguna importancia, por más que perjudica a los 
residentes británicos en Buenos Aires, interrumpe nuestro intercambio 
comercial con ese estado y retarda el avance próspero de un país en el cual 
esas vinculaciones pueden adquirir tan amplio y benéfico desarrollo. La 
mejor probabilidad de una nueva apelación a nosotros, en tales términos, 
que friera presumiblemente útil, sería demostrando V.E. aparente indife- 
rencia sobre el asunto y, tal vez, ligero resentimiento ante las torcidas 
interpretaciones que se han vertido respecto a nuestras intenciones en lo 
que a la sugestión sobre Montevideo se refiere. 

(Nota: Así está en la copia. Falta el párrafo final y la firma, que no 
puede ser otra que la de George Canning). 



La Misión Ponsonby 


111 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, diciembre 4 de 1826. Excmo. señor: El señor García, 
en nombre del presidente, me asegura que el señor Agüero, el principal 
ministro, y el señor Gómez, la personalidad más importante del congreso, 
ha expresado su aprobación a la medida últimamente tomada, tendiente 
a restablecer una base de paz, no sólo como un medio de solucionar las 
dificultades del gobierno, sino, también, porque, aun independientemen- 
te de la guerra, encierra ella grandes ventajas para la república. 

Estoy satisfecho de su aprobación y más lamento que la manera como 
ellos y el presidente me obligaron a plantear el proyecto, lo haya privado 
de sus mayores probabilidades de éxito. Considerando el siguiente 
artículo de la constitución. 

(Sigue con la anarquía de las provincias). 


Se dice que este gobierno tiene en Londres, actualmente £200.000 y 
que se propone aplicarlas a fines navales. Una muy pequeña fuerza, 
derrotaría aquí a los brasileños y esto podría cambiar completamente la 
faz de la contienda. Hay esperanzas de que Baring y Cía. obtenga un 
empréstito para la república. Una suma modesta haría mucho para 
arrancar a las finanzas de su miserable estado; por más que, en tanto se 
prolongue el bloqueo, el gobierno no podrá contar con recursos penna- 
nentes. 

Oigo decir que los ministros tienen confiada esperanza en el efecto de 
los éxitos que el ejército debe obtener en Río Grande. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 



112 


Luis Alberto de Herrera 


GORDON A PONSONBY 


Río de Janeiro, diciembre 4 de 1826. Excmo. señor: Llegó el "Ran- 
ger” el 2 del comente, trayéndome su nota del 6 de noviembre, junto con 
diversos papeles. 

S.E. verá, desde luego, que las restricciones imperativas, bajo las 
cuales el presidente ha creído oportuno autorizarme a presentar sus pro- 
posiciones al gobierno brasileño, me impiden completamente proceder 
en el asunto, desde que ya he comprobado que este gobierno categórica- 
mente se rehúsa a negociar sobre la base de la independencia de la Banda 
Oriental. 

Como tal vez la relación de mi gestión sobre este asunto, con el 
gobierno brasileño, enviada el 23 ppdo. no ha llegado a poder de V.E., 
incluyo una copia. 

Se apercibirá de que con la premura del 1 s de noviembre , sugerí la idea 
de negociar bajo una base similar a la propuesta por V.E. a la república 
de Buenos Aires, y, a pesar de darle otra forma, a fin de hacerla más 
aceptable alemperadordelBrasil, fue completamente rechazada por nota 
del gabinete de 21 del mes pasado. No necesito decir a V.E. que la 
ausencia de S.M.I. de la capital, aun en otras circunstancias, hubiera 
hecho nula mi intervención. 

Sus ministros sólo actúan bajo sus inmediatas órdenes y se necesita- 
rían seis a ocho semanas para recibir contestación a las comunicaciones. 
Mientras tanto, el aspecto de los asuntos en el sur puede cambiar de 
manera que, me temo, sería muy desastroso para los intereses de Buenos 
Aires. 

La presencia del emperador en Río Grande va a disipar, sin duda 
alguna, el espíritu de desapego que se levantaba en esa provincia, 
fomentado, como se supone, por agentes del enemigo, y el tono promisor 
y conciliador que usará hacia los orientales, probablemente inclinará en 
su favor a la opinión en esta ribera del Río de la Plata. 

Las esperanzas de remedio, en cuanto a la república, que, como V.E. 


La Misión Ponsonby 


113 


lo afirma, están fundadas en las convulsiones intemas del Brasil y la 
ayuda militar de Bolívar, me temo que pronto habrá que abandonarlas. El 
pueblo en Río Grande será llamado a filas, y las actitudes de Bolívar en 
el oeste, hacen suponer un completo cambio en sus anteriores pensamien- 
tos. Estos, en vez de dirigirse contra el Brasil, producen más bien la 
aprensión de que se dirigen a la partición de toda Sudamérica entre él y 
el emperador don Pedro. 

No me corresponde encarecer a V.E. que uija mayores concesiones de 
parte del presidente. Su mejor criterio le hará apreciar si él, persiguiendo 
un bien imaginario, no está causando un perjuicio substancial a su país, 
en un momento en que debiera alejarse de ambos extremos y asegurarse 
su objeto principal, aceptando otros términos. 

En su despacho N 9 23, al señor secretario Canning, V.E. hace suya la 
opinión de que, existiendo la garantía contra cualquier peligro de bloqueo 
y obstrucción al comercio del Río de la Plata, la posesión de la Banda 
Oriental sería de pequeña utilidad para Buenos Aires. ¿Por qué, entonces, 
no aprovechar la presente disposición del emperador del Brasil e inclinar- 
lo a un arreglo en que la seguridad que se desea sería garantida por el 
abandono, por Buenos Aires, de un disputado hueso, cuya posesión es 
seguro que será causa de desavenencia entre ambas partes? 

Ruego a V.E. crea que estas observaciones no influirán en lo más 
mínimo en mis comunicaciones en este gobierno. Continuará en mis 
esfuerzos para obligarlos a aceptar las miras de V.E. sobre reconocimien- 
to de la independencia de la disputada provincia; aunque puedo aventu- 
rarme a asegurar a V.E. que ella no será concedida sino bajo el peso de 
la derrota y en situación mucho peor, de los asuntos públicos en el Brasil, 
de la que ahora puede preverse. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord Ponsonby, etcétera. 




114 


Luis Alberto de Herrera 


CANNING A PONSONBY 


Diciembre 23 de 1826. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. señor: 
Los despachos de V.E., hasta el N 2 20 inclusive, han sido recibidos y 
entregados al rey. 

El gobierno de S .M. hace plena justicia a los esfuerzos de V.E. , desde 
su llegada a Buenos Aires, para crear allí un ambiente favorable a la 
negociación con el Brasil. Aunque apenados, no estamos desanimados 
por el fracaso de las gestiones, pues, a decir verdad, no esperamos más 
halagüeños resultados mientras el señor Rivadavia ocupe la presidencia. 
El juicio que V.E. da de esa persona, parece perfectamente exacto. En 
estas circunstancias, sólo me resta manifestarle a V.E. que, por si en 
virtud de algún accidente, el paquete que zarpó el mes pasado no ha 
llegado a esa antes del arribo de éste, le incluyo un duplicado de mi 
despacho N 9 21, en el cual indico la conveniencia de abstenerse de 
remover el asunto de la mediación, hasta que el desarrollo de los 
acontecimientos ofrezca alguna oportunidad más favorable para suscitar- 
lo con /'*ntaja, o hasta que el gobierno de Buenos Aires haga alguna 
insinuación directa e inequívoca a V.E. 

Saludo a V.E., etcétera. — (firmado) George Canning. 


PONSONBY A GARCIA 


(Privada), Buenos Aires, diciembre 23 de 1826. Señor Manuel José 
García. Muy señor mío: Soy de opinión que el actual momento sería 
favorable para tomar algunas medidas conducentes a la restauración de 
la paz. El emperador está ahora donde, quizás pueda apreciar con sus 
propios ojos las dificultades reales que existen para obtener, por conquis- 
ta, la posesión definitiva de laprovincia en litigio y, tal vez, considere que 
no vale la pena continuar una guerra que tan enormes sacrificios le 
demanda y que no le proporcionará otra satisfacción (si tal es para él) que 


La Misión Ponsonby 


115 


la de acarrear inmensas penalidades y perturbaciones a Buenos Aires. 

Su gobierno ha probado ya suficientemente las calamidades de la gue- 
rra y no creo que ni el más confiado de sus miembros abrigue la esperanza 
de que pueda llegarse a la paz como consecuencia del triunfo de sus 
armas, aun cuando su ejército obtuviera todos los éxitos que se propone 
alcanzar. 

Ambas partes, el emperador y la república, deben estar advertidas de 
los peijuicios que, para cualquiera de ellas se originarían de un revés y, 
ciertamente, la república está más expuesta a gran daño, en tal supuesto. 
Si su ejército se desorganizara seriamente, toda esperanza en el éxito de 
las hostilidades desaparecería; pero quedarían en pie las mismas necesi- 
dades, por gastos y esfuerzos, como al presente. 

Si el emperador fallara en sus planes militares todavía le restaría 
intacto su recurso más real y eficiente: una escuadra superior. 

Estamos, ahora, en un momento de expectativa: nadie puede saber 
para cuál de las partes reserva la fortuna los primeros éxitos o los primeros 
desastres. ¿Porqué, pues no aprovechar esta oportunidad para intentar un 
arreglo? Si el presidente persistiera aúnen las ideas que él y sus ministros 
expresaron últimamente, sobre el mérito intrínseco de las proposiciones 
sometidas al señor Gordon, ¿por qué no intentarlo, al presente, con 
probabilidades de mejor resultado y directamente, sin subterfugios o 
intención de ocultar, bajo forma de procedimientos, lo que, en realidad, 
se anhela cumplir? 

Yo creo, firmemente, como a menudo se lo lie manifestado a usted, 
que la manera en que las últimas proposiciones fueron trasmitidas al 
señor Gordon privó a la iniciativa de toda probabilidad de éxito, en la 
acepción que en nuestro léxico se concede a esa palabra. 

La ausencia del emperador de su capital, debe haber impedido la 
tentativa que, no dudo, el señor Gordon hubiera realizado para llenar el 
cometido confiado a su prudencia y celo, por el bien de estos países, y yo 
no veo inconveniente en hacerle, ahora, al emperador, las proposiciones 
que el señor Gordon estaba condicionalmente autorizado a formular. 

Pero esto debe hacerse, si se hace, de una manera clara y simple; 




116 


Luis Alberto de Herrera 


ninguna habilidad debe ser usada, ni nada que pueda ser interpretado 
como una extravagancia o un desconocimiento de la verdadera dignidad. 
La república avanza, ahora contra el emperador, perfectamente armada 
y llena de valor y de esperanza. Ella exhibe un ejército que puede salir 
victorioso y que debe ser formidable. 

Nada más dignificante que ofrecer, en tales circunstancias, condicio- 
nes de paz razonables. 

El gobierno debe recordar que la victoria puede atraer sobre el país la 
dominación de su clase militar y que la derrota destruiría, probablemente, 
su propia existencia, encumbrando, finalmente, en estas naciones el 
poder militar y a aventureros rapaces de los otros estados sudamericanos, 
encendiendo la guerra entre la sangre española y la portuguesa, y tal vez, 
de una forma de gobierno contra otra. ¿Y quién puede prever cuándo 
terminaría una contienda de esa naturaleza? 

Por eso, me he permitido molestarle con la expresión de mis senti- 
mientos íntimos sobre los sucesos actuales, conociendo su celo por el 
bienestar de su país y la libertad que usted me ha concedido de exponerle 
los puntos de vista y opiniones que juzgue dignos de consideración. 

Me es grato repetirme de usted atento, etcétera. — (firmado) John 
Ponsonby. 


GARCIA A PONSONBY 

Buenos Aires, diciembre 30 de 1826. A S.E. lord John Ponsonby. 
Señor: El 27 comuniqué a S.E. el presidente de la república, el resultado 
de nuestra conferencia el 26. El consejo de gobierno se reunió los días 28 
y 29 y el ministro de relaciones exteriores acaba de comunicarme que se 
ha resuelto autorizar a V.E. para hacer conocer, directamente, al minis- 
terio de S.M. el emperador del Brasil, las sinceras pacíficas intenciones 
del gobierno de las Provincias Unidas y su disposición de tratar las bases 
del proyecto últimamente sugerido y entregado al señor Gordon, ministro 



La Misión Ponsonby 


117 


de S.M. en el Brasil. 

El ministro de relaciones exteriores me ha ordenado, al mismo 
tiempo, que asegure a V.E., que la política del gobierno, a ese respecto, 
es tan decidida que, sea cual fuere la suerte de sus armas, no la modificará. 

Es una gran satisfacción para mí, señor, trasmitir a V.E. esta resolu- 
ción y reiterarle, con tal motivo, los sentimientos de respecto con que 
tengo el honor de suscribirme, etcétera. — (firmado) Manuel J. García. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, diciembre 30 de 1826. Excmo. señor: Después de 
haberme enterado del arribo de S.M. el emperador a la frontera de su 
imperio, juzgué prudente diferir las medidas que, en el primer momento, 
me parecieron oportunas a favor de la paz, hasta apreciar, con criterio 
propio, cuáles eran las intenciones de S.M.I. y el objeto de su viaje. Oí y 
creía que el motivo principal era poner término, personalmente, a las 
desavenencias y dificultades surgidas entre las autoridades civiles y 
militares en Río Grande e imprimir energía y unidad de dirección a su 
esfuerzo. Por lo tanto, pensé que S.M.I. debía de estar en un estado de 
ánimo menos dispuesto aun arrogante rechazo de razonables y ventajosas 
propuestas que lo que había estado, cuando creyó su poder más que 
suficiente para subyugar a cualquiera que se opusiera a sus deseos; y 
estaba seguro que, cuanto más tiempo permaneciera en un lugar desde 
donde pudiera ver las dos caras de las cosas, más apreciaría la magnitud 
de los obstáculos interpuestos entre él y el éxito, tanto a causa de la 
naturaleza misma, como por la situación política y moral del pueblo y de 
los países de Sudamérica. 

Temí, sin embargo, que algún accidente pudiera producirse y alterar 
la aparente posición de los poderes contendientes y levantar, hiriendo la 
vanidad, formidable obstáculo, en cualquiera de los dos lados, a las ges- 
tiones pacificadoras, si una u otra obtuviera un éxito, aun insignificante. 




118 


Luis Alberto de Herrera 


Por lo tanto, sólo demoré el tiempo que consideré estrictamente 
necesario, y después escribí al señor García la carta, cuya copia adjunto, 
y personalmente expliqué, detenidamente, la decidida opinión que tema 
sobre las ventajas de la actual oportunidad para hacer un esfuerzo en pro 
de la paz. Dentro de un lapso razonable, recibí del señor García la 
respuesta (N g 2), que espero V.E. considerará satisfactoria. 

Juzgo que este gobierno ha hecho, al fin, todo lo que de él podía 
desearse y que lo ha hecho de una manera elegante. Sin embargo, 
fatalmente estoy en la ignorancia de sus opiniones acerca de la determi- 
nada política que he recomendado. Era necesario obrar y sólo he tratado 
de que mis actos correspondan, exactamente, a la norma de conducta que 
V.E. me ha trazado. Imagino que la paz, a cualquier precio, cimentada 
sobre bases duraderas y firmes, en su anhelo: lapaz, porque, aununamala 
paz, tal vez despertara sentimientos pacíficos, de los cuales pudiera 
derivarse una vez perdurable. El gobierno de esta república se ha desen- 
vuelto, en esta emergencia, de una manera especial, que casi me atrevería 
a calificar de sabia. 

El ejército de la Banda Oriental ya ha emprendido la marcha y se dice 
que está en perfecto orden y que cuenta con ocho mil hombres. 

Los disturbios en las provincias, aunque no suprimidos, presentan, 
ciertamente, mejor aspecto y la presencia del emperador ha dado a este 
gobierno una oportunidad (al menos por el momento) de zafarse de las 
dificultades que tontamente se había creado, por la adopción de varias 
medidas inconsultas, habiendo acordado el congreso postergar la consi- 
deración de todo asunto, exceptuando, sólo, lo relacionado con la guerra. 

El gobierno tenía, en tales circunstancias, fáciles y plausibles excusas 
para diferir la cuestión, pero la ha encarado virilmente. Personalmente, 
nada más podía pedir: a lodo lo que yo deseaba que se hiciera, se ha 
accedido. Si mi gestión ha sido acertada y resultase armónica con las 
vistas de V.E., yo quedaría plenamente satisfecho. Es cierto que mi 
apreciación de toda la cuestión es todavía incompleta, porque considero 
que la garantía, tan a menudo mencionada anteriormente a V.E., es 
necesaria para el permanente bienestar y prosperidad de todos estos 
países y para seguridad de la influencia inglesa, sólo benéfica para el 


La Misión Ponsonby 


119 


pueblo de Sudamérica. Tocante a este punto, no he considerado oportuno 
decir u na palabra, desde que fue dejado de lado por el presidente, pero 
creo que, en el curso de la negociación (en caso de producirse alguna), 
muchas y muchas oportunidades se ofrecerán al gobierno de S.M. para 
traer a colación esa medida y darle andamiento, por el peso del propio 
interés de las partes, si así lo estimara del caso. 

Me atrevo a esperar que seré perdonado por haber expresado tan am- 
pliamente mi opinión sobre su política y orientación y que V.E. creerá que 
lo he liecho obedeciendo al impulso del deber y no por presunción. 

Veo casi generales perturbaciones, si no conflictos, prontos a llenar 
todo este hemisferio. Si Inglaterra pudiera conservar invulnerables a la 
violencia los derechos e intereses de un comercio mantenido durante ese 
tiempo, como ella tendría los medios de hacerlo, erigiéndose en poder 
tutelar en el río, creo que proporcionaría la más eficaz atenuación a los 
males de la guerra y que establecería la base más expeditiva y más segura 
para su terminación. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, diciembre 30 de 1826. Excmo. señor: El 15 del actual, 
se tuvo noticia en Buenos Aires de que el emperador del Brasil había 
partido para Río Grande y de su proclama, lanzada antes de su partida de 
Río de Janeiro. 

Al día siguiente, el presidente dio la proclama adjunta (N 9 1) y con- 
vocó al congreso a una reunión extraordinaria, para considerar y acordar 
los mejores medios para la defensa del estado y de la capital, en particular, 
en caso de una posible invasión. El congreso, después de muchas 
discusiones, en el curso de las cuales el ejecutivo fue acerbamente 
atacado por la oposición, imputándole incapacidad y carencia de previ- 




120 


Luis A Iberio de Herrera 


sión, designó una comisión, elegida entre sus mismos miembros, para 
secundarlos planes de defensa del gobierno, sometiendo al congreso, de 
tiempo en tiempo, aquellas resoluciones que exigieron su sanción. 

También resolvió no tratar, en las presentes circunstancias, ningún 
asunto ajeno al de vital importancia que lo absorbe y dedicar su atención 
solamente a lo referente a la guerra. 

El 21, el congreso dirigió una proclama a las provincias (N 5 2) y el 
gobierno les envió una circular a todas, no exceptuando las que reciente- 
mente han resistido a su autoridad, señalando los nuevos peligros que 
amenazan a la república, y solicitando vivamente su cooperación para la 
defensa. Una comisión, integrada por experimentados jefes, fue nombra- 
da para aconsejar al gobierno en sus medidas militares; se resolvió formar 
un nuevo regimiento, expresamente para la defensa de la capital; comple- 
tar todos los regimientos de línea de la milicia, convocar a la milicia local 
y enrolar a todos los esclavos aptos para las armas. Fueron iniciadas 
suscripciones privadas y los miembros del congreso, solos, suscribieron 
una suma aproximada de 18.000 pesos, destinada a la creación del nuevo 
regimiento. Individualmente, renunciaron a sus dietas, en favor del 
gobierno, durante la prolongación de la guerra. 

El espíritu nacional parece agigantado y la defensa vigorosa del país 
es el sentimiento general. 

El 26, el ejército, comandado por el general Alvear, se puso en 
marcha. Se dice que su total es de siete a ocho mil hombres, bien dis- 
ciplinados, ansiosos de atacar al enemigo y firmemente confiados en la 
victoria. 

Probablemente llegarán a la frontera dentro de unos veinte días. 
Adjunto a ésta la proclama que el general Alvear les dirigió antes de 
iniciar la marcha. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 




La Misión Ponsonlyy 


121 


TRATATIVAS EN 1827 


PONSONBY A GORDON 


Buenos Aires, enero 4 de 1 827. A S.E. don Roberto Gordon. Excmo. 
señor: Recibí, el 3 1 último, las cartas de V.E., de Río de Janeiro, fechadas 
el 4 y 23 de noviembre, por manos del señor Walker, y el mismo día las 
duplicadas y sus otras comunicaciones, fechadas en diciembre 4 de 1 826, 
por la fragata Macedonia América. 

Antes de contestar a esos despachos, creo que será muysconveniente 
informar a V.E. del estado de los asuntos aquí, relacionados con nuestros 
trabajos de mediación. 

Fui enterado, a su tiempo, del arribo de S.M.I. a Santa Catalina y, 
luego a Río Grande y después de aguardar unos días, hasta averiguar la 
causa probable del viaje del emperador a esos lugares y del estado de los 
asuntos allí, trasmití al gobierno de La Plata mi firme opinión de que esa 
era una favorable oportunidad para intentar un nuevo esfuerzo con el fin 
de alcanzar la paz, declarando, al mismo tiempo, que sería absolutamente 
necesario desterrar toda argucia y formular las proposiciones que se 
consideraran convenientes, en forma directa y sencilla. Considerando el 
gobierno, como yo, que la ocasión era buena, me autorizó a proponer a 
S.M.I. el proyecto que ya he tenido el honor de hacer conocer a V.E. y a 
asegurarle que el gobierno del Río de la Plata aceptaría ese proyecto, si 
S.M.I. lo admitía como base para negociar un tratado definitivo de paz. 

Me disponía a desempeñar ese cometido, cuando llegaron los despa- 
chos de V.E. y fuimos también informados de que S.M.I. había abando- 
nado Río Grande, emprendiendo viaje de retomo a su capital. 




122 


Luis Alberto de Herrera 


Juzgué necesario reanudar comunicaciones con el gobierno, dado el 
cambio de las circunstancias y, principalmente, para informar al presi- 
dente de la explotación que V.E. había hecho a la opinión del gobierno del 
Brasil sobre el punto primordial del proyecto — la independencia de la 
Banda Oriental — y del decidido rechazo del gobierno de S.M.I. de esa 
proposición. 

También consideré correcto enterar al gobierno de los rumores circu- 
lantes en Río de Janeiro, que parecían tener visos de verdad, respecto a 
las intenciones del gobierno de Norteamérica de autorizar a la escuadra 
americana a forzar el bloqueo del Plata, en cuanto afecta a buques de 
guerra. 

La primera mención de estos dos hechos habrá, naturalmente, destrui- 
do la esperanza de cualquier resultado beneficioso para la prosecución de 
los medios propuestos; y, la segunda, podría despertar esperanzas de una 
posible ventaja, derivada de las diferencias existentes entre los dos 
gobiernos, uno de los cuales demandaba, por la fuerza, un alegado 
derecho, que el otro se había rehusado a reconocerle. 

Recalqué esos dos puntos, de manera especial, y me siento muy feliz 
de haber encontrado al gobierno de esta república firme en la decisión que 
había adoptado últimamente y consintiendo, solícito, en autorizarme a 
tomar cualquier medida que considerara conveniente para comunicar al 
gobierno del Brasil el antedicho proyecto. El presidente y sus ministros 
adhieren leal y honestamente a mí, para sostener el proyecto, si S.M.I. 
consiente en adoptarlo como base para discutir la paz. 

Por lo tanto, pido formalmente a V.E. someta al gobierno del Brasil 
el mencionado proyecto, asegurándole que yo puedo garantir que será 
fielmente cumplido por el gobierno del Río de la Plata, bajo cualesquiera 
circunstancias, tanto en el caso de una victoria como en el de una derrota. 

El gobierno ha aquilatado la verdadera situación de este país y de toda 
Sudamérica y la determinación que ha tomado es fruto de una esclarecida 
y honrada política. Tampoco intenta disimular las dificultades que la 
guerra le ha creado, ni los grandes sacrificios, de presente y de futuro, que 
le ocasiona; pero sabe que puede continuar la guerra y que debe hacerlo, 



La Misión Ponsonby 


123 


antes de doblegarse a aceptar la paz en términos, no sólo incompatibles 
con la seguridad de esta república sino que, necesariamente, conducirían 
al quebrantamiento de cualquier paz fundada sobre ellos, apenas se ofre- 
ciera una oportunidad de hacerlo así con posibilidades de éxito. 

El gobierno ha pesado, cuidadosamente, sus propios recursos y 
conoce, conexactitud mucho mayor de la que el gobierno de S.M.I. puede 
sospechar, el estado real del imperio, los medios militares y navales de 
que dispone, el número y calidad de tropas, buques y tripulaciones, el 
temple y aptitud de su oficialidad, el celo de los marinos por la causa que 
sirven, o el grado de su descontento, el sentir general sobre el gobierno 
imperial y la persona del emperador y el estado del espíritu público en 
Bahía, Pemambuco, San Pablo, Minas, etcétera. Ahora, daré algunas 
pruebas del fundamento de esta información; así V.E. fácilmente verá que 
es, si acaso, muy exacto. Al mismo tiempo detallaré los medios con que 
cuenta este país para llevar adelante la guerra y para dar golpes más 
severos, si no fatales, al poder imperial. Pero antes, consideraré un punto 
muy importante, uno que pide la más seria atención de cualquier hombre 
de estado preocupado con la suerte de los mejores principios de gobierno 
ahora existentes en Sudamérica: los de una monarquía constitucional. 

Este gobierno teme el derrocamiento del emperador y la destrucción 
de su poder en el Brasil, porque conoce los extremos peligros a los que 
él mismo estaría expuesto por los desórdenes que de tal suceso se ori- 
ginarían, por la desorganización de principios que provocaría tan cerca de 
su tierra, y por la prematura división del imperio, levantando en su lugar 
turbulentas y ambiciosas democracias, con seguridad, en eterna guerra y 
probablemente dirigidas por el consejo de hombres inescrupulosos e 
ignorantes, sólo traídos por sus intereses particulares. Este gobierno ve en 
una revolución en el Brasil, no sólo la destrucción del orden que desea 
consagrar como un principio y las funestas consecuencias de ahí deriva- 
das para el Plata, sino también la ruptura de todo control por hordas de 
negros bárbaros con largas venganzas que cobrar, por su esclavitud, a sus 
patrones. La elevación, a extremos temibles, de los indios aborígenes, en 
razón de la desunión, riñas y disminuido poder de los criollos; abriendo, 
todo esto, vasto campo a cualquier soldado de fortuna, que pueda erigirse 




124 


Luis Alberto de Herrera 


héroe y labrarse mando con su espada, aprovechando el esfuerzo y el 
trabajo del pueblo, para ganar riquezas, poderío y fama militar. 

Temiendo tales peligros, que este gobierno sabiamente presiente, y 
creyéndolos posibles, si no probables, con razón se preocupa. 

El gobierno de Buenos Aires considera la estabilidad del trono del 
emperador como algo de primordial interés para este estado y está de- 
seoso de contribuir a su sostenimiento. Está — está anheloso — de sellar 
una alianza estricta con él y de proporcionarle toda la asistencia que esté 
en su poder ofrecerle, sin violar la constitución de su país ni obstaculizar 
los procedimientos de otros gobiernos, animados por similares intereses 
y deseos. Aspira a pactar un tratado de alianza comercial con el empera- 
dor. 

Una paz que dejara a la Banda Oriental en manos del imperio, es, en 
sí imposible. Ningún documento bastaría para someterla un año, seis 
meses; tal vez, ni uno solo. Los orientales jamás lo consentirían y al 
emperador se le engaña, intencionalmente o por ignorancia de quienes le 
aseguran que los orientales se someterán. 

S.M.I. tendrá que conservar la Banda Oriental, siempre al precio, por 
lo menos que ahora le cuesta. ¿Y qué lo compensará? 

El emperador cree su honor comprometido en esta contienda. S.M.I. 
es un hombre demasiado capaz y un estadista demasiado sagaz para creer 
seriamente que el honor puede ganarse o preservarse por un acto de 
locura; y ¿quién puede decirque no es un acto de suprema locura arriesgar 
una corona a la suerte de un dado, por una pequeña y remota provincia? 
El honor es una brillante alhaja en la diadema imperial; pero el honor de 
un rey radica más en su sabiduría y sus afectos sobre su pueblo, que en 
el valor personal, en el cual puede estar cierto de ser rivalizado, si no 
excedido, por el más modesto soldado de sus ejércitos, que tiene diarias 
oportunidades de probar la posesión de esa cualidad común, que en el 
soberano debe generalmente reservarse y no ser sometida a prueba por el 
riesgo personal y por lo tanto, sólo a él debe otorgársele sobre su crédito. 

Sin embargo, si en este caso vale la pena mezclar el honor, debe ser 
evidente a V.E. que, por el reconocimiento de la Banda Oriental como 
estado independiente, el emperador no rinde nada de su honor militar ante 


La Misión Ponsonby 


125 


su adversario. La guerra fue entablada por querer la república la posesión 
de la Banda Oriental. Hacerla independiente e impedir que forme parte 
de esa república, es burlar y frustrar los deseos y propósitos de las 
Provincias Unidas. 

Se ha alegado a S.E., como antes a mí, que la seguridad de las pro- 
vincias del Brasil, linderas a la Banda Oriental, requería que el emperador 
tuviera dominio sobre ese país. 

Pero, primero ¿cuál es el hecho? ¿Lo domina? No. ¿Puede dominarlo? 
Yo digo que no. No necesito probar esta opinión examinando el caso, 
porque el hecho de su impotencia al efecto, habiendo existido siempre y 
existiendo, ahora, es lo bastante convincente en apoyo de mi dicho. ¿Qué 
puede entonces retener el emperador en la Banda Oriental? ¿Las ciudades 
fortificadas? Pero, ¿cómo puede Montevideo, etcétera, asegurar a las 
enemigas provincias fronterizas contra la irrupción de bandas saqueadas 
y salvajes? Esas provincias sólo pueden ser defendidas por la fuerza 
militar, o por una paz que esté en el interés de todos observar y respetar. 

El emperador conserva Montevideo, pero lo conserva sitiado por los 
orientales, por tierra, aunque cubierto y protegido, por mar, por la flota 
imperial. Supongamos que esa flota por accidente o por la habilidad o la 
audacia del enemigo, fuera destruida, ¿qué le sucedería a Montevideo? 
¿Es imposible destruir esa flota? ¿V.E. no ha oído nunca hablar de 
Brown? ¿No está enterado V.E. de lo que puede hacer fácilmente con 
cinco buques en un río como el de la Plata, lleno de bancos y fuertes 
corrientes, que puede provocarla destrucción de cualquier buque, huyen- 
do en desorden a la proximidad de un buque de guerra, al mismo tiempo 
que el río da rapidez y añade probabilidades de éxito a los asaltantes? 

Si entonces, por accidente o por la audacia, los enemigos de S.M.I. le 
arrancan lo que ahora retiene, la provincia será nominalmente suya y, en 
realidad, perdida para él, y sus propias provincias del Brasil quedan 
expuestas a ser objeto de las incursiones del adversario. ¿Dónde estará, 
entonces, su honor? ¿Podrán sus armas reconquistar a Montevideo? ¿Por 
qué ellas no pueden, ahora, levantar el sitio de la ciudad? 

La sólida, segura y duradera protección de las provincias de S.M.I., 


126 


Luis Alberto de Herrera 


debe encontrarse en el proyecto sometido al gobierno brasileño: en la 
independencia de la Banda Oriental y en la destrucción de los fuertes, que 
pudieran amparar perturbadores y delincuentes, y en la cooperación del 
gobierno de La Plata con el emperador, a fin de suprimir, para su mutua 
seguridad e interés, toda lesión al derecho de los neutrales y a las leyes 
internacionales. 

Tengo, todavía, que enterar a V.E. de una parte, al menos, de los re- 
cursos poseídos por La Plata para continuar la guerra, y mostrar, a la vez, 
lo bien informado que está este gobierno de los puntos débiles de la 
situación del emperador, a fin de dar a V.E. una prueba, al ofrecer la paz 
en condiciones tan iguales y al confesárseme los deseos que animan al 
presidente y a sus ministros, de cultivar la amistad del emperador y de 
contribuir a su seguridad y a cuidar su trono, el gobierno está procediendo 
de acuerdo a una sabia política y no por debilidad, que lo incapacite para 
la guerra, a pesar de que grandes males y desastres se derivan de ella, y 
mayores males aún se esperan. 

En primer término, el gobierno no carece de recursos pecuniarios. 
Actualmente ti ene fondos en Londres y puede obtener (tengo mis razones 
para creerlo) un adicional y considerable refuerzo. Un pequeño fondo, en 
efectivo, en Inglaterra, aliviaría el cambio. No se requiere una suma muy 
grande para comprar barcos y contratar buenos oficiales y tripulación 
inglesa. La causa de la república es popular en Inglaterra y la república 
ha tratado bien a los marinos ingleses. El gobierno podrá comprar 
bastantes barcos para combatir a la escuadra brasileña y enviar cruceros, 
siguiendo la huella de Brown, a Río de Janeiro, Bahía, etcétera. La gente 
dará hasta la camisa, antes de dej ar la B anda Oriental en poder extranjero 
(y ellos tienen razón). Esto le da inmensa fuerza al gobierno y una fuente 
segura de recursos considerables. Cuenta, también, con la fuerza de la 
opinión pública en su favor. Nadie que conozca la historia de los dos 
países y esté enterado de los términos efectivos de arreglo, propuestos por 
el gobierno de La Plata, titubeará en asegurar que todo el peso de la 
responsabilidad de la prolongación de las calamidades y crímenes de la 
guerra, gravita, exclusivamente, sobre el gobierno del Brasil. La repúbli- 
ca renuncia a todo y sólo reclama garantías. Frente a cualquier título que 


La Misión Ponsonby 


t 


¡2, 


-1 


el emperador alegue para justincar sus derechos sobre la provincia, la 
repüblica puede oponer el mismo título legítimo; por lo menos, tan bien 
fundado en hechos y por actos. 

La república renuncia a todos sus derechos y reconocerá a los nativos 
como los únicos y absolutos soberanos del país. 

La república desea la paz con el emperador y busca su amistad. La re- 
pública sólo se rehúsa a dejaren poder de una mano poderosa y extranjera 
el arma con que ya ha sido herida profundamente, y que pueda, en 
cualquier tiempo, amenazar de nuevo su existencia. 

Los recursos de las repúblicas consisten en tener tesoro bastante para 
atender cualquier necesidad interna y para prevenirse contra las hostili- 
dades del enemigo; en la unanimidad y celo de su pueblo por una causa 
que se muestra libre de miras ambiciosas y deseos de poder, en la general 
aprobación de la moderación de su actual política y en la simpatía del 
mundo por aquellos a quienes se quiere conquistar y oprimir sin un 
motivo justo. 

El gobierno de la república tiene conocimiento de que el gabinete de 
Estados Unidos de Norteamérica se propone, si ya no lo ha ordenado, la 
interrupción, por la fuerza del bloqueo brasileño y sabe que esto consti- 
tuiría un insulto para el Brasil, al que deberá someterse, con humillación 
y desmedro de su honor, o si resistiera, sobrevendrá su segura derrota. 

El gobierno sabe que el emperador se esfuerza por traer con él, de su 
capital, aplastantes fuerzas, para así poner término ala guerra; ¡y sabe que 
reunió unos seis o setecientos hombres! El gobierno sabe que las fuerzas 
imperiales en Río Grande y todas las tropas válidas para atacar o defender, 
llegan a 7.000 hombres. El gobierno conoce la desunión que ha existido 
y que todavía subsiste entre las diferentes clases de soldados en Río 
Grande y la calidad de las tropas de allí, tan poco eficaces para emprender 
una acción ofensiva en un país como la Banda Oriental, en una vasta 
extensión deshabitada y sólo ocupado, en estos momentos, por una expe- 
rimentada, probada y sufrida caballería, contra la cual pequeños núcleos 
de infantería, sin apoyo, serán completamente insuficientes. 

El gobierno sabe el mal estado de la poca caballería con que cuenta el 



128 


Luis Alberto de Herrera 


ejército imperial. Sabe que pronto se agotarán los caballos en una pro- 
vincia donde los animales nunca prosperan y viven precariamente. Sabe 
que la pérdida de éstos no puede ser reemplazada y que, en consecuencia, 
toda la campaña en la Banda Oriental continuará, ahora y siempre, en po- 
der de los republicanos, aun sin esfuerzo de su parte para mantenerlo. 

Este gobierno conoce las dificultades con que el emperador tropieza 
para reclutar su ejército, dificultades que considera insalvables. Sabe 
cuán pesado es este servicio militar que ahora obüga a las fuerzas físicas 
del pueblo brasileño a soportarlo; que la policía del país está confiada a 
las miücias; que los fuertes y guarniciones del Imperio están sin defen- 
sores o sólo con los hombres escasamente necesarios para abrir y cerrar 
los portones o hacer una salva; sabe que las fuerzas extranjeras, contra- 
tadas por el emperador, deben ser y son vistas por los nativos con celos, 
si no con odio; que él sólo depende de sí mismo y, si surgen dificultades, 
será abandonado, si no atacado, por los soldados de su propio ejército y 
tratado como enemigo por el pueblo entero del Brasil, si alguna vez la 
suerte de las armas les es adversa. Este gobierno sabe hasta qué extremos 
las finanzas de S.M.I. dependen de las entradas de la aduana de Río de 
Janeiro y tiene reciente prueba de la magnitud de los efectos que en esas 
entradas puede producir la más pequeña hostilidad. Brown, con dos o tres 
miserables barcos, últimamente ha demostrado lo que una fuerza mode- 
rada y bajo su comando puede hacer, obrando en gran escala. 

Sabe que puede habilitar buques bastantes para colocar a Brown con 
una fuerza importante como centinela frente a los puertos principales del 
Brasil: frente a la misma capital de S.M.I. 

Este gobierno sabe el estado de las finanzas imperiales. Conoce el 
monto de la vieja deuda y conoce, aun mejor que la misma legislatura del 
Brasil, la suma total de la nueva deuda. Sabe, como todo el mundo, el 
estado de los cambios. Sabe el precio de su moneda metálica en oposi- 
ción, con su papel y siente que, por desordenadas que estén las finanzas 
de la república, ella, sin embargo, tiene fondos para atender sus pequeños 
y propios gastos, tan adecuados como las más caudalosas rentas y menos 
desordenadas finanzas de S.M.I. para atender los mayores y muy exten- 
sivos gastos necesarios al Imperio. Sabe este gobierno mucho sobre el 


La Misión Ponsonby 


129 


malestar de la mayorpaite del pueblo en los dominios de pero no 

lo aprovechará como un elemento utilizable, porque sinceramente quiere 
prevenir antes que usufructuar los desórdenes intemos del Imperio. Este 
gobierno aún siente que su ejército, avanzando contra las fuerzas brasi- 
leñas, es muy superior a éstas, más en experiencia militar que en número 
o en calidad, dado que la caballería está especialmente adaptada al campo 
en que actúa. Este gobierno está persuadido que, si su ejército saliera vic- 
torioso en los primeros encuentros, las provincias brasileñas quedarían 
abiertas a la invasión, totalmente desamparadas, y, aunque el ejército de 
la república fuese vencido y rechazado, todavía el gobierno podría 
mantener la guerra en la Banda Oriental, durante años indefinidos. 

Estas son las opiniones del gobierno de la república. Pero él ofrece, 
él desea la paz y una alianza. 

¿Quién puede suponer que sólo obra así bajo impulso de temor y 
únicamente por sentir conciencia de su debilidad en sus relaciones con el 
Brasil? Yo, ni nadie, puede decir cuáles serán los resultados de la guerra; 
pero confieso que, después de madura reflexión sobre el estado de beli- 
gerancia de los dos países, creo que los poderes de defensa que tiene la 
república son mucho mayores que los de S.M.I. 

Creo, por tanto, que la guerra (si las hostilidades siguen) pueden 
continuar por años; pero estoy convencido de que, si dura mucho, su final 
será adverso a los intereses del emperador. Hasta dónde adverso y a qué 
costo resulte a él y a su familia, no quiero apreciarlo ni imaginarlo. 

V.E. tal vez pensará que he entrado demasiado a fondo en este asunto 
y que pongo un calor en él, superior al grado de la temperatura neutral; 
pero yo me siento ardorosamente, me siento profundamente interesado 
en el éxito de los benéficos designios y esfuerzos de nuestro gobierno para 
devolver la paz a estos países. Aliento el decidido deseo de ver el trono 
del emperador seguro; de ver a la casa de Braganza, a los antiguos aliados 
de nuestros reyes, florecer en prosperidad y honor, y ver a los principios 
monárquicos echar raíces y penetrar hondo en el suelo de América. 

Tengo el honor de saludar a V.E. con mi más alta consideración, 
etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 



130 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, enero 5 de 1827. Excmo. señor: Había escrito mi 
despacho N 9 39, cuando recibí comunicación del señor Gordon, fechada 
el 4 último, en respuesta a uno mío del 6 de noviembre, sobe el cual tuve 
el honor de referirme a V.E. en mi despacho N 9 27 de esa fecha. 

Al mismo tiempo, supe la vuelta del emperador a Río de Janeiro. 

Incluyo copias de los despachos del señor Gordon a mí y de mis 
contestaciones, por considerarlo el mejor medio de enterar a V.E. de lo 
que he hecho en virtud de esas comunicaciones, siguiendo mi propia 
inspiración. He creído de mi deber plantear la cuestión bajo una luz que 
creo sea ventajosa, aunque no dudo que el señor Gordon está mucho más 
habilitado que yo para dar fuerza eficaz a las razones de política, de 
apremio, de seguridad y, tal vez de necesidad, que llaman a la paz. Mi 
despacho a él es, en parte, una contestación a sus observaciones. Creo que 
no he sido presuntuoso al señalarle otros argumentos utilizables al 
discutir la cuestión con el ministro brasileño. Le hubiera escrito de otro 
modo, si me hubiera dirigido al gobierno, pero como todo lo que he dicho 
es para ser cambiado o repelido, según su discreción y buen sentido, no 
siento ansiedad por la libertad con que me he expresado. 

Confío que V.E. quedará complacido con la conducta actual de este 
gobierno, y, que aprobará las miras políticas manifestadas por él. 

El mensaje de Bolívar a S.M.I., por intermedio de su cónsul, y al cual 
se refiere el señor Gordon, no me sorprende ahora, que he oído tanta cosa 
sobre ese personaje, inclinándome a formar una mala opinión de su 
sinceridad y honestidad, como hombre y como político. Y digo que me 
inclino a formarme esa opinión, porque todavía no puedo hacer de él un 
juicio cabal. Observaré con celosa atención sus actos en lo referente aeste 
país y tendré cuidado de instruir a V.E., tan pronto como pueda, sobre 
cualquier cosa que merezca su atención. 

Tengo el honor, etcétera. — (fumado) John Ponsonby. 

P.D. Junto con el despacho oficial del señor Gordon, acompaño un 


La Misión Ponsonby 


131 


extracto de una carta privada que le dirijo hoy sobre el asunto de la 
mediación. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A GORDON 


(Extracto de una carta privada de lord Ponsonby al señor Gordon, 
fechada en Buenos Aires el 6 de enero de 1827). 

Es más que probable que, si el gabinete brasileño trata de mantener la 
propuesta ahora hecha, intentará obtener el pago de los gastos hechos en 
Montevideo, etcétera, por los portugueses y brasileños. 

Creo que esto debe resistirse in limine, porque no creo que este país 
pueda pagar, ni que se esfuerce por hacerlo. Los brasileños se han llevado, 
en ganado de la B anda Oriental, por valor de varios millones de esterlinas, 
con lo que han enriquecido a las provincias adyacentes y a varios de sus 
súbditos. Estando, también, Buenos Aires honestamente resuelto a aban- 
donar la Banda Oriental, no puede ser llamado a pagar los gastos que en 
otra hora estaba dispuesto a abonar, cuando propuso la indemnización: 
entonces, pensaba quedar en posesión de la provincia. 

Hay un punto en el proyecto sobre el cual debo decir algunas palabras: 
el término de años a que se limita el arreglo. Probablemente el Brasil 
opondrá objeciones; y creo que, si es necesario, debe suprimirse, aunque 
el presidente, aquí, le atribuye importancia. Las necesidades del caso 
deben primar sobre pequeñas cuestiones.- (fínnado) John Ponsonby. 


CANNING A PONSONBY 

Enero 20 de 1827. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. señor: 
Después de dirigirle mi despacho N 9 23, he recibido los de V.E., desde el 
N 8 21 al 26, los que han sido debidamente presentados al rey. 


132 


Luis Alberto de Herrera 


Aunque la impresión que S.E. da sobre el estado de cosas en las pro- 
vincias de Buenos Aires, es muy poco satisfactoria y la conducta del 
gobierno hace abrigar pocas esperanzas de inmediato y firme cambio, 
tanto en las condiciones internas como en su política extema; tengo gran 
placer en expresarle a V.E. mi completa aprobación de los esfuerzos 
realizados, para atraer a razón al presidente, por lo menos en lo referente 
al último asunto. 

La copia del despacho que le adjunto y que dirigí al señor Gordon, por 
el último paquete, pondrá a V.E. en conocimiento de las opiniones de su 
gobierno sobre la proposición que V.E. ha sido autorizado, al fin, a so- 
meter a la consideración del emperador del Brasil. Este paquete, tocando 
Río de Janeiro en su itinerario, llevará a V.E. los informes del señor 
Gordon sobre el estado de espíritu del emperador del Brasil con respecto 
a un arreglo con Buenos Aires. Mucho temo que las calamidades de la 
guerra deban intensificarse más aún, antes que cualquiera de las partes se 
incline a esa solución. 

Soy de V.E. atento, etcétera. — (firmado) George Canning. 


GORDON A QUELUZ 


Río de Janeiro, febrero 4 de 1 827. El abajo firmado, enviado extraor- 
dinario y ministro plenipotenciario de S.M.B., tiene gran satisfacción en 
poder comunicar a S.E. el marqués de Queluz, consejero, ministro y 
secretario de estado de relaciones exteriores, que ha recibido informes del 
representante de S.M.B. en Buenos Aires, que le permiten acariciar la 
agradable esperanza de poner fin a la guerra existente entre este país y las 
Provincias Unidas del Plata, en términos igualmente honorables para 
ambas partes. 

Al encargar a un ministro del rey de Gran Bretaña que sea portador de 
su propuesta al gobierno brasileño, el presidente de la república ha 
probado que está preparado para obrar con lealtad y que la paz es su 



La Misión Ponsonby 


133 


verdadero objetivo. 

Es en esta inteligencia y en cumplimiento del más grato deber que 
puede imponérsele, como representante de un poder mediador y amigo, 
que el abajo firmado tiene el honor de trasmitir a S.E. el ministro de 
relaciones de S.M.I., de parte de las Provincias Unidas del Plata, el 
proyecto que incluye. 

Sería superfluo que el abajo firmado destacara todas las desventajas 
de la guerra y sus inseparables pérdidas, sin provecho alguno para 
cualquiera de los beligerantes, pero no puede menos de expresar la 
expectativa que alienta de que, en esta ocasión, la paz sea restablecida, 
esperanza fundada en el notorio celo de S .M. el emperador del Brasil por 
el bien de sus súbditos. 

El que suscribe, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el marqués de Queluz, etcétera. 

GORDON A PONSONBY 


Río de Janeiro, febrero 5 de 1 827 . A S .E. lord John Ponsonby. Excmo. 
señor: Me es grato comunicar a V.E. que el emperador no se muestra 
reacio a escuchar una propuesta que erija a la Banda Oriental en estado 
independiente y este hecho me excusa de entrar en los varios tópicos del 
despacho que V.E. tuvo a bien dirigirme el 6 del pasado que, aparente- 
mente, fue escrito bajo la impresión de que el emperador del Brasil no 
abandonaría sus pretensiones al dominio de la disputada provincia. 

El despacho de V.E. me llegó el 2 del corriente y, el 4, envié el pro- 
yecto de convención al marqués de Queluz, como lo verá por la copia, 
inclusa, de mi nota a ese ministro. No me atrevo a retardar la partida del 
paquete con el fin de trasmitir a V.E. la respuesta de este gobierno, desde 
que transcurrirán muchos días antes que se adopte una decisión, si esto no 
se propone hasta la reunión de las cámaras. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 


134 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, febrero 6 de 1827. Excmo. señor. El 23 de enero tuve 
el honor de recibir, por el paquete de S.M. Dove, sus despachos Nos. 21 
y 22. Me permito expresar mi profundo reconocimiento por la amplia 
aprobación — expresada en el despacho N 2 2 1 — que mi conducta en Río 
de Janeiro ha merecido de V.E. por mi intervención, como mediador entre 
el Brasil y Buenos Aires, en nombre de S.M. el rey. 

Mis últimas notas, enviadas desde aquí, habrán enterado a V.E. de la 
completa modificación en el estado del asunto. Es decir, que el gobierno 
de la república ha aceptado la fórmula conciliadora propuesta — la inde- 
pendencia de la Banda Oriental — y que yo he procedido en consecuencia 
y, como me atrevo a esperar, de conformidad con los deseos e instruccio- 
nes de V.E. Presumo que las últimas instrucciones de V.E., contenidas en 
el despacho N 2 21 , de declarar terminada la mediación, no son aplicables 
al estado actual de la cuestión, estando fundadas en la creencia de que este 
gobierno no accedería a la solución transaccional sugerida; y, también, 
porque el cese de la mediación, ahora, probablemente destruiría todas las 
probabilidades de paz que no parecen, en manera alguna, inconsistentes. 
Por lo tanto, he considerado conveniente comunicar verbal y confiden- 
cialmente a S.E. el presidente, la naturaleza de esas instrucciones y, al 
mismo tiempo, informarle de que, dado el nuevo aspecto de la cuestión, 
no cumpliré esas órdenes por ahora. Creo que el conocimiento de las 
intenciones del gobierno de S.M. , producirá aquí un benéfico efecto, bajo 
muchos conceptos. Tengo serias razones para confiar en la sinceridad de 
este gobierno, en cuanto a su anhelo de paz, en las condiciones que ha 
propuesto, porque estoy seguro de que el presidente sabe y siente que su 
realización conviene tanto a su interés personal como a los del país. 

Adjunto una proclama, lanzada por don Carlos de Alvear, general en 
jefe del ejército. Los términos en que está concebida me parecen calcu- 
lados como para despertar sospechas sobre la sinceridad del presidente y 
su gobierno, respecto a las opiniones que, con su autorización, trasmití al 
señor Gordon, como opiniones de este gobierno. Por lo tanto, deseaba 
tener del presidente una confirmación privada de los sentimientos ya 


La Misión Ponsonby 


135 


manifestados, la que diligentemente me envió. Asentí, pues, a su pedido 
de no tomaren consideración el contenido de la proclama. Así lo he hecho 
porque creí que él no podía hacer una pública desaprobación de las 
doctrinas del general Alvear, sin exponer a su gobierno a serios trastor- 
nos. 

(Siguen informes sobre el estado general de las provincias.) (1) 

No he tenido oportunidad, ni sé cuándo será que tenga medios de 
comunicar la presente, u otra cualquiera, al señor Gordon. Espero que la 
bomba del general Alvear traiga en sí la cura para el mal que haga. 

Oigo, de la mejor fuente, que el presidente teme dirigirse al general 
para que evite una batalla, a pesar de que está convencido de que nada 
debe arriesgarse mientras continúe siendo posible la paz. 

Este punto, muy importante, ha sido y es, por tanto, librado, en gran 
parte, a la suerte; pero espero que el resultado sea favorable, pues parece 
que la política brasileña es mantener la guerra completamente a la 
defensiva. 

Las últimas noticias del ejército son hasta el 22 último e informan que 
los brasileños se habían retirado de Santa Ana y que el general Alvear 
había avanzado 19 leguas. 

Nada puede ser menos seguro que las noticias del ejército. El mismo 
gobierno poco sabe y la ciudad está inundada de cuentos, a los cuales no 
se debe dar crédito. Creo, sin embargo, que puedo decir, sin error, que la 
situación del ejército no es satisfactoria, moralmente considerada. El jefe 
y los dos primeros generales están, notoriamente, en malas relaciones, y 
la unión entre los otros oficiales no es muy cierta. Lavalleja, que manda 
independientemente de Alvear un contingente de tropas, es públicamente 
hostil a la autoridad de Buenos Aires en la Banda Oriental, y está 


(!) Así se decía en las primeras copias. En notas posteriores, también se interrumpía el 
texto con puntos suspensivos. A fin de desvanecer cualquier duda, solicité las partes 
que faltaban. Como en el caso presente, me fueron enviadas con toda deferencia, 
habiendo sido omitidas, antes, por coasiderarlas ajenas a mi propósito. Sin embargo, 
las incorporo pues, aunque indirectamente, concurren a dar la sensación del momento 
histórico. 



136 


Luis Alberto de Herrera 


dispuesto a pelear contra su establecimiento allí, cuando sea necesario, 
como ahora pelea contra los brasileños. 

El material de guerra parece que ha sufrido mucho. El ejército en- 
contró primero, un calor extraordinario, aumentado por el fuego exten- 
dido por muchas leguas, por lo que muchos hombres, caballos y materia- 
les fueron destruidos. Tuvieron que soportar las más violentas tempesta- 
des y lluvias tan abundantes que hicieron desbordar todos los ríos e 
inundaron el país, y el mismo general Alvear casi se ahoga. 

Las noticias del ejército imperial que corren aquí, son que está en 
malas condiciones, lo que no me cuesta creer, pero no puedo decir lo que 
hay de verdad en ello. 

La situación de las Provincias Unidas del Plata rápidamente se pre- 
cipita, como tuve el honor de comunicárselo a V.E. hace tiempo. El 
gobierno ha fracasado por todas partes y parece un hecho, admitido por 
todos los bandos, que la constitución va a ser rechazada por casi todas las 
provincias. Uno de los comisionados mandados por el congreso a Cór- 
doba (de cuya misión ya he enterado a V.E.) ha vuelto, pero regresa con 
la categórica negativa de aquella provincia de tener nada que ver con la 
constitución de la república. 

Es conocida la rebelión en las otras provincias y el número de las 
disidentes se supone que sea de doce, sobre el total de las catorce que 
constituyen toda la confederación, real o nominal. 

El gobierno todavía se abraza a la esperanza de sostenerse y de forzar 
a la sumisión a la más refractaria de las provincias. 

Confieso que no veo motivos razonables para alentar tal esperanza; 
pero es difícil presagiar acontecimientos en un país como éste. Sin 
embargo, tengo la firme opinión que ninguna solución estable puede 
hacerse, si quedan en manos del gobierno de Buenos Aires esos poderes 
que el presidente y sus ministros tratan de obtener para controlar los 
asuntos internos de las provincias. Dentro de pocos días, sabremos la 
suerte de la constitución y se la comunicaré por el próximo paquete. No 
tengo yo duda de que será rechazada. 

Se me ha dicho, repetidas veces, que varios dirigentes de algunas 



La Misión Ponsonby 


137 


provincias tienen idea de llamar a un nuevo congreso y votar la ilegalidad 
del presente gobierno y dirigirme , así como a otros ministros extranjeros, 
una protesta contra la validez de cualquier acto de este gobierno como 
pretendido gobierno nacional. He comunicado este rumor al presidente 
y, al mismo tiempo, aprovecho la oportunidad para llamar la atención 
sobre una dificultad que podría producirse, si tal ocurriera. 

Le pregunté si, establecido ese congreso por la mayoría de las 
provincias de la unión, ¿dónde radicaría la autoridad del estado? 

El estado, como parece que se admite, es la unión de las provincias; 
y Buenos Aires es sólo una provincia de esa unión. 

Es admitido que la proyectada constitución será válida, sólo si fuera 
aceptada por las provincias. Si la constitución fuera rechazada, ninguna 
autoridad puede derivarse de ella. El congreso, creado sólo para hacer una 
constitución, debe extinguirse, y los funcionarios que creó, y el presiden- 
te mismo, difícilmente pueden invocar su amparo, ni aun autoridad local 
en Buenos Aires; pues, suponiendo que el congreso haya tenido poder 
legal para nombrar presidente (lo que vehementemente se discute), esta 
designación sólo sería temporaria, dependiendo su continuidad de los 
actos del nuevo congreso, que sería la legislatura, bajo la nueva consli- 
t.ción. 

Fallando la constitución, no puede haber legislatura. ¿No están las 
provincias habilitadas, por mayoría, para crear un nuevo congreso con las 
atribuciones que les plazcan? ¿Qué derecho tiene el actual gobierno a 
invocar autoridad sobre las provincias? 

A esto, nada ha contestado el presidente. Espera los acontecimientos 
y espera que los accidentes sean favorables. 

No creo acertado dar, al presente, otro paso más decidido en este 
asunto, y me he limitado a hacerle saber privadamente al presidente 
cuáles eran mis ideas. Tuve por objeto, primero, prepararlo para cualquier 
actitud que yo pueda verme en el caso de lomar, más tarde, si circunstan- 
cias imperiosas me obligan a actuar; y, segundo, inducirlo a encarar po- 
sibles dificultades, si no peligros, que le pueden sobrevenir, creyendo, 
como creo, que él está demasiado enceguecido por la pasión para ver las 




138 


Luis Alberto de Herrera 


cosas con claridad y que se ha rodeado de personas que no le dirán 
ninguna verdad que le sea desagradable. 

La cuestión aquí imperfecta y brevemente bosquejada, es muy difícil 
y, a su respecto, espero que no tendré la mala suerte de verme obligado 
a adoptar una decisión práctica. Sin embargo, la examinaré con todo el 
buen juicio que pueda, y, si forzado a actuar, en la imposibilidad de 
contemporizar, haré lo que crea correcto, confiando en la indulgencia de 
V.E. por las dificultades que pueda encontrar y creyendo que la mayor 
prueba que puedo dar de mi deseo de cumplir mi deber, será aventurar 
algún paso no especialmente determinado en mis instrucciones, a pesar 
de saber que es imposible que ellas puedan prever los acontecimientos en 
un país como éste. 

Por lo que alcanzo, creo que estoy acreditado por S.M. ante el 
gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata; el gobierno de S.M. 
no sabía que existía, en el país, como ejecutivo, el presente gobierno, 
cuando yo fui acreditado. 

Se creía, entonces, que existía un gobierno local de la provincia de 
Buenos Aires, a cuyo gobierno provincial las provincias habían, unáni- 
memente, concedido autoridad para gestionarlos asuntos de la confede- 
ración con los países extranjeros. 

Cuando el congreso constituyente se reunió, se votó una resolución, 
que recibió formal aprobación de las provincias, invistiendo al gobierno 
provincial (al de Buenos Aires) con la facultad de actuar, por toda la 
unión, en el manejo de los asuntos exteriores. 

Este gobierno provincial continuó algún tiempo en esas funciones, 
pero expresó al congreso su deseo de no ser por más tiempo el encargado 
de la administración de los negocios extranjeros de la unión; atendiendo 
este deseo, el congreso nombró un ejecutivo para desempeñar estos de- 
beres. El señor Rivadavia fue nombrado presidente y su primer acto fue 
disolver la junta provincial, contrario — como ahora se alega — a la ley 
fundamental, según la cual, las provincias deben continuar gobernadas 
por sus autoridades actuales, hasta la promulgación de la constitución. 

El señor Rivadavia y su gobierno han obrado como el órgano legítimo 



La Misión Ponsonby 


139 


de la unión en sus relaciones con los poderes extranjeros, pero la legalidad 
de sus actos es discutida, ahora, por las provincias y nunca ha sido san- 
cionada por ellas; en cuya situación su poder tiene, ciertamente, muy 
diferente base de la que tenía el gobierno provincial de Buenos Aires, 
cuando estaba investido de igual poder. 

Si con la disolución del congreso, por el rechazo de la constitución por 
las provincias, el presidente mismo debe darse oficialmente por caduca- 
do, y si el gobierno de Buenos Aires reasume sus funciones como go- 
bierno de la provincia, la cuestión a resolver será: ¿tiene el gobierno de 
Buenos Aires, restablecido, la autoridad para gestionar los asuntos 
exteriores, en nombre de las Provincias Unidas, que un día poseyera, o 
debe recibir de nuevo esos poderes de las provincias? Es indudable que 
estos poderes serán inmediatamente delegados en el gobierno de Buenos 
Aires por las provincias; pero, entretanto, si esos poderes han cesado, 
¿qué debo yo hacer? 

Es cierto que el gobierno de Buenos Aires siempre comunicaba sus 
actos — en cuanto a los asuntos exteriores — a las provincias y les daba 
un detallado relato de los mismos. 

Un escrito del señor García, incluido el 12 de agosto de 1824 en el 
despacho del señor Parish, N 2 49, explicará mejor que yo esta materia. 

En enero de 1 825, el congreso constituyente dictó una ley, llamada la 
“ley fundamental”, en la cual la separada y perfecta jurisdicción de todos 
los gobiernos provinciales es reconocida y confirmada, hasta el estable- 
cimiento de una constitución. Es necesario hacer notar que la ley fun- 
damental no previene el caso que parece presentarse ahora; es decir, el 
rechazo de la constitución por las provincias. 

El tercer artículo parece establecer que no existió, bajo ningún 
concepto, la intención de extender el poder del congreso más allá de la 
promulgación de la constitución; y, habiendo sido rechazada ésta, no 
puede ser promulgada. ¿Puede el congreso nombrar un nuevo ejecutivo 
sin el consentimiento de las provincias? ¿Qué legalidad tiene el congre- 
so? Entiendo que la opinión casi general es que todo lo conectado con la 
constitución cae en tierra, junto con ella. 




140 


Luis Alberto de Herrera 


Tengo buenas razones para creer que mucha gente piensa que la 
renuncia del presidente es la sola cosa que puede poner fin a las difi- 
cultades; pero estoy autorizado a suponer que el presidente está determi- 
nado, a todo riesgo, a mantenerse en su puesto. Se cree que, probablemen- 
te, si así lo hace, tendremos la visita de lo que se llama los montoneros, 
o sea, en términos simples, las fuerzas de las provincias vecinas, en armas, 
para derribar al gobierno. 

Sucesos pasados, el presente estado de cosas y mi reciente informa- 
ción, me hacen suponer que esto es más probable que improbable. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 


P. D. En adición a mi despacho, tengo el honor de acompañar la lista 
de las provincias, señalando las que se sabe que se han pronunciado contra 
la constitución, las dudosas y las favorables. Las ocho provincias contra 
la constitución -algunas de ellas ya en armas contra el actual gobierno- 
son: Córdoba, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Santa Fe, Entre 
Ríos, Corrientes, San Juan. Las cuatro siguientes, también se cree estarán 
en contra: Mendoza, San Luis, Banda Oriental, Buenos Aires. Las dos 
siguientes, están a favor de la constitución: Salta y Tucumán. 

Es necesario que haya una mayoría de dos tercios en favor de la 
constitución, para que ella sea aprobada. 

El gobierno quiere evitar convocar a la junta de Buenos Aires para 
votar en pro o en contra de la constitución. Creo que siente que el mo- 
mento en que se reúna la junta, será el último de la existencia política del 
presidente, etcétera. Creo que la crisis se producirá cuando lleguen todos 
los comisionados del congreso a las provincias y enteren al congreso del 
rechazo de la constitución. Entonces veremos lo que piensa ese cuerpo de 
su propio poder y si sostendrá, o no, al señor Rivadavia, si él intenta 
mantenerse en el poder. 

Mi opinión actual, que adelanto con gran duda, es que el congreso 
tendrá miedo de arriesgarse a dar tan arbitrario paso; pero que, si lo hace, 
habrá una revolución. P. 


La Misión Ponsonby 


141 


QUELUZ A GORDON 

El infrascrito, consejero, ministro y secretario de estado de negocios 
extranjeros, acusa recibo de la nota que le dirigió, con fecha 7 del 
corriente, el muy honorable Roberto Gordon, enviado extraordinario y 
ministro plenipotenciario de en la que manifiesta su satisfacción 

de ser el órgano encargado de trasmitir las bases que el presidente de 
Buenos Aires entregó al enviado británico cerca de aquella república, 
para que fuesen oficiadas al gobierno de S.M. el emperador como un 
medio de poner término a la guerra que infelizmente subsiste entre el 
imperio del Brasil y aquel país. 

Al leer la nota del señor Gordon, el infrascrito cambió la lisonjera 
esperanza de ver terminada una guerra a la que S.M. el emperador, su 
augusto amo, fue tan notoriamente provocado, conociendo perfectamen- 
te el sincero deseo que tiene el mismo augusto señor de mantener la paz 
con sus vecinos. Hablando, sin embargo, con la franqueza de su carácter, 
bien conocido, esa esperanza que concibió el infrascrito se desvaneció 
rápidamente al leer los artículos propuestos por el gobierno de Buenos 
Aires para servir de base a una negociación, los que nada prueban menos 
que esa inculcada voluntad, de parte de aquel gobierno, de acabar con la 
guerra actual. 

El infrascrito no ve con menos asombro que la proposición para la 
deseada negociación empieza proponiendo que S.M.I. abandone la 
provincia Cisplatina, sin consideración alguna al indisputable derecho 
que le asiste, por más de un título, para mantener su dominio de ella, y 
como si S.M. el emperador fuese un usurpador que, mejor aconsejado, 
debiese desistir de su usurpación. 

El infrascrito no ve con menos asombro la proposición de abandonar 
a sí mismo el pueblo cisplatino, para que forme un gobierno, esto es, 
abandonarlo a la ambición y tiranía del primer ocupante, como siempre 
lo estuvo, hasta que, para bien de la conservación propia, el gobierno del 
Brasil venció y expulsó al aventurero y revolucionario Artigas, que lo 
subyugaba, cuya usurpación el gobierno de Buenos Aires, por motivos 



142 


Luis Alberto de Herrera 


que le son peculiares, reconoció acto legítimo. 

En cuanto a la proposición de la demolición de las fortificaciones de 
Montevideo y de Colonia, es de tal naturaleza que constituiría una eterna 
deshonra para el gobierno de si le diese respuesta. En vista de esto, 

el infrascrito tuvo órdenes del mismo augusto señor para comunicar al 
señor Gordon, que, haciendo justicia al espíritu conciliador que anima a 
los ministros de S.M.B. para conseguir la paz entre los dos países, tiene 
el disgusto de no poder asentir a tales proposiciones y sólo resta, por lo 
mismo, que el gobierno de Buenos Aires, reflexionando mejor sobre sus 
intereses, desista de tan extravagantes pretensiones. 

El infrascrito, etcétera. — (firmado) Marqués de Queliiz. 

Palacio, Río de Janeiro, a 19 de febrero de 1827. 


CANNING A PONSONBY 

Londres, febrero 21 de 1827. A S.E. lord Jolm Ponsonby. Excmo. 
señor: Los despachos de V.E., hasta el N 9 30, del año ppdo. han sido 
recibidos y puestos en conocimiento del rey. 

V.E. ya liabrá sido enterado, por el señor Gordon, del poco éxito al- 
canzado por sus gestiones para reabrirlas negociaciones de paz en la corte 
de Río de Janeiro y la interrupción que esos trabajos deben necesariamen- 
te haber sufrido con la partida del emperador para las provincias del Sur 
de sus dominios. 

En este estado de cosas, a la vez que trasmito a V.E. la aprobación de 
este gobierno por su correcta y firme actuación ante el gobierno de 
Buenos Aires, no tengo instrucciones que agregar a las ya en su poder, y, 
probablemente, hasta el regreso del emperador a Río, nada nuevo tendré 
que comunicarle sobre el asunto que nos ocupa. 

El señor Gordon destacará, ante el emperador y sus ministros, las 
muchas razones que hacen esencial la paz para los intereses y seguridad 
del Brasil, presionando en cuanto le sea posible, en ese sentido, sin llegar 


La Misión Ponsonby 


143 


alainsistencia, yaque, después de las reiteradas repulsas de ese gobierno, 
ella sería derogatoria de la dignidad de Gran Bretaña. 

Saludo a V.E., etcétera. — (firmado) George Caiming. 

PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, febrero 21 de 1827. Excmo. señor: He celebrado una 
entrevista con el ministro de relaciones exteriores, general de la Cruz, en 
la cual le trasmití el extracto del despacho que el señor Gordon me dirigió 
desde Río, con fecha 5 del actual, y también la copia de la nota oficial, del 
señor Gordon al marqués de Queluz, de fecha 4 del corriente, enviada a 
S.E. con las bases del proyecto remitido por mí a Río de Janeiro, de parte 
del gobierno de la república de la Plata. 

Habiendo enterado al ministro de la causa por la cual no puede 
esperarse, todavía, la respuesta del gobierno del Brasil, le expresé que el 
señor Gordon abriga esperanzas sobre el éxito de los esfuerzos realizados 
para llegar a un amistoso arreglo de las diferencias existentes, y que cree, 
asimismo, que S.M.I. realmente desea la paz; y agregué que, aun antes de 
la trasmisión del proyecto al gobierno imperial, el señor Gordon estaba 
en antecedentes de que S.M.I. vería con agrado en Río de Janeiro a un 
representante de la república, autorizado para tratar la paz, teniendo 
cuidado de precisar que el emperador no había formulado esa demanda. 
Informé al general de la Cruz de que, si su gobierno tenía que trasmitir 
alguna comunicación a Río de Janeiro, yo ordenaría que el paquete de 
S.M. tocara allí, a su regreso. El general de la Cruz me habló elogiosamen- 
te sobre los buenos oficios de S.M. en el asunto de la mediación. 

Saludo a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


144 


Luis Alberto de Herrera 


GORDON A QUELUZ 


El que suscribe, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario 
de tiene el honor de comunicar a S.E. el marqués de Queluz que 

no perderá tiempo de comunicar, por intermedio del enviado de S.M.B. 
en Buenos Aires, la respuesta que S.E. ha creído conveniente dar a las 
proposiciones trasmitidas de allá, con el objeto de entrar a una negocia- 
ción de paz entre aquel país y el Brasil. 

Es con hondo pesar que el infrascrito tiene también que comunicar a 
su gobierno el fracaso de su esfuerzo para promover un objetivo de interés 
tan general, para el logro del cual él consideraba que habría perspectivas 
abiertas por la obertura de Buenos Aires. 

El infrascrito se ve impedido, por el tenor de la nota del marqués de 
Queluz, de entrar en ninguna explicación respecto a los términos de 
aquella propuesta. Otra cosa hubiera sido si S.E. hubiera declarado bajo 
qué bases está dispuesto el Brasil a tratar la paz y si ella habría sido la 
independencia de la Banda Oriental. 

S.E. duda de la existencia del deseo, en el gobierno de Buenos Aires, 
de terminar la guerra, según examen del proyecto trasmitido por el in- 
frascrito; pero jueces imparciales no dejarán de reconocer mucha menos 
disposición pacífica en la actitud asumida por el ministro brasileño para 
cerrar la puerta a una negociación amigable. 

El que suscribe, etcétera. Río de Janeiro, 21 de febrero de 1827. — 
(firmado) Roberto Gordon. 

A S.E. el marqués de Queluz, etcétera. 


GORDON A CANNING 


Río de Janeiro, febrero 21 de 1827. Excmo. señor: Poco después de 
haber trasmitido a este gobierno las proposiciones de paz que lord Pon- 
sonby me había autorizado a hacer por parte del gobierno de Buenos 



La Misión Ponsonby 


145 


Aires, el marqués de Queluz me hizo la extraordinaria demanda de que 
yo pusiese mi firma en las expresadas proposiciones. 

Aunque yo ignoraba los verdaderos motivos de la demanda del mi- 
nistro, sin embargo, como él me dijo, en conversación, que no podía 
usarse de aquel documento sin algo que respondiese de su autenticidad 
(pues S.E. deseaba hacer uso de él sin mi nota, a que iba adjunto), creí 
conveniente quitar a este gobierno aun los pretextos para diferir la 
negociación y, en su virtud, autoricé la autenticidad del artículo del modo 
que V.E. verá por la inclusa copia de mi nota al marqués de Queluz. 

Apenas había recibido S.E. mi respuesta, cuando me trasmitió la 
inmoderada réplica al memorándum de Buenos Aires, de que tengo el 
honor de incluir copia. 

Aunque según la opinión que formé cuando acompañé al emperador 
a Santa Catalina, no estaba preparado a esperar que las proposiciones 
serían aceptadas, sin embargo, me ha sorprendido al ver que no se ha re- 
conocido en esta ocasión, por el gobierno brasileño, el principio de tratar 
de la paz sobre la base de la independencia de la Banda Oriental. 

En estos últimos días, he recibido ulteriores seguridades de que el 
emperador consentiría en proclamar la independencia de aquella provin- 
cia, si, para efectuarla, se eligieran formas que no implicaran una renuncia 
de su actual derecho a gobernarla. El está ofendido con la forma y tenor 
de los artículos del memorándum de Buenos Aires y ha replicado a ellos 
de un modo ofensivo. Pero, sin embargo, creo que está dispuesto a admitir 
que la independencia de la provincia disputada forme la base de una 
negociación para poner fin a la guerra. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, marzo 9 de 1827. Excmo. señor: Abrigaba cierta 
ansiedad sobre cuáles serían los sentimientos del presidente y de su 




146 


Luis Alberto de Herrera 


gobierno, después del cambio de circunstancias creado por la victoria 
obtenida en Río Grande. Hice averiguaciones, con el fin de orientarme en 
ese sentido, pero sin dejar traslucir que yo admitiera como posible que el 
presidente se desviara del proyecto que me había autorizado a proponer 
a la corte brasileña. El señor García me visitó hoy, por mandato del 
presidente, y, en su nombre, me confirmó su firme intención de llevar a 
efecto, con toda estrictez, todo lo que él se había comprometido a cumplir. 
Me dijo que, si encontraba oposición en el congreso, o en cualquier otra 
parte que le fuera imposible vencer, en tal caso, renunciaría su cargo. 

Renovó, luego, las declaraciones del presidente, sinceras y bien 
conocidas, respecto a su anhelo de estrechar las relaciones de su país con 
el Brasil, tan íntimamente como sea posible, y de apoyar, en vez de atacar, 
la forma de gobierno allí existente y a S.M.I. Dijo que él deseaba que 
S.M.I. apreciara los verdaderos intereses del gobierno de La Plata en su 
exacto concepto; que, entonces, se convencería de que los sentimientos 
expresados por él (el presidente) estaban fundados exclusivamente sobre 
esos intereses. 

El señor García, en respuesta a mis interrogaciones, me manifestó que 
debe fijarse un tiempo razonable como límite para el mantenimiento de 
las buenas intenciones del presidente, en cuanto concierne al emperador; 
pero que, si S.M.I. persiste en la guerra, para aniquilar a este país, y se 
obstina en rechazar las proposiciones equitativas y justas que se le ofre- 
cen, para realizar la paz, no sería menos justo y necesario que la república 
seriamente pensara en la represalia y echara mano de sus recursos 
supremos para destruir un gobierno que probaría ser irreconciliable con 
la amistad ofrecida. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonhy. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, marzo 9 de 1827. Excmo. señor: Las provincias se han 




La Misión Ponsonby 


147 


pronunciado resueltamente contra la constitución y, por lo tanto, contra 
todo lo relacionado con ella. 

Yo creo que el propósito común será ganar tiempo y encontrar 
pretexto para diferir la adopción de medidas decisivas. El gobierno, apa- 
rentemente, está interesado en ello, porque espera ganar fuerza e influen- 
cia haciendo la paz, lo que tiene grandes esperanzas de conseguir, y por- 
que, evidentemente, en el momento actual, cualquier decisión en favor 
del gobierno, que pareciera con probabilidades estables, uniría a todas las 
fracciones que por diversos motivos ahora le son hostiles, en un esfuerzo 
común para derribarlo. 

Esta demora es, también, deseada por otros partidos, por varias ra- 
zones, y muchos coinciden en el deseo de que los actuales hombres 
continúen en sus puestos el tiempo necesario para hacer la paz, que 
generalmente se considera sería menos probable si se efectuara cualquier 
cambio en el gobierno, principalmente si éste fuera fruto de la violencia. 

(Sigue una exposición de las consecuencias que pueden temerse.) 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


LAVALLEJA A TRAPANI 


Puntas de los Corrales, abril l 9 de 1827. Comprendo que la Banda 
Oriental podría mantenerse, por sí sola, como un estado libre; pero, mi 
amigo, no puedo concebir por qué la república se es fuerza por separar de 
su liga una provincia que puede considerarse la más importante de todas. 
Sea como fuere, si la paz es obtenida por ese medio y los tratados no son 
peijudiciales a esta provincia sino que, por el contrario, le asignan un 
digno lugar, soy de opinión que la independencia será una ventaja para 
nosotros. 



148 


Luis Alberto de Herrera 


Lo que deseo es que el emperador del Brasil nos dé una garantía de que 
no nos declarará la guerra, por cualquier fútil pretexto, obligándonos a 
luchar solos. Si esto ocurriera, aunque lo considero muy improbable, los 
orientales morirían, antes de someterse; pero opino que esto no sería lo 
que convendría. 

En breve sabremos lo que sucederá y, entretanto, haremos el máximo 
esfuerzo para llevar adelante la guerra, tratando de enmendar, con nuestra 
cordura, los errores del general en jefe. — (firmado) Lavalleja. 

(Extracto de una carta privada de Lavalleja al señor Trápani, incluido 
en la carta privada de lord Ponsonby a S.E. George Canning.) 


PARIS1I A GORDON 


Buenos Aires, abril 4 de 1827. A S.E. Robert Goidon. Excmo. señor: 
Viéndose obligado lord Ponsonby a guardar cama, debido a una indispo- 
sición, me ha rogado dirija a V.E. el siguiente despacho. 

Lord Ponsonby ha comunicado, confidencialmente, a este gobierno, 
sin pérdida de tiempo, las notas cambiadas entre el ministro brasileño y 
V.E., sobre la proposición enviada desde aquícomobasedepaz. S.E. hizo 
conocer, a la vez, al general de la Cruz, ministro de relaciones exteriores, 
para conocimiento del presidente, vuestras opiniones sobre la probabili- 
dad de que la base que concede independencia a la Banda Oriental sea 
finalmente aceptada, así como también los puntos indicados por V.E. en 
la postdata de su carta privada; es decir, que V.E. sabía, por el emperador, 
que S.M.I. vería con complacencia que se enviara de aquí un negociador 
a Río de Janeiro y, además, que los ministros de S.M.I. le habían dejado 
entrever que estaban dispuestos a tratar con ese negociador sobre la base 
de la independencia de la Banda Oriental. 

Lord Ponsonby ha celebrado varias entrevistas con el general de la 
Cruz, respecto a estas comunicaciones, extractadas en el memorándum 
N 9 1, que acompaño. 



La Misión Ponsonby 


149 


Por él, V. E. se enterará de la determinación tomada por este gobierno 
de dar al señor García plenos poderes para abrir una negociación de paz, 
por intermedio de V.E., a su llegada a Río de Janeiro por el paquete de 
S.M. Eclipse, asegurándole, esto, un satisfactorio recibimiento y un 
pasaporte, en forma, que le permita desembarcar e iniciar las gestiones 
que se le han encomendado. 

El hecho de que el señor García ya haya sido designado enviado 
extraordinario y ministro plenipotenciario de este gobierno en la corte de 
Londres, le proporciona, sin comprometer la dignidad de su país, un ai- 
roso y natural pretexto para pasar por Río de Janeiro y realizar así el deseo 
de S.M.I. — comunicado por V.E. a lord Ponsonby — de recibir, allí, a un 
negociador de aquí. 

Considerando los términos de la nota que el marqués de Queluz di- 
rigió a V.E., con fecha 19 de febrero, conteniendo la respuesta de S.M.I. 
a las proposiciones enviadas desde aquí, S.E., al fin, logró persuadir al 
general de la Cruz de que era mejor pasar inadvertidas las ofensivas 
expresiones contenidas en la misma. Así se lo comunico, para que su 
aparente silencio, respecto a los términos en que está concebida la nota 
del ministro brasileño, no se interprete en su peijuicio y , sí, atribuyéndolo 
a su verdadera causa, que no es otra que el deseo de corresponder al 
amistoso pedido y consejo del ministro mediador. 

Lord Ponsonby tiene confianza en el éxito de esta nueva gestión, 
realizada de acuerdo con los deseos expresados a V.E. por S.M.I., y, si el 
señor García tiene alguna oportunidad de tratar personalmente con el 
gobierno de S.M.I., tal vez pueda convencerle de la sinceridad con que la 
república está procediendo, en su anhelo de suprimir toda posible causa 
de discordia con su poderoso vecino, S.M.I., el emperador del Brasil. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) Woodbine 
Paríslt. 



150 


Luis Alberto de Herrera 


PRIMERA CONFERENCIA 
PONSONBY - DE LA CRUZ 


(Memorándum de las conferencias tenidas entre el excmo. señor 
ministro de negocios extranjeros y S.E. lord Ponsonby, enviado 
extraordinario de SM.B., en los días 10, 12 y 14 de abril del presente 

año de 1827). 

Habiendo S.E. lord Ponsonby, enviado extraordinario y ministro 
plenipotenciario de presentado confidencialmente al ministro de 

relaciones exteriores de la república Argentina, copia de las notas pasadas 
entre el señor Gordon, ministro de S.M.B. en el Janeiro, y el ministro del 
Brasil, sobre las proposiciones hechas de una base de paz entre la 
república Argentina y el imperio del Brasil, el excmo. señor ministro de 
negocios extranjeros invitó a S.E. lord Ponsonby a una conferencia, y, 
habiendo concurrido a ella el día 10 de abril del presente año de 1827, el 
señor ministro expuso: 

Que instruido S.E. el señor presidente de la república de los documen- 
tos preindicados, como también de lo expuesto por S.E. lord Ponsonby, 
con respecto a lo que el señor Gordon le aseguraba confidencialmente, de 
que S.M. el emperador del Brasil admitiría la base en general de la 
independencia de la Banda Oriental, S.E. había autorizado al ministro 
para hacer al señor enviado extraordinario de S.M.B. la siguiente mani- 
festación: 

1- Que habiendo el gobierno de la república Argentina acreditado 
constantemente los sentimientos que le animaban por la paz, a cuyo efec- 
to había hecho cuantos sacrificios le permitían el honor y los intereses de 
la nación que presidía, era ciertamente doloroso advertir que tales sen- 
timientos no fuesen correspondidos por parte del emperador del Brasil, 
según lo comprueba la comunicación oficial pasada al señor Gordon, por 
aquel ministerio, con fecha 19 de marzo último. 

2 2 Que, sin embargo, el gobierno de la república, consecuente a lo que 


La Misión Ponsonby \51 

— r q — * — t --* ' »< ! » * i -» ■ 4 — 

había manifestado en distii ft afc*a gas i o aes~a-S .E*4otd- Boasoabyre^fa 
conveniente declarar, y declaraba nuevamente en esta ocasión, que su 
política y los sentimientos que le habían animado y le animaban por la 
paz, eran independientes de todo acontecimiento ulterior, sean cuales 
fuesen los sucesos de la guerra. 

3 2 Que con respecto a las seguridades y opiniones del señor Gordon, 
que arriba quedan expresadas, el gobierno de la república, animado 
siempre del mismo espíritu que rige su política, no distaría de enviar un 
ministro a la corte del Brasil para tratar de la paz, sobre la base de la 
independencia de la república Oriental, siempre que oyese de parte del 
señor enviado indicaciones suficientes que pudiesen servir al gobierno 
para asegurarle de que el ministro sería dignamente recibido por S.M. el 
emperador del Brasil para tratar sobre la base preindicada. 

S.E. lord Ponsonby pidió, entonces, que se difiriese este punto a otra 
conferencia y que, entretanto, examinaría escrupulosamente la corres- 
pondencia del señor Gordon - Buenos Aires, 10 de abril de 1827. — 
(firmados) Cruz - Ponsonby. 


SEGUNDA CONFERENCIA 
PONSONBY - DE LA CRUZ 


El 12 de abril de 1827, habiendo concurrido S.E. lord Ponsonby a la 
casa del señor ministro de relaciones exteriores, para continuarla confe- 
rencia pendiente, S.E. expresó que, después de un detenido examen de la 
correspondencia del señor Gordon, podía nuevamente asegurar al señor 
ministro los dos hechos indicados anteriormente : a saber, primero, que el 
señor Gordon supo, de S.M.I., mismo, que vería con satisfacción en la 
corte de Río de Janeiro un ministro de parte de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata para tratar de la paz entre ambas naciones; y, segundo, que 
los ministros de S.M.I. le habían hecho entender que el gobierno brasileño 
trataría de la paz con el expresado ministro, sobre la base de la indepen- 
dencia del estado Oriental. S.E. lord Ponsonby añadió que, proponiendo 


152 


Luis Alberto de Herrera 


al gobierno argentino, fundado en estos hechos, el envío de un ministro 
negociador a la corte del Janeiro, daba una prueba de la fuerte persuasión 
en que se halla de la conveniencia de la misión y de su entera consonancia 
con la dignidad e interés del gobierno y pueblo argentino. 

S.E. el señor ministro contestó que instruiría de lo expuesto al excmo. 
señor presidente y que comunicaría a S.E. lord Ponsonby la resolución 
final del gobierno. — (firmados) Cruz - Ponsonby. 


TERCERA CONFERENCIA 
PONSONBY - DE LA CRUZ 


Sus excelencias lord Ponsonby y el señor ministro de relaciones 
exteriores, habiéndose reunido en el ministerio el día 14 del presente mes 
de abril de 1 827 , S .E. el señor ministro expresó: Que se hallaba autorizado 
por S.E. el señor presidente de la república para informar al señor enviado 
extraordinario que, conducido siempre el gobierno de la república del 
sincero deseo que le anima para terminar la guerra que desgraciadamente 
existe entre la república Argentina y el imperio del Brasil, y, habiendo 
sido impuesto de los dos hechos que expresó S.E. lord Ponsonby, en la 
presente conferencia ha acordado que el enviado extraordinario y minis- 
tro plenipotenciario de esta república cerca de la corte de Gran Bretaña, 
que se halla próximo a partir para su destino, a bordo de un buque de 
guerra de S.M.B., vaya suficientemente autorizado para que, en el caso 
de que, a su tránsito por el puerto del Janeiro, reciba, por conducto del 
señor Gordon, seguridades de ser dignamente recibido por S.M.I. para 
tratar de la paz, y obtenido que sea el pasaporte competente, proceda a su 
desembarco y a dar los demás pasos que correspondan para llenar los 
objetos de su misión. Que el gobierno de la república Argentina se 
lisonjeaba que tal resolución sería justamente apreciada por el gobierno 
de S.M.I. y que ella serviría para convencer al mundo entero de los 
sinceros deseos que animan a la república por la paz. 


La Misión Portsonby 


153 


S.E. lord Ponsonby manifestó enseguida la gran satisfacción con que 
había oído la exposición de S.E. el señor ministro, exposición que le 
confirmaba en su convencimiento de las verdaderas y sinceras disposi- 
ciones que animan a la república en favor de la paz. Y concluyó ofre- 
ciendo sus buenos servicios, en cuanto pudieran contribuir al buen éxito 
de la negociación. 

Buenos Aires, 14 de abril de 1827. — (firmados) Cruz - Ponsonby. 


DE LA CRUZ A GARCIA 


Ministerio de relaciones exteriores. Buenos Aires. Abril 19 de 1827. 
El infrascrito ministro de negocios extranjeros, se halla autorizado para 
comunicar al señor García, que habiendo sido instruido el gobierno, por 
intermedio de S.E. el Hon. Ponsonby, de que S.M. el emperador del Brasil 
vería con satisfacción en la corte del Imperio un ministro de esta re- 
pública, para tratar de la paz como igualmente de que el ministerio de 
S .M.I. aseguró al señor Gordon que el gobierno brasileño estaba dispues- 
to a tratar con dicho ministro de la paz, sobre la base de la independencia 
de la Banda Oriental, el gobierno de la república, de acuerdo con los 
sentimientos que lo animan de poner término a la guerra, y deseando 
aprovechar toda oportunidad que pueda ser favorable a la consecución de 
un objeto que es de tanta importancia a los intereses del país, ha acordado 
autorizar al señor García para que, dirigiéndose a Río de Janeiro, en el 
próximo paquete que debe dar a la vela a dicho puerto, proceda a negociar, 
ajustar y concluir cuanto contribuya a la cesación de la guerra y al 
establecimiento de la paz entre ambas naciones. En consecuencia, se 
acompañan al señor García las instrucciones respectivas y el competente 
pleno-poder y credencial que deberá presentar al ministro del Brasil. El 
infrascrito, etcétera. — (firmado) Francisco de la Cruz. 



154 


Luis Alberto de Herrera 


CORDON A CANNING 


Río de Janeiro, abril 24 de 1827, Excmo. señor: El despacho de V.E. 
bajo sello, para lord Ponsonby, de 21 de febrero, le ha sido ya remitido. 
Mis recientes comunicaciones respecto a la pacificación con Buenos 
Aires, habrán demostrado que, al insistir en ella ante el gobierno brasi- 
leño, he llegado a un grado de inoportunidad del que excederse sería 
derogatorio de la dignidad de mi cargo, al menos en cuanto a las pro- 
posiciones que he sido autorizado a hacer de parte del gobierno de Buenos 
Aires. 

De haber estado autorizado simplemente a estipular la independencia 
de la Banda Oriental, aislada de condiciones que aquí se han creído inad- 
misibles, el caso pudo haber sido otro; pero, hasta ahora, he creído pro- 
ceder bien limitándome a la estricta ejecución de la comisión que me fue 
dada por el presidente de la república, teniendo cuidado de enterar a lord 
Ponsonby de las alteraciones que me parecía requerir. 

He urgido a S.E. que incline al presidente a hacer ciertas concesiones 
que, por lo menos, nos den una probabilidad de alcanzar el término de la 
guerra, sin perder de vista el objeto principal del gobierno de Buenos 
Aires, que he considerado debe ser asegurar la independencia de la Banda 
Oriental. 

Más aún: he creído de mi deber apurar a S.E. para inducir a ese 
gobierno a mandar su representante a Río de Janeiro, para concluir un 
tratado de paz, convencido de que el efecto moral de su arribo aquí haría 
difícil al emperador rehusarse a escuchar justas y honradas propuestas, 
desde que umversalmente se clama por la paz en el Brasl, no sólo por el 
pueblo, sino por todos los miembros de la administración. 

Es fácil al emperador hacer oídos sordos a proposiciones hechas, 
como quien dice, por tercera mano. El puede aún dudar de la sinceridad 
del gobierno de Buenos Aires, que, desde un principio, ha evitado, con 
marcada intención, hacer una franca propuesta pro paz. En efecto, 
cualesquiera sean las vistas de S.M.I. sobre la pacificación, puedo 
aventurar mi predicción de que no se conseguirá sin recurrir a una 


La Misión Ponsonby 


155 


negociación más directa. 

Las esperanzas, que parecen ser tan grandes en Buenos Aires, de 
obligar a ceder al emperador por medio de victorias navales y terrestres, 
no tienen fundamento exacto. Las mismas pérdidas — por no decir el 
deshonor — sufridas por el ejército brasileño, vuelven a S.M.I. más des- 
afecto a pactar antes de que ellas sean compensadas. No existe aprensión 
alguna en el ánimo de S.M.I. , ni en el de ninguno de sus ministros, 
respecto a la pérdida, anunciada, de Montevideo o de la escuadra blo- 
queadora: y tengo razones para creer que no es el deseo del emperador y 
probablemente ni aun de su gobierno, el hacer la paz hasta tanto la armada 
brasileña no haya dado pruebas de su eficiencia y superioridad. 

Para dar a V.E. una impresión más acabada de mi juicio, en Río de 
Janeiro, sobre la guerra, me tomo la libertad de incluir un extracto de mi 
última carta a lord Ponsonby sobre el particular. Tengo, etcétera. — 
(firmado) R. Gordon. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


GORDON A PONSONBY 


(Extracto enviado por Gordon a Canning de su mencionada nota a 
Ponsonby). Abril 24 de 1827. Mis últimas comunicaciones habrán de- 
mostrado a V.E. que el emperador rehúsa, categóricamente, tratar sobre 
las primitivas bases; de modo que si V.E. simplemente me autorizaba en 
su despacho a renovarlas, ningún daño se derivaría de mi carencia de esa 
autoridad oficial. 

Es difícil explicarse esta zoncera imperial, si son ciertas las noticias 
que nos llegan de la completa derrota del ejército brasileño. La única 
conjetura que puedo hacer al respecto, es que el emperador ha resuelto no 
tomar decisión alguna hasta la apertura de la asamblea, sobre la cual 
echará todo el asunto, dando sus razones por no haber escuchado todavía 
las proposiciones de la república; que ahora pondrá toda la responsabili- 


156 


Luis Alberto de Herrera 


dad de la paz, o de la guerra, en las cámaras, dejándolas resolver lo que 
sea más ventajoso para el Brasil. 

Todo esto es mera presunción y de ningún modo puedo asegurar a us- 
ted que el emperador adoptará tan plausible proceder. 

He tenido poca comunicación con los ministros desde el recibo de su 
última carta, el 5, habiéndome visto obligado a salir a la playa, a causa de 
mi salud, aún no restablecida; pero estoy bien informado de que los 
últimos desastres sufridos por las armas imperiales no han cambiado la 
obstinación de S.M. en cuanto al asunto referido. Más de una vez, he 
indicado el modo cómo se le podría traer a consentir la independencia de 
la Banda Oriental. A usted toca resolver si cree que valga la pena 
conseguirlo en esas condiciones. Confieso que yo sí lo creo. No hace al 
fondo de la cuestión, si el general Alvear vence al general Baibacena; si 
Brown despeja o no el Río de la Plata. Tales sucesos sólo pueden traer 
alivio pasajero; los recursos de este imperio son inmensos y creyendo, 
como creo, que Brown, grande como es, no puede con su goleta aniquilar 
a la flota brasileña, tendrá usted el bloqueo restaurado con creciente 
vigor. Con los mismos buques y medios que hoy posee el emperador, 
dirigidos por un sistema bien organizado, estaría en su mano hundir a 
Brown y su pequeña embarcación y hundir al fondo del río hasta al mismo 
pueblo de Buenos Aires. 


CANNING A PONSONBY 


Londres, mayo 9 de 1827. A S.E. lord Ponsonby. Excmo. señor: Al 
acusar recibo de los despachos hasta el N 2 38, del año pasado, y los N°* 
1 al 6, del actual, en los cuales V.E. expone la naturaleza y resultado de 
las diversas gestiones realizadas ante el gobierno de Buenos Aires, con 
el fin de poner término a la contienda entre ese país y el Brasil, tengo el 
gran placer de trasmitir a V.E. la aprobación del gobierno de S.M. a los 
trabajos realizados en tal sentido. 



La Misión Ponsonby 


157 


No tengo nada que agregar a las instrucciones ya en poder de V.E. y 
sólo encarecerle que prosiga en sus esfuerzos, en colaboración con el 
señor Gordon, para alcanzar el restablecimiento de la paz entre los dos 
países. Tengo el honor, etcétera. — (firmado) George Canning. 

A S.E. John Ponsonby, etcétera. 

GORDON A CANNING 


Río de Janeiro, mayo 10 de 1 827. Excmo. señor: Tengo gran satisfac- 
ción en comunicar a V.E. la llegada aquí de don Manuel J. García, de 
Buenos Aires. 


Habiendo llegado el señor García en momentos de abrirse la asamblea 
general, temo que una inevitable demora se producirá en su negociación. 
Tampoco puedo ocultar a V.E. que su probabilidad de buen éxito ha sido 
disminuida por los recientes sucesosdel Río de la Plata y de las provincias 
del sur. Es cierto que más de una vez, he dado opinión de que la 
independencia de la Banda Oriental podría posiblemente admitirse aquí, 
como base de un tratado de pacificación y, en consecuencia, me regocijo 
ante la llegada de don Manuel García, que tiende a robustecer mi 
esperanza en esa concesión: no obstante, temoque sea mas difícil de con- 
seguirla del emperador en derrota que victorioso. 

La pérdida de las cañoneras en el Uruguay; el completo fracaso de la 
expedición al Río Negro, con la pérdida de cuatro buques de guerra 
brasileños, agregados al poco éxito alcanzado por sus armas en tierra, to- 
do ello concurre exitar la animosidad de este gobierno, que, confiado en 
la actual superioridad de sus fuerzas y medios, declinaría con gusto tratar 
la paz hasta ganar laureles para su causa. 


Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 
A S.E. George Canning, etcétera. 




158 


Luis Alberto de Herrera 


GORDON A CANNING 

Río de Janeiro, mayo 19 de 1827. Excmo. señor: El señor García no 
ha adelantado lo suficiente en sus negociaciones para permitirme dar, en 
esta oportunidad, ninguna opinión decidida en cuanto al resultado. 

Su recepción ha sido favorable y las conversaciones mantenidas con 
el ministro brasileño de relaciones exteriores han sido satisfactorias; pero 
lamento decir que la primera comunicación oficial presentada por el 
marqués de Queluz de las bases sobre las cuales el emperador desea 
negociar la paz, es de diferente carácter. Confío que esto ha sido tan sólo 
lanzado al principio, como medio de determinar al gobierno argentino, 
pues es totalmente inadmisible. No satisfecho con exigir un reconoci- 
miento formal de los derechos del emperador a poseer la Banda Oriental, 
sin establecer ninguna estipulación sobre su futura independencia, se 
reclama, además, una compensación pecuniaria por los gastos de la 
guerra. 

Se exige el licénciamiento del ejército y de la flota de Buenos Aires, 
la entrega al Brasil de la isla de Martín García y que el tráfico del Paraná 
sea exclusivamente para uso de los súbditos de las partes contratantes. 

El señor García no ha contestado aún a las proposiciones menciona- 
das; pero creo que su réplica será moderada y que, finalmente, un plan de 
pacificación se podrá someter al emperador, fundado sobre esas condi- 
ciones, a las que está obligado por sus propias manifestaciones. 

En el caso del fracaso de la misión del señor García, y sólo así, antes 
de su partida para Buenos Aires me propongo dirigir una apelación 
directa al emperador, en nombre del rey, mi señor, respecto a la continua- 
ción de la guerra; si la guerra prosigue, después que se le haya permitido 
al Brasil alcanzar los derechos por los cuales se inició, me consideraré en 
el caso de levantar mi voz contra los continuos estorbos al comercio 
inglés, a la dejadez e indiferencia de los intereses británicos, que, sin 
mencionar, por ahora, otra prueba, se demuestra, muy especialmente, en 
la idea adelantada por el Brasil de excluir a la bandera británica de la 
navegación de los ríos. 

Tengo, etcétera — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


La Misión Ponsonby 


159 


GORDON A PONSONBY 

(Privada). Río de Janeiro, junio l 5 de 1827. Estimado lord Ponsonby: 
Habiendo resuelto el señor García su regreso a Buenos Aires, no necesito 
dar a usted cuenta de su negociación, que será mucho mejor explicada por 
él mismo. Estoy seguro de que usted se alegrará de saber que los 
preliminares de paz han sido firmados y estoy igualmente seguro de que 
interpondrá todos sus esfuerzos y su poderosa influencia ante el gobierno 
de Buenos Aires, para inducirlo a ratificar la convención que el señor 
García le hará conocer a usted. Ha sido imposible, en el momento 
presente, conseguir un reconocimiento formal del emperador de la in- 
dependencia de la provincia de Montevideo; sin embargo, se comprome- 
te a conceder, enseguida, lo que será equivalente a la mism a, y, al negociar 
el tratado definitivo, se podrá obtener un ajuste final que satisfaga a todas 
las partes. En todos los demás puntos, Buenos Aires tiene motivo para 
estar satisfecho; entra, de inmediato, en un estado de paz y regeneración, 
sin sacrificio alguno, pues se ve libre de una carga peligrosa, por la 
renuncia de la Banda Oriental, y no se le puede arrancar ni un chelín, en 
virtud del artículo 5 ° de la convención. Al Brasil se lo deja que luche con 
la disención y con la revuelta, que continuará dominando en la provincia 
Cisplatina; aquí, todos los males de la guerra posiblemente continuarán, 
mientras que Buenos Aires, en paz y tranquilidad curará sus heridas y 
dedicará todos sus medios a promover su propio restablecimiento. 

El emperador pronto se convencerá del desacieito de no proclamar, 
francae inmediatamente, la independencia de la provincia; y cuando haya 
gozado del gusto de comunicar su tratado de paz a la nación brasileña, 
suscribirá, complacido medidas que lo habiliten a disfrutar de su benefi- 
cio. No deben olvidarse las condiciones del príncipe y del gobieino con 
los cuales tenemos que discutir, ni debemos dejar de ver el hecho tal cual 
es. Si existiese alguna probabilidad, por remota que fuera, de que, 
mediante la continuación de la guerra, se consiguiera algún resultado 
ventajoso para Buenos Aires, yo comprendería que se insistiera en exigir 
otros términos de paz. De su lado, ciertamente, están los laureles si es que, 
durante esta guerra fatal, han brotado los suficientes para tejer una 



160 


Luis Alberto de Herrera 


corona. Pero, si la república hade guiarse, no porvanagloria, sinoporsus 
propios intereses y un sentido práctico de los negocios, la convención del 
señor García se ratificará seguramente y sin hesitación. No entraré a 
discutir los medios que le quedan a Buenos Aires para proseguir la 
contienda; el empleo de estos medios, sólo pondrá en peligro su destino, 
lo que puede evitarse por la acertada aplicación de los mismos, a fines 
pacíficos. Ni renovados esfuerzos, ni repetidos éxitos de parle de Buenos 
Aires, inducirán al emperador, a hacer la paz en otros términos, y ruego 
a usted quiera creer que él también conserva medios suficientes para 
continuar la guerra; el señor García debe estar convencido de ello. El 
emperador ha oído y visto, a través de la cámara de diputados, todo lo que 
puede esperarse de la nación brasileña. Nada tiene que temer de conmo- 
ciones intestinas. La guerra para recuperar la provincia Cisplatina no es, 
de ninguna manera, impopular; sólo el modo de conducirla es lo que ha 
sido amargamente censurado. Esto puede mejorarse, y si se instituyen de 
inmediato reformas apropiadas en los distintos departamentos del gobier- 
no, particularmente en aquellos indicados por el ministro de Hacienda, la 
guerra podrá continuarse sin mayor agravante y miseria para el pueblo. 
El valor del almirante Brown causa admiración, pero sus efectos no son 
de manera alguna temidos aquí; creo, sinceramente, que este gobierno se 
satisfaría de seguir las hostilidades con el solo objeto de probar e imponer 
su flota sobre él. La guerra de corsarios es la de mayor efecto y más te- 
mida; puede exterminar el comercio costero; pero ¿qué es ésto, si com- 
parado a todo lo que Buenos Aires ha sufrido y debe continuar sufriendo, 
en proporción creciente, a causa de la guerra? No molestaré a usted con 
más reflexiones de la naturaleza, porque no supongo que el señor García 
haya sobrepasado los límites de sus instrucciones y que usted pueda 
fracasar en cuanto a conseguir que la convención sea ratificada. 

No puedo expresar a usted suficientemente (para elegir un tópico más 
agradable) la elevada opinión que siento por el buen juicio del señor 
García, su gran habilidad y noble carácter. Apercibiéndome, por su carta, 
de que su misión se fundaba, en mucho, sobre mis informes sobre la 
disposición que había aquí para recibirle, estaba naturalmente preparado 
a insistir para que, a este respecto al menos, no se viera defraudado; y tuve 



La Misión Ponsonby 


161 


la satisfacción de saber que su llegadale produciría al emperador el placer 
que yo había anunciado. Después de mi primera entrevista con el señor 
García, me convencí de que su gestión tendría éxito, e insistí en que no 
pensara de otra manera ni aun en el momento de recibir las primeras 
proposiciones altaneras del señor Queluz, de las que mostrará a usted 
copia. 

El hecho es que el señor García venía preparado a aceptar términos a 
los que le era absolutamente imposible al emperador rehusarse; pero, 
además, él, muy hábilmente, consiguió apasionar al emperador por lapaz. 
Seguro como estaba yo, desde el principio, del éxito del señor García, no 
vi razón para intervenir en las conferencias, como aquél me lo propuso. 
Este gobierno no expresó ningún deseo al respecto, y creí ser'hiás útil, 
para prestar ayuda, detrás del telón. 

Nec Deiis intersit nisi dignus vindice nodus. No necesito proseguir 
elogiando al señor García a quien, como usted, conoce sus méritos, sólo 
agregaré que, si el tratado definitivo se suscribe aquí, debe ser él, de todos 
modos, el negociador de la república. Ha obtenido éxito general y ganado 
cincuenta puntos, en el Brasil, donde a cualquier otro castellano le 
costaría sólo alcanzar uno. 

Incluyo para usted una traducción de la convención preliminar. El 
artículo 2- está mal redactado, pero confío que esto se dejará pasar ante 
la persuación de que puede enmendarse mucho en el tratado definitivo. 
Se está preparando una proclama para publicar después el canje de la 
ratificación, la que espero aclarará muchas dudas y tranquilizará a la 
provincia, así como a Buenos Aires. Habría deseado mandar una copia 
con el señor García, pero no he podido conseguirla. El artículo 4 e será 
comprendido por usted con la referencia a las primeras pretensiones 
expresadas por el Brasil. El 5 9 y 6 2 son para la gente de platea y de las 
galerías de esta capital. Sus consecuencias son nulas. El artículo 8 e como 
está ahora, es un cumplido hecho a Gran Bretaña: resta a mi gobierno el 
contestarlo como lo crea oportuno. 

En resumen, lo que sólo claramente resulta de esta convención 
preliminar es el cese de las hostilidades. “Esto es lo que más necesitamos; 
estemos satisfechos. ¡Dios lo manda!”. Esta puede ser la exclamación del 



162 


Luis Alberto de Herrera 


congreso de las Provincias Unidas, Respecto a su recomendación a favor 
del hermano del general Lavalleja, debo expresarle mi sentimiento por no 
haber obtenido su libertad, a fin de enviarlo en el Heron. En una ocasión, 
se me prometió formalmente, pero, desde entonces, la estrella mala del 
emperador ha ascendido. No obstante , puede usted tener la certeza de que 
el rigor de su prisión se reduciráy de que, en breve, será puesto en libertad. 

El Heron esperará para traer la contestación de usted al mismo señor 
García, si su gobierno así lo resuelve. 

Saludo a usted, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

P.D. Después de cerrar mi carta para usted, resolví hacer otro esfuerzo 
para tratar de conseguirla libertad de Lavalleja, y habiendo formulado mi 
pedido por escrito, obtuve que se lo presentaran al emperador, mientras 
presidía un consejo de ministros. Me felicito de poderle decir que el 
resultado ha sido favorable. 

Incluyo los informes que me fueron dados ayer y hoy sobre el asunto. 
Verá usted, por el último, que se me hace responsable de que no tomará 
las armas contra el emperador, en caso que continúe la guerra. Ruego a 
usted me secunde en esto. Si él no fuera en el Heron, será señal de que 
no ha dado su palabra de honor de no servir contra quienes le han devuelto 
la libertad. 

N.B. Habiendo prestado juramento M. Lavalleja, sigue a Buenos 
Aires en el Heron. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, junio 4 de 1827. Excmo. señor: 


Las provincias están animadas de la mayor hostilidad contra el 
presidente y esa actitud se dirige contra él. Yo creo que ellas están 




La Misión Ponsonby 


163 


deseosas de permanecer unidas con Buenos Aires y de autorizar al 
gobierno local de esa ciudad a encargarse de las relaciones exteriores de 
la república, si el gobierno pasa a otras manos. Mi opinión es que, tanto 
la realización de la paz como el definitivo rechazo de las tentativas de 
hacerla, traerá consigo una crisis inmediata y que el señor Rivadavia será 
probablemente obligado, por medios pacíficos o violentos, a abandonar 
su cargo. 

Todos los partidos están contestes en suspender su acción hasta que 
ese momento llegue; conviene al interés particular de cada uno de ellos 
hacerlo así, y, afortunadamente, el interés público es, con evidencia, el 
mismo. 

La excesiva impopularidad del presidente en las provincias, puede, 
naturalmente, ser consecuencia de la política que él se ha empeñado en 
seguir, laque, si triunfante, habría privado a las personas más importantes 
de cada una de ellas de poder e influencia; pero él es, si es posible, más 
repudiado aquí, y esto yo lo atribuyo tanto a su vanidad y malas maneras 
como al fracaso que ha sufrido en todo lo que ha intentado realizar. 

He puesto tanto empeño como mi situación me lo ha permitido, en 
prevenir violencias, y creo haber contribuido a convencer a los enemigos 
más apasionados del presidente de que, por sus propios intereses, deben 
aguardar, con paciencia, el resultado de las gestiones en curso para al- 
canzar la paz. Y yo confío haber arraigado la impresión de que la caída 
del gobierno, provocada por medios violentos, traería consigo mucho 
más descrédito y grandes males para la nación. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


(Privada). Junio 6 de 1827. Excmo. señor: La enfermedad que me 
aquejaba, cuando zarpó el último paquete, me privó de remitir a V.E. 


164 


Luis Alberto de Herrera 


algunos extractos de caitas del general Lavalleja a su más íntimo amigo 
aquí. Ahora los envío. Según oigo, Lavalleja es un hombre honesto y, 
siendo así, V.E. podrá abrir juicio respecto al general Alvear. 

Lavalleja está llamado, de cualquier modo, a ser la persona que 
desempeñe el rol más importante de la Banda Oriental y, por lo tanto, su 
opinión sobre la actualidad puede ser aceptada por V.E. como síntoma de 
su probable futura conducta. 

También tenía que comunicarle a V.E. que este gobierno ha descu- 
bierto un complot que se tramaba para asesinar al almirante Brown. El 
principal instigador es don Jacinto, el comodoro brasileño que comanda- 
ba la flotilla del emperador en el Uruguay, y fue allí tomado prisionero, 
con la mayoría de sus buques, por Brown, siendo extremadamente bien 
tratado, especialmente por Brown. 

Si la paz fuese concertada sobre la base de la independencia de la 
Banda Oriental, necesariamente se suscitará la cuestión de la naturaleza 
y forma de gobierno a instituirse allí. 

El emperador, no lo dudo, se interesará vivamente en ello y probable- 
mente ofrecerá una constitución de su propia creación. Supongo que V.E. 
tendrá instrucciones que trasmitirme sobre este punto, y considero de mi 
deber exponerle que estoy seguro que será imposible establecer, en 
ningún sentido, un gobierno monárquico, a consecuencia de los violentos 
prejuicios del pueblo y de la extrema pobreza del país, que ha sido 
devastado por la guerra. 

Tengo idea de que un gobierno aristocrático pudiera ser restablecido 
allí, lo que no aparecería demasiado contrario con los principios de la 
democracia, tan a la moda en estas re giones, pero que, sin em bargo, uniría 
el poder político a la propiedad. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 



La Misión Ponsonby 


165 


CORDON A CANNING 


Río de Janeiro, junio 8 de 1827. Excmo. señor: Me felicito de poder 
adelantar a usted, por el buque de S.M.B. Warspite, una copia de los 
preliminares de paz que fueron firmados por los plenipotenciarios el 24 
último. 

El señor García, forzosamente convencido de la necesidad que existe 
de no continuar la guerra, ha sido inducido a aceptar términos distintos, 
en cierto sentido, de sus instrucciones y, en consecuencia, para salvar 
cualquier dificultad, zarpó el 2 del corriente para Buenos Aires. 

Considerando la importancia del objeto para los intereses británicos 
le he facilitado su regreso a bordo de la goleta de S.M.B. Heron. 

Me asegura el señor García, que tenía instrucciones de firmar una 
convención sólo sobre la base de la independencia de la provincia de 
Montevideo; pero, como él se hallaba convencido de que a este estado de 
independencia no podía llegarse por cierto tiempo, y que en realidad era 
de poca importancia para Buenos Aires el destino de laprovincia, siempre 
que se le devolviera la tranquilidad, no hesitó en llegar a términos que, en 
otro sentido, estaba perfectamente de acuerdo con sus instrucciones. 

Ninguna oposición se ha hecho aquí, en la asamblea general, según se 
esperaba, a la continuación de la guerra; y el emperador don Pedro se ha 
mantenido firme en su resolución de recobrar, en la primera ocasión, la 
provincia Cisplatina, cualquiera pueda ser, finalmente, su decisión en 
cuanto a proclamar su independencia. 

El señor García no sólo ha quedado convencido de esto, sino que ha 
tenido oportunidad plena de juzgar hasta donde los medios de este país 
son adecuados al propósito arriba mencionado; y, después de comprarlos 
con el desesperado estado de su país, en mi opinión ha obrado sensata- 
mente al aceptar una convención por la cual todo es ganancia para Buenos 
Aires, en virtud de la restauración de la paz, y nada se pierde, sino un 
punto de honor, al no hacerla según sus propios términos. El sacrificio 
pecuniario a que se alude en el artículo 5 9 no significa nada, desde que será 
imposible reunir suficiente prueba de los repetidos actos de piratería 



166 


Luis Alberto de Herrera 


cometidos, a los efectos de otorgar las indemnizaciones reclamadas. 
Ningún sacrificio se ha hecho con la pérdida de la Banda Oriental, desde 
que el señor García ha declarado, más de una vez, que los ministros de la 
república habían llegado a convencerse que no era ni político, intervenir 
en el gobierno de aquella provincia y que preferían renunciar todo 
derecho sobre ella. Su único objetivo, ahora, era verla tranquila, y, sólo 
tenía instrucciones de estipular su independencia, a fin de no aparecer 
abandonando por completo una causa que por tanto tiempo han protegi- 
do, con peligro de su propia existencia. 

Sin embargo, el señor García no ha admitido que una consideración 
de esta naturaleza le impidiera firmar una convención por la cual se 
obtenía el primer y más importante objetivo, la paz, a precio tan barato. 

Buenos Aires puede ahora poner toda su atención en la reconciliación 
con las provincias de la confederación y dedicar todos sus recursos al 
restablecimiento de su comercio, única base verdadera de su prosperidad. 

Anteriormente he tenido el honor de expresar mis razones para de- 
clinar el tomar parte en las conferencias de los plenipotenciarios. He 
comprendido que cualquier participación activa de mi parte, como me- 
diador, podría colocar al gobierno de S.M. en situación embarazosa en la 
cuestión de garantía, respecto a la cual expresé a ambas partes, cuando 
quisieron insertar un artículo, pidiendo a Gran Bretaña que garantizara su 
tratado, que eso categóricamente sería rehusado. En consecuencia, el 
artículo está redactado sencillamente, como una solicitud a S.M. para 
garantizar la libre navegación del Río de la Plata. 

He tenido cuidado de ni aun dar una opinión sobre la proposición 
como se halla ahora, y quédale a usted, señor, resolver sobre la convenien- 
cia de recomendar a S.M. que así lo acepte. 

El señor García considera que el cese de las hostilidades entre el Brasil 
y Buenos Aires de ningún modo asegurará ni a uno, ni a otro, todos los 
beneficios de la paz, salvo que se llegue a algún arreglo que satisfaga a 
los habitantes de la provincia de Montevideo. El Brasil, especialmente, 
quedará en estado de guerra, si esto se efectúa, y, en este terreno, el señor 
García me ha pedido que induzca al emperador a conceder, por resolución 


La Misión Ponsonby 


167 


propia, lo que se negó a hacer por convención mutua. He empleado mis 
supremos esfuerzos para adelantar este importante asunto, agregando a 
mi pedido personal el memorándum que incluyo, redactado en términos 
que he creído probable influyan en S.M.I. a quien ha sido presentado. 

Suponiendo que el gobierno de Buenos Aires suscriba la convención 
que ha sido firmada por su plenipotenciario, es de preverse que los jefes 
de la insurrección en la provincia de Montevideo se unirán para defender 
su libertad, aun después de que el general Alvear se les haya separado; 
muchas de sus tropas se unirán, probablemente, a los insurrectos, bajo el 
mando del general Lavalleja. 

El primer objeto, pues, del emperador debiera ser apaciguar a este 
formidable adversario; en vista de lo cual he pedido ardientemente a 
S.M.I. la libertad de su hermano, que ha estado aquí en una fortaleza, 
como prisionero de guerra, por casi dos años; y tengo el honor de decir 
que, aunque esto fue rehusado en el primer momento, el emperador, por 
fin, consintió en liberarlo, para que pudiera marcharse en el Heron, a 
condición de que, si la guerra continúa, no volvería a tomar armas contra 
S.M. He cuidado comunicar a lord Ponsonby de que, a este respecto, me 
he responsabilizado, en cierto modo, por el señor Lavalleja. 

Al enterar a V.E. de los términos en que se espera llegar a una solución 
con Buenos Aires y del modo como han sido sostenidos por mis modestos 
esfuerzos, no se le escapará que ellos, de ninguna manera corresponden 
con los que, en virtud de sus instrucciones, he mantenido hasta la llegada 
a Río de Janeiro del señor García. Siendo la paz el primer objetivo en 
vista, no parecía existir razón para impugnar las pretensiones del Brasil 
e insistir en que ella se fundara sobre la base de la independencia absoluta 
de la disputada provincia. 

Desde el momento que esta demanda era abandonada por Buenos 
Aires, no liabía motivo para que Gran Bretaña lo hiciera. 

El señor García me ha asegurado, categóricamente, que ya no existían 
celos de parte del gobierno de Buenos Aires, en cuanto a la completa 
posesión de Montevideo por los brasileños, y que su independencia se 
pedía, solamente, porque era esperada por sus habitantes, cuya salisfac- 


168 


Luis Alberto de Herrera 


ción y orden eran necesarios a la paz y tranquilidad de sus vecinos. 

Si, por consiguiente, las promesas del emperador de conceder una 
forma de gobierno que satisfaga a los habitantes de la provincia, se lleva 
a cabo, el deseo de todas las partes se habrá conseguido, y me atrevo a 
esperar que los empeños que he hecho en tal sentido, no se considerarán 
mal dirigidos. 

Si el señor García obtuviera la aprobación del congreso de Buenos 
Aires a su convención preliminar, probablemente volverá acá para prose- 
guir la negociación de un tratado definitivo. En este caso, será necesario 
que los plenipotenciarios estén enterados de las intenciones de S.M., en 
cuanto a la garantía pedida. Por lo tanto, ruego a V.E. que tenga la bondad 
de enviarme rápidas instrucciones al respecto, como asimismo favorecer- 
me con su opinión sobre mi asistencia a las conferencias, como mediador, 
si es que esta intervención se me solicita. Tengo, etcétera. — (firmado) 
R. Gordon. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

P.D. Acaban de llegar noticia aquí del sometimiento de Maldonado a 
una pequeña fuerza brasileña que había sido destacada de Montevideo 
para tomar posesión de ese pueblo. - R.G. 

DE LA CRUZ A PONSONBY 


Ministerio de relaciones exteriores. El infrascrito tiene el honor de 
informar a S.E. lord Ponsonby que, instruido S.E. el señor presidente de 
la república del resultado de la conferencia de hoy, y sin embargo de la 
resolución en que se halla de rechazar la convención preliminar celebrada 
por el señor García con el gobierno del Brasil, ha acordado oírpreviamen- 
te las observaciones que lord Ponsonby desea hacer, antes de tomar una 
resolución definitiva sobre aquel negocio. En consecuencia, el infrascrito 
espera que S.E. lord Ponsonby se dignara concurrir a la casa de gobierno 
a las dos de la tarde del día de mañana. El infrascrito, etcétera. — 
(firmado) Francisco de la Cmz. 


La Misión Ponsonby 


169 


PONSONBY A DE LA CRUZ 

Buenos Aires, junio 23 de 1827. El infrascrito, ministro de S.M.B., 
tiene el honor de acusar recibo de la nota que, con fecha de hoy, le ha 
dirigido S.E. el general de la Cruz y, en respuesta, cúmplele manifestar 
que el único punto que deseaba someter a la consideración de S.E. el 
presidente, antes de la decisión final del gobierno sobre la base firmada 
por el señor García, era el siguiente: Que, en la opinión del infrascrito, la 
mediación de S.M.B. cesaría inmediatamente de producido el rechazo de 
esa base por el gobierno, a menos que existieran razonables, o se encon- 
traran, muy plausibles motivos para creer que se podría llegar a un 
acuerdo, abierta esa negociación. Así el infrascrito tiene el honor de 
comunicar al señor ministro, para conocimiento de S.E. el presidente, 
todo lo que deseaba manifestarle. 

El infrascrito estaba pronto, de acuerdo con el expresado deseo del 
gobierno, a formar juicio fundado sobre los recursos con que puede aún 
contar el país para continuar la guerra; pero, en la imposibilidad de 
conseguir datos del ministro, que no ha juzgado conveniente propor- 
cionárselos, ni de obtenerlos en otras fuentes, debido al poco tiempo de 
que dispone, se ve, por tanto, obligado a limitarse a la breve expresión de 
su opinión, o sea: que la base firmada por el señor García es eminente e 
inesperadamente ventajosa para la república; que, en el hecho, da todo lo 
que su gobierno puede desear y, al emperador, sólo palabras, dejándole 
enormes dificultades por vencer. 

El infrascrito ruega a S.E. el señor ministro que tenga la bondad de 
considerar que esta nota ha sido escrita en la inteligencia de que S.E. el 
presidente sólo deseaba ofrecerle una oportunidad de emitir un juicio 
concreto, que el infrascrito había manifestado deseo de expresar; y, 
también, que la nota de S .E. el señor ministro no constituye una invitación 
para conferenciar con el señor presidente, a objeto de considerar otros 
puntos relacionados con la cuestión en debate. 

Sin embargo, el infrascrito pide permiso para agregar que, si S.E. el 
presidente desea hablarle personalmente, se hará un honor en acudir, 


170 


Luis Alberto de Herrera 


solícito, a la audiencia que se sirva concederle. 

El infrascrito tiene el honor de saludar a V.E. con toda considera- 
ción. — (firmado) John Ponsonby. 


DE LA CRUZ A PONSONBY 


Ministerio de relaciones exteriores. Buenos Aires, junio 24 de 1827. 
Habiendo S.E. lord Ponsonby expresado en su nota de fecha de ayer (que 
el infrascrito acaba de recibir en este momento) lo que deseaba manifestar 
a S.E. el señor presidente de la república, antes que resolviese definitiva- 
mente sobre la convención preliminar que ha celebrado el señor García 
con el gobierno del Brasil, juzga el infrascrito ser ya innecesaria la 
conferencia a que S.E. lord Ponsonby fue invitado por el infrascrito. 

En consecuencia, va a pasar, sin pérdida de tiempo, al conocimiento 
de S.E. el señor presidente de la república, la pre indicada nota de S.E. lord 
Ponsonby. El infrascrito, etcétera. — (firmado) Francisco de la Cruz. 


PONSONBY A GORDON 

Buenos Aires, julio 10 de 1 827. A S.E. Robert Gordon, Río de Janeiro. 
Excmo. señor: el 21 de junio arribó a este puerto el buque de S.M. Heron, 
trayendo a su bordo al señor García, portador de la convención preliminar 
que él firmó, en Río de Janeiro conjuntamente con los plenipotenciarios 
de S.M.I. el 24 de mayo. 

En esa misma oportunidad, recibí la copia de la convención que V.E. 
tuvo a bien adjuntar a su carta privada del l g de junio. 

Inmediatamente que desembarcó, el señor García visitó al presidente 
y pronto trascendió que S.E. era completamente hostil a la convención. 

Se dijo públicamente, que le reprochó al señor García su gran res- 


La Misión Ponsonby 


171 


ponsabilidad por haber trasgredido la letra y el espíritu de sus precisas 
instrucciones, sacrificando el honor y los intereses de la nación, etcétera. 

El 25, el presidente elevó la convención al congreso, acompañada de 
la resolución tomadapor el gobierno, que V.E. encontrará en el diario que 
le adjunto. (El Mensajero, N e 231). 

El 28, el congreso se dirigió al presidente, aprobando la conducta del 
gobierno al rechazar la convención, esa comunicación también la hallará 
V.E. adjunta. 

El mismo día, el presidente renunció a su cargo y el 30 le fue aceptada 
su dimisión por el congreso, por cuarenta y ocho votos sobre cincuenta. 
Recién el 5 del corriente el congreso eligió, como sucesor, al doctor 
López, en calidad de presidente provisorio de la república, bajo la ley 
sancionada por el congreso el 3 del actual, de que le adjunto una copia, 
para que se informe (La Gaceta Mercantil, de 5 de junio). El nuevo 
presidente no ha formado aún su ministerio. 

Estos sucesos explican la causa de la demora en recibir una notifica- 
ción oficial sobre las intenciones definitivas del gobierno de la república, 
acerca de la convención. 

Habiendo aguardado hasta ayer esa notificación, juzgue de mi deber 
dirigirme al gobierno en ese sentido e informarle, a la vez, de la necesidad 
qué tenía de despachar al Heron a la mayor brevedad. 

Conjuntamente con una copia de mi nota, va la respuesta que recibí 
esta mañana. Confío que esta respuesta sea sintomática, de parte del 
actual presidente, de una disposición más moderada que la presumible 
por los actos del anterior. 

No me atrevo, por el momento, a dar opinión sobre la que es probable 
que se hará aquí; pero desearía que la política de S.M.I. evitara, ahora, 
cualquier resolución muy decisiva. 

Es mi intención detener el paquete unos pocos días más y espero 
poder, entonces, trasmitirle noticias más completas sobre el estado de los 
asuntos en ésta. En el número incluido de El Mensajero, V.E. encontrará 
las instrucciones dadas al señor García, a que refiere la nota que, con fecha 
de hoy, me dirigió el gobierno. 


172 


Luis Alberto de Herrera 


Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 


OLIVERA A PONSONBY 


Buenos Aires, julio 10 de 1827. Excmo. señor: El infrascrito, encar- 
gado interinamente del ministerio de relaciones exteriores, ha tenido el 
honor de recibir y comunicar a S.E. el presidente de la república la nota 
oficial de S.E. lord Ponsonby, enviado extraordinario y ministro plenipo- 
tenciario de S.M.B., fechada el 9 del corriente, en la que expresa la 
necesidad que existe de que el gobierno haga conocer su resolución 
definitiva sobre la convención preliminar, firmada por los plenipotencia- 
rios de la república y el Brasil, ya que el plazo estipulado por ella, para 
el canje de las ratificaciones expira el 13 del actual. 

El infrascrito, en consecuencia, ha recibido orden de contestar a S.E. 
lord Ponsonby que, en el corto tiempo que ha transcurrido desde el 
nombramiento de S.E., el presidente, no ha podido interiorizarse del 
asunto a que la nota de S.E. refiere y adquirir los informes que su na- 
turaleza exige y, además, y muy especialmente, porque le ha sido ur- 
gentemente necesario dedicar toda su atención a la formación del nuevo 
ministerio. 

Por estas razones, el infrascrito ha recibido orden de trasmitir a S.E. 
lo siguiente : Que del documento existente en este ministerio se desprende 
que la convención preliminar, firmada en la corle de Río de Janeiro el 24 
de mayo de este año, por el plenipotenciario de la república don Manuel 
José García y el plenipotenciario de S.M. el emperador del Brasil, ha sido 
rechazada por el gobierno, con el consentimiento del cuerpo legislativo 
de la Nación, a consecuencia de varias consideraciones y, entre ellas, la 
de que ese documento ha sido suscrito contrariamente a la letra y al 
espíritu de las precisas instrucciones dadas al señor García. 

No obstante, S.E. el presidente ha autorizado al firmante para asegurar 
a lord Ponsonby, con esta oportunidad, que él siempre estará animado de 
los sentimientos de paz y principios de moderación y justicia que la 
república ha manifestado en todas las ocasiones y, muy especialmente, al 


La Misión Ponsonby 


173 


representante de la noble potencia mediadora. Que el más vehemente 
deseo de S.E. será, siempre, concluir y ajustar las diferencias que existen 
entre la república y el imperio, por medios pacíficos, en términos que con- 
templen, a la vez, el honor y los intereses de ambas partes. Que a esta ele- 
vada finalidad tenderán todos sus esfuerzos y que, para alcanzar tan 
importante y noble propósito, confía ser ayudado por los buenos oficios 
de la alta potencia mediadora. 

El infrascrito saluda a V.E., etcétera. — (filmado) Domingo Olivera. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, julio 15 de 1827. Excmo. señor: Aunque no dudo que 
el señor Gordon habrá enviado a V.E. copia de la convención preliminar 
firmada en Río de Janeiro por el señor García, no obstante, juzgo opor- 
tuno adjuntar otra copia de la misma. 

Lamento tener que informar a V.E. que estas gestiones han fracasado 
por completo y, como V.E. está en conocimiento de mis opiniones, antes 
expresadas, no extrañará que no me tome de sorpresa este contratiempo; 
tal vez, si yo hubiera tenido conocimiento de lo que estaba pasando en Río 
y se nos hubiera dado tiempo para trabajar previamente aquí, para 
presentar la convención a este gobierno como un acto completo , habría 
sido posible obtener un resultado más favorable. (1) 

Unos pocos días antes del arribo del señor García, las provincias de 
San Juan, Mendoza y San Luis dirigieron un manifiesto al congreso, que 
fije publicado por la prensa, simultáneamente con una nota del gobierno 
de la provincia de Córdoba, dirigida a mí y a los otros plenipotenciarios 
extranjeros en esta ciudad. La copia de esos documentos, junto con mi 
respuesta al general Bustos, va adjunta (numerada del 2 al 4). 


(I) Aquí, comoen otras partes, el copista — según me lo comunica — , lia suprimido pasajes 
que lia considerado ajenos al lema central de la obra. 


174 


Luis Alberto de Herrera 


Esas manifestaciones, quitaron al presidente casi todas las probabili- 
dades y esperanzas de mantenerse en el poder; pero yo pienso que él creyó 
ver en la convención firmada por el señor Garcíael medio de reconquistar 
su perdida popularidad y, tal vez, de hacer frente a sus adversarios. Este 
plan parece que no estaba mal concebido y pudo obtener éxito, si él no 
hubiera sido personalmente odiado. 

Estaba dirigido a provocar un violento grito de guerra, al asegurar que 
había sido afectado el honor nacional; a demandar de la nación renovados 
esfuerzos; a señalar los grandes peligros que amenazaban al estado y la 
necesidad de encararlos; a atribuir a estos acumulados peligros la razón 
y justificación de su propósito de abandonar su anterior política y a adop- 
tar el sistema federal, aceptando todas las medidas deseadas por las 
provincias y presumiblemente capaces de reconciliarlas, a fin de aunar to- 
das las energías de toda la república en la prosecución de la guerra. 

Fracasó, porque era odiado; pero ha provocado un recrudecimiento 
pro guerra, cuando la paz es necesaria. 

El señor García llegó el 20 de junio. Inmediatamente fue recibido por 
el presidente , enterándolo del texto de la convención; y pronto se supo que 
el presidente se mostraba furiosamente contrario a ella. 

Dos días más tarde, fui invitado a celebrar una entrevista con el 
ministro de relaciones exteriores. Me manifestó que, cumpliendo un 
pedido del presidente, me rogaba lo enterase acerca de lo que el señor 
Gordon me había comunicado respecto al asunto de los preliminares 
firmados por el señor García, habiendo sabido, por el señor García, que 
aquél me había escrito extensamente sobre el particular. Le contesté (con 
toda verdad) que yo no había recibido comunicación oficial del señor 
Gordon, sino una carta privada en la cual me expresaba, muy calurosa- 
mente, su aprobación de la conducta del señor García en Río, haciendo 
resaltar, decididamente, que creía imposible obtener de S.M.I. su asenti- 
miento a mejores condiciones para la república, añadiendo que, en su 
opinión, el anhelo preponderante era el restablecimiento de la paz y que, 
conseguido ese objetivo, el asunto quedaría ventajosa y felizmente 
terminado. 




La Misión Ponsonby 


175 


El ministro me pidió, entonces, mi opinión sobre esa transacción. Le 
pregunté qué uso deseaba hacer el gobierno de ella; si la quena para su 
propia información o para publicarla. Me replicó que la deseaba exclu- 
sivamente para el gobierno. Le declaré que contestaría sin reservas, pero 
que deseaba formularle previamente una pregunta que, replicada, afirma- 
tivamente hacía inútil todo esfuerzo ulterior: “¿Creía él, sinceramente, 
que la república tema los medios de continuar la guerra sin exponerse, en 
el más alto grado, a serios perjuicios y aún a la ruina?” 

Dije que, si la república estaba en un estado que la imposibilitaba para 
la continuación de la guerra, la aceptación de los preliminares de paz era, 
evidentemente, un caso de necesidad política que requería poco tiempo 
para decidir. Si la república no estabaen esas condiciones de incapacidad, 
entonces la cuestión dependía de las probabilidades que los recursos de 
la nación pudieran crear, obteniendo términos más ventajosos por la 
prolongación de las hosliüdades , que si la opinión que se me solicitaba era 
sobre el asunto en general, como el ministro manifestaba, creía indispen- 
sable que se me informara debidamente sobre el verdadero estado del país 
y los elementos con que contaba para proseguir la guerra con el Brasil. 

No recibiendo respuesta a estas preguntas y observaciones, le mani- 
festé que acababa de ver al señor García, sólo por media hora, siéndome 
necesario enterarme por él de todo lo referente a la negociación en Río, 
así también como sobre el verdadero significado de la convención, y oír, 
además, cuál era su opinión sobre las intenciones reales del emperador; 
agregando que, por respeto al gobierno de la repúbüca y por propio deber, 
tenía la obligación de examinar esta importante cuestión con el mayor 
cuidado posible; que así lo haría, poniendo en su conocimiento, dentro de 
pocas horas, la opinión requerida. 

Me manifestó, entonces, que su gobierno había ya estudiado y 
resuelto el asunto, y que sólo esperaba oír mi opinión para comunicar su 
decisión al congreso; que no podía diferir esta comunicación y que urgía 
que le diera un juicio en ese momento. Le hice notar que no había razón 
para esa extrema prisa, que yo sólo requería tiempo para cumplir un deber 
serio, con la debida deliberación y estudio, y que no podía hablar sobre 
asunto tan delicado sin estar preparado, como me hallaba. El ministro me 



176 


Luis Alberto de Herrera 


expresó que, por sí solo, no podía concederme el plazo solicitado, pero 
que trasmitiría al presidente mi pedido y me comunicaría la resolución de 
S.E. 

Le observé, entonces, que, si el presidente no considerara oportuno 
concederme el tiempo requerido para formar y dar la opinión de mí 
recabada, de cualquier manera yo insistía en que se me diera conocimien- 
to de la intención el presidente al enviar la decisión de su gobierno 
(siempre que ésta fuera rechazar la convención) con la anticipación 
necesaria para permitirme formular las observaciones que, en tal caso, 
sería de mi deber presentarle, como ministro mediador. El ministro me 
prometió que así se haría y nos despedimos. 

Dos o tres horas más tarde, recibí del ministro una nota oficial (de la 
que adjunto una copia) comunicándome que el gobierno había resuelto 
rechazar los preliminares y enviar su resolución al congreso, pero que el 
presidente me concedería una audiencia al día siguiente. 

Le escribí, de inmediato, la carta adjunta, diciéndole que lo que yo 
tenía que trasmitir al presidente podía escribirse, y si (como imaginaba 
era el caso) S.E. no deseaba oír de mí sino ese juicio particular que yo me 
juzgaba autorizado a formular, en mi calidad de ministro mediador, 
consideraba mejor evitarle la molestia de una entrevista y limitarme, 
simplemente, a informarle, por escrito, de que el rechazo de la conven- 
ción preliminar pondría término a la mediación británica, a menos que un 
motivo razonable, o muy plausible, fuere hallado para su continuación. 
Que, habiendo sido impedido, por la precipitada decisión del gobierno, 
de emitir una opinión, fundada en razones, acerca del asunto de la 
convención, me veía obligado a exponer meramente mi opinión en sí: 
“Que consideraba las bases firmadas por el señor García eminente e 
inesperadamente ventajosas para la república, pues le dan, en el hecho, 
todo lo que el gobierno podía desear y, al emperador, solo palabras, 
dejándole acrecidas dificultades que encarar”. Y terminaba diciendo que, 
si yo había interpretado mal el sentido de la carta de S.E. a mí y que si el 
presidente deseaba hablarme personalmente, me consideraría honrado de 
visitarle. Al día siguiente, recibí la carta que adjunto informándome que 
el presidente no deseaba hablarme sino recibir la comunicación particular 


La Misión Ponsonby 


177 


que yo había manifestado deseo de hacerle. 

El 25 de junio la resolución del gobierno, rechazando el proyecto y 
presentada en los términos del documento N 9 1 , que incluyo, fue trasmi- 
tida al congreso, acompañada por la correspondencia a ella relacionada 
e incluyendo la nota a que hago referencia más arriba. La comunicación 
del gobierno estaba apoyada por el doctor Gómez, quien hizo una violenta 
declaración contra el señor García, y los preliminares reclamando del 
congreso una inmediata aprobación de la conducta del gobierno. Los 
partidarios de éste, que hablaron, lo hicieron todos en el mismo tono. 

Algunos miembros opinaron que, antes de adoptar una resolución 
definitiva, era necesario conocer la situación del país y solicitaron del 
ministro que diera esos informes pero nada se obtuvo de él. 

La resolución del gobierno fue sometida a la consideración de una 
comisión de cinco miembros, quienes, al día siguiente, se expidieron, 
manifestando que, antes de pronunciarse, el congreso debía de informar- 
se del estado actual del país y de los recursos con que cuenta para 
continuar la guerra. Ese informe fue recibido, según me han informado 
(pues la sesión fue secreta), de la manera más groseramente incivil; sus 
firmantes fueron injuriados y el congreso resolvió que la comisión se 
limitara a proponer en frases apropiadas, la aceptación de la decisión del 
gobierno. Se me dice, que dos de los miembros de la comisión, los 
doctores Moreno y Frías, se rehusaron a hacerlo así y abandonaron el 
recinto. 

Luego el presidente del congreso dirigió una comunicación al ejecu- 
tivo aprobando, ampliamente, la decisión del gobierno, cuya copia ad- 
junto con el N 9 8 (mensaje del congreso al ejecutivo, de fecha junio 28 de 
1827). 

De esta manera, sin previo y concienzudo examen, por el congreso, 
de las condiciones en que se halla el país, de cuyo resultado dependía el 
mérito o demérito de la convención, fue tomada esa importante resolu- 
ción; pero todos los partidos teman razones de interés privado para ad- 
herir al grito de guerra lanzado por el presidente. 

Al mismo tiempo que éste enviaba al congreso la nota a que acabo de 



178 


Luis Alberto de Herrera 


referir, presentaba, también, su dimisión del cargo. Parece que él abrigaba 
alguna esperanza de que el congreso decidiera que continuara rigiendo 
los destinos del país, hasta que desaparecieran las turbulencias que lo 
agitan. Sus amigos trataron de interponer su influencia para alcanzar el 
logro de ese fin, pero sin resultado. 

La renuncia fue aceptada el 30. Cincuenta miembros estaban presen- 
tes; cuarenta y ocho votaron aceptando su dimisión y sólo dos votaron en 
contra (mensaje de fecha junio 30 de 1827, aceptando la renuncia de 
Rivadavia). 

El 3 del actual, el congreso decretó la formación de un nuevo gobierno 
provisorio, determinando — como V.E. observará por la copia que 
incluyo de ese decreto — las atribuciones y objeto del mismo (ley de fecha 
julio 3 de 1827). 

El 6 del corriente, fue elegido el doctor López para el cargo de 
presidente provisional de la república. 

Este declinó, en el primer momento, pero, luego, fue inducido por el 
congreso a aceptar. Adjunto una copia del mensaje al congreso lanzado 
con este motivo. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, julio 15 de 1827.Excmo. señor: El 9 del corriente envié 
al ministro interino de relaciones exteriores la nota cuya copia incluyo, 
estableciendo la necesidad en que estaba de trasmitir a la corte de Río de 
Janeiro, por intermedio del enviado extraordinario de S.M. en el Brasil, 
una relación de lo ocurrido aquí, respecto a la convención preliminar, 
firmada en Río, y expresando el deseo de que se me enviara — siempre 
que no fuera molesto para el gobierno — una notificación oficial de su 
rechazo. 

El 10, recibí unanota (de laque adjunto copia) en la cualevidenlemen- 



La Misión Ponsonby 


179 


te el gobierno ha tratado de proceder, en cuanto ha podido, de conformi- 
dad con los sentimientos que deben animarlo en todos los asuntos en los 
cuales interviene el gobierno de S.M. Me place comprobar por ella que 
imperan ideas más moderadas, respecto a la guerra, de las que han estado 
de moda en época reciente. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, julio 15 de 1827. Excmo. señor: En mi despacho N g 16, 
puse en conocimiento de V.E. mis presunciones de que, tal vez, en fecha 
próxima, fuera prudente, si no necesaria, la presencia aquí de alguna de 
las unidades navales de S.M.; que había escrito al contralmirante sir 
Robert Otway; informándole de mi opinión y que éste, en consecuencia, 
había dado órdenes al capitán Coghlan, del buque de S .M. Forte, para que 
procediera como las circunstancias lo impusiesen. Siempre temí que se 
produciría una peligrosa crisis en el momento de decidirse la paz o la 
guerra y supe, a la llegada del señor García, cuando esa cuestión debía ser 
resuelta, que fuerzas considerables habían sido movilizadas en las 
provincias y estaban prontas a marchar sobre la ciudad, con el fin de 
derrocar al presidente, señor Rivadavia. Era imposible aseverar que el 
presidente no trataría de resistir, o vaticinar cuáles serian las consecuen- 
cias de un conflicto armado de los partidos. 

En tal ocasión, el presidente excitó las pasiones populares a un alto 
grado, por sus artes, practicadas en público, y en privado, dirigiendo las 
cóleras de la extraviada multitud contra el señor García, quien, con razón, 
temía ser víctima de algún acto violento, y aun por su vida. Envío a V.E. 
algunos de los ejemplares de los carteles que fueron fijados en los muros 
y casas de la ciudad, los que, según informes dignos de crédito, fueron 
colocados por agentes del gobierno e imprimidos en la imprenta oficial. 

Ya anteriormente he descripto la contextura moral de los elementos 



180 


Luis Alberto de Herrera 


que integran las fuerzas militares, aquí, y la poca confianza que se podrá 
depositar en ellas, en caso de surgir dificultades. Los diarios propagados 
por el señor Rivadavia, difamaban constantemente a la legación de S.M., 
insinuando contra ella las peores sospechas y describiendo sus actos 
como dirigidos a acarrerar deshonor y agravio a la república. 

En fin, era evidente que el supremo magistrado, que debía ser guar- 
dián de la paz y de las leyes, estaba estimulando al populacho ignorante 
al desorden y a la violencia. Yo presentía que, de un momento a otro, 
podrían ser atacados los súbditos ingleses y sus propiedades, y aun in- 
sultada la legación de S.M., y que el señor García pudiera ser encarcela- 
do por el presidente, para ser sacrificado a sus actuales propósitos. 

En este estado de cosas, consideré que llegada la hora de buscar 
protección, sin hacer ruido; y entonces, escribí al capitán Coghlan, del 
buque de S.M. Forte, quien, con su característico celo y energía, inme- 
diatamente penetró con la fragata en el río, habiendo solicitado permiso 
del almirante brasileño, para cruzar la línea del bloqueo, en virtud de tener 
que trasmitirme, personalmente, asuntos de importancia. 

Cuando llegó el Forte, ya se había producido la derrota del señor 
Rivadavia, desapareciendo, por consiguiente, el peligro de una visita de 
las tropas o vabagundos armados de las provincias. Sin embargo, opino 
que la llegada del barco fue sumamente provechosa, pues mostró, a quie- 
nes pudieran pensar en cometer atropellos, que sus actos no quedarían en 
la impunidad. 

El señor García también pareció haber recobrado ánimo y manifestó 
Su intención de defenderse, lo que no había querido hacer antes, siendo 
esta actitud el primer contraste sufrido por el estúpido y violento clamor 
de guerra. E. Forte partió de aquí el 7 del actual. 

Me permito expresar mi reconocimiento al capitán Coglilan por su 
celo y actividad, a los cuales somos deudores de segura garantía contra 
atentados o injurias. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera.- (fumado) John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 



La Misión Ponsonby 


181 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, julio 20 de 1827.Excmo. señor: En mi despacho N 9 34, 
tuve el honor de enterar a V.E., tan brevemente como me fue posible, de 
los acontecimientos que se habían desarrollado aquí desde el arribo del 
señor García hasta la constitución del nuevo gobierno. 


Estudiando la convención, juzgué que ofrecía muy grandes ventajas 
inmediatas y que aliviaba a este país de la presión que sufre, libertándolo 
de un estado de cosas que amenaza su desarrollo y prosperidad; que, al 
mismo tiempo, protegía la propiedad británica, aprisionada aquí y tal vez 
expuesta a desaparecer. Además, aprecié los vehementes deseos del 
gobierno de S.M., manifestados siempre en favor de la restauración de la 
paz. 

Con esta opinión sobre el asunto, tomé todas las medidas que 
consideré del caso adoptar, como amistoso y neutral mediador, para apo- 
yar la convención y, llamado por el gobierno para expresar mi opinión 
sobre la misma, habiéndoseme denegado por el presidente la pequeña 
demora que solicité para presentar mi respuesta y las razones en que la 
fundaba, manifesté, en forma rotunda, mi decidida aprobación; esforzán- 
dome, al mismo tiempo, por obtener un más detenido examen de tan 
importante asunto, mediante la insinuación al gobierno de que, el rechazo 
de la convención, podría afectar la mediación de S.M. Temo que mi 
actuación en el caso pueda hacer suponer a V.E. que me he desviado de 
las opiniones que constantemente he formulado sobre el poder de este 
país para continuar la guerra. Sin embargo, le ruego observe la diferencia 
que hago entre el poder, absolutamente hablando, de sostener la guerra y 
las ventajas de hacer cualquier sacrificio para terminarla, cuando el país 
está en un terrible estado de debilitamiento y confusión. 

Estoy bastante seguro de que la república puede prolongar la contien- 
da, tal vez indefinidamente, contra los brasileños, si éstos siguen mos- 
trándose tan incapaces de practicar las energías guerreras, tanto por tierra 
como por mar; pero yo sé que se prolongaría al precio de grandes males, 



182 


Luis Alberto de Herrera 


particularmente, el representado por el golpe, casi mortal, que recibiría el 
avance de la civilización, etcétera. Es evidente para mí que la civilización, 
prosperidad y cultura de esta república depende, casi exclusivamente, de 
su libre comunicación con Europa; y el Plata es la única vía para 
establecer contacto con esa fuente de bienes para ella. 

El bloqueo, por consiguiente, precipitará a este pueblo hacia la 
barbarie: afectará en todo sentido, al inmenso territorio que se extiende 
hasta los Andes. Forzará, también, aestepaísaadoptar públicamente otro 
sistema de guerra, muy lamentable: la guerra del pillaje y la devastación, 
arrojando a unas poblaciones contra otras, sin respetar derechos ni prin- 
cipios, por elementales que sean. Sería esto muy dañoso para este país, 
pero tal cosa no hará avanzar una pulgada los propósitos del emperador. 

A los brasileños no se les ocurrirá nunca atacar por mar esta ciudad 
y, aproximarse aellapor tierra, parece imposible; si lo hicieran, su derrota 
sería segura. 

La repúbüca puede renunciar a forzar la entrada del río y, por lo tanto, 
a lodo gasto con este fin; pero los brasileños deben continuar mantenien- 
do una poderosa escuadra, que les demanda grandes erogaciones, para 
bloquearlo; de lo contrario, resignarse a perder la única arma con que 
pueden perjudicar a su enemigo. Los republicanos también pueden 
disminuir, casi a nada, los gastos de su ejército; en el hecho, reducirlo o 
suprimirlo, porque sería suficiente azuzar a la gente desordenada de las 
zonas colindantes y lanzarla, por los puntos vulnerables, sobre las 
provincias del emperador, bajo el estímulo del pillaje, para sostener la 
guerra, con tanta eficacia como hasta ahora con sus tropas regulares. 

Pero el emperador estará obligado a mantener un ejército para 
proteger a su pueblo que, parece, no puede o no quiere defenderse por sus 
propios medios, y, por lo tanto, no podrá disminuir los gastos que le 
ocasiona la campaña por tierra. Por consiguiente, será una guerra de 
finanzas: la república gastando poco, relativamente, y el imperio mucho 
más, creo, de lo que puede producir. Y es de hacer notar que ni el bloqueo, 
ni todo el despliegue de las fuerzas navales, impedirán a los corsarios 
cebarse en el comercio de S .M.I. en toda la costa de su inmenso territorio. 



La Misión Ponsonby 


183 


Así juzgadas las cosas, yo creo que los que estiman al objeto en 
disputa digno de pelear por él, a riesgo de pérdidas tales como las que 
caerán sobre Buenos Aires, no van descaminados en sus planes y, por mi 
parte, más creo en laposible adversidad del emperador que en su victoria. 

Como un apoyo a lo que dejo expuesto, mencionaré lo siguiente: los 
planes secretos del general Lavalleja, quien ha partido a tomar el mando 
en jefe enlaBanda Oriental. He recogido su noticia en fuente segura. Creo 
que el gobierno no los conoce. Aquél, espera poder demostrar a los 
habitantes de Río Grande que tiene suficiente poder como para proteger- 
los y, entonces, por la persuasión, inducirles a declarar a su provincia 
independiente del imperio y a unirla alaBanda Oriental. Mees imposible 
calcular las fuerzas que tiene a sus órdenes, pero él es el jefe favorito de 
los orientales, oriental él mismo y con enorme popularidad en las 
provincias linderas. Es, por tanto, casi seguro que tendrá con él a todos 
los hombres que en esas regiones puedan proveerse de un caballo y un 
sable, o que él se los proporcionará. Es público, aquí, que, a su llegada al 
cuartel general, todos los oficiales porteños abandonarán el ejército 
voluntariamente o serán obligados a hacerlo así. No pretendo vaticinar el 
resultado que los planes de Lavalleja puedan obtener; pero, el hecho de 
él alentarlos, demuestra dos cosas : el escaso, si se me permite decirlo así, 
interés propio que Buenos Aires debe tomar en la guerra y, luego, los 
peligros a que el emperador se expone en la prosecución de la misma. Es 
una verdad que yo a menudo he mencionado: los orientales odiana ambas 
partes. 


Me permitiré, ahora, decir algunas palabras sobre ese asunto (la 
mediación). Estoy penetrado de su deseo de que estas gentes sean tratadas 
con dulzura, toda la razonable tolerancia y tanta atención como pueden 
merecer del gobierno de S.M. Es innegable que el gobierno del señor 
Rivadavia (aunque tal vez tardíamente y por motivos indebidos) accedió 
a todas las proposiciones o, por lo menos, a las partes esenciales, que yo 
había tenido el honor de ser autorizado a proponerle. Es también innega- 
ble que es en Río de Janeiro donde vemos la más acérrima persistencia 
y completa adhesión a todo lo que anteriormente había demandado ese 



184 


Luis Alberto de Herrera 


gobierno, que es lo que un gobierno completamente victorioso podría 
exigir: la concesión de todo lo que se disputa por las armas. 

Conservo en la memoria las palabras de su despacho N 9 3, de 1826: 
“Las simpatías del gobierno británico estarán a favor de aquel beligerante 
que demuestre mejor disposición para poner a la contienda una amistosa 
terminación, etcétera” y yo estoy cierto de que si el gobierno de S.M. es- 
tuviera descontento con el giro que los acontecimientos han tomado, no 
dirigiría principalmente su disconformidad contra este país, aparente- 
mente la parte más débil, y también, por cierto, la menos agresiva de las 
dos. De consiguiente, cuidadosamente he evitado poner fin a la media- 
ción. Por lo contrario, he estimulado al presidente a mantenerla abierta, 
aventurándome a sugerirle el modo por el cual, sin comprometerse él ni 
su pueblo, pueda dejar en pie las negociaciones de paz, bajo los auspicios 
poderosos de nuestro rey y señor. 


He considerado de mi deber hacer resaltar este punto en mis conver- 
saciones con el nuevo presidente, animado del deseo de rectificar, si es 
necesario, las absurdas versiones que malignamente se han hecho circu- 
lar, atribuyendo a Gran Bretaña, intenciones determinadas y egoístas al 
intervenir, en la forma que lo ha hcho, en la diferencia pendiente entre los 
beligerantes . Tenía presente la parte final del despacho N 9 2 1 , dirigido a 
mí, de 27 de mayo de 1826, donde V.E. aludía a los celos y a las in- 
terpretaciones torcidas dadas a la intervención del gobierno británico. 

Manifesté a S.E. que había observado que prevalecía el hábito de 
atribuir al gobierno británico miras interesadas con respecto a este país; 
que estas versiones eran propaladas por personas que debían estar mejor 
enteradas que nadie de la verdad y altamente colocadas en el país; y que 
yo creía conveniente, para el bien común, demostrar a S.E. que la malicia 
o la ignorancia eran la causa de esos díceres. Le expresé, cortésmente, al 
respecto que mi intención era hablar, entendiendo que el mejor modo de 
evidenciar la falsedad de esos cargos consistía en probar que ellos no 
podían ser ciertos. 

Por lo tanto, con su autorización, examinaría los intereses que podían 



La Misión Ponsonby 


185 


influenciar la conducta del gobierno británico con respecto a este país. Le 
precisé a S.E. el monto de nuestro comercio y del valor de la propiedad, 
en tierras y casas, pertenecientes a ingleses radicados aquí y, una vez 
puestos de acuerdo, mediante preguntas y respuestas, sobre el valor que 
podía asignársele, le interrogué si él creía que el gobierno del país más 
rico del universo podía ser perturbado en sus decisiones por tan insigni- 
ficantes motivos pecuniarios, inferiores en monto aún al caudal que 
muchos comerciantes de Inglaterra mueven diariamente con desinterés y 
hasta con indiferencia. 

Le rogué que volviera los ojos a todos los asuntos políticos de ac- 
tualidad y que me señalara, si le era posible, cuál podía imaginarse que 
afectara a Gran Bretaña en el más remoto grado. Siendo tal el caso me 
producía asombro que hubiera un hombre de sentido común que diera 
crédito a tan absurdas versiones. 

Agregué que Gran Bretaña había demostrado a la república una muy 
marcada simpatía, porque constituía un país nuevo, al que esa buena 
voluntad le era conveniente y porque la inteligente política de los mi- 
nistros de S.M. les hacía ver en la mayor prosperidad aun de lospaíses más 
remotos, el acrecentamiento del honor del propio y el bienestar general. 
El presidente oyó deferentemente toda mi exposición y creo dejé en su 
ánimo una impresión favorable, que será útil para destruir las absurdas 
falsedades que se han propalado al exterior. Confío que esta aparente 
prevención contra Inglaterra (intencionalmente la denomino aparente), 
cesará cuando la influencia y el ejemplo del señor Rivadavia sean 
completamente extinguidos. El, ya casi lo está, y las revelaciones que 
posiblemente se harán, consumarán probablemente su público fracaso. 

Como enemigo nuestro que es, trató de introducir ideas francesas y de 
despertar preferencias por esa nación, pero juzgo, que sin éxito. He 
reservado para el final de ésta algunos comentarios sobre el señor García; 
pero considero mejor dejar la defensa de su conducta a su propia pluma. 
V.E. la encontrará en la exposición cuya copia adjunto. Ese documento 
ya ha producido un notable camino en los sentimientos de este pueblo 
hacia su autor y, tal vez, una alteración en sus ideas respecto a la paz. 



186 


Luis Alberto de Herrera 


Debo mencionar, al pasar, un hecho curioso, y es que, aún hoy, la 
convención no es entendida ni aun por la clase elevada aquí y, hombres 
que ocupan altos puestos públicos, todavía se equivocan totalmente sobre 
el significado de algunas de sus cláusulas. 

El señor García cree que la paz será reclamada, más o menos dentro 
de tres meses, pues dentro de ese lapso de tiempo las penurias del país se 
habrán hecho sentir. Considera que el emperador seguirá dispuesto a ha- 
cer la paz sobre las mismas bases que recientemente ha propuesto. Lo 
contrario, sería extraño, porque no puede desearlas mejores. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 

PONSONBY A CANNING 

Buenos Aires, julio 20 de 1827. Excmo. señor: En mi despacho N 9 38, 
he hablado, con alguna extensión, sobre los medios de que disponen las 
partes beligerantes. S.M.I. el emperador del Brasil y la república de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata, respectivamente, para continuar la 
contienda en que están empeñados. 

Creo de mi deber someter, ahora, a la consideración de V.E. ciertas 
ideas que, tal vez corregidas y modeladas por el gobierno de S.M. , pueden 
servir de base a un proyecto para el cese de las hostilidades entre las par- 
tes, arriba mencionadas. 

Espero que V.E. me hará la justicia de creer que, al someterle mis su- 
gestiones, imperfectas, he creído solamente cumplir con mi deber y de 
ninguna manera, impulsado por la pretensión de aconsejar a personas 
mucho más calificadas que yo para apreciar y comprender el asunto, bajo 
todos sus aspectos y condiciones. 

Doy por establecido que S.M.I. no tiene poder bastante para someter 
a su autoridad la Banda Oriental, con excepción de ciertas fortalezas 
actualmente ocupadas por sus tropas. También doy por establecido que 


La Misión Ponsonby 


187 


la república no tiene medios de arrancar as fortalezas del poder de 
S.M.I. A las anteriores conclusiones, agrego otras, que no pueden ser 
discutidas. 

Afirmo que los gastos y pérdidas, de toda índole, que los beligerantes 
soportan, a causa de la guerra, exceden, infinitamente, al valor que se le 
puede asignar al objeto que se empeñan para obtener. 

Yo creo que, actualmente, el motivo primoroial que prolonga la 
contienda, es el orgullo. 

Si mi proposición fuera exacta y bien fundada (como creo que cual- 
quier hombre instruido e imparcial, ampliamente informado del estado de 
estos asuntos, la consideraría), juzgo que sería prudente dirigir los 
esfuerzos de los que pugnan por la pacificación al descubrimiento de 
medios para suavizar y adormecer esa violenta pasión. ¿No sería posible 
lograr ese fin abriendo una negociación en la que ni una sola palabra se 
dijera del título o reclamo, de una u otra parte, sobre la disputada 
provincia, pero en la cual se comprometieran, simplemente, ambos 
beligerantes, a pactar la paz y a la adopción de una amistosa política y de 
relaciones comerciales cordiales? Por este procedimiento se ahorraría a 
S.M.I. el dolor de hacer una concesión cualquiera a la república. 

Sería dejado en completa libertad de entregar a los orientales, si él lo 
considerara conveniente más adelante, como una gracia otorgada volun- 
tariamente y bajo las condiciones que decidiera dictar, esa soberanía que 
ahora pretende ejercer a título del irresistible y ardiente anhelo de los 
habitantes de la provincia. 

Sin duda, la república no haría objeción, entonces, a la renuncia de 
toda reclamación que pueda tener sobre la Banda Oriental, sea cual fuere 
el título; y fácilmente se acordaría la prohibición de cualquier futura 
incorporación o conexión política estrecha, capaz de dar lugar a celos y 
temores de poder alguno. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) John Po.i- 
sonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 



188 


Luis Alberto de Herrera 


CANNING A PONSONBY 

Londres, julio 20 de 1 827. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. señor: 
Los despachos de V.E. , hasta el N g 24, inclusive, y uno del señor Parish, 
N 2 25, han sido recibidos y presentados al rey. 

El gobierno de S.M. se ha enterado, con gran satisfacción de la 
acertada decisión tomada por el gobierno de Buenos Aires, de enviar un 
plenipotenciario al Brasil, cuyo arribo y cordial recepción en Río de 
Janeiro nos ha sido comunicado, en su último despacho, por el señor 
Gordon. 

Saluda a V.E. con toda consideración. — (firmado) George Canning. 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, julio 22 de 1827. Excmo. señor: 


Abrigaba la esperanza de tener noticia de alguna resolución del 
gobierno, con el fin de mantener abiertas las negociaciones de paz, pero 
el presidente me manifestó ayer que su gobierno consideraba suficiente 
la última comunicación trasmitida por mí al señor Gordon. 


He tenido con el presidente varias conversaciones privadas; está en 
muy buenas relaciones conmigo, y supongo que también agradecido, por 
el interés que he demostrado en allanar todas las dificultades. Le he ex- 
puesto mi opinión, lisa y llana, sobre la situación del país, en lo referente 
a sus asuntos internos y externos, esforzándome en convencerlo de la 
imperiosa necesidad de obtener la paz, a menos que él prefiera exponer 
a la destrucción y a la ruina la prosperidad de la nación. Parece coincidir 
con mi modo de pensar; pero, naturalmente, se mostró muy parco en sus 


La Misión Ponsonby 


189 


respuestas . No desespero de obtener su aceptación de algo muy semejante 
a las bases de paz que lie mencionado en mi despacho N 9 


El presidente me manifestó, con entera franqueza, que había cedido 
a las instancias de su ministro Anchorena, viéndose obligado a ello por- 
que no encontraba a nadie que aceptara el cargo, estando, por tanto, en 
poder de su actual ministerio. Me dijo que tenían cuatro mil hombres en 
la Banda Oriental; pero que no podía afirmar que estuvieran equipados o 
pagos. Su gran preocupación parece consistir en reconciliar a las provin- 
cias y, en esto, no dudo que obtendrá éxito. La caída del gobierno de Ri- 
vadavia, fue celebrada en Córdoba con toda clase de festejos y he oído 
decir que se ha iniciado allí un proceso criminal contra él, acusándolo de 
traición. He esperado, hasta último momento, con el linde trasmitir a V.E. 
las noticias más recientes, rogándole perdone la minuciosidad con que le 
informo hasta de los menores detalles. 

He podido convencerme de que el presidente no sabe qué medidas 
adoptar en los actuales momentos y aguarda el desarrollo de los aconte- 
cimientos para tomar resoluciones que satisfagan a la opinión pública. 

Saludo a V.E. etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Canning, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, agosto 10 de 1 827. Excmo. señor: El emperador don 
Pedro y sus ministros están evidentemente muy contrariados por la no 
ratificación en Buenos Aires de la convención preliminar del señor 
García. Las seguridades dadas por aquel pleiúpotenciario, en Río de 
Janeiro, no les dejaban duda del buen éxito de su misión y los preparativos 
para continuar la guerra se habían relajado mucho, cuando la inesperada 
noticia del fracaso del señor García llegó a esta capital. 

Resuello el emperador a no ceder su soberanía sobre la provincia 



190 


Luis Alberto de Herrera 


Cisplatina, en lo que parece, apoyado por la opinión pública, no se tienen 
más esperanzas de paz y se emplean nuevas energías en continuar las 
hostilidades. El ministro de relaciones exteriores ha enviado un mensaje 
a las cámaras, pidiendo se le suministren nuevos recursos en dinero, pues 
los que hoy tienen son deficientes hasta el extremo; además, la escuadra 
que estaba pronta a partir para Leghom con el propósito de traer a la 
prometida del emperador se halla ahora detenida para utilizarla en el Río 
de la Plata. 

Tengo el honor de acompañar una traducción del discurso del mar- 
qués de Queluz, pronunciado en la cámara de diputados, en el cual, muy 
imprudentemente, estalla en censuras contra el gobierno republicano. Es 
verdad que toda esperanza de renovar las negociaciones se ha desvane- 
cido y que el tono intemperante de los diarios de Buenos Aires ha exas- 
perado mucho al emperador pero parece insensato de parte del gobierno 
brasileño alejar así, caprichosamente y más aún, el principal objeto, o sea 
la paz, vivamente deseada y que es, en efecto, necesaria para su propia 
conservación. 

El marqués de Barbacena ha llegado recién del campo de la guerra, y 
no obstante el deshonor que puede decirse cupo al ejército a sus órdenes, 
durante la última campaña, apesarde las poderosas intrigas que, sin cesar, 
se han usado contra él durante su ausencia, ha sido perfectamente recibido 
por el emperador. Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, agosto 18 de 1827. Excmo. señor: A pesar del pésimo 
aspecto de los asuntos entre este país y Buenos Aires, desde la desapro- 
bación al señor García por su gobierno, no he creído deber abandonar las 
tentativas para alcanzar un objetivo de tan general utilidad cual es el cese 
de las hostilidades, en tanto no sean rechazadas, en absoluto, por el 




La Misión Ponsonby 


191 


emperador don Pedro. 

Sabiendo las dificultades a que está hoy expuesto este país por la gue- 
rra, y el sincero anhelo del emperador de verse libres de ellas, en cir- 
cunstancias en que sus próximas nupcias embargan todos sus pensamien- 
tos, he propuesto a S.M.I. acceder a términos de paz según los cuales 
ambas partes se reservarían sus derechos y pretensiones, tales como exis- 
tían antes de la guerra, abandonando el asunto de la provincia Cisplatina, 
sobreentendiéndose que inmediatamente se iniciará una negociación 
para definir sus respectivos derechos y determinar el destino de esa 
provincia. 

Es motivo de honda satisfacción para mí poder informar a V.E. que 
el emperador, accediendo a mi proposición, me ha autorizado a comuni- 
car al gobierno de Buenos Aires, que está pronto a hacer la paz sobre los 
términos arriba mencionados. 

S.M.I. sin embargo, considera esto más bien un armisticio, cuya 
duración anhela asegurar al menos por dos años y para lo cual gustoso 
aceptaría la garantía de Gran Bretaña. 

Naturalmente que esto lo he rehusado; pero me he aventurado a 
manifestarle que Inglaterra con la mejor voluntad, extendería su media- 
ción a la negociación que se inicie respecto a la disputada provincia; y he 
demostrado que la intervención de un negociador británico virtualmente 
impediría una ruda o caprichosa renovación de las hostilidades. 

N. veo cómo la república de Buenos Aires puede rehusarse a la 
proposición, como la ha sancionado el emperador. Me propongo adelan- 
tarla a lord Ponsonby y sólo siento no tener otros medios de comunicár- 
sele antes del arribo del próximo paquete de Buenos Aires, hallándose 
ausente el almirante Otway, que ha dejado esta estación con todos los 
buques bajo su mando. Tengo, etcétera. — (firmado) 7?. Gordon. 

A S.E. el conde de Dudley, etcétera. 



192 


Luis Alberto de Herrera 


CANNING A PONSONBY 


Agosto, 28 de 1827. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. señor: Por 
el despacho al señor Gordon, cuya copia adjunto, V.E. se enterará de la 
opinión del gobierno de S.M. sobre los preliminares de un tratado entre 
el Brasil y Buenos Aires firmados por el señor García. 

El encargado de negocios de Buenos Aires, con quien he cambiado 
ideas sobre el particular, me expresó grandes dudas sobre la aprobación 
de la convención, por su gobierno. Los términos en que está concebida, 
no son ciertamente tales como estimular a V.E. a apremiar por su acep- 
tación, como podía haberlo hecho si aquellos fueran más equitativos. 
Considerando, sin embargo, lo mucho que Buenos Aires ha sufrido por 
la prolongación de la contienda y que la terminación de las hostilidades 
es de mayor importancia que las condiciones exigidas para el restableci- 
miento de la paz, V.E. aplicará acertadamente su influencia allanando las 
dificultades que el orgullo nacional pudiera levantar contra los artículos 
propuestos. 

Si, como parece probable, la Banda Oriental, motivo originario de la 
contienda, aunque colocada por el tratado bajo el dominio nominal del 
emperador del Brasil, consigue obtener una especie de independencia, lo 
que fue, a primera vista, el gran obstáculo para el arreglo, quedaría de 
hecho removido. Por lo demás, la república debe considerar si la prolon- 
gación de la lucha podrá acarrearle más favorable resultado y si las 
probabi idades de mejor éxito son suficientes para compensar los positi- 
vos males provenientes de la continuación de la guerra. 

Me abstengo intencionalmente, de extenderme sobre estos tópicos, 
desde que es muy probable que, antes de que este despacho llegue a poder 
de V.E., el gobierno de Buenos Aires habrá tomado alguna decisión y ya 
estará bien ratificada la convención, o renovada la guerra con redoblada 
hostilidad por ambas partes. 

Saludo a V.E. etcétera. — (firmado) George Canning. 


La Misión Ponsonby 


193 


PONSONBY A CANNING 


Buenos Aires, setiembre 9 de 1827. Excmo. señor: 


(Sobre finanzas) 


No obstante ese estado de cosas, soy de opinión que, en los actuales 
momentos, se encontrarán grandes dificultades para restablecer la paz y 
que ninguna proposición a su favor está escuchada, a menos que se funde 
en la libertad absoluta de la Banda Oriental respecto del imperio del 
Brasil. 

Han circulado versiones que atribuyen diversas proposiciones pací- 
ficas como próximas a ser hechas por el gobierno brasileño, por interme- 
dio del señor Gordon, ministro de S.M. en Río de Janeiro. 

Muchas personas aseguran que Inglaterra tendrá el dominio de la 
provincia de la Banda Oriental, dejándole la denominación y la bandera 
de un estado libre. Me ha sorprendido comprobar la poca o ninguna 
desaprobación de esas versiones, por parte de muchos que han sido, hasta 
hace poco, los más vehementes contra Inglaterra. 

Antes que ésta llegue a sus manos, V.E. se habrá enterado de las 
proposiciones (si existen) hechas desde Río; por eso me abstengo de 
hacer comentarios al respecto; pero, como estoy convencido que la paz 
sólo puede concertarse sobre la base del total renunciamiento de S.M.I. 
a la posesión de la Banda Oriental, y como abrigo temores de que ni aun 
esa proposición pueda prosperar al presente, por razones que más 
adelante expresaré, me ha parecido oportuno insinuarle al señor Gordon 
que, si S.M.I. estuviera dispuesto a hacer la paz sobre esa condición, le 
sería fácil obtenerla por medio de los orientales mismos. 

El general Lavalleja secundaría, solícitamente, al emperador en esta 
empresa, y la república debe, voluntariamente o no, hacer la paz si los 
orientales la desean. Yo temo que S.M.I. no encontrará esta solución la 
más ventajosa para él. 


194 


Luis A Iberio de Herrera 


Las razones que tengo para sospechar que puedan surgir ahora obs- 
táculos que impidan la realización de la paz, aun sobre la base de la 
independencia mencionada, se fundan en una conversación que he man- 
tenido con el primer ministro, en la cual se negó a darme una contestación 
definitiva a la pregunta de si él creía que su gobierno haría la paz sobre 
la base de la completa independencia de la Banda Oriental. 

Fracasé en las diversas tentativas que hice en ese sentido y todo lo que 
pude obtener fue la manifestación de que su gobierno deseaba reconciliar 
a las provincias y que ninguna resolución sería tomada prescindiendo de 
ellas. 

Abrigo serias dudas sobre la creencia de los jefes y juntas de las 
provincias de que la paz sea hecha contemplando su conveniencia. Sé que 
el gobernador de esta provincia (Buenos Aires) es partidario de la guerra, 
si es posible llevarla adelante. 

Esta, actualmente, no herirá mucho a los intereses locales, pues los 
imperiales son demasiado inertes para mantener el bloqueo. Para quienes 
estamos aquí, resulta altamente ridículo suponer que ellos harán nada que 
requiera actividad, astucia o coraje. Por lo tanto, mantengo mi opinión de 
que la guerra puede prolongarse considerablemente y que S.M.I. será 
quien, finalmente, experimentará más sensiblemente sus consecuencias. 

Creo que el primer ministro desea la paz, aunque disertó, sobre planes 
de naturaleza muy belicosa, en forma tal como para demostrar que 
estaban a estudio de su gobierno. 

Sin embargo, sus deseos personales, aunque tal vez sostenido por un 
considerable partido, aquí no prevalecerán, creo, sobre las inclinaciones 
del gobernador, apoyado por las provincias y el bando de los propietarios, 
que fomentarán todo deseo bélico. 

Estas son algunas razones en que me baso para desear que el em- 
perador se valga de los orientales para imponer la paz, porque considero 
que S.M.I. sólo alcanzará deshonra para sus armas y grave daño para sus 
finanzas, insistiendo en mantener un título y una autoridad negada y 
rechazada por los mismos a quienes él no puede compeler a la sumisión. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera.- (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Camiing, etcétera. 


La Misión Ponsonby 


195 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, setiembre 21 de 1827. Excmo. señor: Con referencia 
a mi despacho N 2 12, enviado por el último paquete, anunciando nuevas 
perspectivas de pacificación entre este país y Buenos Aires, tengo ahora 
el honor de adelantar a V.E. copia de mi correspondencia con el marqués 
de Queluz y del despacho que he dirigido a lord Ponsonby sobre el 
particular. 

El convenio que ahora se intenta entre los beligerantes puede parecer 
poco satisfactorio, por cuanto no tiende a remover la causa originaria de 
la guerra; pero debe notarse que, en el hecho, no está en el poder de las 
partes contratantes, aun coincidiendo en sus vistas, determinar el destino 
de la Provincia Cisplatina, estando sus habitantes resueltos a batirse por 
su propia causa y obtener su independencia. Confío, pues, en el gobierno 
de S.M. valorará una tregua que, si felizmente se alcanzara, lograría, por 
lo menos, revivir el comercio en este hemisferio, levantando el bloque del 
Río de la Plata y limpiando la costa del Brasil de piratas y corsarios. 

Como la forma adoptada por el marqués de Queluz, al articular los 
términos que sometí a la sanción del emperador, no parecían los más 
adecuados para obtener la aprobación del gobierno de Buenos Aires, y 
además, llamaban a una intervención más decidida de parte del gobierno 
de S.M. de la que yo podía ofrecer, he aconsejado se modifique, como 
aparece en la correspondencia que incluyo y de manera que espero con 
entera confianza serán aprobados por el gobierno de Buenos Aires. 
Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde de Dudley, etcétera. 

GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, octubre l 2 de 1827. Excmo. señor: Las caitas que he 
recibido de lord Ponsonby, por el paquete que sigue para Inglaterra con 
el presente despacho, dan cuenta tan poco satisfactoria de la disposición 




196 


Luis Alberto de Herrera 


del gobierno de Buenos Aires para hacer la paz, que temo que las pro- 
posiciones que tuve el honor de adelantar a V.E., en mi despacho N e 2 1 , 
sean rechazadas. 

Este temor es el que me impulsa a molestar a V.E. con algunas 
observaciones sobre el extraordinario aspecto de esta guerra, que, si con- 
tinúa a pesar de las bases últimamente propuestas, parece, en mi humilde 
opinión, demandar una intervención directa de Gran Bretaña. No sólo 
porque tal continuación no puede justificarse, con razón ni pretexto; no 
porque la guerra sea muy perniciosa para los intereses de Gran Bretaña, 
haciendo peligrar su tráfico sudamericano, sino poique se hace desafian- 
do la ley de las naciones, con pérdida de vidas británicas y a costa del 
honor británico. 

Las principales y, en realidad, las únicas operaciones de guerra, se 
hacen por mar. No entre brasileños y españoles sino por extranjeros, en 
su mayoría ingleses; y no es alejarse de la verdad decir que la guerra entre 
Brasil y Buenos Aires se mantiene actualmente entre ingleses, en directa 
contravención de las leyes de Inglaterra, con capital británico, y, todavía, 
manifiestamente en contra de los intereses británicos. 

No hay menos de 1.200 marineros ingleses en la flota brasileña, y 
lamento tener que anunciar a V.E. que varios centenares de ellos son 
desertores de la armada de Gran Bretaña. 

No entra a la bahía de Río de Janeiro un solo buque británico que no 
pierda muchos de sus mejores tripulantes; lo que no puede impedirse, 
pues son atraídos por sus propios compatriotas, secuestradores consen- 
tidos dentro de la ley, empleados por este gobierno para ofrecerles 
tentadoras primas que, luego, impiden a las infortunadas víctimas acoger- 
se a la protección de la bandera de la que tan ligeramente han desertado. 

El jefe de la escuadra bloqueadora en el Río de la Plata, es un inglés, 
y el jefe de la flota de Buenos Aires, lo mismo; sus dotaciones inglesas, 
cuando caen prisioneras, sin vacilación se unen a sus compatriotas alis- 
tados del lado opuesto y, a veces, vuelven a cambiar, a causa de malos 
tratamientos o por inclinación al saqueo. 

Las últimas noticias de Montevideo dicen que una hermosa goleta 



La Misión Ponsonby 


197 


brasileña, con 14 cañones y con dotación completa de marinos ingleses, 
se pasó al enemigo. 

No me detendré más en esta lamentable característica de la guerra. 


La república de las Provincias Unidas de la Plata ha dejado de existir 
ya: el desmembramiento del Brasil es el objeto declarado de los bonae- 
renses. Se han hallado proclamas a bordo de sus corsarios dirigidos a los 
pueblos de Bahía y Pemambuco, incitándolos a sacudir el yugo imperial 
y erigirse en estados independientes; al mismo tiempo, se les asegura que 
la guerra se hace contra los portugueses y un soberano de la casa de Bra- 
ganza, pero no contra los bahianos o brasileños. 

Estos y otros incidentes alarmantes de esta guerra sin sentido, parecen 
afectar demasiado los intereses de Gran Bretaña para no demandar Su 
rápida intervención. 

Espero sinceramente que V.E. estará de acuerdo conmigo en que el 
mismo empeño laudable que ha unido los esfuerzos de tres grandes 
potencias, en Europa, para terminar con la lucha sangrienta entre las 
provincias griegas y la Puerta Otomana, puede emplearse, con igual jus- 
ticia, para poner fin a los perjuicios de esta guerra en Sudamérica, que 
también la necesita por equidad, por sus intereses y por humanidad. 


Rogaría a V.E. que tuviera presente que, después de la equitativa 
transacción aceptada por el emperador del Brasil explicada en mi despa- 
cho del 21 último, es decir, dejar que el destino de la Banda Oriental se 
resuelva por negociación amistosa, la guerra sólo puede continuarse, por 
parte de Buenos Aires, con violación de uno de los más sólidos principios 
de la ley internacional. No puede fundarse ni en justicia ni en necesidad, 
y la sostendrá un partido que tiene poco más que perder y absolutamente 
nada que ganar con ello, contra la misma existencia del imperio de Brasil 
y contra los más importantes intereses comerciales de Europa. Tengo, 
etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 



198 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A CANNING 


(Secreta), Buenos Aires, octubre 15 de 1827. Excmo. señor: 

Lavalleja dice que los resultados de la guerra han probado a los 
habitantes de la provincia de Río Grande, etcétera; que S.M.I. es incapaz 
de protegerlos, en sus vidas e intereses, contra las expediciones de 
despojo y ataque de los orientales y otros. Asegura que son muy débiles 
los vínculos que los unen al emperador y que, en general, si no umversal- 
mente, el portugués nacido en América odia al portugués europeo 
infinitamente más que al español americano; que todos los nacidos en 
América, sea cual fuere su idioma, se consideran como ligados por in- 
tereses comunes contra su madre patria europea; y que, en particular, los 
portugueses americanos acusan al emperador de parcialidad hacia sus 
súbditos nacidos en Europa, hacia cuya parte del mundo ellos se imaginan 
que S.M.I. mira con esperanza y afección. 

El general Lavalleja cree que, si él consigue probar a esas gentes su 
poder para protegerlos de la venganza inmediata de su soberano, estarán 
inclinados, por interés y pasión, a unírsele para ir en contra del emperador 
y cooperar en el esfuerzo para obligarle a restaurar la paz, y con ella, 
hacerle renunciar a todo derecho, no sólo a la Banda Oriental, sino tam- 
bién a la vasta y rica comarca en disputa. 

V.E. es el mejor juez para medir el alcance de tal estado de opinión, 
y sentimiento, si, en realidad, existe en el pueblo, y creo V.E. posee 
información en su poder para inclinarse a pensar que tal puede ser el caso. 

Estoy plenamente convencido de que un armisticio, fundado sobre las 
bases propuestas por el ministro mediador y rechazadas por este gobier- 
no, hubiera sido muy del agrado de Lavalleja y de perfecto acuerdo con 
sus planes. Pienso que no sería, sin embargo, confonne con su política 
actual lomar una actitud en abierta contradicción con el gobierno de 
Buenos Aires, de cuya ayuda él depende, en gran parte, por los recursos 
altamente útiles, sino necesarios para sus designios, que puede ofrecerle; 
ni sería conveniente, yo creo, que, en los actuales momentos, en beneficio 
de lapaz misma, Lavalleja mostrara al mundo, con sus actos, la existencia 


La Misión Ponsonby 


199 


de una profunda divergencia entre él y el gobierno de Buenos Aires. 

No obstante, considero que Lavalleja podría, privadamente exponer 
su opinión sobre la conveniencia del armisticio y que ésta influiría 
enormemente sobre el gobernador Dorrego. En consecuencia, y de 
manera que V.E. puede estar seguro no ofrece peligro, ni aun de 
compromiso personal para mí, liice sugerir estas ideas a Lavalleja, por 
medio de un amigo y confidente suyo, procurando hacerle notar las 
ventajas del armisticio y tratando de inducirle a influir privadamente con 
Dorrego a favor del mismo. 

Estoy seguro que, si se deja solos a S.M.I. y a la república, o, mejor 
dicho, a Buenos Aires, nunca arribarán a un acuerdo definitivo, y que 
únicamente la presión, ejercida de un modo u otro, sobre ambos, puede 
realizar el deseo del gobierno de S.M.: la paz. 

He sido informado, por los comerciantes radicados aquí, que la 
propiedad británica, paralizada por el bloqueo, se perderá, en gran parte, 
si no se consigue embarcar, en la época apropiada, los cueros; esto es, en 
plazo de siete meses. 

Este país está sufriendo actualmente , y se extremarán sus padecimien- 
tos, si la paz es diferida. Las familias de las clases pudientes han sido 
grandemente afectadas en sus intereses por el cambio del valor de la 
moneda, y es imposible calcular a qué extremos llegará el daño, si el papel 
decae completamente, como muchas personas inteligentes consideran 
que es probable ocurra dentro de corto tiempo. 

Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera.- (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. George Camiing, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, octubre 22 de 1827. Excmo. señor: Tengo el honor de 
adelantar, por deseo de lord Ponsonby, una copia de su nota, a mí dirigi- 
da el 18 de setiembre, con sus agregados números 1 y 2, recibidos cifra- 


200 


Luis Alberto de Herrera 


do's aquí. 

No necesito decir que no hay probabilidad alguna de que las insinua- 
ciones que contienen sean escuchadas por el emperador don Pedro. No se 
convencerá a S.M.I. de que ceda Montevideo; en verdad, no es de su- 
ponerse. Estaba en su poder al comenzar la guerra y, siendo suya, ahora, 
cuando el enemigo se halla reducido a su último extremo, habiéndose 
operado, en realidad, la disolución de la república, S.M.I., cuyos recursos 
no están exhaustos, sostenido por la opinión unánime del Brasil, al 
menos, en cuanto a la ocupación de Montevideo refiere, seguramente no 
aceptará la paz sobre la base de una inexplicable cesión de esa fortaleza. 

En cuanto a tratar con el general Lavalleja, este gobierno ha tiempo 
está en conocimiento del distanciamiento de ese jefe y sus compatriotas 
de Buenos Aires y es bien sabido aquí que el destino de la Banda Oriental 
se resolverá solamente por una inteligencia con los orientales. Por eso, el 
señor García, nativo de la provincia, ha sido nombrado presidente de 
Montevideo y el general Lecor ha sido reincorporado al mando del 
ejército del sur: grandes esperanzas se fundan en la buena aceptación de 
estos nombramientos y, sobre todo, en la experiencia del general Lecor 
en las relaciones con los nativos, esperándose que, finalmente, se llegue 
a un arreglo que deje a Montevideo ocupado, como el presente, para 
mayor seguridad de todos. 

Con excepción de la evacuación de Montevideo, los puntos de vista 
del coronel Dorrego, respecto al cese de las hostilidades, armonizan con 
las propuestas que adelanté a lord Ponsonby, hace seis semanas, comu- 
nicadas a V.E. por mi despacho N 2 20. 

Si estas proposiciones se rechazan por el gobierno de Buenos Aires, 
toda esperanza de una pronta terminación de la guerra debe abandonarse. 
Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 



La Misión Ponsonby 




201 


CANNING’ , 5W^£í¿í¿l5ttV: l 


Londres, octubre 28 de 1827. A S.E. lord John Ponsonby. Excmo. 
señor: 

Me place comunicar a V.E. que su proceder, respecto a los prelimina- 
res firmados por M. García, pero no ratificados en Buenos Aires, están 
completamente de acuerdo con los puntos de vista del gobierno de S.M. 
Los términos en que esos preliminares están concebidos no son cierta- 
mente los que un equitativo mediador hubiera propuesto. Sin embargo, 
considerando el estado de agotamiento de Buenos Aires y considerando 
también las consecuencias, tanto morales como políticas, que la conti- 
nuación de la guerra probablemente ocasionaría a esa república tomado 
el conjunto, habríamos deseado la aceptación de esa solución. 

Nuestra opinión sería ciertamente distinta, si la soberanía de la B anda 
Oriental pudiera aportar al emperador don Pedro un formidable acrecen- 
tamiento de poder en la inmediata vecindad del estado rival. Pero parece 
indudable que, sean cuales fueren las manos a que la letra del tratado 
pueda consignar ese territorio, éste no representará fuerza real y que, lo 
que tan calurosamente se disputan ambas partes, será, por tiempo por lo 
menos considerable, una ventaja más nominal que real. 

Sin embargo, al aconsejarla aceptación de proposiciones que indican 
el sacrificio del principal origen de la contienda, nuestro lenguaje, por 
espíritu de justicia y de lógica, debe ser distinto del que hubiéramos 
empleado si ellas fueran más semejantes a las que nosotros habíamos su- 
gerido. 

Podemos aconsejarles prudentemente, haciéndoles notar las dificul- 
tades de su propia situación, y, para evitar mayores males, transar con 
estas mortificantes condiciones; pero no podemos juzgar su rechazo de 
ellas como un desprecio a nuestra mediación, m amenazarles, como una 
consecuencia, con la pérdida de sus ventajas. 

Por el contrario, continuaremos empleando nuestros buenos oficios 
cerca del emperador don Pedro, con el fin de inducirle a introducir al- 
gunas modificaciones más en armonía con los términos originariamente 


202 


Luis Alberto de Herrera 


sugeridos por el gobierno de S.M. 

El resultado, sin embargo, de cualquier mediación, aun de la más 
poderosa, más amistosa y más imparcial, está sujeto a grandes incerti- 
dumbres entre contrincantes como estos. 

La guerra, aunque muy peijudicial para ambas partes, probablemente 
no llegaría a aniquilar a ninguna. Para el país más débil e infortunado, la 
potencia mediadora será siempre solicitada con respeto, pues las propo- 
siciones sugeridas por ella siempre serían mejores que las que pudiera 
obtener por sí, en un momento de adversidad. En cambio, el más fuerte 
declinará, o eludirá, esas propuestas, en la esperanza de lograr un triunfo 
más completo del que puede proporcionarle la aceptación de ellas. 

Es sólo cuando el tiempo y la laxitud han calmado la violencia de los 
odios recíprocos, que las concepciones más ambiciosas son reemplaza- 
das por la apreciación prudente de las ventajas o desventajas de una 
prolongada contienda. 

El plan de pacificación que V.E. sugiere , está sujeto, por lo tanto, a esa 
objeción: demanda un grado de paciencia y discreción que ninguna de las 
partes en cuestión ahora alcanza. Alguna estipulación, sobre los motivos 
originales del litigio, será considerada por ellos como indispensable en el 
tratado de paz. 

Pasar por sobre ellas, sub silentio, sin referir a las grandes dificultades 
prácticas a que probablemente llevaría, es lo que, en principio, aceptarán 
ambas partes. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) George Can - 
ning. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, noviembre 10 de 1827. Excmo. señor: Sin duda lord 
Ponsonby habrá enterado a V.E. de la acogida que se ha dado en Buenos 
Aires a las proposiciones de aquí para llegar a un inmediato cese de 
hostilidades entre los dos países. 


La Misión Ponsonby 


203 


Sólo, pues, me falta comunicar a V.E. que el emperador, por su parte, 
se ha rehusado, terminantemente, a escuchar las contraproposiciones que 
acaban de llegar de Buenos Aires, requiriendo la inmediata evacuación 
de Montevideo por las fuerzas brasileñas. 

Que se hubiera esperado alcanzar esta solución, junto con la indepen- 
dencia de la Banda Oriental, como consecuencia de una negociación 
amistosa y por el apoyo de Gran Bretaña, habría sido razonable de parte 
de Buenos Aires, pero exigir que todos los intereses de los neutrales, así 
como la propiedad real de los habitantes nativos de Montevideo, se 
abandonen, de golpe, a merced de los gauchos, al retirar de inmediato la 
guarnición, única protección para la gente de aquel pueblo, parece afir- 
mar la presunción de que el actual gobierno de Buenos Aires más busca 
una escapada a su bancarrota en la anarquía y miseria de sus vecinos, 
amigos o enemigos, que en un franco arreglo de la cuestión. 

Queda al gobierno de S.M. decidir qué otra actitud debe adoptarse 
para obtener la terminación de una guerra que, cual ninguna, es injusta y 
desastrosa para todas las partes en ella comprendidas. Tengo, etcétera. — 
(fumado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, noviembre 30 de 1827. Excmo. señor: La asamblea 
legislativa se clausuró el 16 del que corre, por el emperador en persona, 
quien pronunció en esa ocasión el discurso del cual tengo el honor de 
incluir una copia y traducción. 

Parte de ese discurso es notable, en cuanto ofrece a la nación pers- 
pectivas de una próxima paz con Buenos Aires, en forma que podría 
implicar una cesión de territorio de parte del Brasil. Que S .M.I. se exprese 
así ante las cámaras, apenas dos días después de haber ordenado a su 
ministro que rechazara totalmente las oberturas del gobierno de Buenos 


204 


Luis Alberto de Herrera 


Aires, porque en ellas se requería esa misma entrega, sin duda parecerá 
extraordinario a V.E. No tengo razón alguna para creer que cambio al- 
guno ha existido en las vistas de sino que su discurso a las cámaras 

ha sido escrito simplemente para tranquilizar al partido que más se agita 
contra la guerra y, al mismo tiempo, para facilitar las operaciones 
financieras que se están negociando para continuarla vigorosamente. 

Por lo demás, ante la perspectiva de una pronta reunión de los 
diputados, condición exigida por la constitución, en caso de ceder 
territorio, muchos del Norte, cuyo descontento con el gobierno y la guerra 
se demostró en la última sesión, se quedaron, a consecuencia del discurso 
del emperador, y así, el disgusto de las provincias del Norte, que ya ha 
creado alguna alarma, no se aumentará con su presencia e incitación. 


Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 
A S.E. el vizconde Dudley, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 

Buenos Aires, diciembre 4 de 1827. Excmo. señor: El Rinaldo no 
arribó hasta el 30. Como V.E. ya lo sabrá por el señor Gordon, me trajo 
un rotundo rechazo de las proposiciones y la declaración del propósito del 
emperador de continuar la guerra. Comuniqué esas noticias al gobierno, 
con las palabras del señor Gordon, recibiendo la respuesta que adjunto. 

No hice tentativa alguna para inducir a este gobierno a iniciar nuevas 
negociaciones pacifistas. Juzgo que sería imprudente tal medida en cir- 
cunstancias en que el ministerio se halla perturbado por la discordia 
interna, máxime tratándose de una cuestión que pudiera producir contro- 
versia. Pero, aparte de esa consideración, opino que este gobierno no debe 
hacer, por el momento, ninguna propuesta de paz. 

Estoy persuadido de que el emperador la interpretaría como señal de 
debilidad y se sentiría estimulado a persistir en sus demandas. Además, 




La Misión Ponsonby 


205 


no habría tiempo para una amistosa intervención antes que el ejército 
republicano comience sus hostilidades, pues, indudablemente, dentro de 
unos pocos días se moverá de su actual posición para atacar al enemigo. 
Mucho temo que grandes males sufrirán ambas partes, antes que seria- 
mente procuren la paz; creo necesario que el emperador sea el más 
probado por esos males, a fin de hacer probable una paz permanente. 

Estoy convencido de que los partidarios de la independencia, en la 
Banda Oriental, no consentirán nunca ser súbditos del emperador y creo 
que ningún gobierno puede existir, en Buenos Aires, lo suficiente po- 
deroso para impedir a esa provincia renovar la guerra; aunque, tal vez, en 
caso de muy grandes dificultades, les sería posible hacer la paz. 

En anteriores despachos, he expuesto a V.E. mi opinión sobre la 
situación política de este país y sus condiciones para continuarla guerra, 
cuando aparentemente está privado de todos los recursos necesarios para 
la formación y mantenimiento de ejércitos. Ni los repelidos cambios del 
gobierno, ni aun la bancarrota nacional, agotarán los medios y deseos de 
la comunidad de atacar al emperador en la Banda Oriental. 

Temo, por consiguiente, que su éxito solo significaría la prolonga- 
ción, no el término, de las calamidades de la guerra. Si, por el contrario, 
los republicanos pudieran obligar al emperador a evacuar la provincia, 
imagino que una paz duradera sería posible, tal vez probable. Este 
gobierno, me refiero al de Buenos Aires, creo que no se opondría a la 
independencia de los orientales, pero si quisiera hacerlo así, creo que ca- 
rece de medios para cumplirlo. Sé, por Lavalleja, que él piensa, si alguna 
vez Montevideo y Colonia caen en su poder, destruir sus fortificaciones, 
tan rápidamente como le sea posible. La experiencia de esta guerra 
demuestra, claramente, que los brasileños no pueden conservar bajo su 
dominio ninguna parte del país, excepto sus plazas fuertes; su destruc- 
ción, por consiguiente, privará al emperador de toda probabilidad de 
éxito. Si, en este estado de cosas, el emperador y la república tomaran 
como base la independencia de la Banda Oriental, y convinieran mutua- 
mente en garantirla, yo opino que podría concertarse una paz firme y 
estable, que contuviera las estipulaciones necesarias para aquietar com 
pletamente los temores y recelos de todos los bandos. 



206 


Luis Alberto de Herrera 


Yo considero que ninguna dificultad se opondría al establecimiento 
de un gobierno en la Banda Oriental, que sería, por lo menos, tan bueno 
como los de las provincias y el de Buenos Aires mismo. 

Previendo, desde hace largo tiempo, la continuación de la guerra y 
sospechando, no sin buenas razones, que podría asumir el carácter de una 
lucha del republicanismo contra la monarquía, he tratado, en lo posible, 
de evitar ese mal. Tengo la satisfacción de poner en conocimiento de V.E. 
que el doctor Moreno me ha asegurado que su gobierno está persuadido 
de la inconveniencia de dar a la guerra ese carácter, y que no se lo dará. 

Estoy más satisfecho, aún, de haber conseguido, del mismo general 
Lavalleja, la seguridad de que no tolerarán ningún acto que pueda dar a 
la contienda otra significación que la de una lucha por la libertad de su 
patria de la dominación extranjera. El me ha enviado, además, la promesa 
de que no formará alianza con ninguno de los súbditos de S.M.I. que 
pretenda rebelarse contra su soberano, lo que entorpecería la conclusión 
de la paz, en caso de que la Banda Oriental fuera rescatada del emperador. 
Ayudará, en todo lo posible, a los enemigos del emperador, pero sin hacer 
causa común con ellos. 

Confío que V.E. aprobará mis esfuerzos, tendientes a evitar todo lo 
que pueda contribuir a darle a esta guerra un carácter político. 

El señor Gordon, con mejor acopio de datos, habrá enterado a V.E. del 
estado y número de las fuerzas brasileñas. Yo, sólo le manifestaré que 
creo que es deplorable, en cuanto a la falta de caballos, cuya abundancia 
es absolutamente necesaria, pues ese elemento es esencial para el éxito 
de la campaña. 

He leído cartas recientes de Lavalleja en las que afuma que la 
deserción de alemanes de las tropas de S.M.I. es muy numerosa y que él 
trata, en lo posible, de favorecer esa deserción, creyendo que la mayor 
parte de esas tropas se le unirá. 

Me he enterado, en otras fuentes, que los soldados alemanes han sido 
privados por sus jefes de sus armas y municiones y confinados en los 
cuarteles el mayor tiempo posible. El ejército de Lavalleja debe contar 
alrededor de siete mil hombres efectivos y pueden sumársele tres mil más. 




La Misión Ponsonby 


207 


Tiene abundancia de caballos, pues los estancieros se los han cedido 
voluntariamente, bajo promesa de pagárselos cuando pueda. Su plan 
actual consiste en eludir toda acción general y hostilizar al enemigo, 
privándolo de lodo auxilio; se propone, especialmente, proteger a los 
pobladores, tanto como la naturaleza de la guerra lo permita, y realizar la 
campaña con tropas orientales, principalmente, pues éstas obedecen a sus 
oficiales y puede inducirlas a abstenerse de cometer desmanes más 
fácilmente que a otras. 

Además, los orientales son, por mucho, sus mejores soldados y son 
considerados, bajo todos conceptos, la gente mejor de estas regiones. 

Sería un atrevimiento de mi parte emitir opiniones sobre asuntos mi- 
litares, pero, apreciados los hechos ocurridos en la última campaña y el 
estado de cosas actual, se pueden anticipar algunos resultados. Compa- 
rando los dos períodos y considerando atentamente todo punto digno de 
estudio, llego a la conclusión de que el emperador tiene muchas menos 
probabilidades de éxito que las que tenía el año pasado, y, entonces, su 
ejército estaba completamente derrotado y disperso. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (finnado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. el vizconde de Dudley, etcétera. 

CARTA DE RIO GRANDE 


(Extracto de carta, fechada Río Grande, diciembre 12 de 1827). Un 
muy vigoroso enlistamiento ha sido decretado en esta provincia, con el 
fin de poner al ejército en pie más eficiente para la próxima campaña; 
pero, tan contrarios son los habitantes al servicio, que muchas personas 
aptas para servir han buscado amparo en la fuga. 

Parece, por la mejor información, que las fuerzas brasileñas exceden 
de 2.000 hombres de caballería y 3 .000 de infantería, estacionados en tres 
divisiones, en Santa Tecla, Santa Ana y San Francisco de Paula, y se les 
supone poco dispuestos a la lucha. 



208 


Luis Alberto de Herrera 


El gobierno contrató todas las embarcaciones que ha podido conse- 
guir, y las mandó río arriba, con el fin, se cree, de pasar el ejército a través 
de la laguna de los Patos, si sufriera una derrota en el primer encuentro. 

El general Lecor, acompañado por Bentos Manuel, llegó hace un mes 
de Santa Catalina, y permaneció en San Pedro, hasta el 9 del corriente, se 
embarcó, repentinamente, para San Francisco de Paula. 

Los habitantes de este lugar se quejan amargamente del gobierno, por 
no haberles pi is.ado mayor protección contra los corsarios bonaerenses, 
que han tomado y destruido todos sus buques costeros con muchas cargas 
de valor, en cueros y carnes, que salían de aquí para el Norte del Brasil. 


FONSONBY A BALCARCE 

Buenos Aires, diciembre 26 de 1827. Excmo. señor: El suscrito, et- 
cétera, tiene el honor de hacer presente a S.E. el ministro de relaciones 
exteriores, que se dispone a escribir al ministro de S.M.B. en Río de Ja- 
neiro para recomendarle que aprovecha las circunstancias que parecen 
ahora favorables para entablar negociaciones y que proponga al gobierno 
del Brasil que trate la paz sobre la base de la independencia de la Banda 
Oriental, de conformidad con los principios establecidos por el gobierno 
de la república y, a su pedido, trasmitidos por el que suscribe al señor 
Gordon. 

Es altamente ventajoso para la causa de la paz por la cual el gobierno 
de S.E. está tan justamente deseoso, que se sepa claramente cuáles son, 
al presente, las intenciones del gobierno imperial relativas a la base, al 
parecer única, sobre la cual la paz se puede hacer y a la cual el gobierno 
de la república, tiene el mérito de haber dado su diligente asentimiento. 

El que suscribe saluda al señor ministro, etcétera. — (firmado) John 
Ponsonby. 

A S.E. el señor mimstro de relaciones exteriores. 




La Misión Ponsonby 


209 


BALCARCE A PONSONBY 


El ministro que suscribe lia recibido la nota de fecha 26 del corriente 
que S.E. el enviado extraordinario y plenipotenciario de S.M.B. tuvo a 
bien dirigirle, por la que se informa que ha escrito al ministro de S.M.B. 
en el Brasil, recomendándole que aproveche las circunstancias que pa- 
recen ahora favorables para iniciar una negociación. 

S.E. el señor ministro debe estar persuadido que el gobierno encarga- 
do de la dirección de las relaciones exteriores y guerra, estará siempre 
dispuesto a oír proposiciones para un arreglo honorable. 

Aquéllas, confidenciales, que fueron dirigidas a S.E. por este minis- 
terio, fechadas el 15 de octubre, ofrecen un ancho campo, suponiendo 
siempre que el emperador del Brasil está dispuesto a escuchar la voz de 
la justicia y aun de su propia conveniencia. El que suscribe, etcétera. — 
(firmado) J. R. Balcarce. 

A S.E. lord Jolui Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


(Copia de una nota del ministro de Colombia en Río de Janeiro, al 
doctor Moreno). Privada y secreta. 

Buenos Aires, diciembre 27 de 1827. Exento, señor: Habiéndome 
sido entregada la carta adjunta, con el compromiso de guardarla en 
secreto, la envío a V.E., en forma privada; y para evitar a V.E. cualquier 
molestia, haré aquí algunas observaciones, que podrían ser insertadas en 
un despacho público, pero que tal vez, en resumen, pueden comunicarse 
igualmente en privado. 

En la nueva actitud adoptada por S.M.I., V.E. verá la explicación del 
misterio del cual habla el señor Gordon en su carta privada, de fecha 
diciembre 3, en la cual escribe lo que sigue: “El emperador no tuvo 
escrúpulos de decirme, a la cara, que Inglaterra era la causante de la 



210 


Luis Alberto de Herrera 


continuación de la guerra; que él no me molestaría más para que ejerciera 
la gestión de mediador, pero que trataría, por sus propios medios, de 
obtener la paz. Cuáles son ellos, dejo que V.E. los adivine, pues yo no los 
conozco”. 

Me tomo la libertad de destacar los siguientes pasajes de la carta del 
señor Parneios que, después de haber hablado de los deseos del emperador 
de terminar la guerra, por la intervención del ministro de Colombia (él 
mismo), agrega: “Porque S.M. cree, y con razón, que un asunto america- 
no debiera arreglarse entre las naciones de América”. (“Y con razón”, es 
la observación personal dsl mismo Palacios). 

El emperador espera que el gobierno de Buenos Aires haga sus 
proposiciones y en términos que reduzcan la suya a dejara cubierto el 
honor y los intereses del Brasil. Sobre ventajas comerciales y navegación 
del Río de la Plata, se explicó S.M. en términos muy liberales o, más bien, 
sin limitación alguna. 

Concibo el verdadero significado de las expresiones del emperador 
como dependiendo de la exacta construcción de las palabras “a dejara 
cubierto’', lo que significa, precisamente, “dejar en seguridad” el honor 
y los intereses del Brasil. 

Sabemos que el emperador ha declarado siempre que su propio honor 
y los intereses del Brasil están comprendidos en el mantenimiento de su 
soberanía sobre la Banda Oriental, y cuando él exige que el honor e 
intereses del Brasil sean las bases de la propuesta, etcétera, en el hecho, 
él no dice m ás de lo que siempre ha dicho hasta ahora, y no da lugar a creer 
que está preparado a ceder más de lo que siempre ha estado dispuesto a 
conceder. 

V.E. notará, también, la parte final del mismo pasaje: “Sobre ventajas 
comerciales y navegación del Río de la Plata, se explicó S.M. en términos 
muy liberales o, más bien, sin limitación alguna”, lo cual demuestra que 
S.M.I. piensa, todavía, conservar su dominio sobre Montevideo, porque 
es por este solo dominio que él puede conferir ventajas a otros u obrar 
liberalmente en asuntos comerciales y en la navegación del Plata. 

V.E. también recordará que S.M.I. ha demostrado su intención, en 
casi todas, si no en todas sus proposiciones, de hacer de Montevideo un 


La Misión Ponsonby 


211 


puerto Ubre y más: ceder a los barcos de B uenos Aires, como equivalencia 
por el abandono de toda reclamación sobre la Banda Oriental, una 
exención en ese puerto de ciertos derechos que serían todavía cobrados 
a otras naciones. 

Sobre esto, soy de opinión que el emperador ahora sólo ha buscado, 
por la intervención del señor Palacios, obtener lo que él no ha podido 
conseguir por medio de nuestra mediación; y parece como si el señor 
Palacios quisiera negociar una paz bajo la condición de un traspaso 
absoluto de la Banda Oriental, etcétera, a arreglo que, si tuviera 

probabilidad de ser permanente y no se hiciera necesario por el agota- 
miento de los adversarios del emperador, deduzco de las primeras y de las 
últimas instrucciones recibidas por V.E., que no estará en consonancia 
con la política y deseos del gobierno de S.M., ni será justo, ni capaz de 
producir una paz en el verdadero sentido de la paz. 

El ejército tiene municiones y ropas bastantes para la estación. No han 
podido obtener dinero del gobierno, porque el papel moneda no es 
aceptado fuera de la inmediata vecindad de Buenos Aires; Lavalleja, por 
lo tanto, es realmente independiente de nuestro gobernador Dorrego, por 
el momento. El, repite sus promesas de gran prudencia y de evitar, 
cuidadosamente, toda declaración política sobre formas de gobierno; y 
así, de consiguiente, si él puede, alguna vez, entrar en posesión de 
Montevideo y desmantelar las fortificaciones, el poder del emperador, de 
renovar la guerra, quedará destruido y la paz descansará sobre una base 
mil veces más firme que la que se pudiera encontraren cualquier garantía 
imaginable de la nación y gobierno de Colombia. 

También debo mencionar la afirmación de Dorrego, de que este 
gobierno no tiene derecho de consentir la separación de cualquiera de las 
provincias de la Unión. Esta doctrina hace la paz imposible, excepto por 
la conquista, por Buenos Aires, de la Banda Oriental, primero del 
emperador y, después de los orientales mismos, quienes están tan 
determinados a no pertenecer a Buenos Aires como a no someterse al 
emperador. 

La convención ha sido postergada. No sé bien por qué, pero creo que 
debido a las distancias que los miembros tienen que recorrer y a las 


212 


Luis Alberto de Herrera 


dilatorias, habituales aquí para todo. Pienso que se reunirá, porque todos 
los partidos parecen tener algún interés en hacerlo. 

V.E. deberá tener siempre en cuenta que Lavalleja es gobernador y 
capitán general de su propia provincia y comandante en jefe del ejército 
de la república y es un funcionario público de quien, al presente, nuestros 
mayores intereses dependen; es, para mí, necesario saber, exactamente, 
sus decisiones con respecto a la paz y, por lo tanto, yo he mantenido una 
comunicación indirecta y privada con él, la cual, si es irregular, espero 
que no será desaprobada por V.E. , porque ha sido esencial para habilitar- 
me a cumplir las instrucciones del gobierno de S.M. y evitar el peligro de 
que la guerra llegue a ser una guerra de principios. Tengo el honor de 
saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el vizconde de Dudley, etcétera. 


PONSONBY A BALCARCE 


Buenos Aires, diciembre 30 de 1827. Excmo. señor: El que suscribe, 
etcétera, tiene el honor de acusar recibo de la nota de S.E., fechada el 29, 
en contestación a la nota que el que suscribe tuvo el honor de escribir a 
S.E. el 26 del corriente. 

En aquella nota, el que suscribe no intentó decir que él designaba o 
deseaba proponer al señor Gordon, en la carta que iba a escribir, que 
tratara de reanudar la negociación en su totalidad, según fue propuesta por 
el ministerio de la república, sino sobre la base de la independencia de la 
Banda Oriental. 

El que suscribe atribuye poca importancia, en el momento actual, a 
cualquier proposición que no sea la de la independencia de la Banda 
Oriental, cuyo reconocimiento, siendo tan ampliamente asentido por el 
gobierno de la república, no puede dejar de ser (según lo espera y cree el 
que suscribe) finalmente adoptado por el gobierno del Brasil. 

El que suscribe ruega a S.E. observe que él no formula ninguna 



La Misión Ponsonby 


213 


proposición al gobierno de la república, siendo su objeto enterar a S .E. de 
que él aconseja y recomienda al señor Goidon que trate de promover una 
negociación sobre las bases mencionadas en esta nota. El que suscribe, 
etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el general don Juan Ramón Balcarce, etcétera. 




TRATATIYAS EN 1828 
Y LA PAZ 




La Misión Ponsonby 


217 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, enero l 9 de 1828. Excmo. señor: Enterado, de buena 
fuente, así como por lo que se dice en general, de que el señor gobernador 
ha declarado, por repetidas veces, su resolución de no hacer la paz sobre 
la base de la independencia de la Banda Oriental, me pareció eficaz tratar 
de traer al gobierno a una declaración explícita de su sentir y, con tal 
objeto, elevé la nota cuya copia tengo el honor de incluir. 

También adjunto la contestación del general Balcarce y mi réplica a 
S.E. Mi propósito es conseguir medios de impugnar al coronel Dorrego, 
si llega a la temeridad de insistir sobre la continuación de la guerra, 
después de tener a su alcance los medios justos y razonables para hacer 
la paz. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 

PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, enero 2 de 1828. Excmo. señor: Una diputación de 
comerciantes británicos me visitó ayer y me entregó las resoluciones de 
las cuales envío a V.E. una copia, acompañada de algunas explicaciones 
hechas por el presidente, señor Duquid. 

A las preguntas contenidas en el artículo 4 9 , si, en el caso de persistir 
los daños por parte del gobierno brasileño, se debiera hacer una consulta 
a Inglaterra, antes de que se corrijan, yo declaré mi imposibilidad de 
contestar y pedí se me enviara la memoria mencionada en la misma 
resolución. 

Aseguré a la diputación, que haría todo lo que dependiera de mí para 
evitar dichos peijuicios, y que el señor Gordon, en Río, procedería del 
mismo modo. 

Dejo que estos caballeros hablen por sí mismos y no molesto más a 


218 


Luis Alberto de Herrera 


V.E. con mis observaciones al respecto, pero me parece oportuno 
acompañar una copia del acta, en la cual las razones asignadas para el 
decreto muestran la ineficacia del bloqueo. 

He escrito al señor Gordon, informándolo sobre la urgencia de este 
asunto y le envío los mismos documentos que a V.E. 

También he escrito al señor cónsul Hood, en Montevideo, reco- 
mendándole protestar contra cualquier atentado contra los intereses del 
comercio británico, y tratar de impedir que la propiedad británica caiga 
en manos brasileñas, de las cuales, parece, hay pocas probabilidades de 
recuperarla. 

S.E. habrá sido informado por el señor Hood (si lo que se repite aquí 
es cierto) que los agentes americanos y el comandante naval (comodoro 
Biddle) en Montevideo, han insistido sobre la excepción, a los barcos 
americanos, en la aplicación de los decretos del gobierno brasileño, ya 
mencionados. 

El decreto adjunto prueba la relación que tiene con el bloqueo, y 
presumo que la ley británica es aplicable a ellos, debiendo insistir para 
que Inglaterra obtenga el mismo tratamiento que cualquier otro neutral 
que no pueda invocar un trato especial acordado. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde de Dudley, etcétera. 

P.D. El documento que los comerciantes debieron mandanne, ha sido 
suspendido por el momento. P. 


PONSONBY A HOOD 


Buenos Aires, enero 2 de 1828. Señor: He enviado por este correo, al 
señor Gordon, resoluciones y memorias de los comerciantes británicos, 
referentes a las acciones, o amenazas, de las autoridades de Montevideo 
en perjuicio del comercio británico. Los hechos son éstos: las mercade- 
rías, ahora en las aduanas de Montevideo, para las cuales un prolongado 




La Misión Ponsonby 


219 


privilegio de venía fue prometido por el emperador, y la exacción de vales 
de los barcos que salen de Montevideo, como condición de que no irán 
a Buenos Aires. 

Le suplico que formule la más enérgica protesta contra cualquier acto 
irregular en estas decisiones y que trate de impedir cualquier venta, por 
las autoridades, u otras medidas que priven a los súbditos británicos de su 
propiedad y los exponga a la muy remota probabilidad de recuperarla de 
los brasileños. 

Tengo el honor, etcétera. — (finnado) John Ponsonby. 

A S.S.F.S. Hood, Montevideo. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, enero 2 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor de 
incluir un extracto de una carta recién recibida de Río Grande y fechada 
el 12 de diciembre. 

Doy crédito a sus afirmaciones, que coinciden con mis dalos, excepto 
en que dan por menos numerosa la infantería brasileña. 

Las apariencias, sin duda, están muy en favor de los orientales, si 
Lavalleja procede con prudencia, como creo lo hará. Su mayor peligro 
parece estar en las intrigas del gobernador Dorrego contra él. 

He oído, de buena fuente, que el ministro de hacienda que ahora ocupa 
el puesto al cual renunció el doctor Moreno, dijo ayer que él sabía que 
Dorrego apoyaba a Fructuoso Rivera, aunque lo ocultaba. 

Rivera ha ido hacia la Banda Oriental, y no carece de dinero, y espera 
juntar algunos cientos de hombres. Yo creo que está pago por el gobierno 
brasileño. 

El ministro dijo que Dorrego está furioso por la independencia de la 
Banda Oriental, agregando que su política era mala e insoportable; que 
si la de Lavalleja era eficaz contra el enemigo, él sería bastante fuerte par a 


220 


Luis Alberto de Herrera 


desafiar a Dorrego; que, si era batido él (Lavalleja), como consecuencia 
de la conducta de Dorrego, se uniría al emperador para arruinar a este país. 
No puedo decir que esto sea imposible; pero no creo sucederá, porque me 
parece que Dorrego será desposeído de su puesto y poder, muy pronto. 
Sus amigos personales empiezan a abandonarlo. El partido opuesto a él, 
parece sólo esperar noticias de Córdoba para proceder contra él; la mitad 
de la junta se retira en febrero, o en la primera semana de marzo; la 
oposición confía en obtener completa mayoría en la próxima junta y 
procederá, en consecuencia, a su derrocamiento. 

Parece ahora dudoso si la convención se reunirá en Santa Fe, o no se 
reunirá. 

Bustos, gobernador de Córdoba, y Dorrego, los dos aspiran a la 
presidencia de la república. Tal ve z cada uno trate de promover, o impedir 
que se reúna, de acuerdo con sus intereses particulares. El partido opuesto 
aquí a Dorrego, apoyará a Bustos, quien, si es elegido presidente, vendría 
a residir a Buenos Aires y sería, posiblemente elegido gobernador de esta 
provincia. Pero esto último lo considero muy dudoso, conociendo, como 
conozco, los planes existentes. 

El señor Parish ha enviado al ministerio de relaciones exteriores una 
memoria de los comerciantes. Desearía que V.E. la hojeara, pues contiene 
prueba poderosa de la verdad de mi opinión sobre muchos asuntos de 
aquí, como ya he tenido el honor de explicarlo a V.E. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde de Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, enero 7 de 1828. Excmo. señor. A la vez que 
debidamente grato a los conceptos halagadores con que V.E. se digna, en 
sus despachos del 10 y 24 de noviembre, aludir a mis modestos esfuerzos 
para alcanzar el cese de hostilidades con Buenos Aires, es motivo de 



La Misión Ponsonby 


221 


verdadera pena para mí comprobar que éstos han sido tan ineficaces; y me 
temo que así continúe en tanto un armisticio sobre el principio del uti 
possidetis sea rechazado por Buenos Aires. 

Si se toman en consideración todas las circunstancias relativas a la 
ocupación de Montevideo por los brasileños parece, en efecto, poco 
razonable esperar que el emperador consienta en abandonar, enseguida, 
esa plaza como condición llana de un armisticio. 

Creo firmemente que S.M.I. entraría gustoso en una negociación 
definitiva de paz, sobre la base de la independencia de la Banda Oriental; 
pero él, justamente, exige que esto se asegure sobre fundamentos cuya 
solidez garantiera la tranquilidad pública. Es claro que la evacuación 
inmediata de Montevideo importaría entregarla al general Lavalleja, que 
nominalmente actúa como general de la república. Sería entregar las 
vidas y propiedades de millares de personas a sus enemigos. No sería, en 
efecto, un acuerdo, sino una inexplicable cesión del verdadero y único 
motivo de la guerra. 

Si el señor García, en el mes de junio, hubiera cumplido las instruc- 
ciones de su gobierno (y, con más energía, posiblemente lo hubiera 
hecho), la independencia de la Banda Oriental se habría obtenido en una 
convención preliminar; pero no se hubiera consumado sino después de la 
conclusión del tratado definitivo. 

La demanda del gobierno de Buenos Aires, al presente, va más lejos, 
y mientras insistan en la evacuación previa de Montevideo, la guerra 
continuará. En verdad, si su persistencia en esta demanda no inclinara a 
suponer que la paz no es el objetivo del gobierno de Buenos Aires, se 
podría preguntar de parte del Brasil: ¿a quién se entrega Montevideo? Si 
un armisticio, sobre la base del statu quo, se pidiera por Buenos Aires, no 
desesperaría del consentimiento de este gobierno, pero hasta ahora las 
oberturas han partido de este lado, el más fuerte. 

Algunos de mis últimos despachos habrán mostrado cuántas dificul- 
tades presenta ahora el tratar la cuestión de la pacificación con S.M.I. : no 
obstante, tendré el honor de comunicar por el próximo paquete el 
resultado de un nuevo esfuerzo que, con muy leve esperanza de buen 
éxito, he hecho después de recibir los últimos despachos de V.E., y es: 




222 


Luis Alberto de Herrera 


comprometer al emperador a mantener las proposiciones ya enviadas a 
Buenos Aires, o sea su compromiso de entraren negociaciones para una 
paz definitiva, sobre la base de la independencia de la provincia Oriental. 

La promesa de negociar sobre estos términos llevaría a un inmediato 
cese de hostilidades; fallando esto, trataré de obtener del emperador su 
consentimiento para un armisticio sobre el principio del statu quo de los 
beligerantes, por el cual la mayor parte de la disputada provincia quedará 
ocupada por el ejército republicano. Tengo, etcétera, (firmado). — R. 
Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, enero 9 de 1828. Excmo. señor: Lamento tener que 
manifestar, según cartas que acabo de recibir de Buenos Aires, que es 
probable que los intereses privados resulten un verdadero obstáculo a la 
pacificación con aquel gobierno, sobre cualesquiera términos, la que 
ahora sólo se obtendrá llegando, primero, aun avenimiento con el general 
Lavalleja. V.E. puede figurarse cuán grande es el dilema en que se ve el 
gobierno del Brasil, en común con los poderes neutrales que deseen 
colaborar en la obra de la pacificación. 

Un simple acuerdo con las tropas enemigas en la Banda Oriental, no 
puede remover los dos grandes peijuicios de la guerra: la piratería y el 
bloqueo. Estos, que son las dos cosas principales que nuestras negocia- 
ciones tienden a eliminar, son enteramente independientes de la causa c 
intereses del general Lavalleja. La guerra desarrollada en la provincia es, 
relativamente, de poca importancia y, probablemente, continuará, con 
desafío de todos los tratados. 

Aun suponiendo que se consiguiera la influencia del general Lavalle- 
ja para conseguir la paz con el gobierno de Buenos Aires, aun así, se está 
fonnando otro partidoen la Banda Oriental que, en ese caso, se sostendría 



La Misión Ponsonby 


223 


en contra suya, favoreciendo las vistas del coronel Dorrego y otros 
partidarios de la continuación de la guerra. 

Aludo a Fructuoso Rivera, hombre de gran influencia, soldado y 
pronto aponerse a la cabeza de ese bando en Canelones, en oposición al 
general Lavalleja. 

Luego, pues, la única posibilidad de paz para el Brasil es llegar, 
primeramente, a un arreglo con la Banda Oriental, donde la guerra civil 
estápor estallar, y actuar, conjuntamente con los que están divididos entre 
sí, contra el gobierno de Buenos Aires. 

De nuevo tengo motivos para saber que hay grandes obstáculos en el 
camino de un arreglo entre este gobierno y el general Lavalleja, a menos 
que se afirme al último, por la intervención de Gran Bretaña. Tengo, 
etcétera. — (firmado)/?. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


BALCARCE A PONSONBY 


(Confidencial) (Traducción). Ministerio de relaciones exteriores. 
Buenos Aires, enero 12 de 1828. El que suscribe recibió, pero por 
enfermedad no le había sido posible hasta ahora contestarla, la nota 
confidencial que S.E. el señor ministro de S.M.B. tuvo la atención de 
dirigirle el 30 último, en la cual S .E. dice que no es su deseo reanudar las 
negociaciones sobre la totalidad de las proposiciones presentadas por el 
gobierno de la república sino sobre la base de independencia de la Banda 
Oriental, pues, respecto a este importante punto, S.E. el ministro supone 
que los poderes beligerantes estarán completamente de acuerdo y que el 
gobierno de la república no puede sustraerse a él. 

El que suscribe pide a S.E. el señor ministro que ponga especial 
atención en el sentido literal del artículo 4 9 de los que le fueron confiden- 
cialmente enviados por este ministerio el 15 de octubre, como que 
habiendo sido rescindidas las bases de la negociación del señor García, 


224 


Luis Alberto de Herrera 


sería mejor, en opinión del gobierno, que S.E. considerara la idea de un 
armisticio, que se estipularía (en condiciones equitativas y recíprocas) a 
cuya sanción este gobierno está pronto a concurrir; lo mismo cree que 
S .M.I. el emperador del Brasil, desde que el marqués de Queluz hizo igual 
sugestión al señor Gordon, sobre el mismo punto que S.E. tuvo la 
deferencia de someter al gobierno, en setiembre. 

Finalmente, el que suscribe tiene órdenes especiales de su gobierno de 
hacer saber a S.E. el señor ministro, que la república está dispuesta a 
atender las proposiciones relativas al cese de la guerra y que se felicitaría 
de terminarla, siempre que dichas proposiciones fueran compatibles con 
su honor e intereses. 

A este respecto, el que suscribe no duda que S.E. el señor ministro hará 
todo lo posible para conseguir tan importante objeto. 

El que suscribe tiene el honor, etcétera. — (finnado) JJi. Balcarce. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, enero 17 de 1828. Excmo. señor: De acuerdo con mi 
propósito, anunciado a V.E. en mi despacho N 5 3, de hacer otro esfuerzo 
para traer a este gobierno a concertar los términos de un armisticio con 
Buenos Aires, que obtendría, sin duda, el asentimiento de este gobierno, 
comuniqué confidencialmente al ministro de relaciones exteriores, el 1 1 
del presente, el proyecto incluso que, si aprobado por el emperador, me 
comprometía a que recibiera lodo el posible impulso de Inglaterra ante los 
círculos contrarios. 


Parece que S.M.I. se resiste mucho a hacer públicas sus intenciones 
de erigir a la Banda Oriental en estado independiente, y es posible que la 
causa de la demora se deba a los ardientes esfuerzos de sus ministros para 



La Misión Ponsonby 


225 


convencerlo. No obstante, la opinión corriente aquí de que el general 
Lecor logrará seducir al general Lavalleja y su ejército y someterlos, me 
hace temer que yo no tenga ninguna contestación concluyente a mis 
proposiciones hasta que el resultado de la campaña que se inicia al sur sea 
conocido por S.M.I. Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


PONSONBY A BALCARCE 


Buenos Aires, enero 17 de 1828. El que suscribe tiene el honor de 
acusar recibo de la nota de S.E. el general Balcarce, fechada el 12 del 
corriente, de la cual se deduce que las notas del 26 y 30 último no han sido 
comprendidas por S.E., en el sentido en que el que suscribe las escribió. 

El que suscribe, dejando de lado los puntos menores, llamará la 
atención de S.E. sólo sobre aquellos de importancia. 

S.E., al citar la nota del que suscribe, lo hace expresarse así: “que no 
es su deseo reanudar las negociaciones en la totalidad de las proposicio- 
nes presentadas por el gobierno de la república, sino sobre la base de la 
independencia de la Banda Oriental, pues respecto a este importante 
punto el ministro supone que los poderes beligerantes estarán completa- 
mente de acuerdo, y que el gobierno de la república no puede sustraerse 
a él”. 

S.E. el general Balcarce encontrará en la nota del 26 de diciembre, del 
que suscribe a S.E., que allí dice: “Es altamente ventajoso para la causa 
de la paz, por lo cual el gobierno de S.E. está tan justamente deseoso, que 
se sepa claramente cuáles son, al presente, las intenciones del gobierno 
imperial, relativas a la base, al parecer única, sobre la cual la paz se puede 
hacer, y a la cual el gobierno de la república tiene el mérito de haber dado 
su diligente asentimiento”. 

S.E. debe veren lo que antecede una directa contradicción con la idea 
sostenida por S.E. de que el suscrito creía a los poderes beligerantes 


226 


Luis Alberto de Herrera 


completamente de acuerdo sobre el punto de la independencia de la 
Banda Oriental. 

Lo contrario se expresa muy claramente allí, y la necesidad de ase- 
gurarse, ahora, de las intenciones definidas del gobierno imperial, respec- 
to a esa base, ha sido demostrada. 

El que suscribe, en su nota fecha 30 de diciembre, dice que la 
independencia, siendo (como lo cree y espera) aceptada por este gobier- 
no, no dejará de ser adoptada por el gobierno del Brasil. 

El que suscribe no encuentra en sus notas nada que justifique las 
aserciones que se le atribuyen, en cuanto a que el gobierno republicano 
no puede rescindir la política adoptada respecto a la independencia de la 
Banda Oriental; él, sin duda, creyó que no estaría en los planes del 
gobierno de S.E. renunciar a una política que el gobierno de la república 
había formalmente comunicado al que suscribe, como ministro media- 
dor, la cual fue necesariamente trasmitida al gobierno británico, como la 
política declarada de este país; pero el que suscribe no tiene ni la 
pretensión ni el deseo de intervenir en la conducta de este gobierno. 

Ha sido su deber, comoministro de S.M. el rey de Gran Bretaña, quien 
ha consentido en mediar entre la república y el Brasil, por solicitación de 
ambas partes, ofrecer a este gobierno su parecer relativo a los medios para 
terminarla guerra, como lo creyó útil, a fin de llegaraun resultado común, 
y a ese propósito se ha limitado el que suscribe; él no ha pretendido ni 
desea hacer nada más. 

S.E. el señor ministro se refiere al A- de esos artículos (que le fueron 
confidencialmente enviados por S.E. el 15 de octubre último) y él agrega 
lo que sigue: “porque las bases de la negociación del señor García, 
habiendo sido rescindidas, sena mejor, en opinión del gobierno, que S.E. 
considerara la idea de un armisticio que se estipularía (en condiciones 
equitativas y recíprocas), a cuya sanción este gobierno está pronto a 
concurrir; lo mismo cree que S.M.I. el emperador del Brasil, desde que 
el marqués de Queluz lúzo igual sugestión al señor Gordon, sobre el 
mismo punto que S.E. tuvo la deferencia de someter al gobierno, en 
setiembre”. 



La Misión Ponsonby 


227 


Sobre ese punto de la carta de S.E. el que suscribe debe observar, 
primero, que habiendo sido rescindidas las bases de la negociación del 
señor García, le parece que esto implica que, en la opinión de S.E., la base 
de la independencia de la Banda Oriental no se juzga ser ya la política 
declarada de este gobierno; segundo, que las proposiciones contenidas en 
el artículo A- parecían ser, entonces, para el que suscribe, de naturaleza 
que no las hacía trasmisibles, oficialmente, al gobierno británico por 
pretender la concesión del objeto por el cual la guerra continuaba y ser, 
por ello, manifiestamente estériles para el progreso de las negociaciones 
de paz. 

El que suscribe envió los artículos, en privado, al señor Gordon, quien 
seguramente, no ha sacado beneficio de ellos. 

El que suscribe informó al gobierno de la república su opinión relativa 
a este artículo y de la línea de conducta por él adoptada, y él ahora repite 
a S.E. su impresión; pero, al mismo tiempo, declara que está pronto a ser 
el instrumento para hacer cualesquiera proposiciones al Brasil, que este 
gobierno crea necesarias, siempre que no sean de índole tal, que no 
puedan ser lomadas en cuenta por un beligerante que no haya sido antes 
vencido por su adversario. 

Las negociaciones son inútiles, si ambas partes están resueltas a pedir 
todo y a no conceder nada; la mediación, en este caso, es estéril. 

El gobierno británico ha mucho que espera ver existente un estado de 
espíritu razonable sobre este punto; y el gobernador de Buenos Aires, al 
reconocer el principio de la independencia de la Banda Oriental, ha dado 
prueba de que el gobierno republicano entró con fines sinceramente 
pacíficos en la reanudación de las gestiones conducentes para obtener la 
paz, o sea, la aceptación de un principio de compromiso, no una exigencia 
irrazonable. El gobierno brasileño, hasta ahora, parece adherir a una 
política menos sabia o, tal vez, que sólo tendría éxito (si lo tiene) mediante 
la absoluta conquista. El que suscribe, advierte, con gran ansiedad, que 
ahora se duda si el gobierno republicano mantiene aquel principio 
sostenido por él y se ve, por tanto, obligado a requerir una respuesta 
explícita a la pregunta: “¿consentirá el gobierno de la república que la 


228 


Luis Alberto de Herrera 


independencia de la Banda Oriental sea considerada como base sobre la 
cual se funden negociaciones preliminares de paz?”. 

El que suscribe está muy deseoso de hacer todo lo que esté en su poder 
para llegar a la paz, en términos honorables y justos y que sean hábiles 
para fundar una paz duradera y beneficiosa para este país. S.E. el señor 
ministro, que tiene a la vista la documentación de las tratativas, debe saber 
con cuanta asiduidad, el que suscribe se ha afanado para llevar adelante 
este benéfico propósito. El que suscribe procederá hasta el fin dentro de 
estos sentimientos de interés en los destinos de este país de acuerdo con 
su deber; y él renunciará, si la hora llega de que la obstinación irreductible 
de ambos beligerantes en sostener puntos de vista extremos hace inútil su 
mediación, poniendo término a los esfuerzos que el gobierno británico ha 
realizado para dar fin amistoso a la guerra destructora mantenida entre la 
república y el imperio del Brasil; guerra en la cual los intereses de tantos 
estados neutrales son sacrificados. 

El que suscribe espera que S.E. el señor ministro tendrá bien dar 
pronta respuesta a la pregunta que él cree de su deber dirigir al gobierno 
republicano. El que suscribe no puede dejar a su gobierno en la ignorancia 
y debe informarlo inmediatamente del estado de la mediación. 

El que suscribe, 1 etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el ministro de relaciones exteriores, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, 18 de enero de 1828. Excmo. señor: En mi despacho 
separado, del 20 de diciembre último, tuve el honor de someter a V.E. el 
esbozo de un proyecto para formar un sistema de federación entre los 
estados litorales del Plata y del Paraná, para la seguridad de la libertad del 
comercio, desde la boca del estuario hasta el Paraguay y la entrada del 
Bermejo en el Paraná; lodo a culminarse con la garantía de Gran Bretaña, 
como la piedra central y el poder conservador del sistema. 




La Misión Ponsonby 


229 


En las instrucciones que me dio el señor Canning se nota la resistencia 
a atribuir la posesión permanente de la Banda Oriental al Brasil, y en el 
muy reciente despacho de V.E., igual falta de voluntad se demuestra por 
la manera como V.E. califica su aprobación del convenio preliminar del 
señor García. 

Los archivos del Foreign Office ofrecerán muy abundantes razones 
para explicar esta falta de voluntad, motivada por los propósitos confe- 
sados y por la política del ministro del Brasil si (como parece ser real- 
mente el caso), los brasileños pueden hacer efectivos sus propósitos y su 
política. Creen ellos que, una vez dueños permanentes de la costa entera 
de Sudamérica, desde el Amazonas hasta el Plata, y pudiendo establecer 
estaciones en la costa africana, seriamente podrán perjudicar, si no 
contralorear, a voluntad del gobierno imperial, el comercio de Inglaterra 
con la India, China y todo Asia Oriental, y el Pacífico. Imaginan que esto 
podría hacerse aun con una marina bastante reducida, por medio de 
cruceros, empleándolos en la captura de todos los traficantes que se 
atrevieran a arriesgar viaje sin convoy y haciendo, por tanto, demasiado 
costoso el comercio para continuarlo con provecho. 

00OO00 


La falta de habilidad y de valor entre los imperiales, no ofrece motivos 
de alarma, por lo que ellos solos tentasen contra los derechos o intereses 
británicos, pero no nos faltan rivales, envidiosos y enemigos bastantes, 
que ayudarían si pudiesen a disminuir nuestro poder. 

Si a los brasileños se les consintiera incorporar la Banda Oriental y el 
Río de la Plata a su Imperio, además de lo que ya poseen, podrían, en 
cualquier tiempo, dar facilidades a Francia, de unanaturaleza formidable, 
para atacar con ventaja los intereses marítimos de Inglaterra. Bien notoria 
es la prevención del actual emperador del Brasil a Inglaterra; su abdica- 
ción de la corona portuguesa le ha libertado, según él, si no en realidad 
en gran parte, tal vez de la mayor parte, de la obligación de cultivar la 
amistad de Gran Bretaña, en el interés de su seguridad personal y de su 
familia; las vinculaciones comerciales parecen bastante débiles, sabién- 
dose muy bien que las ventajas del comercio pueden asegurarse a una 


230 


Luis Alberto de Herrera 


nación, a pesar de estar en guerra con su mejor cliente; y S.M.I. puede 
creer que Francia podrá, con facilidad, compensar todas las pérdidas que 
resultarían de una desavenencia con Inglaterra. 

Si todo esto fuera cierto, sería conveniente despojar a una política 
hostil (si tal haya) de su poder de hacer daño a Inglaterra y quitar al Brasil 
los medios que, empleados en la forma que he supuesto, podrían con 
dificultad ser destruidos aun por el poder marítimo de Gran Bretaña. 

Si el emperador buscara la ayuda de Francia y pudiera entregar a ella 
todos los puertos de Sudamérica, Francia, sin duda, podría poner en el 
mayor peligro una inmensa parte de nuestro comercio, por medio de una 
guerra marítima de depredaciones en esas regiones. Los puertos princi- 
pales del Brasil, son fáciles de defender. El valor y la habilidad francesa 
los asegurarían y la distancia de su base de recursos, en la que Gran 
Bretaña tendría que operar, aumentaría mucho las dificultades. 

Estando la posesión de la Banda Oriental, a la cual eventualmente se 
liga la posesión permanente del Plata, en manos de la república del Plata, 
esto podría, en parte, ser una defensa contra el peligro citado, siempre que 
no se pudiera colocar a ese estado en situación más de acuerdo con la 
justicia y seguridad. Sin embargo, yo no creo que a Buenos Aires se 
pudiera confiar, con seguridad el dominio del Río de la Plata. Creo que 
sucedería fácilmente que un partido imperante podría tener intereses 
privados en emplear ese dominio para propósitos franceses o norteame- 
ricanos, y aun podría seguir la política y unirse con el Brasil (como se ha 
sugerido), para satisfacer miras estrechas; y con la posesión de la Banda 
Oriental, Buenos Aires podría hacer prosperar cualquier proyecto hostil 
que en Río se fraguase contra el comercio británico; ni faltan pruebas, en 
la conducta del gobierno del señor Rivadavia, de su intención de fomentar 
los intereses franceses en este país. (1) 

Llamo la atención de V.E. sobre la política de don Pedro, manifestada 
en su conversación con el señor Palacios, y su consonancia con la 
cantinela del día, que “las cuestiones americanas deberían ser considera- 


( I ) La traducción de esta nota — y a publicada — era deficiente, como se prueba cotejándola 
con el original. 




La Misión Ponsonby 


231 


das y decididas solamente por los americanos”. 

No seria imposible que estos estados se uniesen con el fin de cosechar 
alguna ventaja imaginaria actual, so capa de esos falsos principios pa- 
trióticos, que se ha de recordar han sido cuidadosamente fomentados, si 
no engendrados, por los norteamericanos, nación cuya presteza en 
hostilizary deprimirlos intereses de Gran Bretaña podrá, creo, apenas ser 
negada por cualquier persona que conozca el carácter de ese pueblo. 

En vista de estas circunstancias y de lo que podría resultar de ellas, en 
un futuro no distante, parece que los intereses y la seguridad del comercio 
británico serian grandemente aumentados por la existencia de un estado 
que, debido a su posición, podría impedir los males posibles, o remediar- 
los, si fueran creados, y en el que los intereses públicos y particulares de 
gobernantes y pueblo harían que tuviesen, como el primero de los 
objetivos nacionales e individuales, cultivar una amistad firme con In- 
glaterra, fundada en la comunidad de intereses yen lanecesidad manifies- 
ta de todos ellos, que palpablemente contribuiría a la protección y 
prosperidad de la misma Inglaterra. 

Tal estado creo que sería una Banda Oriental independiente; él 
contiene mucho de lo que sería deseable para habilitar a Inglaterra a 
asumir la política defensiva que la prudenci a pudiese señalarle que adop- 
tara. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sudamérica 
superior; su población está animada por un fuerte sentimiento nacional; 
le desagradan los brasileños y los de Buenos Aires, por igual, y se inclina 
más a los ingleses que a ninguna otra nación, derivando en la actualidad 
de Inglaterra la mayor parte de sus conforts y placeres, y sus terratenientes 
principales esperan de la inmigración inglesa las mayores probabilidades 
para adelantos futuros en energía y riqueza. Es un pueblo viril y capaz de 
defenderse en una campaña, aun con su escasa población, contra el Brasil 
o Buenos Aires, manteniendo su poder, el primero, sólo por medio de las 
fortalezas. 

La intención de Lavalleja es desmantelar Montevideo, pero creo que 
se le podría persuadir que conservara la ciudadela, que domina el puerto 
y la ciudad y que puede defenderse con un puñado de hombres. 

Gran Bretaña podrá, con facilidad y sin dar motivo justo de queja a 



232 


Luis Alberto de Herrera 


otra nación cualquiera, contribuir mucho al progreso rápido de este esta- 
do, en cuyo establecimiento firme yo creo que se halla la fuente segura 
de un interés y un poder para perpetuar una división geográfica de 
estados, que beneficiaría a Inglaterra y al mundo. 

Con estas ideas, yo he deseado anhelosamente cumplir con éxito las 
instrucciones del señor Canning, que me indican, si fallásemos en la 
propuesta originaria para la paz, sobre una compensación pecuniaria al 
Brasil, que tratásemos, entonces, de establecerla sobre la base de la 
independencia de la Banda Oriental y Montevideo. 

Creo que eso pudiera lograrse, aun mismo cuando las actuales 
apariencias favorables resultaran ilusorias, siempre que Gran Bretaña 
creyese conveniente perseguir este fin. 

Yo no puedo descubrir ningún título que tenga el Brasil para adueñar- 
se de la Banda Oriental, que pudiera oponerse a la actitud de Inglaterra, 
y tampoco tienen mayores derechos los de Buenos Aires. La provincia es 
un estado distinto y tiene una existencia legítima, precisamente por el 
mismo derecho que tiene Buenos Aires a su propia soberanía. Hasta 
ahora, Buenos Aires ha renunciado formalmente a todas sus pretensiones 
a la provincia, y el único título que pudiera alegar es, más o menos, el 
título alegado por el emperador y que Buenos Aires declara nulo, es decir, 
el acto del pueblo que unió su país a la república, en igual forma en que 
el emperador asevera que se había unido previamente al imperio. 

Al separar la Banda Oriental de la república, no se haría ningún mal 
a Buenos Aires. Por largo tiempo, los orientales no tendrán marina y no 
podrían, por tanto, aunque quisieran, impedir el comercio libre en el 
Plata. Para la época en que puedan erigirse en poder naval, Buenos Aires 
habrá establecido comunicación con sus propios puertos sobre el Atlán- 
tico, más abajo de la boca del Plata, que son muy superiores a Montevi- 
deo. 

Buenos Aires ganará al ser resguardada contra la interrupción de su 
comercio, en el futuro, dejando a Montevideo en manos de un estado 
neutral. A este respecto, no puede desear más, si S.M. tuviera a bien 
conceder a estos países el beneficio de la libre navegación del Plata, sería 
de efectos inestimables; y, si se me permite decir lo que pienso, creo que 


La Misión Ponsonby 


233 


haría más para civilizar y mejorar a toda Sudamérica de este lado de los 
Andes, que todo lo que pudieran hacer todas las otras medidas juntas. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el vizconde Dudley, etcétera. 


BALCARCE A PONSONBY 


(Traducción). Buenos Aires, enero 26 de 1828. El ministro que 
suscribe ha recibido la comunicación, del 16 del corriente, en la cual S.E. 
el representante británico ha creído del caso entrar en determinadas 
explicaciones sobre el sentido verdadero de sus notas confidenciales de 
26 y 30 de diciembre último, y en virtud de las cuales desea una 
contestación concreta, referente a las bases para las negociaciones de paz 
entre la república Argentina y el imperio del Brasil. 

El que suscribe cree inútil volver sobre las dichas notas, especialmen- 
te después de la conferencia verbal celebrada con S.E. el 22. Para disipar 
cualquier duda, sobre el significado de la nota que el que suscribe debe 
contestar, se impone el grato deber de manifestar cuál es la política de su 
gobierno. Sus procederes han sido siempre francos y fundados en la 
equidad y la justicia, y no hay razón para modificarlos, ya que está 
persuadido de ser del mismo carácter de los del gobierno británico, 
honorable mediador en la presente diferencia. 

Las dudas surgidas respecto a las bases de paz, se han originado en el 
sentido indefinido en el cual la independencia de la Banda Oriental ha 
sido tomada. 

Reconocerla absoluta y perpetua, importaría, para la república y el 
imperio, sancionar un principio de anarquía, inconstitucional y opuesto 
al voto expreso de la república, cuyas fatales consecuencias fácilmente 
pueden comprenderse. 

Se infiere de lo sucedido, que la independencia del lado este del Río 
de la Plata debe ser circunscrita y limitada a un período fijo — por 


234 


Luis Alberto de Herrera 


ejemplo, cinco años — a objeto de poner fin a la confusión y ruina, deri- 
vadas de la guerra, y para que, vueltos sus habitantes a sus hogares y a sus 
ocupaciones ordinarias, ellos puedan, al expirar el término convenido, 
decidir, pacíficamente y Ubres de toda restricción, de qué manera quieren 
fijar su propia existencia política. 

Establecidos estos principios, S.E. el señor representante británico 
observará que tenemos en vista la idea presentada en el artículo 4° de los 
preUminares de octubre. 

El gobierno de la repúbüca no limita su deseo, a tratar un armisticio, 
pues sería más satisfactorio llegar a una paz definitiva; tampoco pretende 
pedir todo sin conceder nada, lo cual ya ha sido puesto en evidencia por 
la liberalidad con que antes propuso condiciones recíprocas, por las 
cuales ambas partes se obUgarían. S.E. el señor enviado bien conoce las 
sinceras y pacíficas vistas del gobierno de la república y debe estar 
persuadido de que él adhiere a ellas, lo mismo que a la firme determina- 
ción de mantener, por las armas, el honor nacional. 

En una palabra, la base admitida por este gobierno para las negocia- 
ciones de paz, es la independencia temporaria de la disputada provincia 
y, en este entendido, S.E. el señor ministro mediador, ya que lo considera 
necesario, puede asegurarse de las intenciones del gobierno imperial. 

Entretanto, el que suscribe anticipa un resultado favorable a la pru- 
dente gestión de S.E. en este asunto y, si así ocurriese, como se espera, el 
gobierno de la república haría proposiciones con el mismo fin, apenas 
fuera oficialmente notificado. El que suscribe, etcétera. — ( firmado) Juan 
Ramón Balcarce. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A BALCARCE 


Buenos Aires, enero 28 de 1828. El que suscribe, enviado extraordi- 
nario y ministro plenipotenciario de S.M.B., tuvo el honor de recibir la 



La Misión Ponsonby 


235 


nota de S.E. el señor general Balcarce, fechada el 26 del corriente. 

El que suscribe entiende que la independencia de la Banda Oriental 
será reconocida, en virtud de las circunstancias creadas por la época, y por 
la política, que imponen su concesión. 

El que suscribe, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el ministro de relaciones exteriores, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, enero 28 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor de 
elevar a V.E. copia de una nota de S.E. el ministro de relaciones exteriores 
y mi contestación, la que, temiendo que el general Balcarce pudiera o 
quisiera no interpretar en su verdadero sentido, pedí al señor Parish la 
entregara personalmente, explicando, en la conversación, los párrafos 
que creyera necesario. El general Balcarce fundó el desgano del gobierno 
para acceder a mis deseos en un concepto errado, casi increíble, de los 
hechos. Dijo que entendía que, al mencionar yo la independencia de la 
Banda Oriental, mi intención era que su gobierno consintiese que el 
emperador continuase en posesión de las fortalezas de Montevideo y 
Colonia. 

El señor Parish se refirió a los documentos oficiales, en prueba de lo 
contrario, y el ministro terminó declarando su propia conformidad con 
mis deseos y, en una subsiguiente entrevista con el señor Parish, sobre 
otros asuntos, le manifestó que deseaba me comunicase que el gobema- 
dorestaríapronto ahacerde la independencia de la Banda Oriental la base 
de la negociación, etcétera, pero que deseaba, primero, hablarse de modo 
a llegar a un perfecto acuerdo sobre ciertos puntos. En consecuencia, 
visité a S.E. El gobernador empezó por expresar que “estaba encargado 
de dirigir las relaciones exteriores hasta la reunión de la convención” y 
que “sus poderes, derivados de las varias provincias, diferían de grado”; 
que, particularmente, no podía suscribir ningún arreglo definitivo de paz, 
sin someterlo primeramente al gobierno de la Banda Oriental para su 



236 


Luis Alberto de Herrera 


asentimiento. 

Dijo que la convención se reuniría pronto y admitió que la opinión de 
Buenos Aires sería probablemente decisiva en aquel cuerpo, respecto a 
la paz, pues Buenos Aires, en realidad, soportaba el peso de la guerra. 
Luego me preguntó si la independencia de que yo había hablado, debería 
ser “permanente o sólo temporaria”. Le repliqué que permanente: una 
independencia absoluta de ambos beligerantes y de todo otro poder, 
según se había aceptado por el anterior gobierno de la república. El 
gobernador dijo que no podía acceder a ello, pero si la independencia 
fuera estipulada por un período fijo, al final del cual la Banda Oriental se 
hallara en libertad de seguir su propia inclinación, sería entonces otra 
cuestión; que, si la independencia de la Banda Oriental fuera consentida 
tan sólo por un cierto período, ese arreglo no privaría a la república de sus 
derechos al expirar el plazo; que , en un caso, la cuestión estaba finalmente 
terminada; no así en el otro. 

Yo repliqué que el arreglo en cuestión era, en esencia, permanente 
respecto a los beligerantes y extinguía todas sus pretensiones de derechos 
sobre la provincia; que el período estipulado en el proyecto tenía por 
objeto impedir que la Banda Oriental se uniera a algunos de los poderes, 
antes del término del período; y que esta estipulación obedecía al 
propósito de disiparlos recelos del emperador, que podría suponer que la 
Banda Oriental se precipitaría en brazos de Buenos Aires enseguida de la 
evacuación, por sus tropas, del país. 

El gobernador manifestó que le sería mucho más fácil persuadir a la 
gente en favor de un arreglo que tuviera la apariencia de ser provisorio, 
que en favor de una renuncia incondicional, para siempre, de todos sus 
derechos a la Banda Oriental, como él calificaba la admisión de su 
independencia más allá de un entendimiento por un período limitado. 

Le repliqué que yo entendía que los beligerantes aceptarían tomar 
como base la independencia y que la Banda Oriental podría comprome- 
terse, por un tiempo determinado, a no incorporarse a ninguno de los 
limítrofes, etcétera, pero que quedaría libre, al expirar aquel plazo, de 
tomar la actitud que creyera conveniente, quedando en libertad de 
contemplar sus propios intereses, al igual de cualquier estado soberano, 


La Misión Ponsonby 


237 


y pregunté si yo podría esperar del gobierno una contestación en favor de 
tal principio. El gobernador contestó que sí. 

Entonces expresé que confiaba que los delegados de Buenos Aires a 
la convención serían instruidos en ese sentido, agregando que “estaba 
seguro que Buenos Aires podría asegurar la sanción, por la convención, 
de la política que el gobierno había adoptado”. El coronel Dorrego dijo 
que, sin duda, y que su propia opinión era que no habría ninguna dificultad 
en el seno de aquella asamblea, que siempre había sido su deseo la paz, 
y que oir cualquier propuesta honorable era su firme política; que 
esperaba que los hechos ahora hicieran menos obstinado al emperador, 
pues S.M. debía hallarse en gran apremio; que, según datos oficiales, de 
fecha 12 del corriente, enviados por el general Lavalleja, el ejército 
imperial se retiraba en el mayor desorden del Y aguarón y del Cerrito; que 
Lavalleja tenía el dominio de la laguna Merim, y que tres grandes 
convoyes de provisiones y municiones para las tropas brasileñas habían 
sido tomados; que el enemigo había dejado en el Cerrito un valioso 
aprovisionamiento; que una expedición, iba contra las Misiones portu- 
guesas; que tendría buen éxito, y que el número de corsarios republicanos 
había aumentado mucho, tendiendo a seguir en aumento; pero, no 
obstante todo esto, él sabía que la paz era necesaria al país, y que la 
prefería a la certidumbre de todas las ventajas a esperar de la continuación 
de la guerra 

Contesté que había oído mencionar los sucesos que mencionaba S.E. 
y que hacía ya mucho tiempo yo creía en el buen éxito del ejército de la 
república; que era bajo esa impresión que apremiaba al gobierno de S.E. 
a definir su política, en cuanto a la independencia; política necesaria para 
terminar la guerra y que, en mi entender coloca a este gobierno en 
situación muy ventajosa y prueba a todos los neutrales (que sufren 
actualmente los efectos de la guerra) que la república abriga el sincero y 
firme deseo de poner término a las hostilidades, al adoptar una proposi- 
ción sobre la cual es evidente que podría fundarse una paz justa, 
honorable y duradera. 

Agregué algunas otras observaciones, innecesarias de detallar, y dejé 
al gobernador bajo el definido entendimiento, entre nosotros, de que este 



238 


Luis Alberto de Herrera 


gobierno está pronto a aceptar el principio de la absoluta independencia 
de la Banda Oriental, como base para tratar los preliminares de paz; que 
la Banda Oriental sufrirá limitación, por cierto plazo, en cuanto a su 
derecho de unirse con otros estados; y que, a la expiración de ese término, 
quedará plena y enteramente libre de aceptar, o rechazar, cualquier 
arregloque guste con cualquier otro estado y será absolutamente indepen- 
diente. Y quedó entendido que la gestión del gobernador será, en todo 
esto, sometida a las decisiones de la convención. 

El gobernador sabe que se halla en peligro de verse forzado a pactar 
una paz que él ha creído tener interés privado en retardar. Muchos de 
aquellos que conmás violenciapugnabanporla guerra, han tomado ahora 
opuesto rumbo, no poco influenciados, según creo, por la creencia 
prevaleciente, ahora, del levantamiento del bloqueo, sobre la duración 
del cual sus especulaciones dependían por entero y por las cuales 
solamente estaban inducidos a desear un prolongamiento de las hostili- 
dades. 

La memoria que tuve el honor de trasmitir a S.E. (de los comerciantes 
de aquí) y el conocimiento público y notorio, de la insuficiencia total de 
las fuerzas bloqueadoras, me ofrecieron la oportunidad de asestar un 
golpe, que creí de efecto, sobre el partido de la guerra. 

Dije a una persona de mi relación que mi opinión personal era que el 
bloqueo debía levantarse; que los hechos que prueban la ineficacia del 
bloqueo brasileño, eran indisputables; que la comisión de comerciantes 
(era uno de ellos) había proporcionado nueva prueba sobre el caso, todo 
lo que se había trasmitido a V.E.; que la regla del bloqueo exige que él 
resulte real y honradamente eficiente; que muy probablemente un resu- 
men de los hechos debe haber sido enviado al gobierno de los Estados 
Unidos de Norteamérica y que no era probable que un gobierno tan 
francamente hostil a bloqueos, dejara pasar esta oportunidad de romper 
éste; que, si Norteamérica reclamaba, y se le permitía el derecho de 
desconocerlo, Inglaterra demandaría igual derecho para ella; y, finalmen- 
te, que el bloqueo parecía destinado a romperse. Mi interlocutor ensegui- 
da lúzo circular esta opinión, magnificada y alterada de mil maneras; pero 
la gente creyó que emanaba de mí, y los fondos subieron, el precio del oro 



La Misión Ponsonby 


239 


bajó y los especuladores de la guerra, alarmadísimos, vendieron gran 
porción de sus mercancías, etcétera. Las exageraciones y errores de la 
versión pronto se corrigieron, pero creo que el partido pro guerra desistió, 
desde ese momento, de su juego. Me vi obligado a emplear estos medios, 
por otros y muy serios motivos. Nuestros conciudadanos se hallaban en 
un estado de extremada depresión, por temor de ruina, a causa de la 
prolongación interminable de la guerra: un comerciante falleció debido 
a trastorno mental, otro, se hallaba insano. 

Los ingleses eran las primeras víctimas del estado de cosas y tal vez 
hubieran sufrido considerablemente por un repentino cambio de aquéllas. 
Creí bien hecho confortar a algunos y proteger a otros, siempre que 
pudiera hacerlo sin la menor desviación de mis deberes púbücos o 
privados y, simplemente, publicando una opinión, fundada en hechos 
públicos y notorios, que tenía tanto derecho de alentar y exponer a la par 
de cualquier particular. 

Menciono esto a V.E. por si le llega cualquier noticia inexacta al 
respecto. 

También ha surgido un partido pro paz, compuesto de personas que, 
anteriormente, eran violentos sostenedores de la guerra, pero que ahora 
temen tener que prestar una contribución directa. Este partido está listo 
para lanzarse a los mayores extremos: ha pensado cortar los suministros 
a la junta, dando pasos para obligar al gobernador a hacer la paz (según 
creo) en cualquier condición. 

He tratado de contener esta demencia, demostrándoles que, exhibién- 
dole al emperador la supuesta incapacidad de su país para continuar la 
guerra y la disposición de mucha gente a someterse a cualquier condición, 
inducían, necesariamente, a S.M.I. a elevar sus pretensiones; que, posi- 
blemente, no quedaría, al fin, contento ni aun con el reconocimiento de 
su soberanía sobre la Banda Oriental, sino que también demandaría de un 
pueblo, tan aplastado y dividido, el pago de una proporción de sus gastos 
de guerra y que, en vez de llevar a la paz, semejantes actitudes la alejarían. 
También luce presente, muy vigorosamente, las razones existentes para 
esperar el buen éxito de Lavalleja, en campaña, y el buen resultado de la 
operación de los corsarios sobre el emperador, exponiéndoles, tan bien 



240 


Luis Alberto de Herrera 


como pude, la sinrazón de proceder violentamente en este momento, 
cuando, todo lo que se podía conseguir por las medidas propuestas sería 
disminuir, o tal vez destruir, el efecto de la victoria posible, agravando la 
derrota, en caso de tener que sufrirla. Y les hice ver la perspectiva de una 
fácil pacificación, en términos justos, honorables, con la probabilidad de 
ser duraderos y originarios de toda clase de bienes, sobre la base de la 
independencia de la Banda Oriental. 

Yo espero, a juzgar por los partes de Lavalleja, recién recibidos, 
respecto al desastroso estado del ejército imperial, que la causa de la paz 
ha recibido gran impulso y confío que, al fin, estamos acercándonos, 
rápidamente, al término de nuestras gestiones y que los deseos pacifica- 
dores del gobierno de S.M. serán cumplidos. 

Si Lavalleja sale victorioso, presumo que S.M. tendrá que hacer la 
paz, en condiciones de que sea duradera. Si Lavalleja es derrotado, esta 
república hará la paz en cualesquiera condiciones. 

V.E. querrá tener la cortesía, y también la bondad, de considerar la 
situación, de dificultad extrema, en que me encuentro. Seis meses se 
pasan generalmente antes de que yo reciba de V.E. instrucciones sobre 
cualquier punto, y aunque he traslucido y explicado a V.E. casi todas, si 
no todas las ocurrencias principales que han sucedido hasta la fecha, no 
ha habido tiempo para que hasta ahora yo haya recibido del gobierno de 
S.M. órdenes algunas para orientar mi conducta, previamente al momeu- 
lo en que debo actuar. 

Estoy celosamente dedicado a conseguir que Lavalleja cumpla su 
compromiso de no agitar principios políticos como grito de guerra, y de 
no entrar en arreglos con las provincias de S.M.I., que pudieran impedir 
una paz general. 

Supongo que ya habrán llegado hasta V.E. noticias de los serios 
desastres que amenazan en sus propios dominios a S.M.I. Yo he hecho 
todo lo posible, dentro de mi deber, para enterar a S.M.I. de los riesgos 
a que se expone por insistir en esta guerra, y de los peligros a que expone 
a la monarquía. Tengo el honor de quedar con sinceridad y respeto, de 
V.E. etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 



La Misión Ponsonby 


241 


A S.E. el conde Dudley, etcétera. 

P.D.S. He recibido la réplica final del gobernador, que agrego a este 
despacho. V.E. verá que trata de mistificar, reservándose los medios de 
actuar a su gusto, en adelante. 

La contestación, sin embargo, servirá a mis propósitos. Los orientales 
están contentos con ella, por el momento, y me parece que esto es bastante 
para que podamos detener, por seis u ocho semanas, los proyectados 
planes, respecto a la junta, del partido ultrapacifista, en cuyo tiempo, 
probablemente, los sucesos habrán decidido los puntos importantes 
actualmente en pie. 

Estoy casi seguro que el gobernador nunca tendrá poder para rehusar 
su consentimiento a la independencia. He trabajado ese punto con otras 
vistas, además de las que ya he expuesto a V.E. 

Si el gobierno de S.M. se viera obligado (lo que es posible) a 
interceder más decididamente de lo que hasta ahora lo ha hecho en la 
contienda, convendrá tener a uno de los beligerantes comprometido en 
una política pacífica, que justificará el tono de autoridad, si S.M. se viera 
obligado a usarlo. He tenido también en vista el interés particular de este 
gobierno: un rechazo de la base lo hubiera expuesto al peligro de un 
ataque por las armas del partido orientalista, que creo que fácilmente 
destruiría el poder del gobernador, pero que aparejaría serias confusio- 
nes, aumentando todas nuestras dificultades. 

Ha sido también esencial, según queda dicho, para detener al partido 
ultrapacifista, cuyos planes, de efectuarse, habrían (además de los males 
ya expuestos y ya señalados) obligado a Lavalleja, privado de toda 
esperanza, por esta parte, a fomentar sucesos revolucionarios en los 
dominios del emperador. 

He dado la contestación adjunta al gobierno, en la cual doy 1 a cuestión 
por sentada, sin entrar en comentarios sobre la obvia inconsistencia de las 
expresiones. 

Escribí al señor Gordon enterándolo de mi casi certidumbre de la 
aceptación, aquí, de una proposición fundadaen la base de la independen- 
cia. No mando al señor Gordon una copia de la nota de este gobierno, pues 


242 


Luis Alberto de Herrera 


podría provocar confusión, al no ser explicada con la relación de todas las 
circunstancias que la rodean. Debo agregar que creo que la convención 
de que se habla no se reunirá jamás. — Ponsonby. 


l’ONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, febrero 12 de 1828. Excmo. señor: Bonifacio Andrada, 
habiendo estado varios meses en Buenos Aires, partió, en diciembre, a 
bordo de un corsario, y fue desembarcado en la provincia de San Pablo. 
Mientras estuvo aquí, concibió o maduró la conspiración de la cual 
agrego toda la información que he logrado obtener. La conspiración, se 
dice, se extiende a todas las regiones del Brasil y muchos de sus 
directores, incluyendo senadores y otras personas con autoridad, están 
envueltos en ella. Los descontentos han ganado a las tropas alemanas en 
Pemambuco; unos mil hombres. Se proponen capturar barcos fondeados 
en ese puerto y transportar esa fuerza a Río de Janeiro o Río Grande o a 
cualquier otro sitio elegido. Las tropas alemanas en Río de Janeiro — unos 
mil hombres — también han sido conquistadas y deben salir de la ciudad 
y posesionarse de la Isla Grande. Lanzarán una proclama declarando que 
no consentirán ser, por más tiempo, instrumentos de opresión del empe- 
rador sobre el país, pero dejarán los asuntos internos a la solución del 
pueblo, al que se le recomienda en la proclama que se dirija al senado, 
exponiendo sus agravios. También fueron ganados los irlandeses, última- 
mente llegados a Río de Janeiro y su agente fue a Buenos Aires, de donde 
zarpó, conFoumier, de regreso. Los alem anese irlandeses serán compen- 
sados con campos y dinero; se supone que el emperador carece de tropas 
nacionales para sostenerle. Se intenta secuestrarlo, pero, solamente en 
caso de resistencia, matarlo. Se abolirá la monarquía y se crearán cinco 
repúblicas, a saber: Pemambuco, Bahía, Río de Janeiro, San Pablo y Río 
Grande. Dorrego, gobernador de Buenos Aires, se ha comprometido, por 
un tratado, a sostener esta insurrección y a hacer la paz y alianza con toda 
provincia que rechace la autoridad del emperador. Dorrego se compro- 


La Misión Ponsonby 


243 


mete, particularmente, a no suscribir la paz entre la república y el 
emperador bajo ninguna fórmula. Los brasileños, por otra parte, se 
comprometen apagar a Buenos Aires una porción de los gastos incurridos 
en la guerra que se ha llevado contra el emperador. Foumier zarpó con 
órdenes de instruir a los corsarios republicanos de cómo deben actuar, y 
para darles un juego de señales que se ha establecido a lo largo de la costa; 
y luego de haber desembarcado su pasajero y el dinero y munición de a 
bordo para los insurrectos, seguir a Nueva York; de allí solicitar el apoyo 
de los Estados Unidos contra cualquier poder europeo que pueda entor- 
pecer la creación de las nuevas repúblicas y los procederes del Brasil y 
Buenos Aires. No he podido aún ver los documentos donde este asunto 
se detalla, pero loque antecede me viene de persona que los ha leído. Dice 
que el tratado que asegura las recompensas a los alemanes e irlandeses, 
contiene trece artículos y que, así como el pactado con Dorrego, está 
suscrito por muchos de los jefes del Brasil. Mi informante ha obtenido 
estos datos, sobre el asunto, por vía pecuniaria, de uno de sus principales 
agentes, quien dependerá de él, en adelante, según sus necesidades o 
avaricia. Este agente tramitó todo el arreglo entre Dorrego y Andrada. No 
veo qué conveniencia pudiera tener mi informante de engañarme y no 
creo tampoco posible que él esté engañado en este asunto, aunque pueda 
equivocarse algo en el detalle. Espero saber, cuando llegue el próximo 
paquete, algo decisivo en cuanto a la fecha en que esta conspiración se 
pondrá en ejecución. Actualmente, sólo sé que hay algunos barcos de 
guerra aquí que van a cooperar en aquélla y comprendo que habrá que dar 
algún tiempo a las operaciones de Foumier; pero es cosa resuelta que, si 
algún individuo enterado del asunto fuera arrestado, ésta sería la señal 
para el inmediato comienzo de la acción en todas partes, de acuerdo con 
el plan de operaciones ya aprobado yen circulación. El emperador tal vez 
pudiera aún detener el golpe meditado, si concertara, de inmediato, la paz 
con el general Lavalleja, y espero que al general lo haya inducido a prestar 
oído benevolente a términos razonables. Pienso que el emperador está en 
inminente peligro y temo que tendría malas consecuencias para los 
intereses británicos el éxito de la conspiración. Copias de los documentos 
a ella referentes y de los tratados, han sido llevados por Foumier a 
Norteamérica. Trataré, por todos los medios, de conseguir yo también 




244 


Luis Alberto de Herrera 


copias, pero hay sólo cuatro personas en el país que conocen este asunto 
y sólo una, además de Dorrego, que pueda proporcionarlas. Tengo el 
honor de ser sinceramente, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 

P.D. Incluyo una copia de mi comunicación, sobre este asunto, al 
señor Gordon. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, febrero 13 de 1828. Excmo. señor: Es con gran 
satisfacción que trasmito a V.E. el resultado de mis empeños para inducir 
al emperador don Pedro a asentir a bases de las cuales podemos razona- 
blemente esperar ver sellada la paz en este hemisferio. 

Ya informé a V.E. de las proposiciones que trasmití con ese fin a 
S.M.I. El 6 del presente, recibí la nota n 2 1, que incluyo, de S.E. el 
marqués de Aracaty, trasmitiéndome ciertos artículos preliminares que, 
aun difiriendo de los míos, asentían, de inmediato, a la independencia de 
la Banda Oriental y al principio de entrar a negociar sobre el statn quo de 
los beligerantes. 

Había, sin embargo, mucho a objetar en las primeras proposiciones 
del emperador, y fue recién el 12 del corriente que me las devolvió, 
modificadas, el marqués de Aracaty; y espero que serán juzgadas por V.E. 
sin observación, según texto incluso, n 9 2. 

Considerando a la Banda Oriental como un tercero, separado e 
independiente, cuya aprobación es necesaria, sea cuales fueren las 
condiciones bajo las cuales se espera terminar la guerra, y rercordando lo 
especial de la posición del general Lavalleja, en relación a Buenos Aires, 
he pensado sea ventajoso a la causa de la paz enterar directamente a ese 
jefe de las proposiciones del emperador, dirigiéndole, a la vez, una carta, 
cuya copia acompaño. 

No he dado este paso sin obtener, previamente, la aprobación del 


La Misión Ponsonby 


245 


emperador don Pedro; de acuerdo con ella, S.M.I. va a enviar órdenes al 
general Lecor para que concierte de inmediato, la tregua entre los 
ejércitos situados en las fronteras de Río Grande, si el general Lavalleja 
se inclinara a activar la pacificación con la influencia de su presencia en 
Buenos Aires. 

El señor Fraser, agregado a esta misión, será el portador de mi carta 
al general Lavalleja, y como nos hallaremos capacitados, por su viaje, 
para tener noción exacta del verdadero estado de cosas en la Banda 
Oriental y de la forma en que se hace la guerra en la frontera del imperio 
brasileño, confío que V.E. aprobará el que yo lo envíe con esa misión. 
Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A LAVALLEJA 


Río de Janeiro, febrero 13 de 1828. A S.E. el general Lavalleja, 
etcétera. General: Considerando que una paz equitativa es el único 
legítimo término de la guerra y convencido de que sus actos en la Banda 
Oriental son principalmente guiados por este principio, no necesitaré 
mayor excusa para trasmitir a V.E. los preliminares que incluyo, que han 
sido aceptados por el emperador del Brasil. 

Siendo la suerte de la Banda Oriental el objeto declarado de la guerra 
entre el Brasil y Buenos Aires, no me cabe duda de que V.E. saludará 
gozoso la oportunidad que hoy se ofrece para sellar la paz, de la cual la 
independencia de su país de origen fomia la feliz base, y que sus esfuerzos 
propenderán a que se acepte por la república. 

Ruego además a V.E. quiera ver en esta carta una prueba del interés 
que Gran Bretaña se toma por el bienestar de la Banda Oriental, así como 
por la terminación de la guerra; y puede usted estar seguro que su 
cooperación en pro de un cese inmediato de hostilidades contribuirá, del 
mejor modo, a asegurar los buenos oficios de aquélla en las subsiguien- 


246 


Luis Alberto de Herrera 


tes negociaciones. Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 


GORDON A PONSONBY 


Río de Janeiro, febrero 17 de 1828. Excmo. señor: Las proposiciones 
que incluyo habían sido aceptadas por el emperador y estaban listas para 
ser despachadas a V.E. por el paquete de Buenos Aires, a su llegada aquí, 
cuando recibí la carta de V.E. del 27 último, asegurándome de las bases 
sobre las cuales el gobierno de Buenos Aires desea tratar la paz. 

No perdí momento en enterar a este gobierno de la naturaleza de su 
comunicación y he rogado al emperador que se limite, por ahora, a la 
simple aceptación de lo que se destaca en el despacho de V.E., siendo el 
modo más seguro de evitar retardos y futuros tropiezos. 

Sin embargo, S.M.I., sin oponerse, en principio, a esas bases, consi- 
dera más expeditivo seguir la obra de pacificación de acuerdo con la 
forma ya propuesta y que incluso trasmito. En ésta, la cuestión de la 
independencia de la Banda Oriental se tiene muy en cuenta y el modo de 
llegar a un rápido fin de las hostilidades se especifica con igual claridad. 

La importancia de las concesiones así hechas por S.M.I. no escapará 
a V.E.; primero, al renunciar a su título a la provincia Cisplatina y, 
segundo, al aceptar que se negocie sobre el principio del statu quo de los 
beligerantes, en vez del status ante bellum. 

Quiera el cielo conceder que ellas traigan esta desastrosa guerra a una 
rápida terminación. Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord John Pousonby, etcétera. 

DUDLEY A PONSONBY 


Londres, febrero 23 de 1828. Excmo. señor: Acompaño, con esta 
nota, una copia de la comunicación que S.M. ha dirigido al presidente de 


La Misión Ponsonby 


247 


las Provincias Unidas del Río de la Plata, retirando de esos estados a su 
representante ante los mismos. V.E. se servirá presentarla, en la forma de 
estilo. 

Por la copia, también adjunta, de una nota enviada al señor Gordon, 
V.E. se enterará de que el gobierno de S.M. desea que su partidapara Río 
de Janeiro coincida, en cuanto sea posible, con el término de la misión de 
aquél. No es, sin embargo, la intención del gobierno de S.M. que los 
movimientos de V.E. dependan, por completo, de los del señor Gordon, 
al extremo de que, si aquél abandona Río, salir, de inmediato, de Buenos 
Aires; pero es de desear que así no lo haga V.E. hasta que su predecesor 
en Río parta, salvo que V.E. crea de utilidad tener con él una entrevista 
personal antes. 

De la opinión del señor Gordon al respecto, V.E. será informado por 
las copias adjuntas. 

Antes de salir de Buenos Aires, V.E. presentará al señor Parish como 
encargado de negocios de S.M. y le entregará todos los papeles de la 
misión, junto con la clave y la llave para descifrarla. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) Dudley. 

DUDLEY A PONSONBY 


Ministerio de relaciones exteriores, 23 de febrero de 1828. Exento, 
señor: Con referencia a mi despacho n 9 1 (Brasil), de esta fecha, 
indicándole a V.E. que se dirija a Río de Janeiro, como enviado extraor- 
dinario y ministro plenipotenciario de S.M. ante el emperador del Brasil, 
y a la publicación, en The Gazette del 28 de diciembre, del nombramiento 
del señor Gore como secretario de la legación en Buenos Aires, debo 
informar a V.E. que se piensa suspender la partida del señor Gore hasta 
que se designe sucesor a V.E., quedando los asuntos de S.M., en tanto, a 
cargo del cónsul general. 

Saludo a V.E. — (firmado) Dudley 
A S.E. John Ponsonby, etcétera. 



242 


Luis Alberto de Herrera 


podría provocar confusión, al no ser explicada con la relación de todas las 
circunstancias que la rodean. Debo agregar que creo que la convención 
de que se habla no se reunirá jamás. — Ponsonby. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, febrero 12 de 1 828. Excmo. señor: Bonifacio Andrada, 
habiendo estado varios meses en Buenos Aires, partió, en diciembre, a 
bordo de un corsario, y fue desembarcado en la provincia de San Pablo. 
Mientras estuvo aquí, concibió o maduró la conspiración de la cual 
agrego toda la información que he logrado obtener. La conspiración, se 
dice, se extiende a todas las regiones del Brasil y muchos de sus 
directores, incluyendo senadores y otras personas con autoridad, están 
envueltos en ella. Los descontentos han ganado a las tropas alemanas en 
Pemambuco; unos mil hombres. Se proponen capturar barcos fondeados 
en ese puerto y transportar esa fuerza a Río de Janeiro o Río Grande o a 
cualquier otro sitio elegido. Las tropas alemanas en Río de Janeiro — unos 
mil hombres — también han sido conquistadas y deben salir de la ciudad 
y posesionarse de la Isla Grande. Lanzarán una proclama declarando que 
no consentirán ser, por más tiempo, instrumentos de opresión del empe- 
rador sobre el país, pero dejarán los asuntos internos a la solución del 
pueblo, al que se le recomienda en la proclama que se dirija al senado, 
exponiendo sus agravios. También fueron ganados los irlandeses, última- 
mente llegados a Río de Janeiro y su agente fue a Buenos Aires, de donde 
zarpó, con Foumier, de regreso. Los alemanes e irlandeses serán compen- 
sados con campos y dinero; se supone que el emperador carece de tropas 
nacionales para sostenerle. Se intenta secuestrarlo, pero, solamente en 
caso de resistencia, matarlo. Se abolirá la monarquía y se crearán cinco 
repúblicas, a saber: Pemambuco, Bahía, Río de Janeiro, San Pablo y Río 
Grande. Dorrego, gobernador de Buenos Aires, se ha comprometido, por 
un tratado, a sostener esta insurrección y a hacer la paz y alianza con toda 
provincia que rechace la autoridad del emperador. Dorrego se compro- 



La Misión Ponsonby 


243 


mete, particularmente, a no suscribir la paz entre la república y el 
emperador bajo ninguna fórmula. Los brasileños, por otra parte, se 
comprometen apagar a Buenos Aires una porción de los gastos incurridos 
en la guerra que se ha llevado contra el emperador. Foumier zarpó con 
órdenes de instruir a los corsarios republicanos de cómo deben actuar, y 
para darles un juego de señales que se ha establecido alo largo de la costa; 
y luego de haber desembarcado su pasajero y el dinero y munición de a 
bordo para los insurrectos, seguir a Nueva York; de allí solicitar el apoyo 
de los Estados Unidos contra cualquier poder europeo que pueda entor- 
pecer la creación de las nuevas repúblicas y los procederes del Brasil y 
Buenos Aires. No he podido aún ver los documentos donde este asunto 
se detalla, pero lo que antecede me viene de persona que los ha leído. Dice 
que el tratado que asegura las recompensas a los alemanes e irlandeses, 
contiene trece artículos y que, así como el pactado con Dorrego, está 
suscrito por muchos de los jefes del Brasil. Mi informante ha obtenido 
estos datos, sobre el asunto, por vía pecuniaria, de uno de sus principales 
agentes, quien dependerá de él, en adelante, según sus necesidades o 
avaricia. Este agente tramitó todo el arreglo entre Dorrego y Andrada. No 
veo qué conveniencia pudiera tener mi informante de engañarme y no 
creo tampoco posible que él esté engañado en este asunto, aunque pueda 
equivocarse algo en el detalle. Espero saber, cuando llegue el próximo 
paquete, algo decisivo en cuanto a la fecha en que esta conspiración se 
pondrá en ejecución. Actualmente, sólo sé que hay algunos barcos de 
güeña aquí que van a cooperar en aquélla y comprendo que habrá que dar 
algún tiempo a las operaciones de Foumier; pero es cosa resuelta que, si 
algún individuo enterado del asunto fuera arrestado, ésta seria la señal 
para el inmediato comienzo de la acción en todas partes, de acuerdo con 
el plan de operaciones ya aprobado yen circulación. El emperador tal vez 
pudiera aún detener el golpe meditado, si concertara, de inmediato, la paz 
con el general Lavalleja, y espero que al general lo haya inducido aprestar 
oído benevolente a términos razonables. Pienso que el emperador está en 
inminente peligro y temo que tendría malas consecuencias para los 
intereses británicos el éxito de la conspiración. Copias de los documentos 
a ella referentes y de los tratados, han sido llevados por Foumier a 
Norteamérica. Trataré, por todos los medios, de conseguir yo también 



244 


Luis Alberto de Herrera 


copias, pero hay sólo cuatro personas en el país que conocen este asunto 
y sólo una, además de Dorrego, que pueda proporcionarlas. Tengo el 
honor de ser sinceramente, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 

P.D. Incluyo una copia de mi comunicación, sobre este asunto, al 
señor Gordon. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, febrero 13 de 1828. Excmo. señor: Es con gran 
satisfacción que trasmito a V.E. el resultado de mis empeños para inducir 
al emperador don Pedro a asentir a bases de las cuales podemos razona- 
blemente esperar ver sellada la paz en este hemisferio. 

Ya informé a V.E. de las proposiciones que trasmití con ese fin a 
S.M.I. El 6 del presente, recibí la nota n 2 1, que incluyo, de S.E. el 
marqués de Aracaty, trasmitiéndome ciertos artículos preliminares que, 
aun difiriendo de los míos, asentían, de inmediato, a la independencia de 
la Banda Oriental y al principio de entrar a negociar sobre el statu quo de 
los beligerantes. 

Había, sin embargo, mucho a objetar en las primeras proposiciones 
del emperador, y fue recién el 12 del corriente que me las devolvió, 
modificadas, el marqués de Aracaty; y espero que serán juzgadas por V.E. 
sin observación, según texto incluso, n Q 2. 

Considerando a la Banda Oriental como un tercero, separado e 
independiente, cuya aprobación es necesaria, sea cuales fueren las 
condiciones bajo las cuales se espera terminar la guerra, y rercordando lo 
especial de la posición del general Lavalleja, en relación a Buenos Aires, 
he pensado sea ventajoso a la causa de la paz enterar directamente a ese 
jefe de las proposiciones del emperador, dirigiéndole, a la vez, una carta, 
cuya copia acompaño. 

No he dado este paso sin obtener, previamente, la aprobación del 



La Misión Ponsonby 


245 


emperador don Pedro; de acuerdo con ella, S.M.I. va a enviar órdenes al 
general Lecor para que concierte de inmediato, la tregua entre los 
ejércitos situados en las fronteras de Río Grande, si el general Lavalleja 
se inclinara a activar la pacificación con la influencia de su presencia en 
Buenos Aires. 

El señor Fraser, agregado a esta misión, será el portador de mi carta 
al general Lavalleja, y como nos hallaremos capacitados, por su viaje, 
para tener noción exacta del verdadero estado de cosas en la Banda 
Oriental y de la forma en que se hace la guerra en la frontera del imperio 
brasileño, confío que V.E. aprobará el que yo lo envíe con esa misión. 
Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A LAVALLEJA 


Río de Janeiro, febrero 13 de 1828. A S.E. el general Lavalleja, 
etcétera. General: Considerando que una paz equitativa es el único 
legítimo término de la guerra y convencido de que sus actos en la Banda 
Oriental son principalmente guiados por este principio, no necesitaré 
mayor excusa para trasmitir a V.E. los preliminares que incluyo, que lian 
sido aceptados por el emperador del Brasil. 

Siendo la suerte de la Banda Oriental el objeto declarado de la guerra 
entre el Brasil y Buenos Aires, no me cabe duda de que V.E. saludará 
gozoso la oportunidad que hoy se ofrece para sellar la paz, de la cual la 
independencia de su país de origen fomi a la feliz base, y que sus esfuerzos 
propenderán a que se acepte por la república. 

Ruego además a V.E. quiera ver en esta carta una prueba del interés 
que Gran Bretaña se toma por el bienestar de la Banda Oriental, así como 
por la terminación de la guerra; y puede usted estar seguro que su 
cooperación en pro de un cese inmediato de hosülidades contribuirá, del 
mejor modo, a asegurar los buenos oficios de aquélla en las subsiguien- 


246 


Luis Alberto de Herrera 


tes negociaciones. Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 


GORDON A PONSONBY 


Ríode Janeiro, febrero 17 de 1828. Excmo. señor: Las proposiciones 
que incluyo hablan sido aceptadas por el emperador y estaban listas para 
ser despachadas a V.E. por el paquete de Buenos Aires, a su llegada aquí, 
cuando recibí la carta de V.E. del 27 último, asegurándome de las bases 
sobre las cuales el gobierno de Buenos Aires desea tratar la paz. 

No perdí momento en enterar a este gobierno de la naturaleza de su 
comunicación y he rogado al emperador que se limite, por ahora, a la 
simple aceptación de lo que se destaca en el despacho de V.E., siendo el 
modo más seguro de evitar retardos y futuros tropiezos. 

Sin embargo, sin oponerse, en principio, a esas bases, consi- 

dera más expeditivo seguir la obra de pacificación de acuerdo con la 
forma ya propuesta y que incluso trasmito. En ésta, la cuestión de la 
independencia de la Banda Oriental se tiene muy en cuenta y el modo de 
llegar a un rápido fin de las hostilidades se especifica con igual claridad. 

La importancia de las concesiones así hechas por S.M.I. no escapará 
a V.E.; primero, al renunciar a su título a la provincia Cisplatina y, 
segundo, al aceptar que se negocie sobre el principio del staiu quo de los 
beligerantes, en vez del status ante bellum. 

Quiera el cielo conceder que ellas traigan esta desastrosa guerra a una 
rápida terminación. Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord John Pousonby, etcétera. 

DUDLEY A PONSONBY 


Londres, febrero 23 de 1828. Excmo. señor: Acompaño, con esta 
nota, una copia de la comunicación que S.M. ha dirigido al presidente de 



La Misión Ponsonby 


247 


las Provincias Unidas del Río de la Plata, retirando de esos estados a su 
representante ante los misinos. V.E. se servirá presentarla, en la forma de 
estilo. 

Por la copia, también adjunta, de una nota enviada al señor Gordon, 
V.E. se enterará de que el gobierno de S.M. desea que su partida para Río 
de Janeiro coincida, en cuanto sea posible, con el término de la misión de 
aquél. No es, sin embargo, la intención del gobierno de S.M. que los 
movimientos de V.E. dependan, por completo, de los del señor Gordon, 
al extremo de que, si aquél abandona Río, salir, de inmediato, de Buenos 
Aires; pero es de desear que así no lo haga V.E. hasta que su predecesor 
en Río parta, salvo que V.E. crea de utilidad tener con él una entrevista 
personal antes. 

De la opinión del señor Gordon al respecto, V.E. será informado por 
las copias adjuntas. 

Antes de salir de Buenos Aires, V.E. presentará al señor Parish como 
encargado de negocios de S.M. y le entregará lodos los papeles de la 
misión, junto con la clave y la llave para descifrarla. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) Dudley. 

DUDLEY A PONSONBY 


Ministerio de relaciones exteriores, 23 de febrero de 1828. Excmo. 
señor: Con referencia a mi despacho n g 1 (Brasil), de esta fecha, 
indicándole a V.E. que se dirija a Río de Janeiro, como enviado extraor- 
dinario y ministro plenipotenciario de S.M. ante el emperador del Brasil, 
y a la publicación, en The Gazette del 28 de diciembre, del nombramiento 
del señor Gore como secretario de la legación en Buenos Aires, debo 
informar a V.E. que se piensa suspender la partida del señor Gore hasta 
que se designe sucesor a V.E., quedando los asuntos de S.M., en tanto, a 
cargo del cónsul general. 

Saludo a V.E. — (firmado) Dudley 
A S.E. John Ponsonby, etcétera. 




248 


Luis Alberto de Herrera 


CORDON A PONSONBY 

(Privado). Río de Janeiro, febrero 24 de 1828. Mi querido Ponsonby: 
Le envío a V.E. algunas explicaciones sobre mi nota oficial que fue por 
el Thetis. 

Después del rechazo de nuestras oberturas anteriores, en Buenos 
Aires, he tratado constantemente de conseguir del emperador su asenti- 
miento a un armisticio sobre el principio del statii quo de los beligerantes; 
y, más aún, que declarara que estaría de acuerdo con la independencia de 
la Banda Oriental, apurándolo a agregar estas concesiones a sus anterio- 
res proposiciones. El resultado de mis esfuerzos ha sido el documento que 
comuniqué a usted por el Thetis. No diré que es excepcional, en cuanto 
a forma, pero algún descuento hay que hacer a la obstinación y vanidad 
que inflama a las cabezas en estos climas y, si se llegara alguna vez a una 
suspensión de hostilidades, se llegaría a un arreglo satisfactorio al final. 

Después de las insinuaciones, o más bien dicho, seguridades, que 
usted me ha dado con respecto a Lavalleja, creí que el modo más seguro 
y expeditivo de traerlo al asunto sería escribirle una caita amable, 
comunicándole las bases brasileñas, las que, si le parecían aceptables, 
podría apoyar del modo que mejor le pareciera. He hecho esto con la idea 
de inducido a tener fe en las transacciones y sinceramente confío que 
nuestro gobierno garantirá conducta leal por ambas partes. 

lie mandado mi carta por intermedio de mi agregado, el señor Frascr, 
y el general Lecor tiene órdenes de aquí de aceptar cualquier cosa que 
propónga Lavalleja, en el sentido de una tregua, mientras siguen las 
negociaciones. No puedo decir que no esté confiado en cuanto al 
resultado de nuestros esfuerzos, sean los que fueren, pues no veo su- 
ficiente flexibilidad del lado de la república. A menos que nos resolvamos 
y declaremos, a ambas partes, que el arreglo que consideramos justo tiene 
que aceptarse, me temo que nunca se entenderán. 

El emperador ve claramente que no puede ya forzar más su bloqueo 
sobre los barcos neutrales y sólo me sorprende la paciencia de nuestras 
autoridades navales, que continúan reconociendo un bloqueo que, de 


La Misión Ponsonby 


249 


hecho, puede decirse sólo se hace efectivo contra la bandera británica. 

En sus cartas, usted no alude a lo que para mí, eS' la mayor dificultad 
en la cuestión pacificación: ¿cuándo y a quién se entregará Montevideo? 
¿Debe ser evacuada por los brasileños antes de que este punto se resuelva 
por un tratado? Su despacho del 27 último no es concluyente a ese 
respecto. El hecho es, no obstante, que lodo su contenido es aceptado por 
el emperador. 

I (I) * * * 5 El tratará la paz sobre ía base de la independencia de la Banda 
Oriental. 

2- El consiente que el nuevo estado no esté en libertad de unirse, por 
incorporación a ningún otro. 

3 9 El está de acuerdo de entregar las plazas fuertes a los orientales. 

Seguramente que si el gobierno de Buenos Aires se mantiene, conse- 
cuente con el contenido de su carta, firmarán una convención preliminar 
sin mayor vacilación. (1) 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord Jolui Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A BALCARCE 


Buenos Aires, marzo 9 de 1828. El que suscribe, etcétera, tiene el 
honor de hacer saber a S.E. el general Balcarce, que ha recibido una 
comunicación oficial del ministro de S.M.B. en Río de Janeiro, hacién- 
dole saber que S.M.I. el emperador del Brasil aceptará tratar la paz sobre 
las siguientes bases: 


( I ) Algo más que una simple llamada reclamaría la personalidad diplomática del ministro 

Gordon y su enciente gestión en Río Janeiro; pero, a esta altura, ya escribimos y 

ordenamos papeles bajo gran apremio. Nos limitaremos, pues, a recordar algunos datos 

biográficos. 

Nació en 1791, falleciendo de repente, en Balmoral, en 1847. Quinto liijo de Lord 


250 


Luis Alberto de Herrera 


l e S.M.I. tratará la paz sobre la base de la independencia de la Banda 
Oriental. 

2- El nuevo estado no podrá unirse , por incorporación, a ningún otro 
estado. 

3 e S.M.I. consiente en entregar las plazas fuertes a los orientales. 

Como los términos apuntados contienen en sí las bases para la ne- 
gociación a las cuales el gobierno republicano ha asentido, y como ellas 
son manifiestamente muy ventajosas, preservando igualmente el honor y 
asegurando los intereses de la república, el que suscribe no duda que el 
gobierno de S.E. dará su inmediato y cordial consentimiento a estas pro- 
posiciones. 

El que suscribe, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el ministro de relaciones exteriores, etcétera. 


Iladdo y liermano de lord Aberdeen y de Alejandro Gordon, caído en Waterloo. 
Agregado en 1810, a la legación de Inglaterra, en Persia; secretario en La Haya; ple- 
nipotenciario, en 1815, 1817 y 1821, en Viena, donde traduce la política exterior de 
Wellington. 

En julio de 1826 se le confía la representación en el Brasil, siendo sustituido por 
Ponsonby, en Agosto de 1828. En esa fecha, pasa como embajador extraordinario, a 
Constantinopla con la misión, que obtiene pleno éxito, de restablecer las relaciones 
amistosas entre su país y Turquía, interrumpidas desde la batalla de Navarino. AHÍ 
permaneció hasta 1831. En octubre de 1841, nombrósele embajador en Viena, siendo 
reemplazado, en 1846, por el vizconde Ponsonby. 

Como se ve, en 1828 y 1846, se cruza el destino de Ponsonby y de Gordon. La 
sustitución del segundo por el primero, en Río de Janeiro, no significó, como por error 
alguna vez se ha dicho, una expresión de desagrado de la cancillería inglesa respecto 
al desempeño de Gordon. Bastaría observar que la misión especial ante la Puerta, 
importaba una distinción y, por tanto, un premio. 

Por otra parte, actuó con toda eficacia en la obra mediadora, colaborando con brillo, 
celo y mucho acierto en la tarea fecunda librada al talento y a la suprema dirección de 
Ponsonby. 

Parte de su correspondencia se revelaen estas páginas. Ella lo muestra como un hombre 
de pensamiento y de firmes orientaciones. Concilia la energía con la prudencia. Fervo- 


La Misión Ponsonby 


251 




PONSONBY Ia GO RDtyN 


Buenos Aires, marzo 9 de 1828. Hon. Roberto Gordon. Señor: He 
recibido hoy, por el Heron su carta de fecha 24 de febrero, y, sin esperar 
a sus despachos, enviados en el Thetis (que no han llegado), elevé al 
gobierno la nota que incluyo. 

Su comunicación con Lavalleja debe ser conocida aquí, sin tardanza, 
y el estado de los asuntos reclama, a mi juicio, la más rápida solución y 
que a todos los partidos se someta, de inmediato, el proyecto de pacifica- 
ción, tan felizmente traído al punto en que se encuentra. 

Mi despacho cifrado le habrá mostrado a usted la razón de alguna de 
mis opiniones y de ello habrá usted deducido cuán grato fue para mí saber 
de su correspondencia con Lavalleja. 

Más aún, es necesario que yo proceda, sin un instante de demora, y 
obligue a Dorrego, a despecho de sí mismo, a obrar en directa contradic- 


rosamente sirve la causa de la paz, sobreponiéndose al fastidio que bien pudo encender 
en su espíritu, muchas veces, el caviloso ambiente político y social en que actuara. 
Con el mejor deseo, secunda la gestión del doctor García, sin ocultarle su pesimismo, 
y, más adelante, sugiere y propicia el viaje de Fraser al campamento de Lavalleja, que 
tanta alarma despertó en Buenos Aires y que, precisamente por eso, precipita la 
anhelada solución. 

Arrojaría luz completa sobre aquellas negociaciones célebres, la publicación comple- 
mentaria de todas las notas de Gordon, como ahora lo hacemos, en su casi totalidad, con 
las de Ponsonby. 

Desde luego, la dirigida al almirante Otway, hasta el presente desconocida, aporta una 
información definitiva sobre las causas fulminantes del desenlace. 

Era irrevocable el propósito de la Gran Bretaña de acabar con la guerra y con el enorme 
daño inferido a su comercio por ella y por las sentencias abusivas de los tribunales de 
presas imperiales, como demostrado está. 

Aun después de suscrita la paz, el almirantazgo inglés, de acuerdo con la cancillería 
imparte instrucciones a Otway, con fecha noviembre 9 de 1828, ordenándole que 
proceda "a la captura y envío a los propios puertos, por vía de represalia, de tantos 
barcos mercantes brasileños como a su juicio sean necesarios para compensar las 
pérdidas sufridas por los dueños de los buques y cargas injustamente tomados y 
confiscados por el gobierno del Brasil". 

Todo eso, "en el caso de que fracasaran las reclamaciones articuladas ante el gobierno 
imperial" que, por cierto, no fracasaron. 



252 


Luis Alberto de Herrera 


ción con sus compromisos secretos con los conspiradores y que consienta 
en hacer la paz con el emperador. La mayor diligencia que pueda usted 
emplear es necesaria; no sea que esta república democrática, ep la cual, 
por su verdadera esencia, no puede existir cosa semejante al honor, 
suponga que pueda hallar, en las nefastas intrigas de Dorrego, medios de 
servir su avaricia y ambición. Yo debo anticipar el fracaso de la conspi- 
ración de Dorrego y obtener un asentimiento a los términos de paz 
propuestos, sobre los cuales nosotros (si nos place) podamos insistir en 
cualquier circunstancia. 

Espero no encontrar en los propios despachos (cuando ellos lleguen) 
nada que pueda alterar el sentido intrínseco de los artículos que he 
transcrito de su carta. Usted observará que he hecho en mi nota al ministro 
una leve alteración en el segundo artículo. 

Su segundo artículo dice: “Él (el emperador) consiente que el nuevo 
estado no tenga libertad de unirse, por incorporación, a ningún otro”. Yo 
digo: El nuevo estado no tendrá libertad para unirse, etcétera. 

He hecho esto para impedir que el gobierno aproveche las palabras 
que pueden interpretarse como el derecho de negativa de parte del 
emperador a aquella provisión, que es seguro será el punto sobre el cual 
el gobierno tratará de derrotar la paz. Deseo dejar a Dorrego en la 
necesidad de formular él mismo la objeción y yo podré, entonces, creo, 
impugnarlo. En efecto, es un requisito de gran importancia, porque pone 
un punto final a las intrigas de este país en la Banda Oriental, que, de otro 
modo, seguirían produciéndose sin interrupción en provecho privado de 
particulares. Un arreglo definitivo, que tenga sello, es necesario. Si es 
posible que así sea, tanto mejor. 

He despachado, para entrevistarse con Lavalleja, a una persona en la 
que confío completamente (por ser del mayor interés para ella^poyar mis 
opiniones), para concertar con aquel jefe las gestione? necesarias a seguir 
para el buen éxito de nuestra obra. Comparto calurosamente su deseo de 
que "Inglaterra vea juego limpio” . Es a Lavalleja a quien deberemos la 
paz, en gran parte al menos. Creo que nunca la hubiéramos alcanzado por 
medios correctos sin su cooperación, y es en él *en quien confío para 
impedir los planes extravagantes y locos de los que han sido arrastrados 



La Misión Ponsonby 


253 


a la desesperación, tal vez, por la tiranía del emperador y por sus malas 
actitudes. En una palabra, descanso en Lavallejaparael rechazo y derrota 
del propósito de levantaren Sudamérica el estandarte del republicanismo 
contra la monarquía. Lavalleja me ha prometido que no se combinará, con 
ningún modo, con los súbditos rebeldes del emperador. Ha prometido 
limitarse a asegurar la independencia de su propio país y detenerse ahí. 

La independencia de la Banda Oriental será la mejor garantía futura 
para la tranquilidad del emperador; y, si nuestro país quiere, como es muy 
evidente ser su interés, favorecer a la Banda Oriental y proteger a La- 
valleja tanto cuanto pueda, confío que el emperador habrá ganado 
incalculables ventajas por la derrota de sus propios planes de usurpación, 
etcétera. 

Lamento haberme expresado hasta ahora tan ambiguamente que us- 
ted no ha penetrado mi opinión: ¿A quién deberá entregarse Montevideo? 
Sin embargo, usted ha procedido exactamente en ese asunto según mi 
punto de vista. Yo siempre consideré que solamente debe darse a los 
orientales. 

Existe un gobierno regular establecido en la provincia, del cual 
Lavalleja es la cabeza: él es gobernador y capitán general de la provincia. 

La unión de la provincia con Buenos Aires no es más que la que surge 
de su consentimiento para ser una de las provincias que forman la 
república del Plata y, por tanto, legalmente, está sometida a la autoridad 
de Buenos Aires, como Buenos Aires puede estallo a la autoridad de la 
Banda Oriental. 

La provincia, en conjunto, con casi todas las demás, ha autorizado al 
ejecutivo de Buenos Aires a conducir la guerra y a tratar la paz. El 
ejecutivo de Buenos Aires ha hecho a Lavalleja general en jefe del 
ejército nacional. Hecha la paz, Lavalleja cesará de ser jefe del ejército 
nacional y quedará gobernador y capitán general de la provincia y nada 
más. 

Puede estar usted seguro de que él cuidará de ocupar Montevideo con 
orientales y no con bonaerenses. Es, én absoluto, tan hostil al dominio de 
esta república sobre su país, como S.M. pueda serlo. Todos sus intereses, 


254 


Luis Alberto de Herrera 


así como sus pasiones, lo estimulan a asegurar la independencia de su 
tierra. Nuestro objetivo debiera ser ayudado en ese propósito y apartar, 
para siempre, toda intervención en su destino del emperador y de los 
bonaerenses. 

A Lavalleja, pues, como gobernador de la provincia de la Banda 
Oriental, me parece que Montevideo, Colonia y otros sitios fortificados 
deben solamente serle entregados y agrego que Buenos Aires debe retirar 
sus tropas de la provincia al mismo tiempo que el emperador retire su 
ejército. Los límites de la provincia, a esos efectos, pueden ser suficien- 
temente definidos tomando, como tales, las fronteras que se tuvieron por 
límite cuando el gobierno portugués penetró con sus tropas en el territo- 
rio. En cuanto a la cuestión de límites, podrá surgir, más adelante, 
bastante preocupación; pero creo que estará bien inclinarse al emperador 
en ese punto, por cuanto él ha cedido (aunque por fuerza) en la cuestión 
principal. 

La negativa, o estorbo, que usted ha notado respecto a la exportación 
de allí de mercadería británica, no significa nada. Si se concluye la paz, 
el asunto se arreglará de inmediato; si continúa la guerra y el bloqueo no 
puede mantenerse por el emperador contra las naciones neutrales, como 
usted ha observado, y como parece ser necesariamente el caso, la 
mercadería inglesa deberá estar entonces, libre para ser exportada, 
porque no puede haber pretexto alguno para impedir a los súbditos in- 
gleses que saquen de este país sus bienes ni tampoco, traer sus propios 
elementos de vida, no siendo contrabando de guerra. 

Encuentro en la situación del bloqueo, otra razón más para obrar 
urgentemente ante este gobierno. Si supiera que se terminaba de facto, 
podría utilizar ese conocimiento para sostener sus deseos íntimos de 
continuar la guerra. No obstante, no he dicho nada del bloqueo. 

Trataré de hacer llegar a conocimiento de los negociantes los arreglos 
sobre los asuntos comerciales de Montevideo. Tengo el honor, etcéte- 
ra. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. Roberto Gordon, etcétera. 

P.S. He tenido una entrevista con el emperador y mando a usted una 


La Misión Ponsonby 


255 


minuta de nuestra conversación; incluyo, además, la caita oficial deí 
gobierno, aceptando las bases (no enviada). 

Siento un creciente deseo de traer este asunto a una terminación tan 
rápida como sea posible y ruego a usted que gestione el envío de un 
ministro brasileño aquí, con plenos poderes. 

Dorrego, como usted ve, ha declarado, en términos muy elevados, que 
está pronto a mandar un ministro a Río. Si usted escoge esa manera de 
proceder, Dorrego será dueño de prolongar, hasta donde le plazca, la 
duración de las negociaciones. Si tienen lugar acá puedo obligar a 
Dorrego a concluirlas, rápidamente. Si el emperador quiere ganarse, 
muchísimo, la buena voluntad de este pueblo, podrá decir que no desea 
que el ministro se mande a su corte, sino que enviará uno aquí en abono 
de su buena disposición. Créame que ese será el modo más seguro, de 
obrar. Doy por cierto que ahora sea sincero. Lo que yo propongo, me dará 
trabajo y será extremadamente desagradable, pero dará resultado. 

No le engañe la apariencia de tranquilidad. Esté seguro de su reali- 
dad. — P. 


BALCARCE A PONSONBY 


(Traducción). Buenos Aires, 10 de marzo de 1828. El que suscribe, 
ministro de guerra y relaciones exteriores, acusa recibo de la estimada 
nota de S.E. el enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de 
S.M.B., en la cual establece, con referencia a una comunicación del 
representante de S.M.B. en la corte del Brasil, que S.M.I. el emperador 
está dispuesto a tratar sobre las siguientes bases: 

l 9 Que tratará la paz sobre la base de la independencia de la Banda 
Oriental. 

2 9 Que el nuevo estado no podrá unirse por incorporación a ningún 
otro estado. 

3 9 S.M.I. consiente en entregar las plazas fuertes a los orientales. 



256 


Luis Alberto de Herrera 


El gobierno, íntimamente impresionado, ha ordenado al que suscribe 
hacer saber a S.E. lord Ponsonby que acepta las dichas bases; y, m 
consecuencia, está pronto a enviar un ministro autorizado a Montevideo, 
para ajustar la paz con las personas que S.M. tenga a bien designar, en el 
entendido, sin embargo, que el ministro de este gobierno se dirigirá a Río 
de Janeiro para dicho objeto, si S.M.I. prefiriera ultimarlas negociaciones 
allí. 

En esta ocasión, el ministro que suscribe tiene el placer de asegurar a 
S.E. lord Ponsonby que ha sido muy satisfactorio para el gobierno, que 
S.E. haya sido el instrumento para dar a la república Argentina y al 
imperio del Brasil una paz sólida y recíprocamente honorable, como será 
sin duda, aquella hecha sobre las bases propuestas y aceptadas. 

El ministro de guerra y relaciones exteriores tiene el agradable deber 
de saludar y felicitar, en esta ocasión, a S.E. lord Ponsonby con las 
expresiones de su más distinguida consideración. — (firmado) JJi. Bal- 
earte. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, marzo 10 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor de 
adjuntar una copia de la carta que recibí ayer, por el Heron, del señor 
Gordon, y la nota que escribí, el mismo día, al ministro general Balcarce, 
en. consecuencia de la cual S.E. el gobernador manifestó su deseo de 
entrevistarse conmigo, lo que se cumplió hoy. 

Tengo el honor de acompañar un resumen de nuestra conversación y 
la carta oficial que ellaprovocó, en la cual el ministro da el consentimien- 
to inequívoco del gobierno a las bases asentidas por S.M.I. para fundar 
negociaciones de paz. 

Tengo también el honor de enviar la copia de una caita que dirigí esta 
mañana al señor Gordon, en la cual V.E. verá expresados los motivos por 


La Misión Ponsonby 


257 


los cuales yo lie procedido; y sólo debo molestar a V.E. con una razón 
adicional, que posteriormente lie conocido, e impone mayor vigilanciade 
la sinceridad de Dorrego. 

S.E. recordará que recibí, por la mañana, una invitación para una 
conferencia con el gobernador; la hora era las dos y, el fin, dar una 
contestación verbal a las proposiciones de paz. 

He sabido de fuente segura, que a las 12 del día de hoy el coronel 
Dorrego, en presencia del ministro general Balcarce, dijo a la persona que 
fue su agente efi todo el asunto de la conspiración: “Nunca haré la paz con 
el emperador; me río de él, del señor Palacio y de lord Ponsonby, cuyas 
cartas no me afectan. Esperaré el acontecimiento en Río”. 

Estas comunicaciones hechas a mí, no han sido adquiridas con dinero, 
ni tienen nada que pueda hacer dudar sobre su veracidad. La suma que los 
conspiradores han prometido pagar a este país, es de millones de pesos; 
y esta gran suma es una de las mayores tentaciones de Dorrego. 

Estoy seguro que puedo vencer sus esfuerzos para impedir la paz, si 
las negociaciones se llevan a cabo en esta ciudad. He tomado ya las 
medidas necesarias a esos efectos; pero, si la conspiración estalla y el 
emperador es secuestrado, yo no sé bien cuál será el resultado. 

Estoy ansioso de despachar el lleron, y por eso no me demoro 
escribiendo más extensamente a V.E. 

Tengo el honor de ser, con gran verdad y respeto, etcétera. — 
(firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde de Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


(Separado y confidencial). Río de Janeiro, marzo 17 de 1 828. Excmo. 
señor: Me lie sentido profundamente turbado por el despacho adjunto de 
lord Ponsonby. 


258 


Luis Alberto de Herrera 


Como S.E. me anuncia oñcialmente que le da gran crédito a lo que 
dice referente a la conspiración contra la vida del emperador don Pedro, 
he creído que, cualesquiera sean mis propios sentimientos, era imposible 
ocultar la comunicación a no obstante venir, como viene, sin una 

sola prueba de su veracidad o clave por la que pudiera ser denotada. 
Confieso que tiene tanta apariencia de una estratagema para precipitar al 
emperador a hacer la paz con el enemigo, según sus propios términos, que 
de muy mala gana he cumplido lo que comprendo que es mi obligado 
deber. 


Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 
A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 

Río de Janeiro, marzo 17 de 1828. Excmo. señor: Rabiados alteracio- 
nes, o más bien, yo deseaba introducir un artículo y omitir otro en las 
úllimasproposiciones depaz que hesido autorizado porel emperador don 
Pedro para formular al gobierno de Buenos Aires. Una, requiriendo que 
el emperador estipule expresamente que, después de erigir a la Banda 
Oriental enestado independiente, todas las tropas brasileñas, así como las 
autoridades civiles, se retiren de las fortalezas; otra, que el pasaje del art. 
4-, que establece que ambas partes se reservarán su derecho y pretensio- 
nes, exactamente como existían antes de la guerra, se suprimiera, por 
inútil, y aun propicio a provocar desconfianzas, desde que el emperador 
ha asentido a la independencia de la provincia Oriental. 

Mi objeto, en ambos casos, era inspirar confianza, a la parte opuesta, 
en los dichos y en las perspectivas ofrecidas por el emperador; pero en 
ninguno pude decidir al ministro brasileño a adoptar mis alteraciones, 
como verá V.E. por la nota que incluyo, del 1 8 últ imo. Tengo, etcétera. — 
(firmado) R. Gordon. 


La Misión Ponsonby 


259 


A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


LAVALLEJA A GORDON 


Cuartel general en el Pueblo de La Laguna. Marzo 30 de 1828. 
Excmo. señor: El que suscribe, general en jefe del ejército republicano, 
ha recibido, con el mayor placer las comunicaciones que S.E. mister 
Gordon le dirigió, con fecha del 17 de Febrero, por mano del señor Fraser, 
miembro de la legación británica, que fue también el portador de los 
preliminares de un tratado de paz, aprobados por el emperador del Brasil. 

El general en jefe está completamente convencido de que una paz 
justa es el único final legítimo de la guerra, y al recibir esta noticia del 
señor Gordon, el que suscribe se sintió lleno de satisfacción al vislumbrar 
la proximidad de la conclusión de la guerra, que ha afligido tanto a la 
humanidad. 

El que suscribe general en jefe, acoge con placer las bases propuestas; 
más aún así, habiendo ellas sido ya aceptadas por su gobierno. El interés 
con que Gran Bretaña ha tomado parte tan activa, mediando en esta 
negociación de modo a activar la paz propuesta, será motivo de eterna 
gratitud de paite de la república Argentina y de ilimitado reconocimien- 
to de la del pueblo oriental. 

S.E. mister Gordon puede quedar firmemente persuadido de que 
éstos serán siempre los sentimientos del pueblo de Buenos Aires, como 
son los del general en jefe que tiene ahora, por primera vez, el honor de 
dirigirse a mister Gordon, etcétera. — (firmado) /uan Antonio Lava! leja. 

A S.E. don Roberto Gordon, miiúslro plenipotenciario y enviado 
extraordinario de S.M.B. 



260 


Luis Alberto de Herrera 


LAVALLEJA A GORDON 


Pueblo de La Laguna, marzo 30 de 1 828. Mi respetable señor: Lacarla 
que V.E. me ha dirigido por mano del señor Fraser, me ha llenado de 
satisfacción. Me entera de los sentimientos que inducen a V.E. y a la 
nación británica a contribuir a nuestra felicidad; y tah generoso proceder 
nunca podrá ser olvidado por la república Argentina, y mucho menos por 
el pueblo oriental, cuyos benéficos efectos le alcanzan más de cerca. 

El señor Fraser ha sido tratado con la mayor consideración, no sólo 
por el carácter que inviste, sino también en razón del modo especial en 
que se sirvió V.E. recomendármelo. De inmediato parte para Buenos 
/dres y tendré el honor de recomendarlo al gobierno de la república. 

El cese de hostilidades depende enteramente de mi gobierno; pero, 
entretanto, haré todo lo que esté en mi poder para facilitar la pronta 
terminación de la guerra, obra que V.E. ha asumido con tan noble 
empeño, en nombre de la nación británica. 

Ruego a V.E. etcétera. — (firmado) Juan Antonio Lavalleja. 

A S.E. don Roberto Gordon, etcétera. 


PONSONB Y A GORDON 


Buenos Aires, marzo 3 1 de 1 828. Excmo. señor: Va con ésta la réplica 
del gobierno al proyecto que etcétera, me fue enviado por el buque de 
S.M. Emulous. 

Este gobierno está pronto a mandar un ministro, con poderes necesa- 
rios, a Montevideo, para tratar, si S.M.I. determinara mandar un plenipo- 
tenciario a esa ciudad. También acompaño mi contestación al gobierno 
por lo que a usted concierne. 

Debe usted saber que existe en el proyecto, como se detalla, una 
diferencia muy esencial del simple reconocimiento de la Banda Oriental 


La Misión Ponsonby 


261 


como un estado independiente. 

En ei proyecto, S.M.I. promete erigir en un estado independiente, la 
provincia Cisplatina, etcétera. Para cumplir S.M.L debe estar convencido 
de su derecho a la soberanía sobre esa provincia y francamente lo asume. 

Esta república siempre se ha rehusado a reconocer ese derecho en 
S.M.I. y, si ahora firmara el proyecto, aparecería otorgando tal derecho 
al emperador. 

No puede dudarse, también, que S.M.I. tiepe ulteriormente en vista, 
según la actitud qqe ha adoptado, modelar la forma de gobierno, que se 
estableceráen la provincia y, posiblemente, nombrarlas personas que han 
de componerlo. Siempre he hablado a usted de un franco reconocimien- 
to de la independencia como la condición a la cual este gobierno 
consentiría, en definitiva, y no mencioné ninguna otra. No me responsa- 
bilizaré, pues, de ningún modo con V.E. por el asentimiento de este 
gobierno a las actuales proposiciones; pero agotaré mi esfuerzo, en el 
momento oportuno, para conseguirlo, si estuviera en su ánimo oponerse. 

Hasta ahora, he evitado cuidadosamente toda conversación que pu- 
diera llamar la atención sobre las dificultades que señalo y que, aunque 
no se han apuntado, dudq mucho e§capen a la observación. Desearía que 
S.M.I. hubiera adoptado otra actitud. Estoy seguro que sus intereses se 
hallarían más firmes y seguros (si es su objetivo la paz,, como estoy 
obligado a creerlo) por su retiro total de toda injerencia en la provincia, 
la cual, dejada enteramente a sí misma (con cualquiera sea el gQbiemo que 
allí se establezca), encontrará su mayor conveniencia en procurar la 
protección y benevolencia de S.M.I; pero, cualquier gobierno que quiera 
crear allí, pienso que inmediatamente caerá y el emperador será mirado 
con desconfianza en vez de como protector del nuevo estado. 

S,M.I. accede a entregar las plazas a los orientales, ^a experiencia 
debe haberle demostrado que, sin las fortalezas, no puede detentar la 
provincia. Debiera saber que ningún partido nativo que se erija en go- 
bierno de la provincia, puede guardarle esas fortalezas; debe saber que sus 
oficiales creyeron necesario desannar a todos los habitantes de Montevi- 
deo, hecho que debe servirle para apreciar el estado de ánimo del pueblo. 



262 


Luis Alberto de Herrera 


Si se suscribe una paz satisfactoria, soy de opinión que este país no 
volverá a entrar en ninguna empresa hostil contra S.M.I. por más tur- 
bulento que sea el temple y hábitos de esta nación. La B anda Oriental será 
una barrera suficientemente fuerte para impedir ataques desde allí y está 
muy intensamente interesada en evitarlos. 

Ni puede la Banda Oriental ser, en modo alguno, motivo de peligro 
para el emperador. Los salteamientos de que tanto se ha hablado, son, por 
lo menos, problemáticos y sería de evidente interés para la Banda Oriental 
someter a cualquier cabecilla o salteadores que pretendieran perturbar a 
las provincias vecinas, porque los tales serían formidables enemigos de 
aquel gobierno, que desearía la ayuda del emperador para destruirlos, en 
vez de protegerlos. 

He estado especialmente deseoso de utilizar su resumen para decidir 
a este gobierno, sin dejarle retirada, a adherir a los principios contenidos 
en los tres artículos, a fin de deshacer los planes de los opositores, que sé 
consideran a la paz como el mayor enemigo; la firma de esos tres artículos 
haría seguramente suponer a la gente que la paz es probable. El efecto ha 
sido paralizar al partido pro guerra y el propio gobernador, según creo, 
está ahora obligado a buscar la paz con sinceridad. Tengo, etcétera. — 
(firmado) John Ponsonby. 

A S.E. R. Gordon, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, marzo 31 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor de 
expresar, en respuesta al despacho n 9 19 de V.E. respecto a las patentes 
de corso, concedidas por el general Lavalleja que yo no creo que haya 
causa para ninguna aprehensión sobre el asunto. 

Si la paz se hace, y el general Lavalleja queda como jefe definitivo de 
su país (la única forma en que concibo que tenga nada que ver con asuntos 
marítimos), él estará bajo las obligaciones que la ley internacional 



La Misión Ponsonby 


263 


impone a los gobiernos, etcétera. 

Considero que no puede suceder que Lavalleja pretenda otorgar 
patentes de corso, excepto en el caso indicado. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. earl Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, abril 2 de 1828. Excmo. señor: En mi despacho n- 7 
del año que corre, mencioné a V.E. que había un partido naciente en la 
Banda Oriental que encabezado por un hombre de gran influencia, era 
probable que se pusiera en oposición con el general Lavalleja. La verdad 
de esto ha sido confiimada por los hechos, pues el 29 de febrero don 
Fructuoso Rivera llegó a Durazno, con un número considerable de 
partidarios, y ha marchado posteriormente hacia el Rincón de las Galli- 
nas, que es tal vez la posición militar más fuerte que pueda tomarse en la 
provincia Oriental, sobre la confluencia de los ríos Uruguay y Negro. 

Se supone generalmente que su objeto es el de libertar a la Banda 
Oriental del dominio de ambos poderes rivales y que se manejará solo, 
pues se le reconoce mucha de la energía desplegada anteriormente por 
Artigas e igual popularidad que la de ese jefe. 

Aquí se tiene la esperanza de que esté de acuerdo con el general Lecor, 
siendo favorable a los intereses brasileños. Lo cierto es que continuamen- 
te se le unen los desertores del ejército republicano. Es doloroso pensar 
quién sabe hasta cuándo podemos aún estar expuestos a las calamidades 
de la guerra en este hemisferio, si ella sigue hasta que el destino de la 
Banda Oriental se decida. No se ha recibido todavía contestación alguna 
de Buenos Aires a nuestras últimas propuestas. 

Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 



264 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONlíY A DUDLEY 


Buenos Aires, abxil 5 de 1828. Excmo. señor: V.E. está enterado de 
que yo procedí, inmediatamente que recibí la nota del señor Gordon, del 
24 de febrero, que contenía un resumen de las. proposiciones aceptadas 
por el gobierno brasileño, sin esperar a la llegada del texto de las pro- 
posiciones, despachadas seis días antes que la carta, pero que habían 
sufrido demora por la ruta tomada por el Thetis o a causa de los vientos 
contrarios. 

Tenía varias razones para proceder como lo hice, que confío V.E. 
estimará justificadas. 

Los tres artículos que el señor Gordon fijaba en su sumario de las 
proposiciones, estaban desvinculados de toda otra cuestión; y, sometidos 
así af gobernador, coronel Dorrego, que era contrario a ¡a paz, lo 
colocaban en el trance, de aceptarlos, o de manifestar su resolución de 
continuar indefinidamente la guerra, por elrechazo de una base unánime- 
mente reconocida como honorable y ventajosa para el país. 

Si los artículos hubieran estado acompañados de otras cláusulas, él 
habría encontrado motivo para cavilaciones y dilaciones; y, a mi juicio, 
así habría sucedido, si el texto de las proposiciones le hubiera sido, 
entonces, sometido. 

El gobernador aceptó las bases y, al hacerlo así, dio el golpe final al 
poder del partido que aquí, por intereses egoístas, especulaciones, etcé- 
tera, apoyaba la guerra, sin preocuparse de sus consecuencias para el país; 
y, desde entonces, el gobernador se ha sentido absolutamente inhabilita- 
do para impedir la paz. 

Mi otra razón, fue la conspiración contra el emperador. 

Yo Sabía que el modo más eficiente de hacer fracasar eso , era llegar 
a la paz, siendo evidente que haciendo público, con la mayor prontitud, 
tan gran paso dado hacia ella, cual era el acuerdo sobre sus bases, el efecto 
sería beneficioso. 

Los sucesos han demostrado, según creo, que obré acertadamente. 


La Misión Ponsonby 


265 


No bien el gobernador aceptó los tres artículos, empezó a aconsejar 
a los agentes de la conspiración que postergasen sus operaciones, per- 
diendo, por ello, esos agentes, confianza en él. Sin embargo, todavía les 
promete un apoyo eventual, y ellos dicen que la expectativa de paz evitará 
la consumación del plan, salvo que la insurrección todavía no haya 
estallado en Río, o que los conjurados se vean obligados a perseverar, por 
temor de no poder ocultar su culpabilidad personal al gobierno brasileño. 

Llamo la atención de V.E. sobre lo expuesto, en adición a las razones 
anteriormente dadas, para no haber facilitado datos a las autoridades 
brasileñas, como me lo pidió el señor Gordon, a solicitud del ministro de 
relaciones exteriores. La denominó razón adicional; pero V.E segura- 
mente reconocerá que yo no necesitaba una razón que me impusiera 
cumplir la promesa bajo la cual había sido enterado de la conspiración, 
quedando habilitado para prevenir al gobierno imperial de su existencia. 
Fue bastante, creo, facilitarle, por sus propios medios, la averiguación de 
lo que necesitase saber. 

Yo había prometido enterar al señor Gordon sólo de lo que contenía 
el despacho cifrado que le dirigí. Estaba en libertad de comunicar todo a 
V.E., confiando que el gobierno de S.M. lo reservaría, a no mediar 
circunstancias apremiantes. 

No molesto a V.E. con más datos sobre el asunto, porque es evidente 
que, o la insurrección ya ha estallado y, en consecuencia, V.E. será 
enterado desde Río, o que no se consumará sino en circunstancias contra 
las cuales V.E. no puede amparar al emperador. 

Sin embargo, en la debida oportunidad, fatigaré a V.E. con el detalle 
de las pruebas que poseo sobre la existencia y objetivo de la conspiración, 
y creo que V.E. compartirá mi asombro de que el gobierno imperial las 
haya ignorado. 

Tengo el honor de incluir una copiade la contestación de los ministros 
a la formal propuesta de bases, hecha por el gobierno brasileño, que 
espero serán consideradas satisfactorias, en todo concepto, para este país. 

Debo insistir en el recuerdo, ante V.E., de que la misión del señor 
García, el año anterior, a Río, surgió a consecuencia de la declaración 




266 


Luis Alberto de Herrera 


verbal de S.M.I. — de los ministros de S.M.I. — (se inserta la palabra 
ministros, a pedido de Lord Ponsonby, como lo expresa en su despacho 
n 9 16), entonces en Santa Catalina, de que él trataría la paz sobre la base 
de la independencia de la Banda Oriental , declaración que S.M.I. no man- 
tuvo cuando el señor García compareció en su corte y de lo que no se ha 
dado otra razón, en lodo momento, excepto que S.M.I. había cambiado 
de opinión. V.E. admitirá que este gobierno tiene motivo para alguna 
duda y para su declarado deseo de que se le dé alguna, seguridad, 
satisfactoria, de que las bases propuestas se mantendrán. 

No vacilo en manifestar a V.E. que yo creo que el coronel Dorrego y 
su gobierno están obrando, ahora, sinceramente, en favor de la paz. 
Bastaría una sola razón para justificar esa opinión: que a eso están for- 
zados. 

Están obligados a ser sinceros, por la pública determinación del 
pueblo de ir a la paz y por la negativa de la junta de facilitarles recursos, 
salvo para pagos mensuales de pequeñas sumas, juzgadas por ella su- 
ficientes para los gastos de la guerra en las actuales circunstancias 
(aunque, en verdad, muy inadecuadas); y están también forzados, por la 
certidumbre de que, si resisten a una paz honorable y ventajosa, serán 
derrocados. 

Como prueba complementaria, incluyo una proclama lanzada en la 
Banda Oriental, cuya fecha advertirá V.E. y, también, incluyo una copia 
de una carta de Lavalleja al gobierno de Buenos Aires. Considero que esta 
carta le demostrará a V.E. la corrección con que ha procedido el general 
Lavalleja y la buena perspectiva que su firmeza y prudencia ofrecen del 
futuro buen gobierno de ese país. 

V.E. me disculpará si, al pasar, insisto en que t no preste oído a las 
referencias que puedan llegarle con respecto a la Banda Oriental y a 
Montevideo. Probablemente, V.E. oirá mucho que no es exacto, muy bien 
presentado y «rgun.entaao, ya que el interés y el prejuicio puede convenir 
desfigurar los hechos. 

En las bases del gobierno brasileño, V.E. observará que el emperador 
“promete erigir a la provincia Cisplatina en un estado independiente”, 
etcétera. V.E. me ha observado ya, muy justamente, que la guerra ha sido 


La Misión Ponsonby 


267 


principalmente sostenida para impedir que S.M.I. asuma la soberanía de 
esa provincia. Es claro, según la redacción de las proposiciones, que el 
emperador pretende arrogarse, no sólo título a la soberanía, sino ejercer 
derechos en la forma más importante que un soberano pueda hacerlo. 

Se desprende también (no diré que con seguridad sea así) del mismo 
documento, que el emperador intenta modelar el sistema de gobierno a 
establecer en la Banda Oriental y, quizás, designar las personas que han 
de gobernarla. 

Si el gobierno republicano suscribiera un tratado fundado en estas 
proposiciones; sin introducir enmienda en esas partes, daría algo más que 
un asentimiento implícito a las pretensiones de S.M.I. al dominio de la 
provincia; asentimiento que involucraría un interés general, principal- 
mente a los derechos políticos de varias naciones sudamericanas a terri- 
torio, sostenidos por el gobierno de S.M. (y creo que por común acuerdo 
en Europa), que descansan sobre el reconocimiento de los antiguos 
derechos de la metrópoli. 

Ni puede ser del todo indiferente que como parte del título de S.M.I. 
a la soberanía, sea reconocido (como voluntad autorizada) el derecho de 
una parte de un pueblo, subyugado, a crear una soberanía legal. 

La inconveniencia de esta doctrina está elocuentemente evidenciada 
por el hecho de que una fracción mayor de ese pueblo (en gran parte 
compuesto de las mismas personas) con iguales formalidades y con más 
libertad que la que tuvieron para votar por el emperador, declaró que la 
república era parte integrante de la república de La Plata. 

Sobre el primero de estos puntos, creo probable que este gobierno, 
cuando entre a negociar, formulará decididas objeciones; y, en cuanto a 
la forma de gobierno y designación de sus principales miembros, si se 
intentara, creo que también surgirían grandes dificultades, que, tal vez, 
sólo serían resueltas por las armas. 

El gobierno, como V.E. lo advertirá, no ha opuesto aún observacio- 
nes sobre estos aspectos. Estoy inclinado a suponer que todavía no se ha 
percatado de ellos; pero no puedo esperar que escapen a su atención. 
Prudentemente he evitado el asunto, entendiendo que no me corresponde 



268 


Luis Alberto de Herrera 


dirigir el comentario hacia cualquier punto que retarde la paz; pero, 
igualmente, me he abstenido de dar juicio en favor de las proposiciones, 
como están redactadas, en el documento hecho en Río. 

Si se plantea el caso, trataré de persuadirlo de ir a una solución que les 
asegure la realización de los propósitos que todos ellos desean se 
consumen y dejar, sin abordarla, la cuestión del título, etcétera. 

De los recientes y m ás auténticos datos sobre el estado de los ejércitos, 
creo resulta que las fuezas imperiales están paralizadas en una estrecha 
zona y con gran falta de provisiones; que el descontento y la depresión 
prevalecen en el espíritu de las tropas y, se dice, que la disciplina está muy 
relajada. 

Es cierto que los habitantes de la región son violentamente contrarios 
a la guerra y culpan de ella al emperador. 

Se afirma que el ejército de Lavalleja posee mucho ánimo y abundan- 
tes abastecimientos; lo que más le falta, son caballos. 

El jefe, Fructuoso Rivera, que ha sido puesto en movimiento por 
intrigas secretas del coronel Dorrego, se aseguran que abandona rápida- 
mente la provincia. Dorrego se ha visto obligado a dejarlo y ha lanzado 
una proclama declarando a sus adherentes culpables de traición, si no se 
someten dentro de pocas horas. Este asunto, que al principio pareció 
perturbaría más que ninguno la causa de la paz, confío que ahora se ha 
desvanecido. 

Reservo para otra oportunidad lo que además tengo que exponer a 
V.E. sobre el estado de cosas aquí; pero, desde luego, debo decir que es 
opinión corriente que Dorrego, inmediatamente que concluya la paz 
piensa enviar al ejército nacional a atacar al Paraguay. 

Pienso que este plan no podrá ser cumplido, porque todos los soldados 
desertarán, regresando a sus hogares. 

Es también versión corriente que el coronel Dorrego será derrocado 
de su puesto de gobernador, etcétera, tal pronto como la paz se realice. 

Confío que V.E. comprenderá que recién momentos antes de partir el 
correo me resuelvo a escribir a V.E. desde un país donde todo está 




La Misión Ponsotújy 


269 


expuesto a cambiar a cada hora, etcétera. 

Espero que V.E. aceptará mis excusas, hasta donde sean razonables, 
por el deficiente cumplimiento de esa parte de mi deber de escribir 
despachos. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

P.D.- El señor Forbes, encargado de negocios de Estados Unidos, se 
expresa vivamente contra la paz propuesta, según se me informa, en lo 
que, dice “la república sacrifica su honor”, al consentirla independencia 
de una provincia que fue suya. 

Los norteamericanos, aquí, usan, generalmente, el mismo lenguaje: 
tal vez a ello los inclinan los provechos que les representa ser las únicas, 
o las principales personas que abastecen a esta ciudad bloqueada. 

El señor Forbes experimentó mucha sorpresa por los recientes suce- 
sos. El creía imposible la paz; previamente a su llegada a Montevideo, 
había manifestado que la paz era universalmente deseada allí y que la 
hostilidad de sus habitantes al emperador y a la guerra era muy grande, 
al extremo de inducir a las autoridades imperiales, allí, a quitarles las 
armas. - P. 

A S.E., cari Dudley, etcétera. 


DUDLEY A CORDON 


Londres, abril 5 de 1828. Excmo. señor: No pierdo tiempo en enviarle 
copia, para su conocimiento, de un informe, que acabo de recibir del 
abogado de la cancillería, relativo al bloqueo del Río de la Plata. 

V.E. procederá, sin demora, a presentar, fundado en él, una reclama- 
ción al gobierno brasileño. 


S.M. respetará un bloqueo, uniformemente mantenido contra buques 


270 


Luis Alberto de Herrera 


de toda clase; pero su almirante recibirá órdenes para proteger al comer- 
cio británico contra los efectos de una parcial, y por tanto, injusta 
exclusión. 

En seguida de recibir esta nota, V.E. se pondrá en comunicación con 
el jefe de la escuadra de S.M., ahí estacionada, quien, al mismo tiempo, 
recibirá instrucciones de regir su conducta por los informes de V.E., por 
la respuesta que V.E. reciba del gobierno brasileño y por su comproba- 
ción de la efectividad de sus promesas de completar el bloqueo. 

Tengo el honor, etcétera. — (fumado) Dudley. 

A S.E. Roberto Gordon, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, abril 11 de 1828. Excmo. señor El buque de S.M. 
Ranger, que lleva esta nota, me habría conducido a mí a Inglaterra, de 
haber podido colegir de las últimas comunicaciones recibidas de Buenos 
Aires, si se hacía la paz o si continuaba la guerra. 

Los detalles de la tan extraordinaria circunstancia debido a la cual no 
pude despedirme de esta corte en el momento actual, de acuerdo con las 
instrucciones de V.E., se hallarán, sin duda, explicadas en los despachos 
de lord Ponsonby que van por este mismo correo. 

El 17 de febrero, oficialmente envié, por el buque de S.M. Thetis, las 
bases brasileñas de paz, ya conocidas de V.E. y el 24 del mismo mes 
escribí una carta particular a lord Ponsonby, urgiendo el asentimiento del 
gobierno de Buenos Aires y tratando de demostrar que, en realidad, 
ambas paites coincidían en lo mismo. 

Desgraciadamente, mi carta privada alcanzó primero a lord Ponsonby 
y le ha parecido bien utilizarla oficialmente, de manera que temo que no 
sólo no obtenga, sino que frustre el objeto que ambos tenemos en vista. 
Tan confidencial era mi carta del 24 de febrero, y tan lejos de mí la idea 
de que se liiciera de ella un uso tan importante que, mientras, en mi 


La Misión Ponsonby 


271 


justificación, me veo obligado a incluir un extracto de la misma, pido 
disculpas a V.E. por hacerlo así. 

Al mismo tiempo, tengo el honor de acompañar la copia de una carta 
que he dirigido a lord Ponsonby, dándole francamente mi opinión sobre 
su actitud. 

V.E. se sorprenderá de saber que el gobierno brasileño declina tomar 
en consideración los últimos despachos de lord Ponsonby a mí dirigidos, 
antes de la llegada de otros que traigan una contestación a la abertura 
formal de paz, enviada por el buque de S.M. Thetis el 17 de febrero. Así, 
pues, la pacificación puede considerarse que está como estaba en la fecha 
de mis últimos despachos. 

Debido al regreso precipitado del Heron de Buenos Aires, que debía 
haber traído al señor Fraser, de retomo de Santa Catalina, de donde no 
había regresado, procedente del cuartel general, cuando el Heron locó 
allá, no puedo informar sobre la opinión del general Lavalleja respecto a 
la actitud de este gobierno y a la promesa del emperador de conceder la 
independencia de la provincia Oriental. Tengo, etcétera. — (firmado) R. 
Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 

FRASER A GORDON 


Buenos Aires, abril 13 de 1 828. Excmo. señor: De acuerdo con las ins- 
trucciones contenidas en su carta de fecha 1 8 de febrero, me dirigí, como 
mejor me fue posible, al cuartel general del ejército brasileño; debido a 
la gran distancia que media hasta Santa Catalina y, luego, a la demora 
obligada impuesta por la falta de medios de locomoción en el Brasil, no 
llegué allí hasta el 24 de marzo. 

Inmediatamente de mi llegada, le fue dirigida una caita al general 
Lavalleja, por el vizconde de La Laguna, enterándolo de la misma y 
pidiéndole fijara sitio y fecha en que yo pudiera celebrar una entrevista 
con él. 



272 


Luis Alberto de Herrera 


Dos días se pasaron sin obtener contestación alguna y, durante este 
tiempo, el ejército brasileño, habiendo consumido todo el forraje en la 
región vecina, tuvo que cambiar de posición, lo que hizo avanzando seis 
millas; con este movimiento, sus guardias avanzadas llegaron a orillas del 
Yaguarón. El general Braun, segundo en el mando, se puso a la cabeza de 
un regimiento de caballería, cruzó el río en el paso de Sarandí y persiguió 
a las avanzadas del ejécito republicano. Tengo motivos para creer que 
esta operación, que estaba en abierta contradicción con las órdenes del 
general Lecor, despertó sospechas de traición en el ánimo del general 
Lavalleja, exponiéndome al peligro de ser tomado por una partida de 
gauchos, los que, a mi regreso de la entrevista con el general Lavalleja, 
me persiguieron hasta algunos centenares de yardas del campo brasileño, 
y le costó, a un oficial castellano, que me acompañaba, convencerlos de 
que me dejaran pasar sin molestias. 

Fui recibido por el general Lavalleja en la orilla norte del Yaguarón, 
en una pequeña población llamada por los brasileños Cerrito y por los 
bonaerenses pueblo de La Laguna. Su situación, en la confluencia del 
Yaguarón con el lago Merim, hará de ella uno de los sitios más importan- 
tes enlaprovinciade Río Grande; pero, ahora, estaba desierto. Estuvouna 
vez en poder de los patriotas, durante la campaña de este año y hallándose 
ahora abierta a sus incursiones, ha sido completamente abandonada y es 
casi seguro que fue sólo por la satisfacción de recibirme al norte del 
Yaguarón y en un establecimiento brasileño, que el general Lavalleja se 
tomó la molestia de viajar sesenta millas desde su cuartel general en Cerro 
Largo, y hacer marchar, desde una considerable distancia, a su mejor 
brigada de caballería, que encontré montada y formada en la mañana de 
mi entrevista con él. 

Fue en este lugar, excmo. señor, que entregué sus cartas en manos del 
general Lavalleja. Las leyó detenidamente y, por repetidas veces, me 
aseguró que estas proposiciones debían satisfacer a todos los habitantes 
de la Banda Oriental, pues que les aseguraban la realización de los pro- 
pósitos por los cuales habían batallado durante tres años. Más aún; afirmo 
que las proposiciones eran tales que, si le hubieran sido hechas a él en el 
año 1 825 , las hubiera aceptado de inmediato y hubiera aceptado negociar 




La Misión Ponsonby 


273 


con el emperador. No opuso objeción alguna en cuanto al fondo o 
expresión de las proposiciones, y concluyó asegurándome que escribiría 
de inmediato al gobierno de Buenos Aires, recomendándole enérgica- 
mente la inmediata aceptación de las mismas. En caso de q e surgieran 
algunas objeciones, me declaró que él mismo tomaría sobre sí el remo- 
verlas. 

Cuando llamé su atención a esa parte de su carta que parece sugerir 
que su presencia en Buenos Aires podría ser de máxima utilidad en el 
sentido de asegurar el consentimiento del gobierno a la proposición del 
emperador, me aseguró que no tenía absolutamente ninguna influencia en 
Buenos Aires; pero que, mientras él permaneciera a la cabeza de su ejér- 
cito, el gobierno se vería obligado a consultar su opinión. En cuanto al 
cese inmediato de las hostilidades, de que le informé el general Lecor 
tenía órdenes de aceptar, en el caso de determinar su ida a Buenos Aires, 
declinó tomar paso tan importante sin una autorización directa de su go- 
bierno; y, aunque en público y particularmente en presencia de oficiales 
de las tropas de Buenos Aires, se demostró muy deseoso de pelear, 
llegando aun a decir que atacaría a Lecor en su fuerte posición actual, no 
obstante, me aseguró a mí que era su intención, si posible fuera, mantener 
inactivas sus tropas hasta el término final de las negociaciones de paz. La 
manera embarazada de explicarse Lavalleja, me liizo comprender que 
había allí individuos de quienes tenía motivos de sospecha, y no tardé 
mucho en saber que una persona, de nombre Vidal, acababa de llegar de 
Buenos Aires, nominalmente como superintendente de una rama del 
comisariado, pero, en realidad, para vigilarlos movimientos del general; 
y más tarde supe, en Durazno, que este hombre era un amigo íntimo del 
gobernador Dorrego y que había sido mandado por él para informarse del 
objeto de mi viaje y también para inducir al general Lavalleja a adoptar 
alguna medida que diera pretexto para retirarlo del comando. 

Después de mi primera entrevista con el general Lavalleja, volví al 
cuartel general brasileño a prepararme para mi viaje a Montevideo, a 
donde aquél prometió hacerme acompañar con una escolta. Llegué al 
cuartel general del ejército republicano, en Cerro Largo, el l 5 del co- 
rriente y tuve esa misma tarde, una larga conversación con el general 



274 


Luis Alberto de Herrera 


LavaUeja, durante la cual me renovó todas las seguridades favorables que 
me había dado en la ocasión precedente. Me pidió quedara un día en el 
pueblo de Durazno, donde el gobierno provisorio de la Banda Oriental 
está establecido y me dijo que buscara a un amigo suyo, de nombre 
Trápani, que está allí y que me explicaría los sentimientos del general más 
claramente de lo que él mismo estaba en libertad de hacerlo. 

Salí para Durazno el día 3 y llegué allí el 6 del corriente. La distancia 
es de más de ochenta leguas. El gobierno de la provincia ha sido removido 
aquí de Canelones; este último punto está expuesto a incursiones de la 
guarnición brasileña de Montevideo. Allí encontré al señor Trápani, 
quien me mostró la carta original de usted al general Lavalleja y me 
renovó, de parte del mismo, las m ás solemnes protestas de que estaba de- 
cididamente en favor de la paz; hasta me aseguró que, si fuera necesario, 
Lavalleja trataría separadamente con el emperador. 

El señor Trápani es nativo de Montevideo e íntimo amigo del general 
Lavalleja; goza de gran aprecio en Buenos Aires y es my respetado por 
sus compatriotas. El gobernador, temiendo su influencia sobre el general 
declaró embargadas ítodas las embarcaciones en el puerto de Buenos 
Aires. Este embargo lo consiguió eludir el señor Trápani y se digiría al 
ejército, cuando se le detuvo en Durazno, por la intervención gratuita del 
diputado gobernador de la Banda Oriental. 

Don Luis Pérez, que actualmente ejerce ese empleo, es un hombre de 
muy escasos alcances y ha sido ganado a los intereses del coronel 
Dorrego; se ha alarmado ante la idea de que el emperador dará una 
constitución a la Banda Oriental, habiendo oído decir que era su intención 
la de transformar la provincia en una monarquía. Felizmente, no ejerce la 
más mínima influencia en el país. 

Hasta dónde se puede confiar en las protestas de Lavalleja estoy 
incapacitado de juzgar, pero, la circunstancia de que, al mismo tiempo 
que empeñaba su palabra de cooperar con todos los medios en su poder 
al restablecimiento de la paz, protestando que estaba ansioso de evitar 
más derramamiento de sangre, hasta que el final de la negociación se 
conociera, no sólo estaba planeando, sino en vísperas de llevar a efecto 
otra expedición contra el pueblo de Río Grande, no habla muy alto en 



La Misión Ponsonby 


275 


favor de su buena fe. 

No debo omitir que en la víspera de mi partida del cuartel general 
brasileño, conversando con el general Lecor sobre los asuntos de la B anda 
Oriental, por accidente, puso en mis manos una serie de artículos que 
diferían en su texto de las proposiciones de que era yo portador para el 
general Lavalleja; él se apercibió de su error, pero no antes de que yo 
hubiera leído el segundo artículo, en el que se establecía “que, en caso de 
que la república de las Provincias Unidas rehusara negociar sobre la base 
de la independencia de la Banda Oriental, el ejército brasileño se uniría 
a las fuerzas de la Banda Oriental, para obligar a la república a acceder 
a esas proposiciones”, y, más adelante: “que la forma de gobierno en la 
Banda Oriental sería monárquica y que la provincia se transformaría en 
un principado, gran ducado o ducado”. 

Es difícil decir si éstos eran sólo los deseos del emperador, o si son la 
expresión de sus verdaderas intenciones; pero, si me es permitido ofrecer 
mi opinión sobre el particular, debo confesar que el lenguaje del vizconde 
de La Laguna parecía implicar que el emperador no consentiría el esta- 
blecimiento de un gobierno republicano en la provincia; y tan general es 
la pasión por las repúblicas, en esta parte del mundo, que tengo pocas 
dudas que una proposición similar, desde su primera insinuación, arries- 
garía el buen éxito, si no frustra totalmente las negociaciones que están 
por iniciarse. 

Faltándome los medios de comunicar esto rápidamente a V.E., cam- 
bié mi intención primera de seguir a Montevideo, de modo a comunicar 
estas noticias al ministro de S.M. en esta república, y espero que este paso 
que me vi inducido a tomar, en el deseo de precisar las vistas del gobierno 
de S.M. encontrará la aprobación de V.E. Llegué aquí el 1 1 del corriente. 

Durante mi permanencia en los respectivos cuarteles generales, traté 
de recoger tanta información como me fue posible, en cuanto a las fuerzas 
y condiciones de ambos ejércitos, y me atrevo a someter a V.E. las si- 
guientes, como una exposición tolerablemente correcta. 

El ejército brasileño alcanza a unos 9000 hombres; casi 5000 de éstos 
son infantería. Hay unos 4000 de caballería, entre los cuales 2500 son 


276 


Luis Alberto de Herrera 


tropas de líneas, o milicia regularmente organizada; el resto lo constitu- 
yen tropas irregulares. La artillería consiste en 12 piezas de campaña y 2 
howitzers. 

La infantería está muy bien trajeada y armada, y entiendo que hay 
suficiente ropa de invierno, no sólo para la infantería, sino para toda la 
tropa regular. 

La caballería y artillería aunque no tan bien abastecida como la 
infantería, están todas suficientemente vestidas para defenderlas de las 
inclemencias del tiempo; la naturaleza de sus servicios, les tienen siempre 
a la intemperie. 

El número de caballos pertenecientes a las dos últimas armas, no 
excede mucho de 8000 o sea 2 caballos para cada hombre, lo que se estima 
muy insuficiente para mantener una guerra eficaz. 

La infantería brasileña ha ganado mucho en cuanto a disciplina, desde 
la época en que el general Braun se unió al ejército. El incesante esfuerzo 
de aquel oficial ha sido en gran parte coronado de buen éxito, y el general 
Lavalleja y sus oficiales admiten que en la batalla de Ituzaingó las fuerzas 
de la infantería y la precisión de sus movimientos, fue motivo de asombro 
para ellos, ¿aspirándoles el mayor respeto por aquel oficial. 

La mejor tropa en el ejército brasileño es un batallón de alemanes y 
dos batallones casi enteramente compuestos de viejos soldados portugue- 
ses, pertenecientes a la división que el general Lecor trajo a este país en 
1 8 1 7. El resto de la infantería es casi totalmente de las provincias del norte 
del Imperio, y, aunque bien disciplinada, tanto los oficiales como los 
soldados se supone sean desafectos e inclinados aprestar oído fácil a las 
violentas proclamas del canónigo Caldas, un sacerdote brasileño, ante- 
riormente miembro de la facción de los Andrada, en la Asamblea 
Legislativa. Estuvo prisionero en Río de Janeiro y, habiéndose escapado, 
ofreció sus servicios al gobierno de Buenos Aires, por el que fue 
nombrado capellán general del ejército. Paga la protección de la república 
lanzando proclamas en la que incita a las tropas de Baliía y las otras 
provincias del norte a que sacudan el yugo del emperador y abracen la 
causa de la libertad. 



La Misión Ponsonby 


277 


La caballería brasileña es casi exclusivamente de la provincia de Río 
Grande. Los habitantes de esta provincia, son, tal vez, una raza mejor y 
casi ciertamente de traza mucho más civilizada que los orientales; están 
lejos de ser deficientes en cuanto a valor personal; pero, por el momento, 
están descorazonados por el número de las derrotas recibidas. Están 
sinceramente unidos al emperador y sienten un odio innato por sus 
vecinos de la Banda Oriental. Como no están entrenados para una guerra 
regular y son, sobre todo, casi todos hombres de posición, en cuanto se 
les llama a las armas con carácter permanente, empiezan a pensar en 
volver a sus hogares, y, como la política del general Lecor es asegurarse 
su buena voluntad, las licencias casi nunca se rehúsan; muchísimos, 
nunca vuelven a los cuerpos y, muchos otros, se conforman con llenar sus 
puestos mandando al ejército los más inútiles y deficientes de sus 
esclavos. 

La deserción entre los brasileños es muy común, especialmente en la 
infantería, particularmente del batallón alemán; el gobierno republicano 
ha ofrecido recompensas a los desertores. 

Los habitantes de la provincia de Río Grande han dado amplias 
pruebas de su disposición de secundar los planes del gobierno, contribu- 
yendo con grandes sumas de dinero a costear los gastos de la guerra, en 
la época de la visita de S.M.I. a esta parte de su dominio; y, corrientemen- 
te, se me ha asegurado que, de haberse puesto a la cabeza del ejército el 
emperador don Pedro, se le hubieran unido, en la provincia, todos los 
hombres capaces de cargar armas. 

Las sumas de dinero, suscritas en 1826 fueron muy superiores a las 
recogidas en la capital, y el hecho de que estas sumas hayan sido 
malgastadas, y que nada de ellas haya sido empleado para su objeto, ha 
despertado gran disgusto e indignación entre los nativos de todas Jas 
clases. 

De los propietarios en esta provincia, sólo los vecinos inmediatos al 
Yaguarón han sufrido seriamente por las incursiones de los patriotas. 
Muchos de ellos han abandonado sus propiedades, refugiándose en el 
nuevo y floreciente pueblo de San Francisco de Paula. 


275 


Luis Alberto de Herrera 


Este sitio es el más importante, si no el más extenso, de los pueblos 
de la provincia; es el principal establecimiento para la preparación de 
carne seca o tasajo, primer artículo alimenticio de la clase pobre en el 
Brasil. 

Tomar posesión de este pueblo era el objetivo confesado por el 
general Lavalleja; pero, hasta ahora, ha sido protegido con éxito, por 
Lecor. 

La generalidad de la gente de Río Grande está, de tiempo atrás, acos- 
tumbrada a mirar la guerra con sus vecinos de la Banda Oriental como 
cosa de poco interés porque las miserias de la guerra nunca han penetrado 
hasta el corazón del país; pero tengo muy pocas dudas que, si la repúbüca 
de Buenos Aires llevara a efecto el plan con que amenaza, a retirar sus 
tropas regulares y empezar una guerra de destiucción con el Brasil, 
entrando a su territorio por dondequiera, que esté abierto a la incursión de 
partidas merodeadoras, las energías adormecidas de la gente se despeja- 
rían y entonces tomarían una parte activísima en esas labores que ahora 
eluden de todos modos. 

El ejército imperial está amplia y regularmente servido con provisio- 
nes, por tierra, de Río Grande y San Francisco. Sus múltiples necesidades 
han acumulado tal cantidad de bagaje, que dificulta sus movimientos, 
mientras que el cuerpo principal de los republicanos, que consiste en- 
teramente de caballería, está completamente liviano de bagaje y se 
mantienen mucho más fácilmente, sin gasto alguno; la carne es su único 
alimento, y ésta abunda , suministrada por las correrías de los gauchos por 
el flanco izquierdo y, a veces, aun a la retaguardia del ejército imperial. 
Una vez, una partida de estos merodeadores cruzó el Piratiní y avanzó 
hasta quince leguas de Río Grande, cuando empezó a llover y se vieron 
obligados a retirarse para no verse cortados por la creciente de los ríos. 

El ejército republicano es muy inferior al brasileño, en cuanto a 
número; noexcede a 5000 hombres. De éstos, hay unos 1700 de caballería 
regular de Buenos Aires. La infantería no excede de 1500 y, el resto, son 
gauchos, o sea, tropas de la Banda Oriental. 

Las tropas de Buenos Aires son consideradas las mejores en el 



La Misión Ponsonby 


279 


ejército; casi todos son veteranos que han luchado, bajo San Martín, en 
las guerras de la independencia en Chile y Perú. 

La infantería es lamentable y casi toda está compuesta de negros, gran 
parte de los cuales son esclavos brasileños, escapados. Son de tan poca 
confianza, que se guardan en Cerro Largo, a cuarenta millas a retaguardia 
del ejército. 

La artillería consiste en 16 piezas de campaña; pero no puede 
compararse con la brasileña. 

Los gauchos, o tropa de la Banda Oriental, son una plebe indiscipli- 
nada, feroces al extremo, de hábitos y apariencias parecidos a los gitanos 
de Europa. Son desdeñados por las tropas más regulares de Buenos Aires, 
que, a su vez, son mirados por los gauchos con celos y odio. 

El conjunto de estas tropas está bien armado, y la caballería muy bien 
montada; pero, excepción hecha de dos cuerpos, que aún conservan parte 
de los trajes recibidos durante la última campaña, están absolutamente en 
tiras. No tienen más ropa que un calzón de hilo y una camisa de lana; 
algunos, tienen poncho, su única protección contra el frío. 

Las oficiales de la república, que hace tiempo saben que la Banda 
Oriental no podrá nunca pertenecer a su país, no tienen escrúpulo en 
demostrar un sentimiento de humillación por haber peleado tanto tiempo 
en beneficio de “bárbaros”; los orientales, por su lado (sin exceptuar al 
propio general Lavalleja), miran con sospecha a sus auxiliares, los que 
creen que sólo se han comprometido en el conflicto a fin de asegurar, para 
su país, la posesión de los puertos de Montevideo y Colonia; y tan hondo 
es el sentir recíproco de mala voluntad, que, si alguna vez se deponen las 
armas, hay pocas dudas de que Buenos Aires encontrará difícil, si no 
imposible, el envío de otro ejército a la Banda Oriental. 

Hay pocos oficiales extranjeros en uno u otro lado. El único oficial 
distinguido al servicio del emperador, es el general Braun, que estuvo 
muchos años al servicio británico. Ha conseguido establecer cierto grado 
tolerable de disciplina en el ejército y, aunque se le acusa de excesiva* 
severidad por los oficiales brasileños, es popular entre los soldados y creo 
que sea el único hombre en el ejército que se preocupa del confort del 



280 


Luis Alberto de Herrera 


soldado. Se pronuncia molestado con las medidas de Lecor y declara que 
dejará el ejército si éste continúa en el comando. 

En el ejército de la república, hay algunos extranjeros; pero entiendo 
que, en general están descontentos y con gusto lo dejarían, si consiguieran 
permiso para hacerlo. 

Espero, señor, que esta carta encuentre a usted aún en Río de Janeiro 
y que la ventaja a derivarse de mi comunicación con el ministro de S.M. 
en Buenos Aires, será considerada por usted como una razón suficiente 
para prolongar mi ausencia fuera del tiempo especificado en su carta a mí 
dirigida. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) /. Fraser. 

A S.E. don Roberto Gordon, etcétera. 

Incluida en el despacho n 9 44 de Gordon al conde de Dudley, de mayo 
17. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, abril 19 de 1828. Excmo. señor: Ruego a V.E. me 
permita corregir un error que, en el apuro de despachar mi última nota n 9 
16, del 4 de abril, se deslizó en ella. 

La equivocada cláusula es la siguiente: “Debo insistir en el recuerdo, 
ante V.E., de que la misión del señor García el año anterior, a Río, surgió 
a consecuencia de la declaración verbal de S.M.I. al señor Gordon”, 
etcétera. 

V.E. querrá tener a bien insertar la palabra ministros, después de 
S.M.I., y leer así: “la declaración verbal de los ministros de S.M.I.”, por 
cuanto era a la declaración de éstos que yo refería. 

V.E. encontrará en mi despacho n 9 25 (informando sobre mi conferen- 
cia con el ministro de relaciones exteriores, el año pasado) una narración 
detallada, en la cual verá que muy cuidadosamente señalo la diferencia 
existente entre lo que el emperador dijo y lo que provenía de sus 



La Misión Ponsonby 


281 


ministros, dejando al gobierno que apreciara el valor de la comunicación 
separada que yo ponía ante sus ojos. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

P.S. Para evitar molestia a V.E.; tengo el honor de incluir un extracto 
del contenido de mi nota n 9 25, aludida más arriba, P. 

A S.E. cari Dudley, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, abril 19 de 1828. Excmo. señor: El señor Fraser llegó 
aquí hace varios días. Creyó que sería de interés infonna me de lo 
ocurrido en el cuartel general de los ejércitos y sus comunicaciones me 
han sido útiles; pienso que también será útil al señor Gordon oír de ese 
caballero una crónica sobre el estado de cosas en esta ciudad, y el señor 
Fraser imagino que ha perdido poco, o ningún tiempo, en retornar a Río 
de Janeiro. 

El señor Fraser presentará su informe al señor Gordon, pero yo 
destacaré que el general Lecor le habló de su falta de confianza en las 
tropas procedentes de las provincias del norte del Imperio, como una de 
las causas de su inactividad. 

Tengo la satisfacción de decir que continúo teniendo base para creer 
en la sinceridad de este gobierno en las negociaciones. Espero que ellos 
no opondrán ninguna dificultad en puntos que no son esenciales y que no 
se detendrán ante los que son de forma. 

Ellos están plenamente advertidos de la importancia de las palabras 
en la primera de las proposiciones hechas por el emperador y tienen 
informes, de diversas fuentes, estableciendo que es la intención de S.M.I. 
crear una monarquía (proclamándose el rey) y de otros planes, calculados 
para retener en sus manos la provincia Oriental. 

Creo que este gobierno alienta la esperanza de que la influencia bri- 
tánica mantendría a S.M.I. en la observancia del espíritu de sus propias 




282 


Luis Alberto de Herrera 


proposiciones y que una independencia bona fide será alcanzada por la 
provincia. 

Le he pedido al gobernador que no se impaciente si, en los primeros 
momentosdelanegociación.S.M.I.revelapretensiones poco razonables. 
Tengo motivos para creer — debiera decir, para saber — que el señor 
García de Zúñiga (el gobernador de S.M.I. en Montevideo) ha tratado 
últimamente de decidir al emperador a rechazar una paz fundada en la in- 
dependencia, etcétera, diciendo que la república está arruinada y que debe 
someterse a cualquier demanda que S.M.I. quiera hacerle. La suerte 
política del señor García probablemente depende de la continuada po- 
sesión, por S.MJ. de la provincia, y su testimonio es de muy poco valor 
en todo lo concerniente al asunto en sí. 

No vacilo en decir que, ahora, yo creo que la república puede seguir 
la guerra con tanto poder como hasta el presente, por lo menos, durante 
otra campaña, y que, si después, ellos no pueden procurarse los recursos 
necesarios para una lucha civilizada, todavía podrán proseguirla y, tal 
vez, en una forma más peligrosa para S.M.I. 

En prueba de su actual eficiencia, pongo en conocimiento de V.E. que 
la junta ha obtenido tres millones de pesos, que deben ser pagados 
mensualmente al ejecutivo, pero que el gobierno puede fácilmente 
conseguirlos, en total, de inmediato. 

Estoy informado, por algunos comerciantes británicos de aquí, que el 
gobierno podría levantar una suma adicional de seis a ocho millones de 
pesos. 

Sobre la capacidad del país para llevar adelante la guerra, no es del 
caso que ahora hable especialmente; pero V.E. puede estar cierto de que 
de ella no debe dudarse. La cuestión, sin embargo, es: ¿seguirán, este 
gobierno y este país, la guerra? El gobernador me dijo ayer que estaba 
resuelto a proceder con entera sinceridad sobre los principios acordados 
en las bases; evidentemente, deseaba informarme de que no irá más allá. 

La última entrada de recursos, le ha dado al gobernador más poder del 
que tenía hace poco. El, está seguro de que el general Lavalleja no 
participará, en verdad no podrá, en una paz fundada sobre ninguna otra 



La Misión Ponsonby 


283 


base que la aludida, y él sabe que el pueblo de esta ciudad podría resistir 
vivamente excitado, cualquier proposición de paz que pudiera aparecer 
deshonrosa para la nación, que contana con el apoyo de la mayor parte 
de los miembros de la marina y del ejército y con la ayuda del partido que 
está en favor de la guerra simplemente por motivos mercenarios, el que, . 
aunque vencido, tiene todavía alientos y podría vigorizarse. 

Es indudable que una gran mayoría del país está por la paz, pero, en 
favor de la paz, en términos aquí estimados dignos, o sea los que el público 
entiende que actualmente se discuten. 

Es cierto que el pueblo ya no siente un interés personal por la Banda 
Oriental, como el que sintiera antes, cuando esperaban que ese país sería 
sometido o anexado a esta provincia, como si fuera parte de ella; pero 
todavía no faltan muy poderosos motivos para crear un cálido interés 
nacional alrededor de este asunto. 

Este pueblo difícilmente se resignaría a confesarse batido por una 
nación tan intensamente desdeñada por ellos como los brasileños. Es 
general la impresión de que una paz, dejando a Montevideo en poder del 
emperador, no duraría y que esa vecindad provocaría constantes quere- 
llas, tanto comerciales como políticas, entre los dos estados. 

Despierta también justificados celos el poder que la posesión de 
Montevideo daría al emperador para atacar después a esta ciudad, cuando 
rehiciera sus elementos. 

Debo agregar que el amigo íntimo y confidente del general Lavalleja, 
me ha dicho que, cualquiera que pueda ser la opinión privada de ese jefe, 
el no aceptaría términos que, en efectividad, no le quitaran al emperador 
todo poder civil, militar y político en la Banda Oriental. 

Me expuso muchas causas para esto, que yo creo son perfectamente 
justas y verdaderas. 

Las expuestas, son algunas de mis razones para juzgar que este país 
seguirá la guerra, en la presunción de que el emperador no procede con 
sinceridad, en cuanto a la base de la independencia. 

Por otro lado, es cierto que existe un partido en favor de la paz en 
cualquier forma; que la gente, en general, siente los perjuicios de la gue- 




284 


Luis Alberto de Herrera 


rra, ahora más que antes; que temen verse expuestos a soportar nuevos 
impuestos, y que, muchos tenderos y comerciantes, también temen la 
nueva fluctuación de los precios, que se producirá si fracasan las nego- 
ciaciones de paz. 

De las primeras personas mencionadas, que están en favor de la paz, 
de cualquier modo, debo decir que no creo sean hombres que sostengan 
vigorosamente ninguna causa y pienso que poco los teme el gobernador; 
los últimos, pueden ser mucho más formidables, pero dudo que interven- 
gan, si se produce una crisis en la cual el grito ¡la j. xitria ! se lance contra 
ellos. 

Es natural, luego de apreciar la magnitud de los dominios de S.M.I. 
su riqueza y su población (si comparados con este pequeño estado), 
imaginar que le sea imposible al último luchar con éxito, con su gigan- 
tesco adversario, sobre todo, considerando que este país no tiene, en 
verdad muy buen título al mérito militar; pero, los hechos, hablan 
irresistiblemente sobre su fuerza, cuando actuando contra los imperiales. 

S.M.I. era el pacífico dominador de la Banda Oriental; su ejército, su 
marina, sus rentas, estaban todos en situación floreciente, y el concepto 
de su poder sin la prueba emanada de la oposición al mismo. 

Treinta o cuarenta hombres, mandados por Lavalleja, rompieron la 
guerra contra él; se sostuvieron, atrajeron a la nación de su lado y, en este 
momento, S.M.I., después de haber visto a sus ejércitos y a su escuadra 
repetidamente derrotados o deshonrados, después de haber gastado en la 
contienda, cada año, mucho más de su renta anual, se encuentra con la 
ruina de parte de su comercio, trasportado en barcos nacionales, y él 
obligado a proponer el abandono de posesiones por las cuales ha estado 
batallando, y por las cuales esta república, hace dos años, estaba pronta 
a pagarle una compensación pecuniaria igual, en monto, a un razonable 
cálculo de los gastos en que hubiera incurrido S.M.F.M., el fallecido rey 
de Portugal, y él mismo, por la ocupación de Montevideo, etcétera. 

Nada veo, en el presente estado de cosas, que me induzca a creer que 
la posesión de este país es ahora comparativamente peor, como beligeran- 
te, de lo que ha sido en cualquier período anterior a la guerra; ni que pueda 
esperarse suerte mejor, de parte del emperador, de la hasta ahora alean- 


La Misión Ponsonby 


285 


zada; y yo confieso que más bien creo que debe esperarse lo contrario. Yo 
he tratado, de acuerdo con mi deber, de exponer los hechos y mis opi- 
niones al gobierno de S .M. Sólo tengo que agregar que este gobierno está 
pronto a enviar un ministro a Montevideo, así que sea informado de que 
S.M.I. ha enviado uno allí, en su representación. 

No he insinuado que el general Lavalleja sea designado como uno de 
los negociadores, porque el gobernador está celoso de él; pero, si la 
presencia y la autoridad del general se hacen evidentemente útiles, se 
darán pasos para procurarla. 

Fructuoso Rivera, sobre cuya cooperación, debo establecerlo, el 
señor García (1) (en su comunicación al emperador, aconsejándole que 
prosiga la guerra), ha insistido mucho, ha sido obligado a abandonar la 
provincia Oriental y oigo c e buena fuente — y lo creo — que el general 
Lavalleja está obrando de c :mpleto acuerdo con los gobernadores de las 
tres provincias próximas a la suya y que más fácilmente podrían ayudar 
a Fructuoso Rivera. Esos gobernadores, según parece, están ansiosos de 
paz, como el mismo general Lavalleja. Ellos tienen casi los mismos 
intereses, y sostendrán a Lavalleja, si el gobierno de Buenos Aires 
intentara malograr un arreglo sobre las bases tan a menudo mencionadas. 
Debo agregar que no presumo que el coronel Dorrego intente hacerlo así. 

Si fuera necesario, informaré a V.E. por el próximo paquete, sobre los 
propósitos de los partidos aquí, que tratan de cambiar, etcétera, el 
gobierno de la república. 

Tengo el honor de incluir copia de la respuesta del general Lavalleja 
al señor Gordon, que el amigo del general me trasmitió. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. cari Dudley, etcétera. 


( I ) Refiere a García de Zuñiga, gobernador de Montevideo. 



286 


Luis Alberto de Herrera 


GORDON A ARACATY 


Río de Janeiro, abril 21 de 1828. Señor marqués: V.E. tendrá a bien 
recordar que, a mediados del mes de febrero tuve el honor de comunicar 
los términos sobre los cuales el gobierno de Buenos Aires estaba 
dispuesto a tratar la paz con el Brasil, es decir: 

l 2 La independencia de la Banda Oriental. 

2- La aceptación mediante tratado, de que no sea incorporada a 
ninguna otra nación. 

3 9 La entrega de las fortalezas a los propios orientales. 

En contestación de cuya comunicación fui informado por V.E. que, 
habiendo S.M.I., anteriormente, consentido entraren negociaciones pro 
paz sobre la base de la independencia de la Banda Oriental, de acuerdo 
con las condiciones que me hallaba autorizado a trasmitir a Buenos Aires, 
era innecesario adoptar la nueva forma de negociación propuesta en la 
comunicación recientemente llegada de allí; y V.E. , además, exponía que 
ninguna estipulación sobre la evacuación de la fortaleza por las tropas 
brasileñas se juzgaba necesaria, desde que era evidente que después del 
establecimiento del estado nuevo e independiente, no podía ser ocupado 
por nadie, sino por sus propias tropas y autoridades. 

Al trasmitir, pues, a Buenos Aires las proposiciones imperiales, como 
me habían sido comunicadas por V.E., no dudé en acompañar ese acto 
oficial con la expresión de mi opinión privada a lord Ponsonby de que, en 
realidad, estas proposiciones contemplaban las bases establecidas por el 
gobierno republicano, por lo cual creía que se llegaría a la tan ansiada 
pacificación. 

Desgraciadamente, mi carta privada llegó a manos de lord Ponsonby 
antes de mis despachos oficiales y parece que S.E., en el vivo deseo de 
alcanzar tan gran objeto, ha anunciado al gobierno de Buenos Aires que 
S.M.I. ha accedido a tratar la paz en los siguientes términos: 

l 2 La base de la independencia de la Banda Oriental. 

2 - El nuevo estado no podrá unirse, por incorporación, a ningún otro. 



La Misión Ponsonby 


287 


3 9 S.M.I. acepta entregar las plazas fuertes a los propios orientales. 

El gobierno republicano en seguida accedió a los términos arriba 
mencionados, ofreciendo mandar un plenipotenciario para negociar una 
paz fundada en ellos, ya sea en Montevideo o en Río de Janeiro. 

Me ha parecido bien dar dicha explicación, en la ocasión presente, de 
manera que V.E. comprenda, en toda su extensión, la respuesta (que 
incluyo) del gobierno de Buenos Aires a las proposiciones que yo estaba 
autorizado a hacer de parte del gobierno de S.M.I. Tengo el honor, 
etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el marqués de Aracaty, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 

Río de Janeiro, abril 26 de 1828. Excmo. señor: Se ha recibido 
contestación de Buenos Aires a las proposiciones brasileñas, concebida 
en términos que de ningún modo tienden a propiciar la paz entre los dos 
países. 

Como se mencionan en ella bases ya aceptadas, comprendí que mi 
deber me llamaba a acompañarla con una nota explicativa al marqués de 
Aracaty, de la cual tengo el honor de adjuntar una copia de V.E. También 
incluyo una copia de mi despacho a lord Ponsonby, explicando, con cierta 
amplitud, mis vistas sobre el asunto. 

Confieso, con pesar, que si hay impedimentos en el camino que lleve 
a una negociación inmediata, es en parte, en este caso, alribuible a nuestra 
mediación. 

La infortunada expresión de mis opiniones privadas a lord Ponsonby, 
y el aún más desdichado uso que se hizo de ellas, pueden, muy natural- 
mente, haber Indispuesto al gobierno de Buenos Aires con las condicio- 
nes que luego llegaron, como oficiales, trasmitidas por el ministro 
brasileño, y V.E. podrá juzgar del efecto producido aquí por la réplica del 
señor Balcarce, al recorrer la nota incluida, que acabo de recibir del 


288 


Luis Alberto de Herrera 


marqués de Aracaty. 

En cuanto a las dificultades que se han alegado para ir al armisticio, 
después que el emperador ha cedido en la cuestión de la independencia 
de la provincia, no debían, ciertamente, entorpecer la negociación. 

No se le debiera permitir al gobierno de Buenos Aires persistir, 
apoyándose en tales nimiedades, en lo que puede llamarse una mojiganga 
de guerra, preñada de males para todos más que para ellos mismos. 

De su parte, todas las operaciones de la guerra se reducen a los 
corsarios. De este lado, aunque en realidad puede decirse que no hay ope- 
raciones, sin embargo, una gran fuerza naval está estacionada en el Río 
de la Plata y un ejército, que cuesta enormes gastos, considerando su in- 
significancia, se mantiene en la frontera de Río Grande. 

Los principales actos de la guerra se desarrollan, en realidad, por 
ambas partes, con violación de la ley de las naciones, y la perspectiva, 
para los neutrales, es que prolonguen, por más tiempo aún, las grandes 
calamidades a que podrían hallarse expuestos en el caso de la más activa 
y justa guerra sostenida entre países regidos por los gobiernos más 
regulares. 

Como es posible que V.E. no reciba copias de las notas que he recibido 
de lord Ponsonby , me parece acertado remitir aquellas que son necesarias 
para comprender en extenso mi nota a S.E. Tengo, etcétera. — (firmado) 
R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 

GORDON A ARACATY 


Río de Janeiro, abril 27 de 1828. Excmo. señor: Aunque al infrascrip- 
to, etcétera, no le sorprende advertir, por la nota de S.E. el marqués de 
Aracaty, de .echa 25 del corriente, que S.M.I. está descontento por la 
réplica dada por el gobierno de Buenos Aires sobre el asunto oe la 
pacificación, no considerándola de ningún modo explícita y en armonía 
con los sentimientos que animan a S.M.I. , en su deseo de promover la paz 



La Misión Ponsonby 


289 


en este hemisferio, el que firma no puede menos de expresar su pesar a 
S.E. el marqués de Aracaty, de que ahora se considere conveniente que 
S.M.I. se retracte de esos términos, los que, bajo la mediación de Gran 
Bretaña, y de conformidad con sus arriba mencionados honorables 
deseos, se han ofrecido al gobierno republicano en nombre de S.M.I. 

El infrascrito no puede ver en la réplica del señor Balcarce un rechazo 
de las proposiciones brasileñas. Estámás bien inclinado a creer que lo que 
pueda parecer poco satisfactorio en aquella contestación, cabe atribuirlo 
al imprevisto retardo y circunstancias concomitantes a que tuvo que 
someterse la trasmisión de esas proposiciones. 

El infrascrito ya ha hecho conocer al marqués de Aracaty su convic- 
ción de que el gobierno de las Provincias Unidas de La Plata está 
dispuesto a mandar un plenipotenciario a Montevideo, con el fin de 
negociar una convención preliminar sobre la base de dichas proposicio- 
nes, por cuya razón es ahora su deber apelar, por medio de S.E., a la 
reconocida justicia y sinceridad de S.M.I., rogándole no insista en que la 
negociación preliminar sea transferida de allí a su corte, como se declara 
en la nota del marqués del 25 del presente. 

El resultado de esto, mirado bajo el más favorable punto de vista, sólo 
puede ser prolongar las hostilidades por algunos meses, y hay demasiadas 
razones para suponer que esto frustre, completamente, el objeto declara- 
do de S.M.I. y las esperanzas de sus aliados. Tengo el honor, etcétera. — 
(firmado) R. Gordon. 

A S.E. el marqués de Aracaty, etcétera. 


GORDON A ARACATY 


Río de Janeiro, mayo 4 de 1828. El que suscribe no puede menos de 
expresar su sorpresa y decepción ante la respuesta de S.E. el marqués de 
Aracaty a su nota del 27 de abril. 

La información recibida por el que suscribe, por el último paquete de 



290 


Luis Alberto de Herrera 


Buenos Aires, lo habilita a anunciar al gobierno imperial que las propo- 
siciones para una convención de paz, que fueron firmadas por el ministro 
de relaciones exteriores y confiadas al infrascrito, han sido aprobadas por 
el gobierno de Buenos Aires, y la llegada de los plenipotenciarios bra- 
sileños a Montevideo, de acuerdo con el sentido de esas proposiciones, 
se espera día a día. 

No sólo sorprende al infrascrito que se tenga por correcto de parte del 
gobierno imperial el desdecirse de un solo artículo, del original de las 
proposiciones, en el preciso momento en que van a ser aceptadas, sino que 
ve en ello una falta de consideración a la mediación de Gran Bretaña, de 
la que es modesto órgano. 

Le cuesta convencerse de que sea ahora el objeto de S.M.I. entorpecer 
la pacificación, que, después de tantos estériles esfuerzos, había al fin, 
con su propio consenso, llegado a un estado efectivo, que aseguraba su 
buen éxito; y asimismo es su deber, otra vez, indicar a S.E. el marqués de 
Aracaty que, transferir el arreglo de preliminares de Montevideo a Río de 
Janeiro, significa, en las actuales circunstancias, no sólo detener sino 
poner en peligro la paz y, en consecuencia, solicita a S.E. que insista con 
S.M.I. para que tenga la complacencia de mantener las proposiciones que, 
por su expresa y graciosa orden, se confiaron al infrascrito, con fecha 18 
de febrero. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el marqués de Aracaty, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, mayo 10 de 1 828. Excmo. señor: Aunque la nota que 
el ministro de relaciones exteriores de Buenos Aires, señor M. Balcarce, 
dirigió a lord Ponsonby, el 24 de marzo, en contestación a las proposicio- 
nes brasileñas de fecha 18 de febrero, no se hallaba, en modo alguno, 
concebida en términos satisfactorios, no he querido, sin embargo, admitir 
que este gobierno ha estado justificado al considerarla (dirigida como lo 
estaba al ministro mediador) como un rechazo directo, o que ofrecía buen 




La Misión Ponsonby 


291 


terreno al emperador para desdecirse de ellas. 

Deploro comprobar que la buena disposición del gobierno republica- 
no para negociar sobre la base ofrecida de la independencia y que el deseo 
de paz que ahora se demuestra de ese lado, parecen haber inclinado a este 
gobierno a desear separarse de sus términos originales; y la insistencia en 
que la negociación se transfiera de Montevideo a Río de Janeiro, no 
excede de un pretexto de demora; sólo así puede considerarse. 

En estas circunstancias, he creído que era mi deber hacer un último 
esfuerzo para apurar la conclusión de los preliminares, pidiendo al 
gobierno brasileño que proceda en conformidad con las proposiciones 
originales; en consecuencia, dirigí la nota de la que incluyo copia, 
acompañándola, confidencialmente, con un bosquejo de nuevo proyecto 
que, por su simplicidad, evitaría toda probabilidad de ulterior desacuerdo 
entre las partes. 

Lamento tener que comunicar a V.E. que mi propuesta ha sido re- 
chazada, exigiéndose aún, como resulta de la réplica que incluyo, del 
marqués de Aracaty, que los preliminares sean tratados en Río de Janeiro. 

Dada la confianza inherente sobre las verdades vistas del emperador, 
dominante en Buenos Aires, es dudoso si de allí se mandará ahora un 
plenipotenciario con tal cometido; pero, de todos modos, la probabilidad 
de un pronto cese de hostilidades sufre mucho daño con esta injusta 
retractación de las primeras propuestas de S.M.I. de firmar los prelimi- 
nares en Montevideo. 

Es cierto que en cuanto llegó a esa ciudad la noticia de la propuesta 
del emperador de separar la provincia del Brasil, se dirigieron memoria- 
les, provocados por las partes interesadas, despachados con todo apuro, 
para urgir a S.M.I. que revocara su propósito. Se le ha asegurado, con 
trazas de verdad, que la república no puede sostener la guerra por más de 
dos meses; que el deseo de los orientales es estar bajo la protección del 
Brasil; y, además, corre ahora el rumor de que la tercera parte del ejército 
de Lavalleja ha sido coitada y obligada a rendirse al general Lccor. 

Todo esto ha engreído al gobieron brasileño que, con excepción del 
disgusto por lo que sucede con los neutrales — aunque tampoco es muy 


292 


Luis Alberto de Herrera 


grande — no está, por lo demás, muy afligido ante la perspectiva de la 
continuación de la guerra. 

Se levantan empréstitos por el monto necesario para hacer frente a los 
gastos del año que corre y en términos que tentarán al ministro de 
hacienda a recurrir a ellos, cuando sea necesario. El lenguaje de los 
mensajes de las cámaras, será el eco del discurso del emperador; y, sin 
embargo, no hay terreno sólido para negar la independencia de la Banda 
Oriental, que es lo sólo que puede asegurar la tranquilidad y es la 
esperanza del progreso de los negocios brasileños. 

Temiendo que la repulsa a mi última instancia haya sido en paite 
causada por el artículo referente a nuestra mediación, de la cual desgra- 
ciadamente desconfía el ánimo rastrero de los políticos de este país, 
propondré al marqués de Aracaty suprimirlo totalmente; pero no puedo 
permitir que V.E. crea que esto va a evitar los retardos que parecen ahora 
buscarse por el gobierno brasileño. 

Tengo el honor etcétera. — (firmado) R. Gordo». 

A S.E. earl Dudley, etcétera. 

PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, mayo 12de 1828.Excmo. señor: He tenido el honor de 
recibir el despacho de V.E., notificándome que el rey graciosamente ha 
resuelto nombrarme enviado extraordinario y ministro plenipotenciario 
de S.M. ante la corte de S.M.I. el emperador del Brasil, y pido a V.E. 
aproveche la primera oportunidad favorable para poner a los pies de S .M. 
mi más humilde y agradecido reconocimiento por la grande y continuada 
bondad de S.M. hacia mí. 

Estaré pronto para embarcanne para Río de Janeiro, obedeciendo las 
órdenes de V.E., en cualquier momento en que el señor Gordon me lo 
requiera. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


La Misión Ponsonby 


293 


PONSONBY A GORDON 


Buenos Aires, mayo 12 de 1828. Excmo. señor: Se me figura que la 
forma más adecuada de contestar el despacho de V.E. del 17 de abril, es 
incluir copia del memorándum de una conversación mantenida entre el 
gobernador y yo, por lo que V.E. podrá juzgar del modo como fue 
trasmitida y comprendida, por este gobierno, la comunicación que V.E. 
me envió. El memorándum fue redactado por el señor Parish, que se 
hallaba presente en la conferencia. 

También me refiero a una nota oficial a mí dirigida por este gobierno, 
que prueba su opinión sobre el hecho, como se establece en el memorán- 
dum. 

La palabra oficial, si incorrectamente aplicada, sólo quiso significar 
que yo había oficialmente recibido de usted su propio sum ario de aquellas 
proposiciones, a las cuales el gobierno brasileño oficialmente había 
asentido. Nadie entendió, aquí, que el resumen de V.E. era obra del 
gobierno del emperador. Todos nosotros, naturalmente, creimos que era 
correctamente la esencia de lo contenido en las proposiciones, bajo 
distinta forma, sin responder en ningún grado por el modo o los medios 
de llevar a efecto el proyectado arreglo. 

Sentiré muchísimo que V.E. haya experimentado la menor molestia 
por este asunto. Tengo la satisfacción de decirle que aquí nada de eso se 
ha sentido y que yo estoy seguro de que grandes ventajas se han obtenido 
de ello. 

Tengo ahora que agregar una palabra sobre el presente estado de 
cosas. Creo que este gobierno escuchará las proposiciones del empera- 
dor, sean las que fueren pero creo seguro que no accederán a ellas, ni son 
otra cosa que la aceptación, bona fide, del proyecto de independencia de 
la Banda Oriental. 

V.E. y yo, por lo visto, tenemos opinión muy distinta del verdadero 
poder de las partes en lucha. No tiene importancia, en el estado actual de 
la cuestión, cuál de las dos está en lo cierto. Me es suficiente decir a V.E. 
lo que creo sea el propósito de este gobierno, y agregar que creo lo pueda 



294 


Luis Alberto de Herrera 


cumplir y estar a sus consecuencias. 

Creo que este gobierno puede y quiere (si fuera necesario) continuar 
la guerra contra el emperador. La intentona hecha por el partido hostil al 
gobierno actual, ha fallado completamente. La gente más sensata del país 
sostenía al gobierno, porque Dorrego se había comprometido a hacer la 
paz, si puede ésta obtenerse en términos tenidos por equitativos y justos, 
especialmente, la independencia de la provincia Oriental, y creo que a 
Dorrego se le apoyará aún m ás, si la gente se apercibe de que el emperador 
no acepta esos términos. Espero que V.E. no tropezará con dificultades 
irrazonables en tomo a cosas puramente de forma, pero me equivoco si 
V.E. viera cualquier concesión hecha respecto a cosas de otra índole. No 
creo que ellos estuchen lo que pueda decir el emperador sobre la 
condición futura de la provincia, sobre su gobierno o sobre el modo como 
los asuntos se conducirán aquí. Un abandono completo de todo lo que a 
ella concierne, de ambos lados, me imagino que será lo que con insisten- 
cia se demandará. Oigo que no se opondrá objeción alguna a las más 
serias estipulaciones para la seguridad de las vidas, propiedades y libertad 
de los habitantes, sin preferencia a la conducta política de ningún hombre 
y que no habrá inconveniente alguno en garantir (mutuamente) la paz e 
integridad del imperio y de la república contra cualquier ataque de la 
Banda Oriental, a cuyo título será fácil tomar precauciones contra la 
protección que pueda prestarse a merodeadores o jefes de bandoleros. 

Me parece lo más probable que el gobierno, sea el que fuere, que se 
establezca independientemente, en ese país, será amigo del emperador y, 
probablemente, su humilde servidor en casi todo. 

Considerará V.E. lo que he dicho como la expresión de mi opinión 
íntima e individual, que encuentro correcto exponerle sencillamente 
como tal. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

N.B. Si V.E. ha mencionado el punto a lord Dudley, ruégole quiera 
comunicarle lo que aquí digo sobre el caso, y hacerme saber qué ha escrito 
al respecto. — P. 


La Misión Ponsonby 


295 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, mayo 13 de 1828. Excmo. señor: Desde que tuve el 
honor de escribir a V.E. he recibido repetidas seguridades del goberna- 
dor de su determinación de adherir escrupulosamente a su compromiso 
de tratar sobre la base de la independencia, etcétera. 

Dice que no irá más allá y que está en condiciones y pronto para 
continuar la guerra. 

La generalidad aquí, tanto comoel gobierno, están persuadidos de que 
S.M.I. sólo ha querido ganar tiempo para intrigar, con las bases que 
últimamente ha propuesto y que, habiendo fallado en su propuesta de 
pactar un armisticio en tierra, ahora rehusará entrar en negociaciones con 
ellos. 

Esta creencia está fundada, principalmente, en las cartas del señor 
García de Zúñiga, el hombre de confianza del emperador en Montevideo 
y, también, en informes de personas próximas al monarca. 

Confío haber convencido al gobernador que está en su interés entrar 
en negociaciones y me afirma, privadamente, que, si S.M.I. envía un 
ministro a Montevideo, para encontrarse con los de la república, él no 
dejará, por cualquier falta de moderación de las primeras demandas del 
emperador, de proseguir la discusión. Especialmente, he trabajado este 
punto, porque creo que será muy útil, aún, abrir la negociación. 

Los amigos del gobernador, en todas partes han triunfado en las 
elecciones. La oposición era, en realidad, débil, aunque muy ruidosa. 

El gobernador debe este éxito, en gran parte, al apoyo de personas que 
consideran desacertado perturbar a un gobierno que mantiene su promesa 
de hacer la paz, en términos conocidos y estimados equitativos y seguros. 
Es en tal concepto, que el señor García ha apoyado al partido del go- 
bernador, aunque es hostil al hombre en sí. 

Hay gran actividad en la prosecución de las hostilidades. Una expe- 
dición se prepara y ha marchado, o va a marchar, contra las misiones 
portuguesas, región que se dice ser extremadamente rica en ganado y sin 



296 


Luis Alberto de Herrera 


ninguna adecuada defensa militar. 

Otra expedición, se asegura, ha salido contra la ciudad de Río Grande. 

Fructuoso Rivera, el jefe sobre cuyas actividades contra su país el 
gobierno imperial parece haber fundado considerables esperanzas, ha 
sido perseguido y obligado a abandonar la provincia Oriental y parece 
que, ahora, se ocupa en corretear una provincia del Imperio. 

Tengo el honor de incluir una crónica de las operaciones militares en 
Río Grande que, aunque inclinada a favor de las tropas republicanas, se 
me afuma que, en lo sustancial, es exacta No denota gran mejora en el 
estado del espíritu militar de los imperiales, ni da motivo a presumir 
futuras victorias para sus ejércitos. 

Varios buques se preparan y están casi prontos para hacer crucero 
frente a los puertos brasileños y también para cooperaren los planes a que 
lie referido más de una vez. 

V.E. recordará que yo opinaba que las negociaciones de paz deten- 
drían la conspiración, tanto aquí como en Río de Janeiro; en realidad, se 
lia paralizado, en tanto la paz se ha creído probable. Me entero de que las 
noticias de Río dicen que todos los conspiradores están prontos a obrar, 
cuando la señal de lanzarse les llegue de aquí, y tengo informes de que 
Dorrego está resuelto a proceder, así que sepa que el emperador no hace 
la paz. 

Creo que es cierto que pagó, hace poco, diez mil pesos en plata al 
antiguo agente, que ha seguido viviendo aquí, y esa suma es considerable 
en este país y al presente. 

No puedo estimar, con seguridad, el poder de la acción revoluciona- 
ria que se prepara; pero temo que sea peligrosa. El señor Gordon es mejor 
autoridad que yo para opinar sobre lo que ocurre en Río, y, como él es 
incrédulo sobre todo el asunto y como S.M.I. también lo es, y cree que es 
una creación mía, debo someterme al juicio de ellos. 

El mayor conocimiento que he adquirido de los sentimientos y del 
carácter del gobernador, ha confirmado mi juicio de que él habría 
rechazado las proposiciones brasileñas, si no se hubiera abierto camino, 
por esos medios preparatorios, que por accidente no pude encauzar. Esas 



La Misión Ponsonby 


297 


proposiciones, ahora, en vez de serrechazadas, han sido referidas por este 
gobierno a la consideración de los plenipotenciarios que se reunirán en 
Montevideo y, por tanto, si S.M.I. lo quiere, tendrá abierta una negocia- 
ción, en el hecho, de acuerdo con sus propias sugestiones. 

Si S.M.I. envía un plenipotenciario a Montevideo, este gobierno 
mandará uno, o más, sin tardanza y V.E. será rápidamente enterado del 
espíritu que mueve a las partes. 

El gobierno republicano mantiene su propósito de tratar la paz sobre 
las bases que el gobierno de S.M. tuvo a bien ordenarme que pugnara por 
establecer. 

Falta saber en qué términos el gobierno imperial tratará; es decir, qué 
significado dará a la palabra independencia, de la cual pienso, que la 
solución depende. 

Napoleón, creo, llamó a la Confederación del Rliin, un estado inde- 
pendiente. El gobierno republicano, creo, no juzgará a esa independen- 
cia idéntica a la que admiten para la Banda Oriental. 

Si el gobierno de S.M creyera oportuno compeler a las partes a sellar 
la paz, podría, tal vez, hacerse así sin ninguna violencia aparente ejercida 
sobre la libre voluntad de ninguna de las piules. Lo digo, suponiendo que 
se considere del caso llevar adelante la idea de la independencia. 

El gobierno republicano la sostiene. Está bastante demostrado que 
S.M.I. difícilmente tiene otro medio de herir a este país que no sea el 
bloqueo. Es notorio que las calidades que dan carácter legítimo a un 
bloqueo, faltanenel aquíestablecido; rehusándose a reconocerlo por más 
tiempo, el gobierno de S.M. obligaría a los brasileños a aceptar esa base, 
que el gobierno de S.M. ha aprobado y que es aceptada por el gobierno 
de Buenos Aires. 

Me Iré decidido a formular esta observación, porque yo veo que el 
bloqueo es perjudicial, en el más alto grado y casi exclusivamente, al 
comercio británico; y porque la continuación de la guerra arruinaría, en 
definitiva, a los súbditos de S.M., que tienen grandes intereses en este 
país, y no puedo esperar que la lucha termine de otro modo, si S.M.I. está 
resuelto a quedar dueño de la provincia Oriental. 




298 


Luis Alberto de Herrera 


En todos mis despachos, he dado a V.E. mi juicio sobre el poder 
comparativo de los beligerantes para seguir la guerra y para concluirla en 
términos favorables a las aspiraciones de cada uno; y yo no he vacilado 
en decir que los bonaerenses son los que tienen más probabilidad de éxito, 
a pesar de la enorme superioridad de los recursos del emperador. 

Mantengo esa opinión, sin la menor disminución en mi convicción 
sobre su validez; pero creo correcto informar a V.E. de que muchas 
personas encaran el asunto de manera distinta y creen en un resultado, en 
resumen, diferente. 

Tengo el honor de acompañar una ley, aprobada en Córdoba, por la 
cual un ataque directo parece dirigirse al poder e influencia de este 
gobierno en el asunto de la paz. Bajo ningún concepto considero esto 
digno de mucha atención y creo que sea el fruto de alguna intriga 
procedente de Buenos Aires y que no producirá efecto, directo, ni 
indirecto, en una negociación seria de paz, ni en sus resultados. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. earl Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, mayo 17 de 1828. Excmo. señor: el señor Fraser ha 
llegado de su viaje a la Banda Oriental, siendo portador de las cartas del 
general Lavalleja, de las cuales tengo el honor de adjuntar traducción. 

Habiéndome traído, al mismo tiempo, el señor Fraser las seguridades 
del coronel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, de que las proposicio- 
nes brasileñas se aceptarán, no he tenido escrúpulo en volver a latarga 
y urgir u este gobierno, en los términos de la nota adjunta, a mantener su 
opinión. 

Por un lado, mis temores pueden posiblemente ser infundados, sólo 
que la desconfianza del gobierno de Buenos Aires le indujera a negarse 
a mandar plenipotenciarios a Río de Janeiro, mientras, por otro lado, en 



La Misión Ponsonby 


299 


contrario, puede que ni quieran firmar los preliminares en Montevideo, 
como originariamente fue propuesto. Pero confío en que, en uno u otro 
caso, seré excusado por haber insistido con tanta instancia para que el 
gobierno brasileño no retrocediera de sus primeras proposiciones. He 
estado ansioso, de cualquier modo, ante la posibilidad de que un cese 
inmediato de las hostilidades se malograra. Entre las numerosas razones 
británicas que pueden alegarse para apurar esto, hay algunas que tal vez 
no se le han ocurrido aún a V.E. Mencionaré, por ejemplo: l 2 Que si el 
bloqueo no se levanta dentro de seis semanas, todas las mercaderías 
británicas, hasta el valor, por lo bajo, de un millón de esterlinas, que se 
han ido acumulando durante los últimos dos años en el puerto de 
Montevideo con destino a Buenos Aires, serán obligadas a pagar un 
derecho del 24 por ciento al Brasil. 2 - Además de la descarga de la 
mercadería inglesa acumulada en Buenos Aires, el levantamiento inme- 
diatodel bloqueo permitiría a nuestros comerciantes transportarla — pues 
está invertida casi totalmente en cueros — a Europa, antes que pase la 
estación para hacerlo, evitando, así, pérdidas muy considerables. 3 2 Tam- 
bién se ha lanzado un decreto para que inmediatamente se prepare una 
nueva tarifa de las aduanas brasileñas, fundada sobre los precios corrien- 
tes en el mercado, la que, si se aprobara antes de la paz y en el estado 
presente del cambio de este país, obligaría al comerciante extranjero al 
pago de un derecho de 30 por ciento en lugar de 15, siendo evidente que 
la moneda nacional no puede recuperar su verdadero valor hasta después 
de terminada la guerra. Pesando estas y muchas otras consideraciones, 
que tan terminantemente demandan el cese inmediato de las hostilidades 
en este hemisferio, no es sino con hondo pesar que he recibido esta 
mañana la respuesta que incluyo del marqués de Aracaty. 

Me confirma en la presunción de que enteré a V.E. en mi despacho 
n 2 38, del 10 de mayo, de que el gobierno brasileño está engreído con la 
perspectiva de tomarle vent aj a al e nem i go final mente y , en consecuencia, 
se han valido de un pretexto injustificable para retardar el acuerdo preli- 
minar. 

Por el próximo paquete, enviaré una copia de la réplica que me 
propongo dirigir al marqués de Aracaty, quien no sólo tergiversa mi 



t "U I 


Luis Alberto de Herrera 



“it |ii i ii mi npiniñn /tr"irrrr1in completamente la 
mediación británica, haciendo creer que obra de acuerdo con ella, pues, 
aun admitiendo que la nota del señor Balcarce a lord Ponsonby fuera un 
virtual rechazo de las proposiciones brasileñas, aún así, de acuerdo con 
un artículo de aquellas proposiciones, yo sostengo, en mi capacidad de 
mediador — como repetidas veces lo he hecho — , que son aceptadas por 
el gobierno de Buenos Aires. El marqués de Aracaty no tiene justificación 
en abusar de la franqueza con que le enteré de esa carta, valiéndose de ella 
para retirar las proposiciones ya a mí confiadas y sobre las cuales sigo 
creyendo que la paz puede hacerse, sin dificultad ni atraso. Tengo el 
honor de ser, etcétera. — (fumado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 

Río de Janeiro, mayo 17 de 1828. Excmo. señor: Antes de recibir la 
contestación del marqués de Aracaty a mi nota del 14 del corriente, le 
adelanté un proyecto de despacho a lord Ponsonby, para el cual deseaba 
obtener la aprobación de S.M.I. Por supuesto que la mencionada contes- 
tación del marqués ha inutilizado mi último esfuerzo; y sólo trasmito los 
detalles del mismo a V.E. para que pueda juzgar hasta dónde estoy 
justificado al sospechar a este gobierno de mala fe en la presente cir- 
cunstancia. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A PONSONBY 


Río de Janeiro, ..«ayo 17 de 1828. A S.E. lord Ponsonby. Excmo. 
señor: Aunque en manera alguna entiende el gobierno de S.M.I. que la 



La Misión Ponsonby 


301 


nota del señor Balcarce a V.E., del 24 de marzo, significa la aceptación 
de las proposiciones que iban a servir de base a una convención prelimi- 
nar de paz, a firmarse en Montevideo, no obstante, apoyado en la 
autoridad de su comunicación a mí, y como consecuencia de las seguri- 
dades traídas, desde Buenos Aires, por el señor Fraser, he declarado al 
marqués de Aracaty que el gobierno republicano está dispuesto a firmar 
una convención preliminar sobre la base de esas proposiciones, y tengo 
que anunciar a usted que S.M.I. graciosamente ha querido conceder 
plenos poderes a... para actuar como plenipotenciario en Montevideo, 
autorizándolo a filmar en aquel sitio, con los plenipotenciarios de Buenos 
Aires, una convención preliminar de la cual forme parte el compromiso 
de S.M.I. de erigir a la Banda Oriental en estado independiente, la que, 
por lo demás, debe hallarse en estricta conformidad con el documento 
fechado el 18 de febrero, que lleva la rúbrica del ministro brasileño de 
relaciones exteriores. 

S.M.I., además, se ha servido declarar que las hostilidades cesarán 
inmediatamente después de la firma de la convención preliminar, respec- 
to a la cual, como será simplemente fundada sobre su imperial compro- 
miso de conceder la independencia de la Banda Oriental, no se necesi- 
tarán mayores referencias a hacerse acá, entendiéndose que la categoría 
del nuevo estado se regulará por un tratado definitivo, que luego se 
negociará en Río de Janeiro. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A PONSONBY 


Río de Janeiro, mayo 17 de 1828. Excmo. señor: Me parece propio 
enviar a V.E. copia de la correspondencia que se ha cruzado entre el 
marqués de Aracaty y el infrascrito, subsiguiente al recibo de los 
despachos de V.E., llegados por el paquete Emiilous. 

He tratado, en vano, de disuadir a este gobierno de proceder como si 


302 


Luis Alberto de Herrera 


sus proposiciones del 18 de febrero hubieran sido rechazadas en Buenos 
Aires. He llegado hasta declarar que, por el contrario, han sido admitidas 
como base de una convención preliminar de paz y en términos bien claros 
he culpado al gobierno del Brasil de mala fe, al retroceder, sin justa causa, 
del artículo que proveía la celebración de esa convención en Montevideo. 
T ampoco dejaré de replicar a la nota de hoy del ministro, en términos aún 
más francos de desaprobación. 

Mientras que mi correspondencia ha sido inspirada en el sincero 
deseo de procurar un inmediato cese de hostilidades, desde que preveo 
que el traslado de las negociaciones a Río de Janeiro causará una demora 
de dos o tres meses, estoy, sin embargo, obligado a admitir que la réplica 
del señor Balcarce a la de V.E. del 24 de mayo, es calculada para poner 
en dudas al gobierno del Brasil, y tengo la esperanza que V.E., insistirá 
en la necesidad que existe de que la república disipe cualquier mal 
entendido enviando, cuanto antes, un plenipotenciario a Río de Janeiro. 

Estoy convencido que es nuestro deber apurar la firma de una 
convención preliminar que será seguida de un inmediato cese de hostili- 
dades, sin detenemos a averiguar nada respecto ala fecha o modo de erigir 
a la Banda Oriental en estado independiente. Cuanto más de cerca 
examinemos este asunto, más lejos estaremos de adelantar los intereses 
de Gran Bretaña, y sin esperanza como es la tentativa de traer a los 
beligerantes a ponerse de acuerdo sobre la dicha cuestión, todo tenemos 
que temerlo de ligar con ella la continua interrupción de nuestro comer- 
cio. 

No viene al caso ahora argumentar para probar de qué lado la buena 
o mala fe predomina. En mi opinión, si se llegara a una tregua de las 
hostilidades, ellas nunca se reanudarían y ambas partes se guiarían por los 
consejos del poder mediador para proveer medios de asegurarla indepen- 
dencia de la disputada provincia. 

Lejos de atender, al presente, dudas y cavilaciones sobre el punto, 
repito que nuestro deberes, sencillamente, procurar el cese de hostilida- 
des y dejar lo demás a la negociación de un tratado definitivo. El 
emperador sostiene su promesa de conceder la independencia a la Banda 
Oriental. Que larepública, bajo este concepto, mande un plenipotenciario 


La Misión Ponsonby 


303 


a firmar una convención por la cual S.M. no pueda retractarse. 

Gran Bretaña ayudará a concertar arreglos ulteriores, hecho que 
debiera considerarse como suficiente garantía para el más sagaz republi- 
cano u orientalista. 

He hecho todo lo posible para conse guir que la convención preliminar 
se firme en Montevideo; pero, habiendo fracasado, comprendo que 
nuestro interés en este asunto de ningún modo avanzará por entrar en 
polémicas y confío que, sin encontrar necesario comunicar la naturaleza 
de mi alegación con este gobierno, V.E. conseguirá que el gobierno de 
Buenos Aires despache, sin pérdida de tiempo, un plenipotenciario a Río 
de Janeiro. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


GORDON A PONSONBY 

Río de Janeiro, mayo 17 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor de 
enviara V.E. la narración que el señor Fraser hace de su misión a la Banda 
Oriental, en la que tengo el placer de decir que aquel caballero se ha 
desempeñado perfectamente. Tengo el honor de ser, etcétera. — 
(firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord Jolin Ponsonby, etcétera. 


GORDON A ARACATY 

Río de Janeiro, mayo 21 de 1828. Excmo. señor: Si el infrascrito, 
etcétera, vuelve a referir la nota de S.E. el marqués de Aracaty, etcétera, 
del 17 del corriente, no es con el propósito de refutar los argumentos con 
que S.E. ha tenido a bien defender la determinación de S.M.I. al declinar 


304 


Luis Alberto de Herrera 


el cumplimiento de lo que se prometió por los cinco artículos de las bases, 
del 18 de febrero. El infrascrito comprende toda la inutilidad de tal 
propósito; pero se ve obligado a tomar nota de la forma en que ciertas 
expresiones de su nota del 27 último han sido mal interpretadas por el 
marqués de Aracaty. Nunca se reconoció en esta nota que el emperador 
tuviera justa razón de estar disgustado (u ofendido) por la contestación 
dada por el gobierno de Buenos Aires, si se referían los términos, “no 
considerándola de ningún modo explícita y en armonía con los sentimien- 
tos que animan a SM.I.” . absolutamente a las opiniones del que firma. 
Después de dar una explicación del fundamento erróneo de las observa- 
ciones del señor Balcarce, todo lo que el infrascrito dijo sobre esas 
observaciones fue como sigue: “No le sorprende advertir, por la nota del 
marqués de Aracaty, que S.M.I. está descontento con la contestación dada 
por el gobierno de Buenos Aires sobre el asunto de la pacificación, no 
considerándola S.M.I. de ningún modo explícita y en armonía”, etcétera. 

Al hacer uso de las últimas expresiones, el infrascrito someramente 
traducía, en su nota del 27 de ab 1, el sentido de lo que se había alegado 
por el marqués de Aracaty, en la r rta de S.E. del 25 del mismo mes, a la 
cual el infrascrito contestaba, no ciertamente con miras de estigmatizar 
al gobierno de Buenos Aires, sino, más bien, para explicar y disculparlo. 

En la seguridad de que el marqués de Aracaty se apercibirá de lo 
impropia que ha sido la construcción dada a las palabras usadas por el 
infrascrito, sólo se referirá, en contestación a la parte de la nota de S.E. 
del 17 del corriente que hace alusión a la intervención de los plenipoten- 
ciarios de S.M.B. 

No puede dudarse, en cuanto al celo que ha impulsado y que continúa 
impulsando los esfuerzos de esos plenipotenciarios, a fin de que su in- 
tervención resulte benéfica a la causa de la paz. Pero, después que 
proposiciones firmadas fueron confiadas de parte del Brasil al infrascrito, 
como ministro mediador; después de haber sido trasmitidas por él a 
Buenos Aires y ser aparentemente aceptadas por el gobierno de aquel 
país, cuando el hecho había sido comunicado al gobierno del Brasil en sus 
varias comunicaciones del 21 y 27 de abril y 14 y 17 de mayo, el abajo 
firmado no se hallaba preparado a ver su mediación desacreditada y de 


La Misión Ponsonby 


305 


cierto modo desautorizada por el presente abandono, por el Brasil, de 
cualquiera de los artículos de sus proposiciones originales, retirada que 
ninguna expresión, de clase alguna, del señor Balcarce a lord Ponsonby, 
puede justificar. 

En la opinión del infrascrito es irrisorio decir, ahora, que se fundan 
favorables perspectivas en la eficacia de la mediación británica; ni puede 
él, después de lo sucedido, concebir cómo al gobierno de Buenos Aires 
se le puede inclinar a reconocer la saludable influencia de esa mediación, 
de la manera mencionada por el marqués de Aracaly. 

Si las proposiciones que fueron firmadas por S.E. y confiadas al 
infrascrito el 18 de febrero, hubieran quedado en manos de los ministros 
mediadores de Inglaterra, para obrar según ellas, en vez de ser revocadas 
por el marqués de Aracaty,por su nota del 23 de abril, hay fundada razón 
para creer que una convención preliminar de paz se podría haber firmado 
en Montevideo en el curso del mes de junio. 

Sólo resta al infrascrito el expresar sus más ardientes deseos por que 
el mismo y deseado objetivo no sea indefinidamente retardado. El que 
suscribe, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el marqués de Aracaly, etcétera. 


CORDON A ARACATY 


Río de Janeiro, junio 4 de 1828. El que suscribe, E.E. y P. de S.M.B., 
ha recibido órdenes expresas de su gobierno de dirigir una formal 
representación a S.E. el marqués de Aracaty, etcétera, respecto a la actual 
ineficacia del troqueo del Río de la Plata, por las fuerzas navales del 
Brasil. 

Al desempeñar este cometido, confía que una justa estimación, por 
parte del gobierno brasileño, de la generosa tolerancia que ha caracteri- 
zado la neutralidad de Gran Bretaña, durante el conflicto existente entre 
este país y Buenos Aires, evitará la posibilidad de cualquier apreciación 



306 


Luis Alberto de Herrera 


equivocada sobre los motivos en virtud de los cuales aquellas órdenes lian 
sido impartidas. 

Recordando, también, las observaciones que, anteriormente, tuvo el 
honor de elevar al marqués de Aracaty, sobre el mismo asunto, el que 
suscribe confía que el gobierno brasileño no se sorprenderá de saber, 
ahora, que el rey, su señor, tiene la firme determinación de no consentir 
más que sus súbditos sufran, a consecuenciade un bloqueo que no se hace 
efectivo y que, por tanto, es ilegítimo, por la irregularidad con que se 
practica. 

Aunque profundamente afectara a S.M. el peijuicio originado a una 
porción importante de sus súbditos, por el bloqueo del Río de la Plata, él 
no vaciló en reconocerlo, en tanto pareció ser una derivación necesaria 
del justo ejercicio del derecho de los beligerantes. 

S.M., como neutral, siempre ha respetado esos derechos, cuyo ejerci- 
cio ha reclamado en ocasiones anteriores y reclamaría otra vez; pero la 

generalidad debe ser la característica de un bloqueo y, si cierta clase de 
barcos pueden violarlo con impunidad, resulta ineficaz contra el belige- 
rante y puede, por tanto, ser rechazado por el neutral. 

Las quejas de los comerciantes ingleses, han sido acompañadas, 
desde el principio, por informes dirigidos a probar que el bloqueo, que 
tanto daño les causaba, ni era bastante activo, m uniformemente mante- 
nido, para hacer incuestionable su validez. 

Pero, contrario S.M. a proceder en asunto de tanta trascendencia, a no 
ser sobre terreno firme, y resuelto a no rehusar a otros poderes el completo 
beneficio de una acción, cuya aplicación él siempre había reclamado en 
su propio favor, se ha abstenido de insistir sobre un punto sobre'el cual 
dudas razonables podrían alentarse. 

Sin embargo, lo que al principio fue motivo de dudas, se ha hecho, 
desde entonces, cierto y aunque es imposible fijar, con exacta precisión, 
el número de barcos que han eludido hasta el presente a la escuadra 
brasileña, sin embargo, se ha demostrado, con pruebas auténticas, que ese 
número ha sido tan grande, al extremo de hacer, en conjunto, inútil el 
bloqueo. 



La Misión Ponsonby 


307 


No cabe la menor duda de que la fuerza empleada por S.M.I. es 
ampliamente suficiente para cumplir sus objetivos; pero, debido a algu- 
nas causas, en cuyo examen no es propósito del que suscribe entrar, el 
comercio del Río de la Plata está virtualmente abierto a buques de ciertas 
condiciones y dispuestos a correr ciertos riesgos, y completamente 
cerrado a los barcos ingleses de comercio, que tienen mayor calado y 
navegan con más cuidado por prudentes consideraciones. 

La protección que el rey de Inglaterra debe a sus súbditos, no le 
permite resignarse al sacrificio de su comercio, por una medida que no es 
aplicable, por igual, a la navegación comercial de todas clases y de todas 
las banderas. 

S.M. respetará un bloqueo, así uniformemente sostenido, pero su 
almirante ha recibido órdenes de proteger al comercio inglés contra los 
efectos de una parcial y, por tanto, injusta exclusión. 

El que suscribe, encarecidamente pide a S.E. el marqués de Aracaly 
que someta esta reclamación a la inmediata consideración de S.M.I., no 
dudando que, si es la intención de S.M.I. continuar el bloqueo, se 
adoptarán inmediatamente medidas para cambiar su carácter presente y 
hacerlo más uniformemente eficiente; y, no ocurriendo así, el almirante 
británico se verá en la necesidad de dar inmediato cumplimiento a las 
instrucciones que ya están en su poder, a fin de obtener una justificada 
protección para el comercio, tanto como para los derechos legales, de los 
súbditos de S.M.B. 

El que suscribe tiene el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el marqués de Aracaty, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, junio 6 de 1828. Excmo. señor: No he demorado en 
poner en ejecución las instrucciones contenidas en el despacho n s 16 de 
V.E., relativo al bloqueo del Río de la Plata, y confío que la reclamación 


308 


Luis Alberto de Herrera 


dirigida a este gobierno, de la cual tengo el honor de incluir una copia, a 
la vez de recapitular exactamente las razones articuladas por V.E., será 
juzgada de acuerdo con las relaciones amistosas existentes entre S.M. y 
el emperador del Brasil. 

Cuando el almirante Otway retome al puerto, me pondré en comuni- 
cación con él, a fin de concertar ulteriores medidas, en conformidad con 
la actitud que este gobierno pueda adoptar, a consecuencia de mi 
reclamación. 

Soy con gran sinceridad y respeto, etcétera. — (firmado) R. Gordo n. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, junio 18 de 1828. Excmo. señor: Mientras que es de 
presumir que la representación que por deseo de V.E., ha hecho a este 
gobierno respecto a la ineficacia del bloqueo del Río de la Plata, 
provocará su total abandono, es justo declarar que el sistema de corsarios 
ha llegado al colmo y que continuará así, tan ilegalmente mantenido por 
el lado de Buenos Aires. 

Sería tan fácil al Brasil prometer someterse a la ley a vigorizar, como 
se debe, sus derechos de beligerante, como ha sido para Buenos Aires 
formular promesas similares respecto a los corsarios. Por igual, la 
incapacidad de ambas partes, para cumplirlo, es igualmente evidente. 

Los comerciantes británicos en ésta están exasperados más allá de lo 
imaginable, por el despojo de sus mercaderías, que continúa practicándo- 
se por los corsarios, casi a la vista de este puerto. 

De esta manera, el George Corning y El iza, buques mercantes han 
sido detenidos y saqueados, y sus patrones maltratados, este último mes. 
El final del Clorinda habrá sido comunicado por el cónsul de S.M., y de 
la captura del Néstor ya enteré a S.E. Si el bloqueo se levanta antes de que 
se haga la paz, este merodeo de los corsarios aumentará a un grado 


La Misión Ponsonby 


309 


enorme y los medios y recursos de Buenos Aires para ir contra los 
brasileños, se doblarán, mientras que nosotros habremos arrancado de 
manos del último la única arma eficaz que hasta ahora ha podido esgrimir, 
con buen éxito, contra su enemigo. 

Me tomo la libertad de someter estas indicaciones a la consideración 
de V.E., en el caso de que la guerra continúe. 

Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, junio 22 de 1 828. Excmo. señor: El señor Gordon habrá 
informado a V.E. de que S.M.I. desea entrar en negociaciones en Río de 
Janeiro, en vez de Montevideo, y yo debo hacerle saber que este gobierno 
ha consentido. 

A fin de dar a V.E. la impresión más clara, y creo que la más breve, 
de lo sucedido aquí, adjunto un memorándum de mi conversación con 
S.E. el gobernador, mi nota oficial, como resultado de ella y la respuesta 
del gobierno. 

Mi nota consiste, principalmente, en un extracto de una carta del 
marqués de Aracaty, al señor Gordon, de cuyo extracto también le envié 
al gobernador una copia, privadamente, en portugués. 

He optado por este procedimiento, a fin de evitar toda responsabili- 
dad en cuanto a la acepción del concepto “independencia”, que, como 
V.E. lo verá, S.M.I. promete otorgar y cuya promesa la toma este 
gobierno como razón para mandar plenipotenciarios a Río de Janeiro. 

Sé lo que aquí se entiende ser el significado de esa palabra, pero 
mucho me temo que el emperador la entienda de manera muy diferente. 

Consideré acertado mantenerme alejado, por el momento, de esta 
probable dificultad, e liice todo lo posible para procurar un principio de 




310 


Luis Alberto de Herrera 


negociación, lo que considero una cosa muy útil en las presentes circuns- 
tancias. 

Las manifestaciones del gobernador en esta conversación conmigo, 
demuestran que él no está en error, en cuanto a las intenciones del 
emperador sobre un punto, y creo que está convencido por la evidencia, 
emanada de una multitud de versiones procedentes de Río, de que el 
gobierno brasileño piensa cualquier cosa antes que en un arreglo que bajo 
el nombre de independencia, dejara a la provincia Oriental sustancial- 
mente libre de toda intervención de la autoridad del emperador en sus 
asuntos. 

El gobernador declara haber obrado, al acceder al envío de la misión 
a Río, principalmente con el deseo de mostrar su deferencia a los consejos 
del gobierno de S.M. y para probarle que anhela una paz en los términos 
que él considera justos y honorables; y yo debo agregar que él, ha hecho, 
en efecto, todo lo que se me ha ordenado proponerle sobre la cuestión. 

Mis instrucciones no van más allá de recomendar la base sobre la 
independencia. V.E. tendrá la bondad de observar que, en mi conversa- 
ción, tomé la precaución de dejarle entender indirectamente al gobema- % 
dor que lo consideraba comprometido, ante el gobierno de S.M., a 
cumplir sus promesas y a continuar la política que él había autorizado al 
ministro mediador a comunicar a la otra parte que era la política del 
gobierno republicano. 

Soy de opinión que el gobernador cumplirá sus compromisos, a 
menos que el gobierno brasileño le dé una fácil oportunidad de escaparse 
de ellos. En este momento, le interesa hacer la paz sobre la base propuesta 
y pienso que podría rechazarla sin arriesgar su propia caída; pero V.E. 
sabe que él era violentamente contrario a la independencia de la Banda 
Oriental y con cuánta dificultad fue llevado a dar un abierto asentimiento 
a esta fórmula. 

La perspectiva de éxito de las operaciones militares, no dudo que lo 
entusiasmará y lo dispondrá a volver a sus viejas doctrinas, si puede. 

Los sucesos producidos últimamente por Fructuoso Rivera (hasta 
hace poco un desterrado y al margen de la ley) y el establecimiento de este 



La Misión Ponsonby 


311 


hombre en el poder, en los sitios donde ahora está, han aliviado al 
gobernador de la presión que la política y autoridad de Lavalleja le 
impusieran; pero todavía espero que será obligado a hacer de la indepen- 
dencia de la provincia la base de su gestión. 

V.E. puede estar seguro de que, lejos de estar inclinado a pactar lapaz 
sobre condiciones inferiores, este gobierno está preparando medidas que, 
si tienen éxito, le harán agradecer al emperador poder obtenerlas. 

La fuerza doméstica del gobierno ha aumentado considerablemente 
frente a sus adversarios internos, cuya real debilidad se ha puesto de 
manifiesto en diversas formas, aunque ellos son, todavía, bastante activos 
y vigorosos para poder dar una ventaja decidida a cualquier otro partido 
que pueda atacar la autoridad del gobierno con firmeza. 

Al presente, por lo tanto, creo que, el gobierno puede disponer de casi 
todos los recursos del país, y seguramente quedan en él recursos no 
desdeñables. 

La fracción que acabo de mencionar, ha estado y está haciendo 
empeños para producir anarquía en el ejército de Lavalleja. 

El gobernador conoce el plan y sus agentes, pero no se puede asegurar, 
positivamente, que se esforzará en proteger a Lavalleja, a quien él teme. 
Sin embargo, le ha comunicado estos hechos a aquel general. 

El gobierno ha comprado un barco francés, que puede ser armado con 
veintidós cañones. Está siendo preparado como corsario. Creo que hay 
ahora más o menos veinte corsarios en el mar, después de la última 
pérdida de uno o dos, por haber encallado y caído en manos del enemigo. 

Se esperan considerables aumentos, para esta fuerza, de Norteaméri- 
ca, y, también, barcos británicos comprados con este propósito. Un gran 
número de embarcaciones ha sido preparado para desembarcar tropas. 

El ejército ha sido considerablemente aumentado y el señor López, 
gobernador de la provincia de Santa Fe, quien manda en jefe (con 
Fructuoso Rivera como segundo) lo que ellos llaman el ejército del Norte, 
está destinado a ejecutar parte de un gran plan de operaciones contra el 
enemigo. 



312 


Luis Alberto de Herrera 


Creo que el plan consiste en barrer las provincias del Sur del imperio, 
y tratar de penetrar hasta San Pablo, provincia que ha sido especialmente 
trabajada por los enemigos secretos del emperador, para cooperar, con los 
republicanos, en contra de su soberano. 


Es innecesario que destaque el gran cambio que la conquista de las 
Misiones puede originar en el desarrollo de las negociaciones, pero 
confío que V.E. me dará instrucciones al respecto. 

He detenido el paquete toda la semana, esperando la decisión del 
gobierno sobre la partida de los plenipotenciarios, quienes habían acor- 
dado que se embarcarían en él para Río. 

Ahora, estoy infonnado de que no partirán y lie fijado para hoy su 
salida. 

Tengo el honor de adjuntar una copia de mi carta al señor Gordon, con 
fecha 1 8 de junio, tocante a la misión a Río, la que puse en conocimiento 
del gobernador. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 

A S.E. el cari de Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


Río de Janeiro, julio 12 de 1828. Excmo señor: Es muy notable que 
mientras he tenido que hacer presente a este gobierno que el bloqueo del 
Río de la Plata, como se ha llevado hasta ahora, no puede ser respetado 
por más tiempo por el gobierno de S.M., ha circulado en Río de Janeiro 
una comunicación oficial del gobierno de Francia, declarando la validez 
efectiva de aquel bloqueo. 

Tengo el honor de incluir para V.E. un diario que contiene el despacho 
del ministro de comercio francés, al efecto. Hasta ahora, lie insistido en 


La Misión Ponsonby 


313 


vano, tanto verbalmente como por carta, para obtener contestación a mi 
nota del 4 de junio. Esto es, sin duda, atribuible a la confiada expectativa 
que se ha tenido de la llegada de los plenipotenciarios de Buenos Aires, 
con quienes el emperador ha determinado, positivamente, fímiar los 
preliminares. Se anunciaron en el paquete Wellington, que desgraciada- 
mente ha llegado sin ellos. 

Digo “desgraciadamente”, porque las resoluciones del emperador 
pueden fluctuar, mientras que ahora están firmes a causa del pánico 
causado por la última insurrección de los alemanes y de su deseo de 
reconciliar a la opinión pública. 

V.E. sabrá, por lord Ponsonby, que los plenipotenciarios deben llegar 
en el próximo paquete de Buenos Aires, y como la negociación pro paz 
debe, en consecuencia, empezarse a principios de agosto, confio que V.E. 
aprobará que previamente yo no pida al almirante Otway que levante el 
bloqueo, pues hacerlo completamente eficiente está m ás allá del poder de 
la armada brasileña. 

De otro modo, el gobierno de Buenos Aires no se vería inducido a 
hacer la paz y el Brasil se hallaría a su merced, al tratar con ellos; mientras 
que el conocimiento de que nuestro almirante debe efectivamente cum- 
plir sus instrucciones, necesariamente detendrá cualquier pretensión 
injusta, la que se sospecha pueda tener S.M.I., respecto al destino futuro 
de la Banda Oriental. 

No diré que el emperador no haya dado motivo a sus enemigos para 
sospechar tales intenciones y del significado que S.M.I. pudiera querer 
dar a la palabra independencia; pero sinceramente afirmo que, si hubieran 
llegado aquí los plenipotenciarios de Buenos Aires durante los últimos 
seis meses, se habrían firmado preliminares de paz a satisfacción de todas 
las partes y, en consecuencia, nunca podré dejar de lamentarlo suficiente, 
que tanto tiempo se haya perdido en previas discusiones especulativas. 

Tengo, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Dudley, etcétera. 



314 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, julio 12 de 1828. Excmo. señor: El memorándum 
adjunto, sobre una conferencia mantenida con S.E. el gobernador, infor- 
mará a V.E. de lo principal de las instrucciones a que los plenipotenciarios 
deben sujetarse en Río de Janeiro. 

El gobernador se ha apartado de su anterior compromiso conmigo; 
pero no creí bien oponerme a lo que él ha propuesto, aunque es evidente 
su intención de procurar el afianzamiento de su influencia sobre toda la 
provincia Oriental y su ulterior anexión a la república. 

Es innecesario molestar a V.E. con un detalle de los medios que 
probablemente empleará el gobernador para llevar a cabo tal propósito; 
baste decir que sería por medio de Fructuoso Rivera, a quien él cree poder 
habilitar para derribar al general Lavalleja, inmediatamente después de 
la conclusión de la paz que ahora él ha propuesto. 

Mi opinión es que el gobernador no tendría éxito; pero creo que S.M.I. 
debe hacer la paz en cualquier forma. Está demostrado que él no ha hecho 
ninguna impresión sobre este país por la guerra, que lo coloca en tantas 
dificultades y, agregaré, peligros. 

Su mejor arma, hasta ahora, ha sido el bloqueo, pero aun éste está a 
punto de ser inutilizado, o muy debilitado, por los establecimientos 
creados en Salado y Bahía Blanca. 

Las instrucciones ahora impartidas, contienen mejoras. 

Parecen dar una capa para disimular, un poco, el abandono, por parte 
del emperador, de la Banda Oriental; también cubren el abandono, por el 
gobernador, de sus viejas declaraciones parlamentarias y públicas contra 
la separación de la provincia Oriental de la república y su independencia 
y pueden ayudarle a justificar sus medidas pacíficas, con más fuerza, 
contra los ataques de sus adversarios de esta ciudad. 

El partido que ha apoyado al emperador en Montevideo, etcétera, 
posiblemente verá en la presente fórmula una mayor oportunidad de 
mantener su influencia y, finalmente, el artículo que estipula el retiro del 


La Misión Ponsonby 


315 


ejército republicano detrás del río Uruguay, elimina, por el momento, 
toda cuestión referente a las Misiones, recientemente conquistadas, de la 
cual yo temía derivaran dificultades actuales y considerables. 

El despacho de V.E. (N 2 5) acompañándome su despacho (N 2 17), 
para el señor Gordon, que confirma las instrucciones originales del 
gobierno de S.M., aprobando la separación de la provincia en disputa del 
dominio de ambos beligerantes, pero, al mismo tiempo, reiterando el 
deseo del restablecimiento de la paz, garantirán completamente, creo, los 
pasos que he dado y que espero serán aprobados por el gobierno de S.M.. 
Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado). Ponsonby. 

A S.E. el earl de Dudley, etcétera. 


GORDON A DUDLEY 


(Extracto de carta) Río de Janeiro, julio 12 de 1828. V.E. será 
informado por lord Ponsonby de que los plenipotenciarios llegarán en el 
próximo paquete procedente de Buenos Aires, en consecuencia, las 
negociaciones de paz se iniciarán a principios de agosto. Confío que V.E. 
aprobará que yo no haya ordenado previamente al almirante Otway la 
ruptura del bloqueo, porque mantenerlo completamente eficiente está 
más allá del poder de la armada brasileña. 

De otro modo, el gobierno de Buenos Aires no tendría empeño en 
hacer la paz y, en la negociación con él, el Brasil quedaría a su merced; 
mientras la certidumbre de que nuestro almirante deberá eventualmente 
cumplir sus instrucciones, necesariamente desvanecerá cualquier injusta 
pretensión que se sospeche abrigue S.M.I. con respecto al destino futuro 
de la Banda Oriental. 


(firmado)/?. Gordon 




316 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A DUDLEY 


Buenos Aires, julio 24 de 1828. Excmo. señor: Ayer entregué la carta 
de S.M. comunicando a S.E. el gobernador mi retiro de esta misión. 

Me recibió con toda la ceremonia calculada para mostrar su respeto 
a S.M. el rey. Todas las autoridades y funcionarios fueron invitados y 
asistieron a la audiencia. Hubo una guardia de honor y saludos de la 
fortaleza, a mi llegada y partida. 

Dirigí una alocución a S.E., tan concisa como pude, dentro de lo 
correcto, evitando, cuidadosamente, mezclar la política. S.E. contestó en 
los términos correspondientes. 

V.E. encontrará una descripción ce la ceremonia, y también el 
discurso del gobernador, en el diario adjunto, con una traducción del mío. 

Obedeciendo a las órdenes de S.M., presenté al señor Parish como 
encargado de negocios de S.M. Tengo el honor de saludar a V.E., 
etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el cari de Dudley, etcétera. 


GOUDON A ABERDEEN 


Río de Janeiro, agosto l 9 de 1828. Excmo. señor: En mi despacho 
n 9 63, a earl Dudley, tuve el honor de manifestar que, en virtud de estar 
próximas las negociaciones de paz entre el Brasil y Buenos Aires, no creía 
acertado que el almirante Otway llevara a efecto sus instrucciones, 
motivadas por la conlir.uada ineficacia del bloqueo del Río de la Plata. 

Tengo, ahora, el honor de acompañar a V.E. una copia de la caria que, 
sobre el asunto, he dirigido al almirante Otway. He creído que era mi 
deber escribirla, desde que, hasta el momento presente, el gobierno 
brasileño no ha juzgado oportuno darse por informado de mi nota del 4 
de junio. 



La Misión Ponsonby 


317 


Al mismo tiempo, corresponderá a lord Ponsonby determinar con el 
almirante Otway, luego de tomar en debida consideración las perspecti- 
vas que ofrezcan las próximas negociaciones, basta dónde será conve- 
niente adoptar la actitud que se recomienda en la carta adjunta. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. lord Aberdeen, etcétera. 


GORDON A OTWAY 


Río de Janeiro, agosto l g de 1828. Señor almirante: Como todos los 
días se espera la llegada de los plenipotenciarios de Buenos Aires y como 
puede suponerse que esto lleve a una pronta terminación de la guerra, he 
considerado que cualesquiera actitud que pueda usted tomar, en este 
momento, respecto al bloqueo del Río de la Plata, podría hacer peligrar 
el buen éxito de la negociación a iniciarse y frustrar, así, el objeto 
principal del gobierno de S.M. 

Al mismo tiempo, si no hubiera perspectiva de suscribir los prelimi- 
nares hacia el fin de este mes y si la información que usted reciba del Río 
de la Plata evidencia satisfactoriamente que el bloqueo no ha adelantado 
en rigor, a consecuencia de mi nota del 4 de junio, no vacilo en manifestar 
que no se debe permitir, por más tiempo, que se intercepte el comercio 
británico, y que creo habrá llegado la hora de que usted haga efectivas las 
instrucciones que ha recibido, a fin de dar justa protección a nuestro 
comercio con Buenos Aires. 

Las razones que he tenido el honor de exponer más arriba, para aguar- 
dar, hasta fin de este mes, el resultado de las tralalivas preliminares de 
paz, me inducen a aconsejar que las medidas que usted crea convenien- 
te adoptar, en cuanto al bloqueo, no deben hacerse públicas hasta que 
aquel momento haya llegado. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el vicealmirante R.W. Otway, etcétera. 




318 


Luis Alberto de llen era 


GORDON A ABERDEEN 


Río de Janeiro, agosto 1- de 1828. Excmo. señor: Habiendo manifes- 
tado a lord Ponsonby, hace algún tiempo, que yo volvería a Inglaterra a 
fines del mes de julio, he recibido noticia de S.E. de su intención de salir 
de Buenos Aires el 19 de ese mes, con el propósito de cumplir sus 
funciones como ministro británico ante esta corte. 

Deploro muchísimo que el objeto por el cual mi permanencia se 
prolongó en este país, no se haya coronado previamente a mi partida; pero 
no deja de satisfacerme el enterar a V.E. que mi ausencia, en las actuales 
circunstancias, no puede ser perjudicial al servicio de S.M., desde que en 
nada puede progresar en sentido de la paz con Buenos Aires hasta la 
llegada de los plenipotenciarios de allí; y como lord Ponsonby llegará a 
Río de Janeiro más o menos al mismo tiempo que ellos, los beneficios a 
esperarse de la mediación de un ministro británico se hallarán perfecta- 
mente asegurados con la presencia de S.E. 

Presentaré a S.M. mi carta de retiro el 3 del corriente y zarparé el 5 en 
el buque de S.M. Bíossom, habiendo presentado previamente al señor 
Aston, como encargado de negocios hasta la llegada de lord Ponsonby. 

Tengo el honor, etcétera. — (firmado) R. Gordon. 

A S.E. el conde Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY EN RIO 

PONSONBY A BALCARCE Y GUIDO 


Río de Janeiro, agosto 20 de 1828. El infrascrito, enviado extraordi- 
nario y ministro plenipotenciario de S.M.B., tiene el honor de acusar 
recibo de una carta, fechada el 20 de agosto, de SS.EE. el general Balcarce 
y el general Guido, ministros plenipotenciarios de la república de las 



La Misión Ponsonby 


319 


Provincias Unidas del Río de la Piala, por la cual solicitan ser informado 
si el infrascrito, en su calidad oficial, puede garantir el cumplimiento de 
las condiciones que se estipularan en un acuerdo preliminar o tratado 
definitivo de paz. 

En respuesta, el infrascrito tiene el honor de comunicarles que no 
tiene autorización de su gobierno para contraer ningún compromiso de 
garantía de ninguna convención preliminar o tratado definitivo de paz, y 
se permite referir al conocimiento de S.E., el general Balcarce de que, 
cuando el infrascrito tuvo el honor y el placer de desempeñar la misión 
de representante británico en Buenos Aires, se hallaba en posición 
similar. 

El infrascrito acompaña a esta nota una carta, en respuesta a ciertas 
preguntas formuladas por SS.EE. sobre la cuestión de las garantías reales 
o aparentes, a establecer para el estricto cumplimiento de las condiciones 
tales como la evacuación de las fortalezas en la Banda Oriental, que 
puedan ser convenidas entre los beligerantes. El infrascrito, etcétera - 
(firmado) John Ponsonby. 

A SS.EE. los ministros plenipotenciarios de la república de la Piala. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, agosto 20 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor de 
enterar a V.E. de mi llegada aquí y de que S.M.I. ha fijado el 21 del 
corriente para la recepción de la carta credencial de S.M. 

Tendré oportunidad de remitir un despacho a V.E., el 24, por el B ti ton, 
buque de S.M., y entraré al asunto de las negociaciones de paz pendientes. 
No puedo, por ahora arriesgar más que mi esperanza de un favorable 
resul.r.Jo en ese asunto. Los plenipotenciarios de Buenos Aires, hasta 
ahora, se han conducido con gran prudencia y moderación y parecen 
haber resultado personalmente muy agradables alos miembros indicados 
para tratar con ellos. Espero que hagan tanto como sea probable reciba 


320 


Luis Alberto de Herrera 


ratificación en Buenos Aires. 

En consecuencia de la rápida y efectiva ayuda prestada por el 
vicealmirante sir Robert Otway, en tiempo de los peligrosos disturbios 
ocurridos en esta ciudad, S. M. I. ha manifestado gran consideración 
hacia ese distinguido. 

S.M.I, después de mi llegada aquí, ha llamado al almirante a su 
presencia, quien me dice que nota en el emperador disposición a arreglar 
todo en conformidad con los deseos de nuestro soberano. 

El almirante ha hecho todo para demostrar su respeto por el cargo con 
que tengo el honor de hallarme investido por S.M., y tengo la seguridad 
que me prestará gran ayuda con S.M. I. en el cumplimiento de mi deber. 

Remito una copia de una carta particular mía al gobernador de Buenos 
Aires, escrita con la esperanza de inducirlo a abandonar todos los planes 
revolucionarios que más o menos ha apoyado. La paz será el mejor re- 
medio para los descontentos y la más segura derrota del partido discon- 
forme de aquí, pero no despreciaré paso alguno que crea necesario para 
ese propósito. 

El barón Mareschal me dijo que S .M.I. no cree aún en la existencia de 
ningún plan contra su gobierno e imagina que yo, o alguien más, inventó 
un cuento para intimidarle. Tal vez la apreciación del barón, en cuanto a 
la opinión actual de S.M.I. en este punto, no sea del lodo cierta. Creo que 
es de poca importancia establecerlo, ahora. Tengo el honor, etcétera. — 
(firmado) John Ponsonby. 

A S. E. lord Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, agosto 21 de 1828. Excmo. señor: Fui recibido, en 
audiencia, esta mañana, y entregué la carta credencial de S.M. a S.M.I. el 
emperador, quien tuvo a bien recibirme muy cordialmente. Tengo el 
honor, etcétera. — (finnado) John Ponsonby. 


La Misión Ponsonby 


321 


A S.E. lord Aberdeen, etcétera. 


rONSONBY A PARIS1I 


Río de Janeiro, agosto 27 de 1828. A S.S. Woodbine Parish, etcétera 
— Buenos Aires — Señor: Adjunto una copia del acuerdo preliminar que 
ha sido convenido entre los plenipotenciarios de la república Argentina 
y los plenipotenciarios de S.M. el emperador del Brasil. 

Ha habido grandes dificultades que vencer para llegar a feliz término, 
derivadas de la naturaleza misma del asunto; pero ellas han sido final- 
mente resueltas por la moderación y sabiduría de los ministros a quienes 
esa delicada misión fue confiada. 

El marqués de Aracaty me ha asegurado que su gobierno ha cedido en 
muchos puntos de esa convención, accediendo a los deseos del gobierno 
de S.M. y él, insistentemente, me pidió que le diera seguridades de que 
el gobierno de la república confirmaría el acto de sus plenipotenciarios. 
Le contesté que yo no podía responder por la conducta de los demás, pero 
que tenía plena confianza en la buena fe de S.E. el señor Dorrego, que 
especialmente me había prometido sancionarlo que los plenipotenciarios 
de la república convinieran. 

En aquella ocasión, manifesté a S.E. el señor Dorrego que yo con- 
sideraba a su gobierno y a ambos beligerantes (que había deseado y 
aceptado la mediación de S.M. ), obligados, por un compromiso de honor, 
a cumplir con escrupulosa exactitud todos los convenios a que arribaran 
con el ministro de S.M. y que cualquier desviación, fuere cual fuese el 
pretexto que se alegare, de esos acuerdos, se convertiría en causa del más 
serio conflicto entre el gobierno que los violara o tratara de eludirlos y 
S.M. el rey de Inglaterra. 

El marqués se declaró satisfecho y me manifestó que confiaba en el 
gobierno republicano y que, por su parte, el gobierno imperial cumpliría, 
con la más estricta fidelidad, sus compromisos. 


322 


Luis Alberto de Herrera 


Ruego a S.S. que explique, detenidamente, todo esto a S.E. el go- 
bernador, haciéndole notar la responsabilidad que lie contraído sobre mí, 
proveniente de mi absoluta confianza en su proceder, basada en el 
conocimiento que de él lie adquirido. No será necesario insistir demasia- 
do, al hablarle sobre el seguro desagrado que se produciría entre Gran 
Bretaña y Buenos Aires, si el gobierno republicano cayera en la tentación 
de separarse del espíritu de sus promesas, lo que — debo advertirlo — 
sería considerado como un insulto por el gobierno británico, pues el señor 
Dorrego, con su innata perspicacia, abarcará todas esas eventualidades. 

Las consideraciones establecidas y adoptadas en esta convención, son 
de tal naturaleza que la república puede estar orgullosa de haberlas 
obtenido y el gobierno que ha logrado alcanzarlas merece la eterna 
gratitud de su país. 

Puedo afirmarle, con seguridad, que el emperador sólo necesita la 
adopción de una medida muy sencilla y fácil para asumir una posición 
beligerante muy distinta a la mostrada, hasta ahora, en su contienda con 
la república, porque, con sólo gastar una pequeña parte de sus recursos 
pecuniarios está en condición de procurarse buenos oficiales, que puede 
encontrar en crecido número; y yo agregaré que S.M.I. está enterado de 
la necesidad de adoptar esa medida. 

Opino, por consiguiente, que la paz debe ser hecha ahora o, de lo 
contrario, la república tendrá que encarar dificultades un millar de veces 
mayores que las que hasta ahora se le han presentado. Algunos trabajos 
se han hecho aquí para convencer de que la escuadra francesa estaba 
próxima a forzar el bloqueo del Plata, a consecuencia de las diferencias 
surgidas entre el gobierno francés y el de S.M.I. por cuestiones relacio- 
nadas con fletes marítimos, etcétera. Debo, por lo tanto, comunicarle que 
esas diferencias han sido resueltas y que el gobierno imperial ha conve- 
nido en pagar la cantidad pedida por Francia como compensación, 
etcétera. 

El hecho es que los franceses hacen circular los rumores que he men- 
cionado con el fin de convertir la guerra entre la república y el emperador 
en instrumento de sus propias pretensiones y S.S. observará que ha sido, 


La Misión Ponsonby 


323 


desde el arreglo de las dificultades con Francia, que el gobierno imperial 
ha consentido en la convención preliminar y por consiguiente, que no ha 
sido influenciado, en ningún grado, por los temores de una hostilidad 
francesa para resolver sobre la continuación de la guerra. 

El emperador desea estar en los términos más amistosos con la 
república y nada sería más ventajoso para todos que así sucediera. 

Estoy tan plenamente convencido de esto y de la firme opinión de 
nuestro gobierno sobre el particular, que tomé sobre mí la responsabili- 
dad de exhortar a los plenipotenciarios, en la forma más expresiva, a 
aceptar ciertas condiciones propuestas por el gobierno imperial, de las 
que yo sabía que el emperador no desistiría , pero respecto a las que había 
alguna resistencia de parte de los plenipotenciarios republicanos. Refie- 
ro, particularmente, a la evacuación de las Misiones, asunto, en sí, 
completamente desprovisto de importancia para los intereses de la 
república, en las actuales circunstancias, pero que, probablemente, si 
hubiera sido rechazado, habría dado lugar a sucesos en esa región que 
habrían renovado la guerra y que, por consiguiente, era, en mi opinión, 
ventajoso para el bien común de parte del gobierno imperial. 

No encuentro palabras adecuadas para expresar a S.S. mi opinión 
sobre los peligros a que la república se expondrá, si la convención pre- 
liminar no fuera confirmada; pero S.S. conoce demasiado los sentimien- 
tos de nuestro gobierno y el estado de sus relaciones con la república, para 
no estar perfectamente enterado de las consecuencias que para esas 
futuras relaciones podrían derivarse inmediatamente, por la adopción de 
parte de la república, de una política tortuosa. 

S.S. sabe que yo confío en el general Dorrego y, también, sabe cuánto 
deseo ver a su gobierno consolidar la fuerza real del país, y mi convicción 
de que la prosperidad de la república contribuirá a fomentar nuestros 
propios intereses y retribuirá nuestros deseos de ser los más fieles y firmes 
amigos de Buenos Aires. Por lo tanto, S.S. comprenderá la intensidad de 
la zozobra que tengo de que el señor Dorrego se exponga al cierto e 
inevitable derrumbe de su propio poder en la repúbüca, por ser causa 
ostensible y marcada de los más graves males que a un estado en la 
condición en que está la república se le pueden acarrear. 



324 


Luis Alberto de Herrera 


No es una situación como la actual, ni en asunto de tan inmensa tras- 
cendencia para el bienestar de un país, que un hombre de inteligencia 
ordinaria y sentido común usaría un lenguaje de vanas cortesías; y un 
hombre de la alta capacidad mental del señor Dorrego, no dejaría de 
considerar tal lenguaje con el desprecio que se merece. 

Por consiguiente, diré que Buenos Aires es un país débil comparado 
con Gran Bretaña y que Inglaterra puede peijudicar a la república más que 
loque cualquier otro estado puede hacerlo, si su justo resentimiento fuera 
provocado; y que, entre los naturales efectos que la actitud hostil de 
Inglaterra causaría en el pueblo de Buenos Aires, no sería el menor su 
enojo contra el autor de la desavenencia: y el señor Dorrego destacaría 
prominentemente, ante el concepto público, como ere hombre. Es, para 
mí, un deber muy grato de mi parte, poner en su conocimiento la 
inteügente, conciliadora y patriótica conducta de los plenipotenciarios 
tan acertadamente elegidos por S.E. el señor gobernador para llevar a la 
práctica sus prudentes y sabias instrucciones. Sus maneras corteses y 
correctas y la franqueza de su conducta, han producido honda impresión 
en el ánimo de los ministros de S.M.I., han facilitado la solución de 
muchas dificultades y, estoy seguro, han puesto los fundamentos sobre 
los que la futura y permanente existencia de razonables y cordiales 
sentimientos, entre los dos estados, podría descansar, pues, en realidad, 
sus intereses son demasiado distintos para chocar y la común convenien- 
cia mantendrá esa amistosa consideración entre ambos. 

Permítome insistir ante S.S. sobre la necesidad de llevar a feliz 
término, cuanto antes, este asunto; nada más urgente. El marqués de 
Aracaty ha prometido enviar un plenipotenciario a Montevideo, para 
firmar la ratificación, etcétera. Le recordaré para que la cumpla, sin 
tardanza, su promesa. 

Piense cuántos accidentes pueden ocurrir, si se pierde tiempo, y qué 
fatal sería una renovación de *as hostilidades para los grandes intereses 
del país, que ambos tan vivamente deseamos ver floreciente. El goberna- 
dor está comprometido con nosotros a no permitir que la convención de 
Santa Fe destruya la obra de sus plenipotenciarios y yo sé que él tiene 
poder para mantener su promesa. 



La Misión Ponsonby 


325 


S.S. convendrá conmigo, estoy cierto, en que, cualquier alteración 
que se intente introducir en este acuerdo preliminar, responderá al intento 
de destruirlo y, también, en que no existe la necesidad de introducir 
modificación, por cuanto, lodo lo que se desee hacer a ese respecto, puede 
realizarse al negociar el tratado definitivo de paz. Por consiguiente, 
consideraré la alteración como un mero pretexto y tendré cuidado de 
poner en conocimiento del gobierno de S.M. este juicio que lie formado. 

Nuestro almirante lia sido muy conciliador y lia hecho todo lo que 
nuestros amistosos anhelos han deseado. 

Confío que ahora tendrán término definitivo los disgustos entre 
Inglaterra y Buenos Aires, motivados por el asunto de las avaluaciones, 
etcétera, y que los dos países continuarán, hasta la eternidad de los 
tiempos, estimándose mutuamente y unidos por la más sincera amistad. 

Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Pon- 
sonby. 


PONSONBY A ABERDEEN 

Río de Janeiro, agosto 29 de 1828. Excmo. señor: lie mencionado a 
V.E., las aprehensiones que algunos sienten, para el futuro, por la falta de 
seguridad para el mantenimiento de la paz, en vista del poder que se dice 
tiene el emperadorpara renovar el bloqueo del Plata. Se me propuso a mí, 
por persona íntimamente ligada a la misión argentina, que Inglaterra 
garantizara la libre navegación del río. 

Impedí la agitación de esa cuestión, creyendo imprudente aventurar 
la introducción de cualquier nueva incidencia en una cuestión a dirimirse 
entre partidos fácilmente inclinables a la sospecha. 

Creo que la renpvación del bloqueo no es probable y sería demasiado 
difícil de efectuarse para que lo intente el emperador, después del 
abandono de Montevideo (hablo de la capacidad para la guerra, en este 
momento, de S.M.I.) Pero presumo que no pueda confiadamente esperar- 
se que S.M.I. nunca apr?nda a aplicar sus fuerzas (tan superiores a las del 



326 


Litis Alberto de Herrera 


estado argentino), de manera capaz de darles eficaz aplicación para 
producir sus naturales efectos. 

Si esto se creyera probable, y si también no se tuviera por absoluta- 
mente improbable que la ambición de este país, u otras causas, produjeran 
una renovada agresión sobre los estados argentinos con esfuerzos mejor 
dirigidos, etcétera, se podría encontrar que el deseo de los argentinos por 
la garantía británica tendría un fundamento justo y que la necesidad de esa 
medida protectora envolvería otra vez a Sudamérica en una situación 
onerosa al comercio británico, y peligroso a muy esenciales intereses 
generales. 

Ya me he extendido largamente sobre la importancia política del Plata 
y la situación en que la Banda Oriental podría mantenerse, y cómo esos 
sucesos pueden afectar a los súbditos de S.M. y al comercio británico. No 
debo, pues, renovar el lema, pero ruego a V.E. que quiera considerar esta 
cuestión relacionada con lo que anteriormente he dicho, agregando, 
solamente, que me ratifico en esa opinión. Tengo el honor, etcétera. — 
(firmado) John Ponsonby. 

A S.E. lord Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, agosto 29 de 1 828. Excino. señor: Tengo la gran satis- 
facción de enviar a V.E. una copia de la convención preliminar de paz que 
ha sido concertada y firmada por los plenipotenciarios de S.M.I. el 
emperador y los del gobierno de la república Argentina. 

Confío que V.E. encontrará razón para sentirse satisfecho, en todo 
sentido, de ese documento y estoy seguro que verá en el cese de las 
hostilidades alcanzado por ese medio un importante beneficio para los 
intereses comerciales de los súbditos de S.M. 

No han sido escasas las dificultades que ha habido que vencer para 
culminar en el perfeccionamiento de ese acuerdo y yo he creído de mi 
deber usar un lenguaje enérgico con los que creaban obstáculos y 



La Misión Ponsonby 


327 


consideré merecedores de ser tratados con reprobación. 

Pienso que la persona que más apoyo prestaba a esas resistencias, el 
general Balcarce, estaba influenciado, principalmente, por el temor de 
provocar disconformidad en Buenos Aires y yo, en consecuencia, tomé 
sobre mí ese peso, que él temía cargar. Tengo el honor de adjuntar copia 
de las notas que dirigí a los plenipotenciarios sobre los puntos a que lie 
aludido. 

El general Guido ha procedido con igual prudencia y habilidad en toda 
esta transacción. Yo me había asegurado de él, antes de dejar Buenos 
Aires, pero ha excedido a mis previsiones en la capacidad que ha 
desplegado en la tramitación de negocios delicados. Espero que llegará 
a ser un eminente y poderoso miembro del gobierno, porque creo que se 
inclina al lado de Inglaterra y que será muy útil. 

Me place, también, enterarlo de la franca y juiciosa conducta obser- 
vada por el marqués de Aracaty y el gobierno imperial, lo que supongo 
que será debido, no en poco, a la influencia del emperador. Creo que, en 
el curso de la negociación, ninguna objeción que no fuera razonable se 
formuló de parte del gobierno, si se tiene en cuenta el hábito de este 
pueblo de atribuir enorme importancia a niaras palabras. 

Estoy, lo confieso, sorprendido de haber encontrado tan poca de esa 
demencia en el presente caso. Al leerme el marqués de Aracaty el texto 
de la convención preliminar, dijo, categóricamente, que su gobierno ha- 
bía cedido, en muchos puntos, solamente para demostrar su considera- 
ción a los deseos de S.M. 

Me pidió, insistentemente, le prometiera que el gobierno de Buenos 
Aires ratificaría la convención, manifestándome que esperaba de mí que 
no se repetiría lo que había pasado con la convención firmada por el señor 
García. Le contesté que no estaba en condiciones de garantir por la 
conducta de los demás; pero que, privadamente, confiaba en la promesa 
del señor Dorrego en cuanto a la ratificación de los términos convenidos 
por sus plenipotenciarios; que yo estaba convencido de que el señor 
Dorrego, ahora, pensaba que convenía a su interés personal concluir la 
paz y que yo estaba cierto de que él no podía rehusar su sanción a esta 



328 


Luis Alberto de Herrera 


convención preliminar sin exponerse a ser derribado del gobierno de 
Buenos Aires. Agregué que yo había expresado terminantemente al señor 
Dorrego que, cualquier transgresión de su parte a los compromisos 
contraídos conmigo, como ministro del soberano mediador, plantearía 
los más serios conflictos entre el gobierno de S.M. y la república 
Argentina, porque era claro constituiría una demostración de la mayor 
falta de respeto a nuestro monarca, si cualquiera de los beligerantes, 
después de haber solicitado la mediación de S.M. y haberse comprome- 
tido formalmente a adoptar ciertas condicior.es sobre las que se fundaría 
la restauración de la paz, cambiara esas condiciones e liiciera infructuo- 
sos, con su rechazo, los largos esfuerzos de S.M., para servir el interés de 
estos países. Pensé, por este medio, insinuar a S.E. la posición en que su 
propio gobierno debe considerarse colocado. Ya lo había hecho así antes, 
y en términos bastante enérgicos, y entonces, como en esta última oca- 
sión, el marqués dio un claro asentimiento a mi dicho. 

He escrito al señor Parish, en la forma más enérgica, para que entere 
al señor Dorrego de las contingencias a que le expondría cualquier 
tergiversación de su parte y sobre la utilidad de pretender introducir 
alteraciones en la convención preliminar, lo que sería atribuido, por todos 
los que conozcan los hechos, al intento Je anular lo acordado, ya que las 
negociaciones para el tratado definitivo de paz ofrecerán oportunidades 
para hacer los cambios y enmiendas que se juzgaren convenientes para 
alcanzar una completa pacificación. 

Para ahorrarle a V.E. mayor molestia, me remito a mi despacho al 
señor Parish, adjunto. 

Creo que las negociaciones, hasta aquí, han anulado los esfuerzos de 
los descontentos y que la confirmación de la paz paralizará la acción de 
los conspiradores. Tuve, antes de salir de Buenos Aires, una confesión 
precisa del primer ministro de ese gobierno, sobre la existencia de esa 
conspiración; pero me negó su participación en ella, o un exacto conoci- 
miento de la misma. Me prometió poner su mayor empeño para evitar que 
se llevara a efecto, y me dijo que creía que el gobernador, sinceramente, 
la repudiaría. Opino lo mismo. Respecto al poder que ese partido puede 
tener aquí, todavía no estoy informado, pero pienso que no hay que 



La Misión Ponsonby 


329 


temerlo, ahora, a menos que la desesperación, no induzca a algún fanático 
a atentar contra el emperador, lo que no considero probable. Tengo el 
honor de saludar a Y.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el earl de Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, agosto 29 de 1828. Excmo. señor: Se me propuso, por 
persona íntimamente vinculada a la misión argentina, que Inglaterra 
garantiera la Ubre navegación del río. 

Evité que se agitara esta cuestión, considerando imprudente aventurar 
la introducción de cualquier nueva sugestión en un negociado tramitado 
entre partes tan fácilmente inclinables a la sospecha. 

Creo que no es probable la renovación del bloqueo y que sería muy 
difícil restablecerlo, si el emperador lo intentara, después de la liberación 
de Montevideo. (Refiero a los actuales recursos de guerra del emperador). 
Pero creo que no debe presumirse, en forma absoluta, que S.M.I. nunca 
aprenderáausarsusfuerzas.lansuperiores alas de los estados argentinos, 
de manera acertada para que rindan sus efectos naturales. — (fumado) 
John Ponsonby 


PONSONBY A DORREGO 

Río de Janeiro, agosto 30 de 1828. A S.E. el general Dorrego, 
gobemadory capitán general de Buenos Aires. Excmo. señor: Confío que 
V.E. me permitirá presentarle mis más calurosas congratulaciones por el 
resultado de las inteligentes y prudentes medidas adoptadas por S.E. para 
devolver la paz a su país y, como consecuencia de esa bendición, obtener 
el desarrollo de las fuerzas vivas de Buenos Aires y su seguro avance 



330 


Luis Alberto de Herrera 


hacia un lugar preeminente entre las naciones del mundo. 

S.E. estará enterado, por los despachos e informes de sus plenipoten- 
ciarios, de los enérgicos pasos que he dado para prevenir cualquier 
interrupción en las negociaciones por la presencia o influencia de 
sospechas respecto a la sinceridad con que los compromisos que ellos 
contrajeran serían cumplidos; y V.E. sabrá, por la misma fuente, que yo 
no titubeé en responsabilizarme, en alto grado, de la completa sinceridad 
de intenciones de V.E. Tomé esa muy seria actitud de acuerdo con la 
confianza que personalmente V.E. me inspira. Estoy convencido de que 
V.E. no se apartará nunca de las seguridades que me dio, pudiendo V.E. 
estar cierto de que yo sería el primero en relevarle de cualquier compro- 
miso que hubiera contraído conmigo, si pudiera acarrear algún peijuicio 
a su país o dañar a V.E. 

El honor y las ventajas que encierra esta convención preliminar, son 
igualmente grandes y, en mi opinión, sería locura exponerse a perderlos. 
Es más que probable que una dilación en la ratificación pueda ser causa 
de riesgo para ellas y, cualquier cambio en las cláusulas de la convención, 
seguramente la anularía. 

No dudo que estos hechos serán bastante conocidos por sus conciu- 
dadanos y que aquellos que, por enemistad hacia V.E. o para satisfacer su 
avaricia o su ambición personal, desean continuarla guerra, se esforzarán 
por obstaculizar y destruir la obra de vuestros plenipotenciarios y que 
dirigirán sus afanes a influir sobre la conducta de la convención de Santa 
Fe, como el medio mejor para lograr su objeto. Confío en que, si así lo 
hicieran, V.E. sabrá desbaratar sus esperanzas. 

Sé que V.E. tiene influencia personal, preponderante, sobre esa 
asamblea y que, como gobernador de Buenos Aires, puede ordenar a 
hombres que reciben de esa provincia la importancia que tienen y apoyo 
pecuniario. 

Todo Buenos Aires conoce este estado de cosas y los enemigos, o 
falsos amigos de V.E., no podrán ocultar a los ojos de la opinión las 
intrigas que se tramen en Santa Fe, o las causas de división que pueden 
ser creadas allí por la asamblea. 


La Misión Ponsonby 


331 


S.M.I. ha observado una conducta aquí que, al mismo tiempo que 
pone de manifiesto su sincero deseo de paz, acredita una política firme, 
digna del jefe de una nación. El fue clamorosamente solicitado por 
algunos para que sometiera la convención preliminar a la consideración 
de la asamblea, antes de firmarla. El la suscribió, desatendiendo el 
consejo que se le daba, e hizo bien. 

En la asamblea, se hubieran producido numerosas dificultades y 
objeciones, fundadas en cavilaciones y bagatelas que, en realidad, res- 
ponderían a intrigas emanadas de un partido que persigue la caída o la 
desgracia de su soberano y que procura satisfacer sus deseos demorando 
la paz, objeto, éste, que habrían conseguido. ¿Por qué no procede V.E. 
con igual decisión? ¿Por qué no ratificar, en seguida, el tratado prelimi- 
nar? 

Será suficiente que V.E. someta a la convención el tratado definitivo. 
La convención de Santa Fe, en realidad, no tiene ningún interés en la 
convención preliminar, ya consumada aquí. No podría, aunque quisiera, 
ayudar a Buenos Aires con el valor de un peso papel para continuar la 
guerra. No podría, tampoco, peijudicar a Buenos Aires, aunque lo 
quisiera, si ésta sella la paz con el Brasil. 

El propósito de una asamblea de esa naturaleza puede ser el gobernar 
a V.E. , que encontrará en ella su peor enemigo, si le permite intervenir en 
este asunto. 

Entiendo que no existe ninguna necesidad constitucional que obligue 
a V.E. a comunicar la convención preliminar a la asamblea de Santa Fe 
y me parece que, como S.M. el emperador — y creo que todos los jefes de 
gobiernos representativos — V.E. está en completa libertad de ratificarla. 
Si la constitución estuviera sancionada, sería necesario someterel tratado 
definitivo a la aprobación del soberano, o de un cuerpo legislativo, 
etcétera; pero yo considero que una medida preliminar es, en esencia, una 
cosa de índole completamente distinta. 

V.E. fue plenamente autorizado para enviar plenipotenciarios a 
concertar una convención preliminar y, por impulso de su propia volun- 
tad y decisión, V.E., reservó la ratificación del acuerdo para sí y para el 


332 


Luis Alberto de Herrera 


gobierno de Buenos Aires. Por lo tanto, creo que la convención prelimi- 
nar puede ser ratificada por la misma autoridad. 

Doy, pues, por establecido que S .E. no encontrará ninguna dificultad 
en la asamblea de Santa Fe, respecto a la ratificación de los preliminares; 
pero creo que ellos surgirán, bajo la forma de un dilema que el gobierno 
de V.E. deberá dilucidar, pues tendrá que decidir entre el sacrificio de un 
tratado, el más honorable y ventajoso para Buenos Aires, o el sacrificio 
del honor y dignidad de la convención de Santa Fe. Debe tenerse 
especialmente en cuenta que la asamblea de Santa Fe no puede estar 
animada de los mismos sentimientos y anhelos e intereses que Buenos 
Aires. La guerra no afecta a la mayoría de sus miembros y probablemente 
ellos no serán contrarios a su continuación si, como es posible, algún 
sentimiento de celos por la preponderancia de Buenos Aires, por su fuerza 
y riqueza sobre las otras provincias de la Unión, se albergara, por acaso, 
en el corazón de los miembros de ese cuerpo. 

Sé, como lo he manifestado antes, que V.E. y el gobierno de Buenos 
Aites, pueden reprimir cualquier oposición real que se levantara en Santa 
Fe; pero considero de mejor política evitar la posibilidad de ser obligado 
a recurrir a esa asamblea. 

Temo, también, los efectos que aun un intento de oposición de esa 
parte podría tener sobre la negociación del tratado definitivo de paz, y 
cómo disminuiría, en la opinión del Brasil y del mundo entero, la 
estimación del poder y energía del gobierno de Buenos Aires, y, por 
último, debe considerarse si una diferencia de opinión sobre un asunto de 
tan vital trascendencia (como lo es esta paz) entre Buenos Aires y los 
representantes de las otras provincias, no engendraría mala voluntad y 
discordias y confusiones intestinas que ha sido el orgullo y el honor de 
V.E. haber sofocado y destruido. Yo, por mi parte, no puedo dudar que 
Buenos Aires insistirá en el cumpümiento de los términos de la conven- 
ción preliminar y que V.E. se sentirá obligado e inclinado, voluntaria- 
mente, a dar efectividad al anhelo público. 

Posiblemente sería más sabio evitar el riesgo de ser colocado en un 
dilema y es preferible hacer cuanto antes lo que tendrá que hacerse al fin: 
lo que puede hacerse con facilidad, ahora, y quizás sea difícil más 



La Misión Ponsonby 


333 


adelante. Ahorrar a V.E. la perplejidad de tener que decidir entre dos 
procedimientos; para la adopción de uno, tendría V.E. que desacreditar 
a una asamblea cuyo carácter desea mantener y, por el otro, arruinar su 
propio podery aparecer siendo la causa de la prolongación de las penurias 
de su país. 

Confío que V.E. creerá en el sincero buen deseo por su prosperidad 
que me ha inducido a escribir esta carta, que me permite expresarle las 
seguridades de mi mayor consideración. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el capitán general don Manuel Dorrego, gobernador de 
Buenos Aires. 


I’ONSONBY A LAVALLEJA 

Río de Janeiro, agosto 31 de 1828. Excmo. señor: Creo oportuno 
poner en conocimiento de V.E. el hecho de que ha sido firmada por los 
plenipotenciarios de S.M.I. y los del gobierno de la república Argentina, 
una convención preliminar y cesación de hostilidades, cuyo documento 
se envía a Buenos Aires por el mismo buque que conduce esta carta a V.E. 

No dudo que el gobierno republicano creerá oportuno dar su pronta 
ratificación a la convención, porque lo considero evidentemente e inne- 
gable un arreglo en el más alto grado honorable y ventajoso para la 
república, poseyendo además la propiedad muy valiosa de ser también 
honorable y útil a S.M. 

Yo me congratulo de que V.E. “se halla bien impuesto de mi conducta 
política”, y de los sentimientos porque ha sido dirigida desde que tuve el 
honor de ser ministro de S.M. Británica en Sudamérica, y tengo la 
seguridad de que V.É. dará crédito a lo que he dicho antes, hablando en 
términos generales, de la naturaleza de la convención, en cuyos detalles 
no entraré, por cuanto darlos a V.E. será la feliz prerrogativa del gobierno 
de la república, haciendo, sin embargo, mención de uno o dos puntos. 

La independencia absoluta del país nativo de V.E. es reconocida y el 



334 


Luis Alberto de Herrera 


establecimiento de su gobierno y constitución dejado absolutamente en 
manos de su mismo pueblo. 

A la república no se le exige ningún sacrificio, ni ninguna concesión. 
Toda la convención se halla fundada sobre el principio de una pacifica- 
ción sincera, y los arreglos que se han adoptado para llevarla inmediata- 
mente a efecto, son sólo los que han parecido necesarios a asegurar su 
justo y amigable cumplimiento. 

Sobre uno de estos arreglos deseo llamar la atención particular a V.E. 
Es aquel que establece la inmediata desocupación de las Misiones por las 
tropas ya sea bajo el mando del general López o del general don Fructuoso 
Rivera, o de cualquier otro comandante, que ahora ocupan militarmente 
esa provincia. Puedo informar a V.E. que si este punto no hubiese sido 
concedido por los plenipotenciarios republicanos, la paz no hubiera 
podido jamás realizarse. Que yo como ministro mediador lo aconsejé del 
modo más enérgico a los ministros argentinos y añadiré que, si no se 
hubiera convenido por ellos, las esperanzas de paz y la cierta segura 
independencia del país de V.E., hubiesen sido sacrificadas por una 
negativa. Inglaterra habría cesado de ser el mismo amigo que la república 
Argentina siempre ha encontrado en esa nación. 

Considero que la evacuación de las Misiones, es, en sí misma, muy 
ventajosa para la república, y particularmente para la Banda Oriental. Si 
a las tropas de López o Rivera se les permite ocuparlas, tendrán el poder 
(y quizá la intención) de desbaratar las medidas adoptadas para el bien 
general. V.E. sabe con cuánta facilidad una soldadesca irregular puede 
cometer actos de hostilidad por los que el gobierno tiene que ser 
responsable, y cuán peligroso es para la paz que cuestiones, relativas a 
tropelías e injurias, nazcan entre dos estados en el mismo momento del 
arreglo de una querella. V.E. conoce bien la naturaleza y el carácter de la 
fuerza que ahora ocupa las Misiones, y conoce aún más cuánto puede ser 
necesaria a V.E. para asegurar la obediencia debida a las órdenes de una 
autoridad legítima y superior, tanto en lo político como en lo militar. 

Supongo que difícilmente puede creerse posible que el gobierno de 
Buenos Aires retarde la ratificación de la convención preliminar, ni que 
permita que alguien la retarde. Confío, por tanto, que se darán órdenes 



La Misión Ponsonby 


335 


inmediatamente para la evacuación de las Misiones. Sobre este punto, 
sólo tengo que repetir lo que antes he dicho, que, si las Misiones no son 
evacuadas, todavía habría que combatir por la independencia de la Banda 
Oriental, Montevideo no sería evacuada por los brasileños y la guerra 
podría durar todavía por un espacio de tiempo indefinido. 

Presumo que el gobierno de Buenos Aires cuidará de que la conven- 
ción de Santa Fe no destruya la grande obra que ha sido ejecutada. Bien 
conozco la importancia real de esa asamblea y, en común con lodo el 
mundo, rehusaré dar crédito a cualquiera que pretenda que el retardo en 
la ratificación, o alteraciones en los artículos de los preliminares, pueda 
ser efectivamente interpuesto por esa asamblea, en oposición a los deseos 
del gobierno de Buenos Aires. Diré francamente a V.E. que, en mi 
opinión, la demora es altamente peligrosa y las alteraciones serán fatales 
a la paz. 

Concluiré, pues ofreciendo a V.E. mi más solemne seguridad de que 
firmemente creo en la sinceridad del gobierno imperial en esta negocia- 
ción y convención, y confío en su fidelidad a sus compromisos, si la 
república obra de una vez con perfecta buena fe. Estoy cierto de que el 
gobierno imperial y, sobre todo, S.M.I. misma, cree y sabe que es su in- 
terés poner término a la guerra, bajo las condiciones en que ha consentido. 
Repito que no tengo duda de su sinceridad y V.E. debe advertir en el 
inmediato levantamiento del bloqueo del Río de la Plata (por cuyo acto 
S.M. se priva de inmediato de su arma más poderosa), un testimonio 
insospechable de que desea hacer la paz con sinceridad y honor. 

V.E. tiene en los negocios de su país esa gran influencia que necesa- 
riamente pertenece a los grandes servicios y a una habilidad reconocida. 
Sé que V.E. debe conocer el mérito y beneficios resultantes a su país del 
tratado; su influencia será puesta en acción con la prudencia y energía que 
también le pertenecen, si fuese necesario; y como V.E. ha roto las cadenas 
de su país, debe vigilar cuidadosamente sobre su libertad naciente. 

Tengo el honor de asegurar a V.E. de mi alta consideración y 
aprecio. — (firmado) John Ponsonby. 

A S.E. el general Juan Lavalleja, etcétera. 


336 


Luis Alberto de Herrera 


IIOOD A LAVALLEJA 


Montevideo, 12 de setiembre de 1828. Excmo. señor: El despacho que 
se acompaña de lord Ponsonby, fue recibido esta mañana y se lo envío sin 
demora alguna por intermedio del general Oribe. 

Me complazco en saludar a S.E. con la más alta consideración y 
congratularlo por el feliz término de la guerra. 

Tengo el honor de suscribirme de S.E. su más humilde servidor. — 
(firmado) Tomás Samuel Hood. 

Excmo. general don Juan Antonio Lavalleja. 


PARISH A PONSONBY 


Buenos Aires, setiembre 16 de 1828. Excmo. señor: El paquete 
Swallow, llegado aquí anteayer, trajo el duplicado de la carta que V.E. me 
dirigió el 27 del pasado y el de la convención preliminar firmada ese día 
por los plenipotenciarios del Brasil y B uenos Aires. Acudí, sin pérdida de 
tiempo, ante S.E. el gobernador, quien me manifestó que el Swallow sólo 
le había traído, sobre este importante asunto, una carta privadadel general 
Guido, felicitando a S.E. por la satisfactoria conclusión de las negocia- 
ciones en Río de Janeiro y declarando que los términos, en general, eran 
tales que no dudaba serían aceptados por la república. Por consiguiente, 
tuve la satisfacción de ser el primero en trasmitir al gobierno de Buenos 
Aires, los detalles del acuerdo preliminar. 

S.E. leyó, en mi presencia, la copia de la convención, expresando su 
satisfacción al fin de la lectura de cada artículo, y, cuando la hubo 
terminado, me manifestó, en la forma más calurosa, su aprobación de 
todo lo estipulado y su gratitud hacia la mediación de S.M.B., a la que él 
atribuye, principalmente, el honorable convenio que ha sido concertado 
por los dos países; y solemnemente me aseguró que él lo ratificaría, por 
parte de la república, tan pronto como recibiera la comunicación oficial 


La Misión Ponsonby 


337 


de los plenipotenciarios, que lo pusiera en condiciones de llenar las 
fórmulas necesarias. 

Rogué a S.E. que autorizara al ministro a enviarme, por escrito, lo que 
él verbalmente acababa de manifestarme, a fin de que yo pudiera des- 
pachar el paquete de inmediato y hacerlo conocer a V.E. para satisfacción 
de S.M.I. S.E. me prometió que así lo haría, y ahora tengo el honor de 
adjuntar una copia de la nota oficial que me fue dirigida en ese sentido por 
el gobierno, en respuesta a una en la que yo había incluido la copia de la 
convención que tuvo a bien remitirme por el Swallow. 

Despacho, inmediatamente, al paquete Elizabeth con esta comunica- 
ción y V.E. puede confiar en que haré todos los esfuerzos posibles para 
dar el toque final a esta buena obra, con la menor dilación, así que se 
reciban las notas oficiales, esperadas, de un momento a otro, por el Heron 
o el Nocton. Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado). 
Woodbine Parish. 

Setiembre 17. Acaba de llegar el Noctou y el señor Cavia, ha 
desembarcado con la paz, que ha sido recibida con toda clase de 
demostraciones de público regocijo. El fuerte y los barcos de guerra han 
hecho salvas y la satisfacción por la grata nueva es general. El Heron, que 
conduce a los plenipotenciarios, es todavía esperado. — W.P. 

A S.E. lord Jolm Ponsonby, etcétera. 


DORREGO A PONSONBY 


Buenos Aires, setiembre 17. Excmo. señor: Con la más agradecida 
satisfacción, he recibido las congratulaciones de V. E. por el éxito de las 
gestiones pacificadoras y, en respuesta a las benevolentes expresiones 
con que V.E. me favorece en su carta del 30 de agosto, debo expresarle 
a V.E. laprofunda gratitud de este país hacia el soberano de Gran Bretaña, 
por su constante anhelo por el bien y prosperidad de esta república y, 
también, hacia V.E., en particular, por sus buenos oficios y por la sabia 
energía y decisión puestos de manifiesto en la tramitación de este tan 



338 


Luis Alberto de Herrera 


importante asunto. 

El nombre de S.E. quedará unido, para siempre, a la memoria de tan 
importante y esencial acontecimiento. La convención preliminar será en 
breve ratificada. Hoy mismo, los señores don Manuel Moreno y don 
Pedro Feliciano Cavia, parten hacia Sante Fe, donde está actualmente 
reunida la asamblea nacional. Dentro de seis días, recibiré la autorización 
de ese cuerpo para ratificar ese documento y V.E. puede abrigar la plena 
seguridad de que ningún obstáculo se alzará en su camino. Esto, lo repito 
y se lo aseguro a V.E. de la manera más decidida y formal. La naturaleza 
e importancia del tratado, la dignidad de S.M. el emperador del Brasil y 
el respeto debido a la alta potencia mediadora, requieren que el acto 
mencionado sea revestido de toda legalidad y solemnidad a fin de 
imprimirle, al mismo tiempo, mayor fuerza y duración. 

He explicado al señor Parisli, en forma más detallada, mis sentimien- 
tos sobre este asunto y le he reiterado, también, lá certidumbre que tengo 
de que la convención preliminar no encontrará dificultades en el seno de 
la asamblea nacional. 

Ayer fue celebrada la paz en esta capital y solemnes demostraciones 
fueron hechas por paite del gobierno. 

V.E. puede, con absoluta confianza, garantir a S.M. el emperador del 
Brasil que la convención preliminar será ratificada y que la república 
desea sinceramente mantener una eterna paz con el emperador del Brasil. 
Los intereses de ambos países lo exigen, así como que sus respectivos 
gobiernos se unan, cordialmenle, para garantir el orden social que afirme 
y acreciente el bienestar de las dos naciones y contribuya al desarrollo de 
la civilización del continente. Soy de V.E. atento y seguro servidor. — 
(firmado) Manuel Dorrego. 

A S. E. lord Jolin Ponsonby, etcétera. 

LAVALLEJA A PONSONBY 

Cuartel General en Cetro Largo. Setiembre 20 de 1828. Milord: Con 
mucho placer he recibido la honorable caita de V.E. de fecha 31 del 


La Misión Ponsonby 


339 


pasado, cuyo contenido me instruye de la convención preliminar y 
cesación de hostilidades que ha sido firmada por los plenipotenciarios de 
la república Argentina y los de cuyos documentos, según me lo 

comunica V.E., se dirigen al gobierno republicano en el mismo buque que 
ha conducido la distinguida nota de V.E., para que sean ratificados. 

Sin embargo que V.E. tiene la bondad de instruirme de los principales 
artículos de aquel documento, espero por instantes que ese gobierno me 
comunique el todo de ellos y estoy firmemente persuadido que obrará 
gustoso el reconocimiento de un tratado preliminar que, haciendo honor 
a la república, obvie también la continuación de la guerra en que se halla 
empeñada, por sostener nuestros más sagrados derechos. 

La nación Argentina y a la vez el pueblo Oriental, serán siempre muy 
gratos a los buenos oficios que V.E. ha prodigado en representación de 
su gobierno, para mediar en este interesante negocio y desde ahora me 
felicito de que tendrá un puntual cumplimiento, pues no debe hallarse un 
motivo que lo impida, cuando ha prestado su intervención el Excmo. 
señor ministro de S.M.B., a cuyo señor, el gobierno republicano, por 
diferentes motivos, ungirá con el mayor reconocimiento por su antigua 
amistad. 

En cuanto a la desocupación de los pueblos de las Misiones, soy de 
opinión que el gobierno de la república no trepidará en comunicar ter- 
minantes órdenes para que se verifique, mayormente cuando su negativa 
envolverá el que no pudiera ajustarse la paz, como V.E. lo indica. 

Yo siento no poder dar a V.E. una contestación afirmativa sobre este 
particular, puesto que, como digo a V.E., aún no he recibido la notifica- 
ción que espero me comunique el gobierno, sobre el asunto de que se 
versa. Sin embargo, por mi opinión particular, creo que todo se allanará 
y S.E. será recompensado en sus servicios por el bien de la república, por 
medio de un reconocimiento general de los preliminares que se remitie- 
ron al gobierno para su aprobación. 

Concluyo esta comunicación agradeciendo a V.E., del modo más 
elevado, sus saludables insinuaciones, excitando mi actividad, opinión y 
empeño para velar por la conservación de la libertad naciente del país, y 



340 


Luis Alberto de Herrera 


puedo asegurar a V.E. que será tan infatigable en estos principios, como 
ardoroso en el rompimiento de las cadenas que lo oprimieron anterior- 
mente. 

Con estos sentimientos, tengo el honor de ofrecer a S.E. mi sincera 
amistad, aprovechando la ocasión de saludarlo con mi más alta conside- 
ración y respeto. — (firmado) Juan Antonio Lavalleja. 

A S.E. lord John Ponsonby, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, setiembre 22 de 1828. Excmo. señor: Tengo el honor 
de acompañar copia de dos cartas, una de las cuales fue dirigida al señor 
Dorrego, y, otra, al general Lavalleja. 

Consideré necesario tomar todas las precauciones que pude imaginar 
para que el poder ejecutivo de la república mantuviera fumes sus 
declaraciones de paz. 

Creo que las manifestaciones que le he liecho por escrito al señor 
Dorrego, no serán mal recibidas por él y confío que las medidas que he 
tomado, consideradas en sentido general, facilitarán y probablemente 
asegurarán la paz, aunque el señor Dorrego tratara de oponer alguna 
oposición. Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John 
Ponsonby. 

A S.E. el cari de Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, setiembre 22 de 1828. Excmo. señor: Los generales 
Balcarce y Guido se han embarcado con destino a Buenos Aires el 9 del 
corriente, en la balandra lleron de S.M., y con ellos un oficial al servicio 


La Misión Ponsonby 


341 


de S.M. el emperador, quien conduce plenos poderes para uno de los 
ministros de S.M. en Montevideo para ratificarla convención preliminar 
suscrita por los plenipotenciarios de la república del Río de la Plata y los 
de S.M.I. 

Los plenipotenciarios republicanos deseaban tener una nota escrita 
por mí, persuadiéndolos de la conveniencia de asentir a la evacuación por 
las tropas republicanas, de las Misiones, que ellos pudieran comunicar a 
su gobierno, si fuera necesario. Por consiguiente, les escribí una nota, 
cuya copia adjunto, suavizando el modo y los términos de una nota 
anterior (ya comunicada a V.E. con el n 5 5), que yo creo, decidió su 
consentimiento de evacuar el territorio en cuestión. 

Me es muy grato comunicar a V.E. que el general Guido me lia 
expresado su firme convicción de que el gobierno de Buenos Aires 
ratificará, sin dilación, la convención preliminar; y, én respuesta a ciertas 
observaciones mías, sobre la posibilidad de que se tropezara con dificul- 
tades para la tan necesaria terminación de este asunto, el general me liizo 
la promesa formal de tomar todas las medidas para inducir a su gobierno 
a cumplir fielmente con su deber, diciéndome, además, que, antes de su 
partida de Buenos Aires, había adoptado algunas disposiciones en el 
sentido aludido, para asegurar el éxito. Al expresarse así, el general 
hablaba con toda sinceridad — tengo razones para suponerlo — , y creo 
que Dorrego puede ser arrojado del gobierno, y lo será, si hesitara en 
concluir la paz iniciada. 

No molestaré a V.E. con detalles sobre el particular; pero me aventu- 
raré a manifestarle que mis medidas han sido concertadas para obtener 
por la presión, si fuera necesario, el fiel cumplimiento de lo que Dorrego 
se ha comprometido a hacer, como parte, para el perfeccionamiento de la 
ratificación final de la convención preliminar, aunque la sometiera a la 
asamblea de Santa Fe y fuese alterada o rechazada por aquel cuerpo. 
Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby 

A S.E. el cari de Aberdeen, etcétera. 



342 


Luis Alberto de Herrera 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, octubre 13 de 1828. Excmo. señor: Los despachos del 
señor Parish enterarán a V.E. de todo lo que ha ocurrido en Buenos Aires 
y,porlotanto, sólomolestaré a V.E. trasmitiéndole copiade una carta que 
S.E. el gobernador Dorrego me dirigió, en la cual me expresa su deter- 
minación de ratificar la convención preliminar y me manifiesta las ra- 
zones que tiene para someterla a la convención de Santa Fe. 

Si el gobernador está en lo cierto al confiar en la cooperación de ese 
cuerpo, opino que ha procedido bien al darle intervención en este asunto 
y creo que puede contar, con bastante seguridad, que asentirá a lo que él 
está resuelto a hacer. El resultado, sin embargo, puede ser distinto; pero 
sé, por mi correspondencia privada, que Buenos Aires obligaría a su 
propio gobierno a la ratificación, si aquél demostrara alguna vacilación 
en realizarla. Creo que no habrá muchas dificultades o demoras para 
llegar a un tratado definitivo, si la convención preliminar fuera, de una 
vez, aprobada. 

Espero que V.E. estará satisfecho con la solución que este molesto y 
difícil asunto ha tenido. Considero que S.M. será por siempre reverencia- 
do y amado, como un protector y benefactor de la república. Confío que 
el inmediato alivio dado al comercio británico, será satisfactorio. 

Comuniqué al marqués de Aracaty la buena inteligencia de Buenos 
Aires, en nota de la que adjunto copia y, por otra, de índole privada, en 
la que le digo que había recibido una carta del gobernador Dorrego 
prometiéndome que la convención preliminar sería ratificada, tan rápida- 
mente como fuera posible, y despachada a Montevideo. 

Entiendo que el marqués expresó su sorpresa por la prontitud con que 
Dorrego había consentido en la ratificación y, también, su satisfacción 
por las buenas nuevas. 

Debo prevenir a V.E. que surgirán dificultades, cuando se trate de la 
formación del gobierno de la Banda Oriental y cuando éste comience a 
actuar; pero me atreveré a predecir que esas dificultades desaparecerán, 
siempre que los gobiernos del Brasil y Buenos Aires honestamente se 


La Misión Ponsonby 


343 


abstengan de intervenir en los asuntos internos de la provincia y yo creo 
que el gobierno de S.M.B. podrá orientar los asuntos de esa parte de 
Sudamérica, casi como le plazca. Tengo el honor de saludar a V.E., 
etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

P.D. — Tengo el honor de adjuntar una copia de la respuesta del 
marqués de Aracaty a mi nota oficial, de fecha 10 del corriente. 

A S.E. el earl de Aberdeen, etcétera. 

ARACATY A PONSONBY 


Habiendo S.M. el emperador y el gobierno de la república de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata, ratificado la convención preliminar 
de paz, firmada en esta corte el 27 de agosto último, por sus respectivos 
plenipotenciarios, el infrascrito, etcétera, se apresura a comunicar este 
feliz acuerdo a lord Ponsonby, etcétera, para su propia información y la 
de su gobierno y, también, que el bloqueo mantenido por la escuadra 
brasileña en el Río de la Plata ha sido, en consecuencia, levantado. 

El infrascrito, etcétera — (firmado) Marqués de Aracaty . — Palacio, 
Río de Janeiro, octubre 24 de 1828. 

A S.E. lord Jolui Ponsonby, etcétera. 

PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, octubre 27 de 1828. Exento, señor: La notificación 
oficial del canje de las ratificaciones de la convención preliminar, 
celebrada en Montevideo el 4 del actual, llegó aquí el 23, por el paquete 
de S.M. Swallow. He recibido del ministro y secretario de relaciones 
exteriores una notificación oficial del acto, que adjunto. 

S.M.I. ha designado una comisión para que reciba las felicitaciones 
que llegan con motivo de la restauración de la paz. Se me ha dicho que 
la convención es muy censurada, por muchos, en Río de Janeiro. Las 



344 


Luis Alberto de Herrera 


personas cuyas opiniones son contrariadas por la paz, toman, natu- 
ralmente, ese punto de vista, y fanfarronean y la condenan otros muchos 
que no se sacrificarían para sostener la guerra. 

S.M.I. parece haber procedido con constancia, desde que resolvió 
poner fin a las hostilidades, y creo que es una suerte, porque una dilación 
habría aparejado muy serios trastornos. Las comunicaciones de Buenos 
Aires, trasmitidas por el señor Parish, convencerán de ello a V.E., si es 
que mis anteriores y minuciosos informes no lo prepararon ya a esperarlo. 

De las bases de la convención, la que se refiere, por ejemplo, a la 
independencia de la Banda Oriental, es, ciertamente, la única sobre la que 
puede ser fundada una posibilidad de paz duradera; pero he observado 
siempre, y así lo he manifestado en distintas ocasiones, que mucha 
confusión y desorden debe presumirse que se originarán allí, provocados 
por los partidos contendientes, etcétera. 

Completamente ignoro los planes de V.E. más allá de lo que concierne 
al trabajo que se me ordenó ejecutar y que ya está hecho, ni puedo pre- 
tender presumir que sea la intención del gobierno de S.M. que su ministro 
aquí intervenga, en ningún sentido, en los asuntos del nuevo estado, luego 
que la mediación de S.M. haya cesado, lo que sucederá tan pronto como 
el tratado definitivo de paz sea suscripto. 

Hace mucho tiempo, enteré a V.E. del propósito que abrigaba Buenos 
Aires de atacar al Paraguay. El señor Parish habrá ya comunicado a V.E. 
que ese proyecto parece próximo a llevarse a efecto. Cuando el general 
Guido estuvo aquí, como plenipotenciario, mucho le urgí que tratara de 
evitarlo y me dijo que estaba convencido por mis argumentos, prometién- 
dome oponerse a ese plan. Francia es un anciano y el único apoyo de su 
sistema, que pronto debe morir con él, si continuara dispuesto a mante- 
nerlo; yo opino que está deseoso de hacerlo (como se lo he comunicado 
últimamente a V.E.) y que una confederación para la defensa del libre 
comercio del Plata y el Paraná podría formarse, si Gran Bretaña lo 
considerara conveniente, y que Inglaterra podría ejercer una influencia 
dirigente, permanente, en todos estos países, fundada sobre el mejor 
interés de sus habitantes. 

Creo que el gobierno brasileño vería con desagrado y celos cualquier 


La Misión Ponsonby 


345 


incursión victoriosa de los republicanos al Paraguay y no me sorprendería 
si la agresión planeada motivara alguna dificultad en el arreglo de la paz 
definitiva. El levantamiento del bloqueo ha dejado enteramente librada 
a nuestros comerciantes la custodia de sus propios intereses. 

Creo que la idea de requerir la garantía de S.M. para la libre na- 
vegación del Plata, ha sido abandonada. Si volviera a resurgir, de nuevo 
la combatiría, en el convencimiento de que, procediendo así, interpreto 
debidamente los deseos del gobierno de S. M. 

Tengo el honor de incluir copia de una carta que he recibido del señor 
Dorrego, como también de una que el general Lavalleja me dirigió, en 
respuesta a una mía, una copia de la cual fue enviada a V.E. junto con mi 
despacho n 9 7. Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) 
John Ponsonby. 

A S.E. el cari de Abcrdeen, etcétera. 

PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, diciembre 29 de 1828. Excmo. señor: Un buque 
americano llegó ayer de Buenos Aires y trajo el pliego que tengo el honor 
de adjuntar. Es una proclama lanzada por el general Lavalle, que ha sido 
declarado gobernador provisorio de la provincia de Buenos Aires. La 
mejor narración que he podido procurarme hasta ahora de este asunto, la 
he obtenido del señor Tudor, encargado de negocios norteamericano en 
Buenos Aires; la última fecha es de 3 de diciembre. 

El señor Forbes dice que el general Alvear y el general Lavalle 
parecen haber ganado a los soldados recién llegados de la Banda Oriental 
y haber tenido buen éxito al lanzarse sobre el gobierno porque Dorrego 
se dejó adormecer por los informes de su policía o por su confianza 
demasiado grande en su propio poder y actividad. 

Dorrego salió de Buenos Aires en la noche del 30 de noviembre y fue 
escoltado por treinta o cuarenta personas hasta la estancia de don Manuel 
Rosas, a quien he descrito particularmente en mis despachos de Buenos 




346 


Luis Alberto de Herrera 


Aires. 

Dicen que Dorrego alcanzó la vecindad inmediata de la ciudad, 
acompañado por Rosas y una gran fuerza, y se supone que la completa 
derrota de Lavalle debe tener lugar. 

Dice el señor Forbes que la gente de Buenos Aires está decididamente 
por Dorrego y que todas las personas más respetables también están de 
su lado, contra la usurpación militar. 

También he oído decir que un caballero que venía en el buque arriba 
mencionado, de Buenos Aires, ha dicho que todo el asunto ya ha pasado 
y que Lavalle ha fracasado. 

No sé nada del señor Parish, pero me parece bien trasmitir a V.E. los 
más exactos informes recogidos sobre ese asunto, que si hubiera termi- 
nado con el buen éxito de Lavalle y sus oficiales y soldados descontentos, 
ocasionará, muy probablemente, según creo, una infinidad de desastres 
en toda Sudamérica, incluyendo el Brasil. Yo, sin embargo, doy crédito 
a lo que se dice de la disposición de la gente de la ciudad y de la campaña 
a favor del gobierno legal y creo que Dorrego logrará (si ya no lo ha 
hecho) establecer su autoridad. 

Hace largo tiempo ya, tuve conocimiento de los designios de los 
generales Alvear y Lavalle y de que Rivadavia actuaba con ellos de 
acuerdo (no parece que hubiera tomado una parte decidida en los su- 
cesos). Escribí, más de una vez, al señor Parish, al general Guido y a un 
amigo particular del señor Dorrego, enterándolos de lo que pasaba e 
incitándolos a tomar precauciones. Don Julián Segundo de Agüero es el 
hombre de más peso entre todos los conspiradores: es un sacerdote y era 
primer ministro cuando Rivadavia era presidente de la república. Tiene 
alguna instrucción, habla bien y tiene grandes relaciones de familia, pero 
confieso que yo poco le temería en tiempos azarosos. 

Alvear, tanto como soldado y como hombre, es inferior al desdén. El 
general Lavalle tiene la reputación de ser un bravo soldado, pero se le 
tiene por débil y vanidoso. Tengo el honor, etcétera. — (firmado) John 
Ponsonby. 

A S. E. lord Aberdeen, etcétera 


TRATATIYAS 
EN 1829 




La Misión Ponsonby 


349 


PONSONBY A PARISII 


(Extracto de una carta de lord Ponsonby a W. Parish, fechada en Río 
de Janeiro el 5 de enero de 1829.) 

(Privada). Río de Janeiro, enero 5 de 1829. Usted me dice que el 
general Guido está dispuesto a volver aquí como plenipotenciario, para 
terminar los trabajos complementarios de la paz. Por lo tanto he conside- 
rado conveniente enterarlo de que yo no lo intervendré como ministro 
mediador, ni prestaré protección o ayuda a ninguna misión emanada del 
gobierno de Buenos Aires. En mi carácter oficial, no reconozco a 
semejante gobierno. Aunque a esa provincia le complazca complicarse 
con asesinos y traidores, no puede darles a ellos título para tratar con un 
estado civilizado, en nombre de la república Argentina: elbs pueden 
pretender establecer gobierno, pero, con él, S.M. nada tiene que hacer en 
asuntos políticos. 

Usted queda en libertad de manifestar al señor Díaz Vélez que yo 
ignoro a su gobierno y no cumpliré ninguno de sus pedidos. Si la república 
Argentina, por medio de un gobierno que legítimamente recoja la voz de 
la nación, me solicita para cualquier gestión, que esté dentro de los límites 
de mi deber, estimaré un honor cumplir con su pedido. 

He expresado al almirante Otway mi opinión sobre la situación en que 
este servidor de S.M. está colocado, ahora, respecto al partido que ocupa 
el poder en Buenos Aires. Creo que ese gobierno no tiene más derecho 
que yo para decidir un solo acto de estado y confío que el almirante 
mantendrá vigilancia para que ellos no echen al mar un barco de guerra. 

En mi concepto, el tratado con el Brasil no puede ahora ser legalmente 
concertado: una de las partes concurrentes a él está imposibilitada pro 
tempore y sólo la sanearía un acto de voluntad de la república de la Plata, 
delegando su autoridad en una u otra persona que tomase a su cargo las 
relaciones exteriores del país. 

Con el gobierno provincial de Buenos Aires, destruido por la traición, 
ha expirado la autoridad delegada para la paz. Los traidores que asesina- 
ron a su gobernante legal, pueden, quizás, pretender, prescindiendo de la 



350 




uis Alberto de Herrera 


sanción del pueblo de La Plata, establecer un nuevo gobierno legal; pero, 
como dije antes, ese gobierno no podrá revivir el poder de que estaba 
investido el anterior. Ud. debe recordar con cuánta tenacidad el infortu- 
nado Dorrego rehusó conceder a la junta provincial la facultad de pro- 
ceder, en general , en asuntos nacionales, trasmitida a su gobierno, desde 
la presidencia de Rivadavia, aunque él deseaba tenerla, derivada de sus 
atribuciones, como una medida temporal y necesaria. Usted recordará 
que yo me negué a reconocer tal poder en la junta y mi conducta fue 
aprobada por el gobierno de S.M. 

No hay más que un solo camino que Buenos Aires puede seguir para 
salvarse del descrédito y la degradación en que caerá; si apoya cualquiera 
de los actos derivados del impuro origen del poder de los traidores, 
etcétera. Esa medida es la restauración, tan pronto como sea posible, de 
la vieja junta y gobierno, como existían el 30 de noviembre. Esa res- 
tauración hará resurgir la autoridad asignada al antiguo gobierno por las 
provincias, para tratar con las potencias extranjeras, y el tratado con el 
Brasil podría, entonces, ser legalmente celebrado, bajo la mediación del 
rey de Gran Bretaña. La república obtendrá, todavía, su reconociinientc 
por Inglaterra y otras naciones. 

El crédito sería en parte restaurado, demostrando al mundo que no 
está en poder de un simple puñado de desalmados derribar las institucio- 
nes del país y gozar los frutos de su traición. Se evitaría la guerra con las 
provincias y Buenos Aires sería estimada por ellas como una amiga, en 
vez de detestada como una enemiga. (Fin del extracto). — (firmado) John 
Ponsonby. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, enero 5 de 1829. Excmo. señor: El paquete Goldfincli 
ha traído noticias sobre la desastrosa terminación de la lucha por el poder, 
producida en Buenos Aires, y el señor Parish me comunica, en carta 
privada, que el señor Díaz Vélez, ministro interino, deseaba que me 




La Misión Ponsonbv 


351 


% 


garantiera que su partido estámuy anheloso de hacerplenamente efectiva 
la convención firmada con el emperador y que su principal propósito es 
abrir las negociaciones para la celebración del tratado definitivo de paz. 

He considerado de mi deber trasmitir esas manifestaciones al mar- 
qués de Aracaty, pero por carta estrictamente privada. 

También he enviado al marqués una Gaceta extraordinaria, aparecida 
en Buenos Aires el 30 de noviembre de 1828, del gobierno de entonces, 
conteniendo copia de las comunicaciones que aquel había cambiado con 
Fructuoso Rivera, y la decisión de éste de mover sus tropas de las 
Misiones y trasladarlas a la provincia de la Banda Oriental. V.E. tendrá 
también conocimiento, supongo, de que éste ha ofrecido sus servicios al 
nuevo gobierno establecido allí. 

Espero que el señor Hood habrá enterado debidamente a V.E. de los 
sucesos acaecidos en Montevideo y en la provincia. Tengo el honor de 
saludar a V.E. etcétera. — (firmado) Ponsonby. 

A S. E. cari Abcrdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, enero 6 de 1829. Excmo. señor: He dirigido al señor 
Parish una carta privada y, creyéndolo de mi deber, he extractado una 
parte que me hago un honor en trasmitir a V.E., poique ampliamente 
explica las razones de mi actitud y la línea de conducta que me considero 
obligado a seguir, si el gobierno usurpador de Buenos Aires enviara aquí 
algún plenipotenciario con el propósito de continuar las negociaciones 
para un tratado definitivo de paz entre S.M.I. y la república Argentina. 

Ya he enterado a V.E. que escribí al general Guido una carta, 
exactamente en el mismo sentido, quien, según el señor Parish, estaba 
dispuesto a aceptar el cargo de plenipotenciario. Escribiendo como lo he 
hecho, privadamente, al general Guido, he entrado, a fondo, en el co- 
mentario de la ruina que probablemente caerá sobre su país, como con- 




352 


Luis Alberto de Herrera 


secuencia del último derrocamiento de la constitución y del horrible 
asesinato del jefe legal de la nación, y le he sugerido el modo de 
desembarazarse de las dificultades en que Buenos Aires debe encontrar- 
se, lo que he trasmitido también al señor Parish y figura en el extracto de 
la carta que tengo el honor de trasmitir a V.E. 

No he titubeado, en este caso, en usar del aprecio personal que creo 
gozo en Buenos Aires para esforzarme en salvar a ese país de la ruina que 
lo amenaza, y en la cual, desgraciadamente, estará incluida la fortuna de 
muchos de los súbditos de S.M. 

He obrado, en todo, en carácter personal y el nombre u opiniones del 
gobierno de S. M. no ha sido comprometido en lo más mínimo. La 
importancia de la crisis que afecta a todas las regiones de Sudamérica y 
sur del Brasil, me ha hecho suponer que V.E. aprobaría cualquier gestión 
(realizada dentro de los debidos Emites) dirigida a conservar la tranqui- 
lidad de estos países; y estoy también convencido de que el Brasil no 
podrá escapar ileso, si la confusión general que los amenaza se propagase 
y lomara consistencia. 

Dejaré constancia a V.E. de que estoy lejos de sentirme seguro de que 
Fructuoso Rivera no creará conflictos; espero, sin embargo, que quedará 
satisfecho con su nombramiento, que se espera de un momento a otro, del 
principal comando del ejército de la provincia Oriental. Yo sé que él tiene 
en sus manos el lulo de la vieja intriga de la separación de Río Grande, 
del dominio de S.M.I. Creo que la mayoría de los habitantes de las 
ciudades de Porto Alegre y Río Grande están ansiosos de levantarse 
contra el emperador y, aunque su intento ha sido impedido por la paz, 
todavía abrigan la esperanza de llevar a la práctica ese proyecto. 

La idea es formar una república, constituida con esas ciudades y sus 
territorios, la Banda Oriental, Entre Ríos, las Misiones y, tal vez, 
Corrientes. Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John 
Ponsonby. 

A S. E. earl Aberdeen, etcétera. 



La Misión Ponsonby 


353 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, enero 6 de 1829. Excmo. señor: La nota de la cual 
tengo el honor de adjuntar copia, llegó demasiado tarde para que se 
pudiera hacer su traducción; por la misma razón, sólo puedo someterla, 
en las mismas condiciones que me llegó, a la consideración de V.E. 

La importancia de la cuestión y la incapacidad en que me hallo, con 
mis actuales instrucciones, para tomar medidas más enérgicas de las que 
ya he adoptado, me inducen a aguardar el arribo del próximo paquete, que 
es diariamente esperado, y entonces preguntar a este gobierno cuáles son 
las proposiciones, que ellos dicen haber formulado, de S.M.; y si ellos no 
ofrecen un cumplimiento incondicional a las demandas de S.M.; respon- 
deré que presumo que mi gobierno considerará la actitud del gobierno 
imperial como equivalente a una denegación y que se seguirán las 
consecuencias ya establecidas en mi nota del 12 de diciembre. 

También dejaré constancia, luego, de que yo no puedo admitir que la 
medida de detener los barcos brasileños, por violación del tratado sobre 
comercio de esclavos, sea invocada como una causa legítima para diferir 
la respuesta definitiva a las urgentes demandas del gobierno británico. 
Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S. E. el cari de Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, enero 6 de 1 82^. Excmo. señor: Está convenido, en la 
convención preliminar, que se negociará un tratado definitivo de paz 
entre S.M.I. y el gobierno de la república del Río de la Plata, bajo la 
mediación de S.M. 

V. E. ha sido informado, por mi despacho n Q 1 , de este año, y presumo 
que por el señor Parish también, que el partido ahora en el poder en 
Buenos Aires está deseoso de entrar en negociaciones para un tratado 



354 


Luis Alberto de Herrera 


definitivo. 

El último gobierno de Buenos Aires, es decir el del señor Dorrego, fue 
legalmente autorizado por las provincias de la república Argentina a 
dirigir las relaciones exteriores de todo el estado. 

El partido colocado ahora en el poder por la violencia militar, aunque 
ha usurpado el gobierno de la provincia, no puede ostentarel menor título 
para ser considerado como el órgano de las Provincias Unidas del Río de 
la Plata para sus comunicaciones con los países extranjeros. 

V. E. recordará que, por el artículo 7- de la convención preliminar, 
está establecidt que .a constitución sea dictada por el gobierno provisio- 
nal de la Banda Oriental y, para regir en ese nuevo estado, debe someterse 
al examen del gobierno de S.M.I. y el de la república Argentina; que 
ambas partes apreciarán si alguna cosa contiene ella contraria a la se- 
guridad de una u otra, a fin de remediar el mal de acuerdo con la regla y 
la manera fijada. Es obvio que una de las referidas partes ya no existe y, 
si S.M.I. viera en la nueva constitución puntos que requieren discusión, 
para ser alterados, no sé cómo se puede mantener y observar el tenor y 
espíritu del artículo. 


Pero me parece que estoy est rictame nte obligado por mi deber a e vitar 
actuar como ministro mediador en cualquier procedimiento que tenga 
relación con el gobierno usurpador de Buenos Aires, hasta que reciba 
instrucciones de V.E. 


De otro modo, parecería comprometer el nombre de mi gobierno en 
una causa que puede ser decididamente desaprobada por S.M. 


Una contrarrevolución, que restableciera la forma del último gobier- 
no, restauraría, también, la legítima autoridad de 


La Misión Ponsonby 


355 


este gobierno para obrar en representación de la república en general, a 
pesar de la muerte de Dorrego; y, bajo tales circunstancias, yo podría 
continuar prestando servicios a las dos partes, como ministro mediador, 
en cuanto sea considerado útil para llegar a un arreglo definitivo de paz. 

Este gobierno, no me ha hecho ninguna observación, todavía, sobre 
la revolución de Buenos Aires , y como S .M.I. está fuera de la ciudad, creo 
que no se dirá nada antes de la partida del paquete. Tengo el honor de 
saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S. E. lord cari Aberdecn, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, enero 10 de 1829.Excmo. señor: Como creo puede ser 
del agrado de V.E. tener informes exactos del proceder que he juzgado de 
mi deber adoptaren la actual situación de Buenos Aires, en lo que a este 
país se refiere en cuanto a las medidas tomadas, o a tomarse, tendientes 
a la confirmación de la paz, aprovecho la partida para Inglaterra de un 
barco mercante inglés para enviar a V.E. la copia de un despacho que he 
dirigido al señor Parish, donde oficialmente le comuiücaba que yo 
rehusaría intervenir, como ministro mediador, con cualquier persona que 
no estuviera debidamente autorizada para actuar, aquí, en nombre de la 
república Argentina y afinnándole, al mismo tiempo, que no considero 
al actual gobierno de Buenos Aires investido del poder necesario para 
resolver ningún asunto en nombre de la república de La Plata. 

También comuniqué al señor Parish que había escrito al contralmi- 
rante, sir Robert Otway, trasmitiéndole mi opinión de que el gobierno 
actual de Buenos Aires no tiene títulos para ser considerado por los 
servidores y súbditos de S.M. como autorizado para asumir, o ejecutar, 
cualquier gestión o derecho.en nombre de la república de las Provincias 



Luis Alberto de Herrera 


356 


Unidas de La Plata. Me complazco en adjuntar una copia de esta carta. 
Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonhy. 

P.D. — Habiendo llegado el paquete y diferida por varios días la 
partida del barco mercante, he conservado este despacho, en su forma 
original, para enviarlo por el correo ordinario. — P. 

A S. E. cari Aberdeen, etcétera. 


PARISH A ABERDEEN 


Buenos Aires, febrero 20 de 1829. Excmo. señor: En mi despacho n 9 
43, del 14 del ppdo. diciembre, tuve el honor de poner en conocimiento 
de V.E. que el señor Díaz Vélez me había trasmitido los deseos de su 
partido de cumplir, al pie de la letra, los últimos compromisos contraídos 
por la república con S.M.I., el emperador del Brasil y que vería con agrado 
que yo repitiera sus seguridades, a sus efectos, a lord Ponsonby. 

Consideré de suma importancia que S.E. conociera las pacíficas 
intenciones del señor Díaz Vélez y su partido, y no dejé de escribirle, 
privadamente, satisfaciendo el pedido que aquel señor me solicitaba; y, 
al mismo tiempo, trasmití a V.E. mi opinión de que, tal vez, al general 
Guido lo comisionaran para terminar las negociaciones y que, él estaba 
dispuesto a llenar ese cometido. 

Lord Ponsonby parece haber creído que el gobierno provisional, sin 
previa autorización, pensaba asumir la responsabilidad de enviar un ple- 
nipotenciario a Río de Janeiro para concluir el tratado definitivo de p az 
con el Brasil, y como S.E. me ha escrito, así como a varias personas de 
aquí, declarandoque él no se consideraría autorizado a lomar parte, como 
ministro mediador, en las gestiones de tal agente, y ha comunicado lo 
mismo, según entiendo, al gobierno de S.M., considero necesario dejar 
establecido que yo nunca pensé que de aquí se enviara un plenipotencia- 
rio, sin estar debidamente autorizado por un gobierno capaz de negociar 
en representación de toda la república. No supuse, tampoco, pudiera 


La Misión Ponsonbv 


357 


entrar en los cálculos de S.M.I. tratar con semejante agente, ni que el 
general Guido, ni ningún hombre de sentido común, habría aceptado esa 
misión. V.E. encontrará establecido en mi mencionado despacho n 9 43, 
que mi conversación con el señor Díaz Vélez, sobre el particular, tuvo 
lugar cuando el gobernador, general Dorrego, estaba prisionero y cuando, 
si no hubiera sido por el acto atroz que se siguió y que levantó a todo el 
país contra ellos, tal vez existía una probabilidad de que ‘el partido 
victorioso pudiera establecer su poder, conforme a las leyes, y obtuviera, 
por medio de una pacífica transacción con las provincias, que éstas 
continuaran delegando en él su autoridad para tratar los asuntos externos 
de la nación. Tengo el honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) 
Woodbine Parish. 

A S. E. earl Abcrdeen, etcétera. 


ABERDEEN A PONSONBY 

Londres, marzo 26 de 1829. A lord Jolm Ponsonby. 

Excmo. señor: Con referencia al despacho de V.E. n 9 5, comunicando 
que si el gobiemode Buenos Aires, como está ahora constituido, mandara 
un plenipotenciario a Río de Janeiro, con el propósito de negociar un 
tratado definitivo de paz con el Brasil, V.E. ha determinado rehusar su 
intervención como ministro mediador, es menester que expüque los 
motivos por los cuales el gobierno de S .M. no está del lodo preparado para 
aprobar esa determinación. 

No es, de ninguna manera, para atenuar la conducta y sucesos de la 
reciente revolución producida en Buenos Aires, ni con el deseo de 
efectuar un inmediato reconocimiento del gobierno existente, por parte 
de Gran Bretaña, que dirijo ia presente comunicación a V.E.; pero deseo 
recordarle que el único objeto tenido en cuenta por este gobierno para 
sancionar una intervención, de cualquier clase, de un ministro británico, 
ha sido, invariablemente, para obtener una cesación en las hostilidades e 
impedir, efectivamente, su renovación en el hemisferio occidental. 



358 


Luis Alberto de Herrera 


Sería, por lo tanto, contradecir, en cieito sentido, nuestra política, si 
V.E. adoptase una línea de conducta que pudiese impedir el arreglo 
definitivo de las diferencias existentes entre el Brasil y Buenos Aires. 

Es más bien el gobierno del emperador Don Pedro quien debe decidir 
a quién elige para negociar el tratado definitivo de paz; y nuestros buenos 
oficios no deben rehusarse para concurrir, bajo cualquier circunstancia, 
a la obra de pacificación. 

Si examinamos demasiado el carácter y autoridad de los diferentes 
gobiernos que lian sido sucesivamente formados en Buenos Aires, con 
referencia a sus relaciones con las provincias linderas, y el grado de 
obediencia y apoyo dado a Buenos Aires, como estado central y metro- 
politano, encontraremos que a todos ellos, desde algunos años atrás, han 
alcanzado las mismas objeciones. 

El gobierno del general Dorrego, que ha sido recientemente derriba- 
do, no forma excepción a este juicio. Su establecimiento constituyó, 
igualmente, una usurpación y fue el efecto simplemente, de una revolu- 
ción parcial y local. Ultimamente, no ha habido unión verdadera entre las 
así llamadas “Provincias Unidas del Río de la Plata” y es bien sabido que 
la provincia de Buenos Aires sola ha sostenido la guerra contra el Brasil 
y sola ha soportado los gastos por ella originados. Por eso, por necesario 
que sea que el encargado de negocios de S.M. use de circunspección en 
cualquier gestión con el actual gobierno usurpador de esa provincia, 
parece que no hay justo motivo para que V.E. rehúse ofrecer sus buenos 
oficios en Río de Janeiro, si ellos pueden conducir a una paz permanente 
entre las partes, cuyas contenciones, si por desgracia fuesen renovadas, 
tienen que ser altamente perjudiciales a los intereses británicos. 

Por eso, ruego a V.E. que exprese estos sentimientos al gobierno 
brasileño y, también, que V.E. corrijalas impresiones que puedenhaberse 
derivado de sus recientes comunicaciones a sir Roberto Otway y míster 
Parish, en cuanto estén en desacuerdo con el tenor del presente despacho. 
Tengo el honor de saludar a V.E. etcétera. — (firmado) Aberdeen. 



La Misión Ponsonby 


359 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, mayo 23 de 1829. Excmo. señor: Me permito someter 
a V.E. una relación de parte de las negociaciones políticas en las cuales 
he intervenido, a fin de explicar, hasta cierto punto, las razones que 
guiaron mi conducta con respecto a la mediación de S.M. entre el imperio 
y la república, que no han tenido la aprobación de V.E. 

La misión con que tuve el honor de ser encargado por S.M. fue acre- 
ditada ante las Provincias Unidas del Río de la Plata, de las cuales la pro- 
vincia de Buenos Aires era, notoriamente, solo un miembro. 

El congreso, compuesto por diputados de todas las provincias, que, 
cuando llegué, estaba reunido en Buenos Aires, reconoció, de la manera 
más formal, la soberanía del estado investida en la totalidad de la Unión 
y declaró su obligación de someter la constitución, entonces en proyecto, 
al conocimiento de todas las provincias, haciendo de su aceptación o 
rechazo por ellas, la condición de su existencia legal o de su anulación. 

La renuncia de la presidencia de la república, por el señor Rivadavia, 
causada por dificultades políticas, fruto de su propia ineptitud, no fue el 
efecto de la coacción. El congreso terminó también por muerte natural; 
no por la violencia. 

La antigua junta de la provincia y ciudad de Buenos Aires, que había 
sido ilegalmenle suprimida por el señor Rivadavia, reasumió sus funcio- 
nes legales, cuando dicha p'ersona se retiró de su puesto, y el congreso 
expiró. 

La junta ejercía su legítimo poder, de estricta conformidad con la ley 
y el uso, cuando eligió al selor Dorrego gobernador de la provincia de 
Buenos Aires; y fue bajo el apremio de la necesidad que el señor Dorrego 
asumió la autoridad de obrar, en nombre de la república Argentina, en la 
dirección de las relaciones exteriores del estado. 

El, sin embargo, la asumió provisoriamente y sólo hasta que la 
voluntad de las provincias se declarase en cuanto a la persona en quiencsa 
autoridad debía ser delegada. A su debido tiempo, fue conferida a 




360 


Luis Alberto de Herrera 


Dorrego, pero, durante el período que medió entre la toma del mando por 
el señor Dorrego y su formal investimiento con ella, por las provincias, 
yo seguí rehusándome a reconocer, por acto público u oficial, la existen- 
cia en su gobierno del derecho de representar al poder ejecutivo general 
de la república de LaPlata en los asuntos exteriores, y mi conducta, en este 
sentido, fue aprobada por el gobierno de S.M. 

La revolución de diciembre último (1828), fue llevada a cabo por la 
violencia militar, y el asesinato del jefe de la nación fue perpetrado por 
la orden arbitraria de un oficial subalterno. 

Yo sabía que las provincias negarían la autoridad del gobierno 
usurpador para obrar en nombre y representación de la república Argen- 
tina, y que ellas, tan pronto como les fuese posible, afirmarían sus 
derechos contra la facción de Buenos Aires, que se les había desconocido. 

El señor Díaz Vélez y su gobierno ansiaban obtener para sí las 
ventajas que podían derivarse de la apariencia de aparecer reconocidos 
por S.M. el rey, y proyectaron una misión a Río de Janeiro para negociar 
el tratado definitivo de paz, bajo la mediación de S.M., que les habría dado 
oportunidad para alegar que S.M., reconocía en ellos el poder ejecutivo 
de la república. 

Yo creí prudente evitar una situación que me obligaría a dar, más 
públicamente, pasos decisivos, y escribí al señor Parish la carta que me 
obliga a molestar a V.E. con explicaciones. 

Algunas de las razones que me movían aparecen en la relación de 
hechos arriba mencionados; pero confío que me puedo permitir llamar 
hacia ellos, especialmente, la a.e.:ción de V.E. 

El nuevo gobierno de Buenos Aires era, sin disputa, aun como 
gobierno provisional, una usurpación: no pretendía ser el gobierno de la 
república Argentina. Yo me había rehusado a reconocer en el gobierno 
legítimo del señor Dorrego, de Buenos Aires, el derecho de representar 
a la república hasta que dicho derecho le fue otorgado por las provincias; 
y mi conducta, al proceder así, fue aprobada por el gobierno de S.M. Si, 
en mi capacidad de ministro mediador, hubiese obrado de acuerdo con un 
ministro enviado por el gobierno de Buenos Aires, no podría sino 



La Misión Ponsonby 


361 


reconocer, virtualmente, la legítima autoridad de ese gobierno, al ayudar- 
lo a contratar un solemne compromiso con el aliado de S.M. el emperador 
del Brasil; pero, procediéndose así, habría obrado en contradicción 
directa con lo que había heclio anteriormente y contra la conducta que 
había aprobado el gobierno de S.M. 

Hubiera sido imposible redactar un tratado definitivo de paz, teniendo 
por base la convención preliminar, sin afinnar como cierto un hecho que, 
evidentemente, no lo era. 

La convención preliminar, como lo he recordado, fue suscrita entre 
S.M.I. y la república Argentina: el tratado definitivo lo habría sido entre 
S.M.I. y el gobierno de Buenos Aires. 

Yo habría tenido que aceptar que el gobierno de Buenos Aires tema 
un derecho inherente, de obrar en representación de toda la república, o 
que el poder de hacerlo le había sido delegado — ambos asertos contrarios 
a la verdad notoria — o habría debido ayudar al gobierno provincial de 
Buenos Aires a hacer un tratado definitivo, cuyas disposiciones, si 
deducidas de la convención preliminar, necesariamente dispondrían de 
los derechos de toda la república de La Plata. 

Era probable que también hubiera sido instrumento, siguiendo esta 
línea de conducta, para inducir al gobierno imperial a concluir un tratado 
con partes incapaces de cumplir sus compromisos. La república Argen- 
tina seguramente no se consideraría obligada, por el honor o por cualquier 
otra razón, para dar efecto a las estipulaciones acordadas por una facción 
en Buenos Aires, que debía su poder a la caída de la autoridad nacional; 
y si la oportunidad se presentara, es posible que la república sintiera la 
tentación de vengarse del Brasil y, en revancha del apoyo público 
prestado por el gobierno imperial a los usurpadores y traidores de Buenos 
Aires, ayudara y apoyase a los elementos desafectos de las provincias del 
imperio y a los que procuran la destrucción de la monarquía y del 
monarca. 

Además de este aspecto general del asunto, por el cual fui influencia- 
do, me creo particularmente obligado por las instrucciones secretas, de 
las cuales tengo el honor de acompañar una copia a V.E. 



362 


Luis Alberto de Herrera 


V.E. verá, por ellas, cuánto, precisamente, se me ha ordenado no 
comprometer el nombre del rey, si cualquier cambio se produjese en el 
gobierno de Buenos Aires. 

Presumo que será admitido que, apesar de no ser más ministro de S.M. 
en Buenos Aires, todavía estoy, como consecuencia de la mediación, en 
relación con ese estado, en cuanto concierne a la paz, y que mi conducta 
— que he tratado de explicar — estaba directa e últimamente ligada con 
ese asunto. 

Siento haber obrado contra la opinión que sé V.E. sustenta, pero 
puedo asegurar que mi error no fue ocasionado por descuido ni por 
ligereza; fue fruto de meditada consideración del caso y los defectos de 
mi criterio son, únicamente, la causa de mi equivocación. 

Felizmente, no ha causado ningún daño la parte que tomé; y conocía 
demasiado bien la situación de los negocios y del gobierno usurpador 
para abrigar la menor aprehensión de que la guerra se reabriera. 

Estaba seguro de que el tratado defimtivo no era necesario para 
asegurar la continuación de la paz, por un largo período, y debo confesar 
que pienso que más peligro importaría para la estabilidad de la paz la 
tentativa de negociar el tratado definitivo que cualquier otra solución que 
se adoptara. 

No vacilo en afirmar, ahora, que los súbditos de S.M. no corren mngún 
riesgo de estar, otra vez, expuestos a los males de los que la convención 
preliminar los ha aliviado. 

Estoy seguro de que el gobierno imperial, no puede reiniciar las 
hostilidades y que aún está más lejos del poder del gobierno de Buenos 
Aires hacerlo. 

No sé tanto de la situación del país, últimamente mencionado, como 
puede saber V.E. antes de que yo llegue a Inglaterra; pero, sí, creo que los 
actuales dirigentes de Buenos Aires pueden, aun en el momento actual, 
haber sido despojados del poder o, tal vez, haber sido ejecutados por 
traición, y la junta legítima restaurada en su autoridad, arrebatada por la 
fuerza militar; y, en consecuencia, que la oportunidad no se presentará de 
poner en ejecución las instrucciones Ce V.E., en sentido de que prestara 



La Misión Ponsonby 


363 


al gobierno de Buenos Aires el apoyo de la mediación de S.M. Tengo el 
honor de saludar a V.E., etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S. E. earl Aberdeen, etcétera. 


PONSONBY A ABERDEEN 


Río de Janeiro, junio 28 de 1829. Excrno. señor: Siéndome necesario, 
a causa de mi salud, aprovechar el permiso, graciosamente concedido por 
S.M., para ausentarme por algún tiempo de mi puesto en este país, solicité 
una audiencia, a fin de ofrecer mis respetos a S.M.I. el emperador, con 
motivo de mi partida, y para presentar a S.M. el señor Aston, secretario 
de la legación, en su capacidad de encargado de negocios durante mi 
ausencia. S. M. se dignó fijar la fecha del 28 y, ese día, tuve el honor de 
despedirme y de presentar al señor Aston, en el carácter referido. 

Me embarcaré, por la tarde, en el buque de S.M. Gangues, siguiendo 
inmediatamente para Portsmouth. Tengo el honor de saludar a V.E., 
etcétera. — (firmado) John Ponsonby. 

A S. E. earl Aberdeen, etcétera. 




La Misión Ponsonby 


365 


INDICE 

LA MISION PONSONBY (II) 

La Diplomacia Británica y la 
Independencia del Uruguay 

Pag 

[AÑO 1824] 

Alvear a Canning 3 

Hullet a Canning 6 

[AÑO 1826] 

Canning a Ponsonby 9 

Canning a Ponsonby 11 

Canning a Ponsonby 11 

Canning a Inhambupe 12 

Canning a Ponsonby 13 

Ponsonby a Canning 20 

Ponsonby a Canning 24 

Ponsonby a Canning 24 

Ponsonby a Inhambupe 25 

Ponsonby a Canning 34 

Inhambupe a Ponsonby 36 

Ponsonby a Inhambupe 41 

Ponsonby a Canning 43 

LA PROPOSICION 45 

Inhambupe a Ponsonby 45 

Ponsonby a Canning 46 

Ponsonby a Inhambupe 47 

Inhambupe a Ponsonby 48 

Inhambupe a Ponsonby 49 

Ponsonby a Inhambupe 50 

Inhambupe a Ponsonby 51 

Ponsonby a Inhambupe 52 

Ponsonby a Canning 54 

Ponsonby a Canning 60 

Canning a Ponsonby 62 

Ponsonby a Canning 63 



366 


Luis Alberto de Herrera 


Pág. 

PONSONBY EN BUENOS AIRES 65 

Ponsonby a Canning 65 

Ponsonby a García 66 

Proyecto de Bases del Mediador 67 

Ponsonby a Rivadavia 69 

Ponsonby a Rivadavia 70 

Ponsonby a García 70 

Ponsonby a Canning 71 

De la Cruz a Ponsonby 79 

Ponsonby a De la Cruz 81 

De la Cruz a Ponsonby 85 

Ponsonby a Canning 86 

Ponsonby a Canning 87 

Ponsonby a De la Cruz 94 

De la Cruz a Ponsonby 95 

García a Ponsonby 96 

Bases de las Provincias Unidas 97 

Ponsonby a Canning 99 

Ponsonby a Canning 102 

Ponsonby a De la Cruz 105 

Ponsonby a Gordon - 105 

De la Cruz a Ponsonby 107 

Ponsonby a Canning 108 

Canning a Ponsonby 109 

Ponsonby a Canning 111 

Gordon a Ponsonby 112 

Canning a Ponsonby 114 

Ponsonby a García 114 

García a Ponsonby 116 

Ponsonby a Canning 112 

Ponsonby a Canning H9 

TRATATTVAS EN 1827 121 

Ponsonby a Gordon 121 

Ponsonby a Canning 130 

Ponsonby a Gordon 131 

Canning a Ponsonby 131 

Gordon a Queluz 132 

Gordon a Ponsonby 133 



La Misión Ponsonby 


367 


Pág. 

Ponsonby a Canning 134 

Queluz a Gordon 141 

Canning a Ponsonby 142 

Ponsonby a Canning 143 

Gordon a Queluz 144 

Gordon a Canning 144 

Ponsonby a Canning 145 

Ponsonby a Canning 146 

Lavalleja a Trápani 147 

Parish a Gordon 148 

Primera Conferencia 

Ponsonby-De la Cruz 150 

Segunda Conferencia 

Ponsonby-De la Cruz 151 

Tercera Conferencia 

Ponsonby-De la Cruz 152 

De la Cruz a García 153 

Gordon a Canning 154 

Gordon a Ponsonby 155 

Canning a Ponsonby 156 

Gordon a Canning 157 

Gordon a Canning 158 

Gordon a Ponsonby 159 

Ponsonby a Canning 162 

Ponsonby a Canning 163 

Gordon a Canning 165 

De la Cruz a Ponsonby 168 

Ponsonby a De la Cruz 169 

De la Cruz a Ponsonby 170 

Ponsonby a Gordon 170 

Olivera a Ponsonby 172 

Ponsonby a Canning 173 

Ponsonby a Canning 178 

Ponsonby a Canning 179 

-Ponsonby a Canning 18 1 

Ponsonby a Canning 186 

Canning a Ponsonby 188 

Ponsonby a Canning 188 


36S 


Luis Alberto de Herrera 


Pág. 

Gordon a Dudley 189 

Gordon a Dudley 190 

Canning a Ponsonby 192 

Ponsonby a Canning 193 

Gordon a Dudley 195 

Gordon a Dudley 195 

Ponsonby a Canning 198 

Gordon a Dudley 199 

Canning a Ponsonby 201 

Gordon a Dudley 202 

Gordon a Dudley 203 

Ponsonby a Dudley 204 

Carta de Río Grande 207 

Ponsonby a Balcarce 208 

Balcarce a Ponsonby 209 

Ponsonby a Dudley 209 

Ponsonby a Balcarce 212 

TRATATTVAS DE 1828 Y LA PAZ 215 

Ponsonby a Dudley 217 

Ponsonby a Dudley 217 

Ponsonby a Hood 218 

Ponsonby a Dudley 219 

Gordon a Dudley 220 

Gordon a Dudley 222 

Balcarce a Ponsonby 223 

Gordon a Dudley 224 

Ponsonby a Balcarce 225 

Ponsonby a Dudley 228 

Balcarce a Ponsonby 233 

Ponsonby a Balcarce 234 

Ponsonby a Dudley 235 

Ponsonby a Dudley 242 

Gordon a Dudley 244 

Gordon a Lavalleja 245 

Gordon a Ponsonby 246 

Dudley a Ponsonby 246 

Dudley a Ponsonby 247 

Gordon a Ponsonby 248 



La Misión Ponsonby 


369 


Pág. 


Ponsonby a Balcarce 249 

Ponsonby a Gordon 251 

Balcarce a Ponsonby 255 

Ponsonby a Dudley 256 

Gordon a Dudley 257 

Gordon a Dudley 258 

Lavalleja a Gordon 259 

Lavalleja a Gordon 260 

Ponsonby a Gordon 260 

Ponsonby a Dudley 262 

Gordon a Dudley 263 

Ponsonby a Dudley 264 

Dudley a Gordon 269 

Gordon a Dudley 270 

Fraser a Gordon 271 

Ponsonby a Dudley 280 

Ponsonby a Dudley 281 

Gordon a Aracaty 286 

Gordon a Dudley 287 

Gordon a Aracaty 288 

Gordon a Aracaty 289 

Gordon a Aracaty 290 

Gordon a Dudley 290 

Ponsonby a Dudley 292 

Ponsonby a Gordon 293 

Ponsonby a Dudley 295 

Gordon a Dudley 298 

Gordon a Dudley 300 

Gordon a Ponsonby 300 

Gordon a Ponsonby 301 

Gordon a Ponsonby 303 

Gordon a Aracaty 303 

Gordon a Aracaty 305 

Gordon a Dudley 307 

Gordon a Dudley 308 

Ponsonby a Dudley 309 

Gordon a Dudley 312 

Ponsonby a Dudley 314 



370 


Luis Alberto de Herrera 


Pag. 

Gordon a Dudley 315 

Ponsonby a Dudley 316 

Gordon a Aberdeen 316 

Gordon a Otway 317 

Gordon a Aberdeen , 318 

Ponsonby en Río 318 

Ponsonby a Balcarce y Guido 318 

Ponsonby a Aberdeen 319 

Ponsonby a Aberdeen 320 

Ponsonby a Parish 321 

Ponsonby a Aberdeen 325 

Ponsonby a Aberdeen 326 

Ponsonby a Aberdeen 329 

Ponsonby a Dorrego 329 

Ponsonby a Lavalleja 333 

Hood a Lavalleja 336 

Parish a Ponsonby 336 

Dorrego a Ponsonby 337 

Lavalleja a Ponsonby 338 

Ponsonby a Aberdeen 340 

Ponsonby a Aberdeen 340 

Ponsonby a Aberdeen 342 

Aracaty a Ponsonby 343 

Ponsonby a Aberdeen 343 

Ponsonby a Aberdeen 345 

TRATATIVAS EN 1829 347 

Ponsonby a Parish 349 

Ponsonby a Aberdeen 350 

Ponsonby a Aberdeen 351 

Ponsonby a Aberdeen 353 

Ponsonby a Aberdeen 353 

Ponsonby a Aberdeen 355 

Parish a Aberdeen 356 

Aberdeen a Ponsonby 357 

Ponsonby a Aberdeen 359 

Ponsonby a Aberdeen 363 


Se terminó de imprimir 
en el mes de Marzo de 1 989 en 
TRADINCO S.A. 

Minas 1 367 - Montevideo 
Dep. Legal N s 239.948 

Comisión del Papel 
Edición impresa al amparo del 
artículo 79 de la Ley 1 3.349 

El tiraje de la presente edición es 
de mil ejemplares. 

Impreso en la 

República Oriental del Uruguay 




1898: Por la Patria 

1900: El acuerdo de los 

Partidos 

1901: La Tierra Charrúa 

1904: El programa de la 

Revolución. Las 
verdaderas bases de 
paz 

1904: Desde Washington 

1905: Labor Diplomática 

en N. América 

1908: La Doctrina Drago y 

el interés del Uru- 
guay 

1908: La Diplomacia 

Oriental en el Para- 
guay (I) 

1910: La Revolución Fran- 

cesa y Sudamérica 
1911: La Diplomacia 

Oriental en el Para- 
guay (II) 

1912: El Uruguay Interna- 

cional 

1917: Acción Parlamenta- 

ria, tres años de 
Cámara 

1919: Buenos Aires, Urqui- 

za y el Uruguay 
1919: Uno que Vio 

1 920: La Clausura de los 

Ríos 

192Q: La Encuesta Rural 

1923: Una Etapa 

1923: En la Brecha 

1926: El Drama del 65: la 

Culpa Milrista 
1928: Sin Nombre 

1930: La Misión Pon- 

sonby 

1940: La Paz de 1828 

1941: Orígenes de la Gue- 

rra Grande 

1946: El Canadá, visto y 

leído de cerca 

1946: Por la Verdad Histó- 

rica 

1947: La Seudo-historia 

para el Delfín 
1951: Antes y después de 

la Triple Alianza 
Falleció a los 85 años, el 8 
de abril de 1959